<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390</id><updated>2012-02-02T12:47:22.403-08:00</updated><title type='text'>Papeles perdidos</title><subtitle type='html'>Artículos publicados por Jaime Bayly en el periódico Correo, de Perú.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>65</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-2991634537176286718</id><published>2009-01-06T07:04:00.001-08:00</published><updated>2009-01-06T07:13:05.075-08:00</updated><title type='text'>UN FINAL HEDIONDO</title><content type='html'>No me gusta lamer genitales ni que laman los míos. No me gusta si se trata de mujeres o de varones. Me disgusta especialmente lamer genitales de mujeres y en muy raras ocasiones me puede gustar (aunque esto ya no me pasa hace años) que una mujer bese los míos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me gusta penetrar orificios de mujeres y varones. No me gusta introducirme en cuevas, cavernas, túneles pedregosos, alcantarillas. No me gusta hundir mi fatigado colgajo en la baja policía de los individuos de este mundo. No encuentro placer alguno. Me da miedo, angustia y eso que ahora llamen estrés. Soy un enemigo de toda forma de penetración y, por extensión, de toda forma de pene que intente penetrarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, no sólo me disgusta introducir mi desdichada verga comatosa en cualquier orificio humano, seco o lubricado, sino que me disgusta todavía más que alguien, por lo general un varón, intente horadar el reducido y estragado agujero que controlan mis esfínteres para evacuar el vientre, una operación que, con cuarenta y cuatro años ya casi cumplidos, me resulta cada vez más ardua, seguramente por la masiva cantidad de psicotrópicos que están destruyendo mi hígado y mi vida en general, aunque paradójicamente dicha destrucción no parece exenta de placer, reflexión y conocimiento cabal de mis propias miserias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo único cierto a estas alturas es que soy un hombre solo, que no me interesa el sexo en ninguna de sus formas y que estoy condenado a vivir a solas el resto de lo que me quede por vivir, que presiento que no será mucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no porque me parezca glamoroso o sexy morir joven sino porque ya no encuentro sentido alguno a la vida y siento que hice todo lo poco que tenía que hacer. Lo que confirma, sin la menor duda, que soy un mediocre, un pusilánime, pero un mediocre feliz, con la sensación del deber cumplido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que me obsesiona últimamente es que lo único seguro en los miles de millones de humanos que poblamos el planeta, en los miles de millones que nos han antecedido y perecido en el caos puro que es la frágil existencia humana, es que el ser humano puede ser bruto o inteligente, emprendedor o haragán, simpático u odioso, puede producir una idea ingeniosa o innovadora o ser un perfecto inútil, puede dejar una contribución valiosa a la humanidad o, lo que es bastante más común, ser una insignificancia ridícula y prescindible en el contexto de la historia de la especie humana, un accidente genético que no sirvió de nada ni mejoró en modo alguno la evolución de los mamíferos parlantes que somos; pero, dentro de esa variedad de monos devenidos hombres que somos, una cosa es segura, irrefutablemente segura: lo que siempre produce el ser humano, no importa su cultura, su religión, su lengua, su sexualidad, es mierda, un montón de mierda, toneladas de mierda. El ser humano es, en efecto, y sin excepción conocida, una máquina de producir mierda. No es muy seguro que sepa producir otras cosas de valor o excelencia, pero sí lo es que a lo largo de su existencia va a producir una masiva, importante cantidad de mierda pestilente, kilos, toneladas de heces y estiércol apestoso. Me pregunto cuánta mierda producirá en promedio un ser humano a lo largo de setenta u ochenta años de vida. Me pregunto cuánto pesará toda esa mierda, en cuántos camiones de remolque cabría. Lo poco que he podido investigar es que un occidental caga en promedio 130 gramos de mierda al día y un africano caga 185 gramos diarios. Calculando la población mundial en unas 6 mil 300 millones de personas cagando sin descanso, podríamos calcular a la ligera (con alto temor a equivocarnos) que los seres humanos producimos alrededor de 950 millones de kilos de mierda cada día. Es mucha mierda. Me pregunto si no sería rigurosamente cierto decir que la mayor parte de los humanos que hemos poblado y poblamos este planeta hemos sido consistentes y porfiados productores de mierda y de nada más que nos sobreviva, salvo aquella mierda que se recicla en el mejor de los casos y contamina, en el peor. Cierto es que hay algunos escritores, pintores, músicos (artistas, como les gusta llamarse a sí mismos), pero la mayor parte de ellos han añadido a su miserable caca humana esa otra forma de mierda procesada y de muy dudoso prestigio intelectual (y cuénteseme por favor entre ellos). Pocos son los que, además de mierda, han dejado a la humanidad algo que posea un cierto valor artístico, una belleza indudable que perdure por siglos y nos conmueva y redima de nuestra condición de productores profesionales de mierda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que me lleva a un par de cuestiones un tanto descorazonadoras. Una, ¿cuánta mierda puede haber producido la humanidad desde que el hombre descargó el primer mojón en cuclillas y sin papel suavizante a mano?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Podría medirse toda esa mierda que el mundo ha producido en siglos de guerras, genocidios, barbaries y felonías, que sólo han confirmado que de mierda estamos hechos y pura mierda somos? Y la otra, que creo que la especie humana, siendo como es una fábrica incesante de mierda, y habiéndose multiplicado en proporciones alarmantes desde las cuevas hasta la modernidad superpoblada, lo que desde luego aumenta de modo considerable el volumen de mierda que depositamos discretamente en desagües, silos, albañales, alcantarillas y a veces sobre tierra firme como los perros o los gatos, está condenada a destruirse, no por el calentamiento global o en una guerra nuclear, sino ahogada en su propio mar de mierda. Veo el futuro con pesimismo: habrá tanta gente cagando y tanta mierda en los ríos y los mares y tantos glaciales derretidos y tan poca agua limpia, que no habrá forma de que la especie humana deje de extinguirse y perecer bajo el peso abrumador de las toneladas de mierda que lo envenenarán todo y acabarán con la poca agua limpia que quede y nos infectarán de las peores enfermedades y de las más resistentes bacterias alojadas en las heces humanas. Siglos de homínidos odiándose y entrematándose en nombre de unos dioses asesinos confirman que somos, ante todo, unos cagones, unos grandísimos cagones, y que tal vez habría más justicia en el mundo si todavía gobernasen, a su despótica manera, los dinosaurios y tiranosaurios. Cagones como somos, máquinas de producir caca como somos, será nuestra propia caca la que acabará con la humanidad. Y no habrá Dios ni juicio final ni castigo a los pecadores, que todos cagamos por igual y si Dios existe, seguro que cagará también y a lo mejor hasta con crisis de estreñimiento, viendo el desmadre que ha creado. Lo que habrá es un planeta entero cubierto de mierda, apestado a baño de estadio, y millones de moscas y cucarachas que habrán de sobrevivirnos y a lo mejor crearán formas de gobierno probablemente menos crueles que la democracia capitalista. Sería justo por eso que la mayoría de los avisos de defunción publicados en los diarios del mundo terminasen de esta honesta manera: Ha muerto Fulanito de Tal. Vivió tantos años. Cagó tantos kilos de mierda. Fuera de eso, no hizo nada que valga la pena de mencionarse. Pero la gente, claro, se esconde para cagar, echa aerosoles para disimular el olor hediondo de sus deposiciones esforzadas, procura ocultar lo que es un hecho cierto e irrebatible: que los seres humanos producimos mierda en todos los casos y muy excepcionalmente alguna buena idea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;QUÉJATE AL CIELO&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es martes, vísperas de navidad, y no puedo dormir porque me he hecho adicto a los capítulos de John Adams que se emitieron en HBO y que me hacen sentir orgulloso de haber adoptado la ciudadanía de los Estados Unidos de América. El peligro de ver esa estupenda miniserie es que despierta en mí la ambición megalómana por capturar el poder y dejar una huella indeleble en la historia de mi país, como la dejaron aquellos bravos milicianos de Nueva Inglaterra que, arengados por pancartas que decían Appeal to Heaven, se atrevieron a desafiar al Imperio Británico y fundaron esta gran nación, afirmando el derecho constitucional a la búsqueda de la felicidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero mi felicidad no está ni estará en creerme Adams, Washington, Jefferson o Franklin y tratar de refundar el país refundido y rejodido en el que nací. Mi felicidad, o la incierta búsqueda de ella, parece estar en esta isla tranquila, viendo los capítulos de John Adams, tal como me recomendó mi amigo Federico Jiménez Losantos cenando en Solchaga en Madrid, y no tratando de ser John Adams, pues tal emprendimiento imprudente y envanecido terminaría mal en cualquier caso, según me ha asegurado Federico, que de estas cosas sabe, y mucho: asesinado, en el mejor de los casos; preso, linchado, empalado por la multitud o envenenado por el cardenal o alguno de sus sicarios, muy probablemente; o, en el peor de los casos, ciñéndome la banda que tantos bribones y mequetrefes se han colgado en el pecho, pechos flácidos y de protuberantes glándulas mamarias que luego han engordado a expensas de los más pobres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es martes y no puedo dormir porque sé que continúa nevando en British Columbia y el aeropuerto de Vancouver sigue cerrado y el vuelo que traerá a Javier, Nicole y Joanne no podrá despegar a tiempo. Maldita sea, tenía que caer una tormenta de nieve precisamente cuando mi hermano más querido y sus chicas bellas y adorables van a venir a pasar las fiestas conmigo. Quéjate al cielo. O, si no crees en el cielo, quéjate con tu agente de viajes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llamo a la pobre Stephanie, que me compra los pasajes, y le digo que haga algo, que cambie el boleto, que consiga un vuelo directo desde Vancouver a Miami, que saque a mi hermano de esa absurda pesadilla prenavideña, pero ella, una mujer paciente y encantadora, me explica que no puede impedir que caiga nieve en aquellas tierras gélidas de Canadá y que no está en sus manos reabrir el aeropuerto clausurado de Vancouver y me jura por su honor que no hay vuelos directos entre Vancouver y Miami y que aquella conexión en Los Ángeles era la única alternativa disponible a estas alturas, porque es navidad y todo el mundo viaja por navidad. ¿No era que estábamos en crisis? ¿No era que la gente no tenía dinero para salir de casa? ¿No era que la gente ya no creía en las religiones y no celebraba la navidad? Pues no: aun sin dinero y siendo agnóstica y descreída de los dogmas religiosos, la gente viaja en navidad y la celebra a tope y en grande y por todo lo alto, no porque crea en Dios ni en el nacimiento del niño Jesusito en el pesebre, sino porque cualquier pretexto parece ser bueno para tragar con desenfreno y reunir a regañadientes a la familia para luego renegar de ella, eructando y despidiendo flatulencias de pavo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Javier me llama y me dice que ya están en el avión. Son las nueve de la mañana. Me dice que despegarán en una hora. Buen vuelo, le digo, pero sé por los informes confiables de Stephanie que no despegarán en una hora ni en dos y mejor ni se lo digo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Camila entretanto me escribe un correo electrónico diciéndome que la llame enseguida, que ha cometido un error muy serio, que necesita hablar conmigo urgentemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy a punto de llamarla cuando llama Martín desde Buenos Aires. Está llorando. Ha chocado. Ha dejado el auto muy estropeado. La culpa es toda suya. Venía rápido por Libertador escuchando el último disco de Coldplay, Viva la Vida, había fumado un porrito prenavideño para soportar el estrés de las compras, frenó muy tarde y embistió un cacharro viejo. El dueño del cacharro ni se quejó, por eso amo tanto a la Argentina. Pero ahora Martín ha llevado el auto al taller en Martínez y parece que se quedará todas las fiestas sin auto y dice que debió quedarse conmigo en Miami y no ir a pasar las navidades a esa ciudad enloquecida. Quéjate al cielo, amor. Ya chocaste y al menos no te partiste el brazo como yo en Madrid.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llamo a Camila. Está llorando. Pienso: Está embarazada. Sé que confía en mí y sabe que estoy y estaré siempre de su lado. Me dice: he cometido un error terrible. Pienso: Ya está, seré abuelo, será divertido. Me dice: he comprado el lavaplatos equivocado para mi mami. Dios, qué alivio, me digo. Pero para ella es una tragedia. Porque en La Curazao no quieren devolverle la plata del lavaplatos y a ella no le queda más plata para comprar el lavaplatos correcto, el que quiere su mamá. Hago un par de llamadas y el chofer lleva a Camila a un banco y le dan la plata que necesita. Luego compra el lavaplatos para su madre. Me llama, está feliz, me dice que me ama, que no me preocupe, que el otro lavaplatos lo cambiará en La Curazao por artefactos electrodomésticos para las empleadas domésticas (y muy pronto electrodomésticas). Camila es genial. Nunca deja de sorprenderme. Es intensa y apasionada y divertida y quiere ser presidenta de los Estados Unidos. Sin duda es mi hija. Por eso debo impedir que vea John Adams.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Javier me llama y me dice que es la una de la tarde y siguen sentados en el avión en Vancouver y no despegan porque están descongelándolo y el viaje se ha convertido en una maldita pesadilla. Llamo a Stephanie y me quejo y le digo que de todas maneras van a perder la conexión en Los Ángeles. Ella consigue cambiarle la conexión de Los Ángeles a Dallas. Llegarán a Dallas a medianoche. Dormirán en Dallas. Con suerte llegarán a Miami el 24 por la tarde. No hay alternativas. Si no te gusta, quéjate al cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora Javier está furioso en el aeropuerto de Los Ángeles, esperando cinco horas la maldita conexión a Dallas, y Martín está furioso en el taller de Honda, esperando a que le digan cuándo le devolverán el auto con el radiador machucado, y Camila está furiosa en La Curazao porque se niegan a cambiarle el lavaplatos por otras máquinas o aparatos electrodomésticos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Trato de resolver esos problemas caminando enloquecido por la casa con tres teléfonos distintos, pero no soy John Adams, no soy nadie, no puedo hacer que Javier y sus chicas lleguen a tiempo a Miami ni que le arreglen rápido el Honda machucado a Martín ni que le permitan a Camila cambiar el lavaplatos por aspiradoras, tostadoras, radios y televisores de plasma en La Curazao.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo malo de ver John Adams es que por un momento te sientes un predestinado, un iluminado, un visionario y un pionero, alguien que lo entregará todo por cumplir un deber moral, y te llenas de una energía noble y altruista, y te convences hablando solo de que en tres años ese gordo pelopintado que baila como una mazamorra morada te cederá la faja bicolor (que te quedará apretada si sigues comiendo tantos Godivas prenavideños). Y cuando ya crees que eres el John Adams peruano y la bella Sofía tu abnegada Abigail y Enrique Ghersi, el más brillante y leal de tus amigos (no como otros que te dicen no tuve tiempo de escribirte un mail en tres años porque estuve muy ocupado con los viajes y la familia), será tu genial Jefferson, entonces aterrizas abruptamente en la realidad y comprendes que Javier no llegará el 24 ni el 25 porque sigue varado en el aeropuerto de Los Ángeles y que Martín tendrá que resignarse a los olores rancios de los taxistas charlatanes de Buenos Aires y que ni siquiera tienes poder para convencer al administrador de La Curazao de que le cambie el lavaplatos equivocado a tu bella hija adolescente. No eres nadie. Eres sólo un pusilánime miserable roído por cientos de rencores putrefactos. Eres nadie y es navidad y estás solo en tu casa sin un jodido regalo y si no te gusta, quéjate al cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;ESA MANCHA SOSPECHOSA&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta historia me ocurrió hace unos años y siempre que la recuerdo me río solo. Trataré de contarla tal como ocurrió, sin exagerar ni inventar nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un día de semana y había quedado en encontrarme con Grettel en la chocolatería Ghirardelli de Lincoln road. Grettel era una amiga cubana, casada, madre de una hija, esposa de un ejecutivo de la industria musical, que le decía a su esposo todos los miércoles por la tarde que tenía cita con el sicoanalista y ese sicoanalista era yo y mi consultorio era la chocolatería de Lincoln road.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grettel y yo éramos sólo amigos pero supongo que ambos sabíamos que esa amistad estaba condenada a desbordarse y explorar otros territorios más peligrosos, pero esa es otra historia y es de hecho una historia que no terminó bien, que en cierto modo terminó con nuestra amistad, porque ahora ya no veo a Grettel los miércoles en la chocolatería ni los días clandestinos en que venía a mi casa cuando ya no era mi amiga sino también mi amante, una amante exigente y minuciosa en las órdenes que me daba para complacerla, pues así se plantearon las reglas del juego entre nosotros desde el principio, ella era mi diosa y yo era su esclavo y hacía lo que ella me ordenase.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso nos encontramos ese miércoles por la tarde en la chocolatería de Lincoln road, porque a ella le encantaba tomar una copa gigantesca de helados, mientras yo la envidiaba y me resignaba a un austero té verde porque los helados me ponían gordísimo y si quería llevarme a Grettel a la cama no podía ponerme como un cerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grettel era mágica y poseía una cualidad etérea, inasible, y se movía como una mariposa esquiva y siempre me hacía regalos pequeñitos y preciosos con mensajes de amor escritos en letra diminuta. Era mi hada madrina y le encantaba que se lo dijera y también le gustaba que le besara las mejillas mientras ella comía su helado de chocolate y que le rogara que viniera a mi casa a jugar un ratito conmigo, pero ella decía que amaba a su esposo y que no quería serle infiel y que era más lindo tener un amigo escritor y sicoanalista aficionado y no rebajarse a las cosas vulgares del deseo y sus peligrosas secreciones. Porque Grettel era limpísima, la criatura más higiénica y perfumada que he conocido, incluyendo a Martín, mi amigo argentino, que es también adicto a la higiene, a las cremas, jabones, champús y toda clase de fragancias que lo mantengan suave y oliendo a rosas, jazmín o cítricos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grettel era cubana pero no hablaba como cubana y no parecía cubana, aunque no sé bien cómo hablaba ni a qué se parecía, porque en realidad parecía una criatura alada, extraña y como de otro mundo, una musa que jugaba conmigo, me turbaba y luego se evaporaba, se difuminaba, se hacía humo envuelta en sus vestidos transparentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella tarde saliendo de la chocolatería se nos acercó una señora regordeta y nos ofreció chocolates en una canastita. Grettel declinó con elegancia, pero yo, que nunca rechazo nada regalado, metí tres chocolates en el bolsillo de la chaqueta, sin pensar que los chocolates no estaban cubiertos y podían mancharme el bolsillo. En ese momento sólo pensé, goloso, que nunca se desprecia un chocolate regalado, y menos si es uno de calidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un día caluroso y caminamos dos o tres cuadras por Lincoln road y luego a Grettel le provocó comer algo en un pequeño restaurante, The Ice Box, al que a veces me llevaba a comer unos postres deliciosos. Como siempre, fue ella quien eligió dónde nos sentaríamos, en unos sillones mullidos, qué comeríamos y beberíamos, porque ella era así, le gustaba tener absoluto poder sobre mí, y yo gozaba siendo su súbdito y haciendo lo que ella dispusiera y ordenara con ese aire distraído e irresistible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estuvimos desparramados en esos sillones mullidos un rato largo, hablando de las novelas que queríamos escribir, soñando con irnos tres meses a una casa en las costas catalanas, ella y yo solos, huyendo de todo, a escribir esas novelas que seguramente nunca escribiríamos, pero que en ese instante nos parecían la cosa más importante del mundo. En algún momento, sin que me diese cuenta, los chocolates que me habían regalado se deslizaron del bolsillo de mi chaqueta y terminé sentado sobre ellos, aplastándolos con mis nalgas. Para colmo de males, llevaba puesto un pantalón claro, de lino, algo infrecuente en mí, pero Grettel hacía que yo me pusiera ropas extravagantes para impresionarla, porque ella solía ponerse unos vestidos lindos, muy sexys, casi transparentes, que la embellecían de un modo inenarrable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cierto es que, en medio de tan ardorosa conversación, endulzada por unos postres muy refinados, los chocolates regalados terminaron resbalando de mi bolsillo y yo sentándome sobre ellos sin darme cuenta y adhiriendo esa mancha marrón a mi pantalón de lino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En algún momento fui a los servicios a aliviar la vejiga y lavarme las manos y cuando salí del baño me detuve a mirar los postres, y fue entonces cuando Grettel vio la mancha marrón en medio de mi amplio trasero y no dudó de que, recién salido del baño, y con lo distraído que era yo, me había ensuciado los pantalones con caca y ni cuenta me había dado y tan contento me paraba allí, con los pantalones defecados, a mirar los postres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para ella fue el más terrible de los dilemas morales que había enfrentado hasta entonces en sus veintiocho años de errática vida de mariposa: ¿debía decirme tienes caca en el pantalón o debía callárselo y dejar que yo me diera cuenta por el olor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras ella dudaba, yo regresé muy orondo y me dejé caer en el sillón mullido en el que me hallaba menos sentado que echado o desparramado. Y Grettel imaginó que ahora la mancha de caca de mi pantalón estaba contaminando los finos pliegues del sillón y que pronto todo apestaría a restos fecales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grettel sufría y a la vez se reía sola pensando si debía decírmelo, pero sobre todo pensando cuán idiota puede ser este escritor peruano para que no sepa hacer sus cosas en el baño y termine cagándose en los pantalones sin darse cuenta. Y no sabía si decírmelo o no, porque no quería ser cruel o impertinente, pero tampoco quería que otra gente, que me reconocía por la televisión, me viese paseando por Lincoln road con una mancha de caca en el pantalón de lino, ¿no se suponía que ese escritor peruano era un tipo medianamente inteligente, cómo entonces andaba con el pantalón con caca?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces Grettel sucumbió a un ataque de risa y yo le pregunté por qué se reía tanto y ella me lo dijo suave, al oído:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te has hecho caca en el pantalón, mi amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me pareció rarísimo, porque no había defecado en el baño, pero la acusación era tan grave e insólita que no dudé de que estuviera diciéndome la verdad y, abochornado, me puse de pie y ella corroboró la mancha marrón en mi trasero y yo, al verla, quedé horrorizado y estupefacto, pensando cómo y sobre todo cuándo me había cagado en el pantalón sin darme cuenta siquiera. Corrí al baño, me quité el pantalón y recién entonces descubrí que la mancha marrón olía estupendamente y no correspondía a mis deposiciones sino a los chocolates regalados y derretidos, que nunca debí aceptar de esa señora regordeta con canastita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando regresé al lado de Grettel, ya lavado el pantalón con agua y jabón, le dije:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No era caca, amor, era chocolate derretido, el chocolate que me regalaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grettel no me creyó y hasta el día de hoy no me cree y está segura de que aquella tarde yo me cagué los pantalones y le quise hacer creer que cagaba chocolate. A pesar de ello, seguimos siendo amigos y tiempo después terminó en mi casa, en mi cama, sin ropa, comiendo trufas, dejando que lamiera chocolate blanco Godiva de sus nalgas deliciosas y riéndonos de aquel absurdo episodio de la mancha marrón en mi trasero, gracias al cual creo que ella decidió que yo merecía extraviarme en los misterios de su cuerpo, porque alguien que cagaba chocolate merecía tener como amante a una mariposa grácil y extraviada que había venido volando desde La Habana y añoraba volar de regreso a su isla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;COSAS QUE TERMINAN EN LA BASURA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última vez que estuve con Bolaño fue en una cafetería de Barcelona. Me dijo que le había gustado Los amigos que perdí, aunque entendí que le había gustado menos que Yo amo a mi mami, novela que presentó en esa ciudad un año antes de ganar el Herralde con Los detectives salvajes. Me dijo: ten cuidado con los adjetivos. Tiempo después, Jordi Herralde me invitó a cenar en Barcelona. Comimos pescado. Al regreso, en su Volvo blanco antiguo, me dijo que Bolaño se inventaba enfermedades para no viajar a cumplir compromisos literarios por Europa y que así no podía seguir ayudándole a difundir su obra en otras lenguas. Me dijo: en vísperas de viajes ya pactados y anunciados, siempre se enferma, y nunca sé si es una enfermedad real o imaginaria. Por eso, cuando, no mucho después, me contaron en un restaurante de Santiago de Chile que Bolaño estaba enfermo, dije que seguramente era un truco para no viajar y quedarse tranquilo en Blanes. Al día siguiente supe que había muerto y me sentí un idiota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última vez que estuve con Carlos Enrique Cisneros fue en Joe Allen, un restaurante de Miami Beach que le gustaba mucho. Parecía tranquilo, contento, aunque en él había siempre un aire de distancia impenetrable, tal vez el dolor de haber perdido a su padre ahogado tratando de rescatarlo a él, entonces un niño, en un río venezolano. Esto lo marcó fatalmente y creo que le impidió disfrutar de la inmensa fortuna que poseía. Viajaba muchísimo, tanto que me daba vértigo, y sólo llevaba consigo una mochila y cuando tenía que llevar más cosas no usaba maletas, las enviaba antes en cajas por correo rápido. Aquella tarde, la última que estuvimos juntos, lo noté contento porque se había enamorado de un mexicano y planeaban vivir juntos en la mansión de Palm Island, a la que tantas veces me invitó y nunca conocí, y en el departamento de Santa Mónica, porque Carlos Enrique, como buen Cisneros, no vivía en una ciudad, vivía en el mundo. Todavía no sé si la sobredosis que le quitó la vida fue deliberada o accidental. Quizá el mexicano lo dejó. Quizá se aburrió de viajar cada tres días con una mochila. Quizá sólo quería dormir y no despertó más. Lo recuerdo ahora como un buen tipo. Pero creo que la culpa de su padre muriendo ahogado tratando de rescatarlo le jodió la vida. Carlos Enrique me preguntó una vez: cuando entras a una reunión, ¿te gusta que todos sepan que eres bisexual? Le respondí: Prefiero no entrar a ninguna reunión, pero si estoy obligado a entrar, sí, me gusta que todos lo sepan. En eso somos distintos, me dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Patricia Téllez, íntima amiga y representante de Shakira desde que la cantante era una niña precoz en Barranquilla, la vi por última vez en un restaurante de Bogotá ya pasada la medianoche. Comimos delicioso. Pagó la cuenta. Me paseó por la ciudad en su camioneta Mercedes. Hablaba poco, era tímida, discreta, leal, generosa. Me ofreció su departamento para quedarme a dormir. Decliné. Me contó que estaba construyéndose una gran casa en una colina. Subimos a la colina. La vista era preciosa. Aquí me voy a retirar, me dijo. Pero no tuvo tiempo de retirarse. Me dejó en Casa Medina. A los pocos días la encontraron muerta en su cama. En su mesa de noche estaba el libro que le había regalado, El huracán lleva tu nombre. Me sentí doblemente culpable porque no la acompañé a dormir en su departamento y porque quizá lo último que leyó fue alguna página mía salpicada de cursilería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A García Márquez lo conocí en casa de César Gaviria en las afueras de Washington en una cena en su honor. Hablamos brevemente. Fue amable y cordial. Tengo la certeza de que no volveré a verlo. Hice bien en no pedirle una foto ni una firma. Hice bien en decirle Gabo y tratarlo de tú. Hice bien en no preguntarle por qué Mario le dio ese puñetazo en México.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Mario lo vi por última vez en un restaurante de Guadalajara hace ya tres años. Estaba exhausto porque venía de presentar su monólogo teatral. Éramos ocho o diez personas con hambre inmoderada. Un magnate mexicano, ennoviado con una modelo peruana muy enjoyada, pagó la cuenta. El pobre Mario no paraba de bostezar. Aquella noche, y antes en el lobby del hotel Hilton, fue particularmente cariñoso conmigo, tal vez porque comprendió que me había tratado con excesiva dureza cuando su hijo Álvaro renunció como asesor a la candidatura de Toledo. Nos despedimos en el ascensor. No he vuelto a verlo desde entonces. Después me llamó payaso, un maltrato verbal que pudo ahorrarse después de los que ya me había infligido, y por supuesto me dolió. Tengo la certeza de que no volveré a verlo, como no volveré a ver a su hijo Álvaro, que fue mi amigo por tantos años hasta que, sin darme explicación alguna, decidió darme de baja, como se dice en lenguaje policial. En venganza (porque no soy bueno para perdonar), estos últimos días en mi casa de la isla, arrojando cosas a la basura, tiré dos libros de Mario (La verdad de las mentiras y El arte de lo imposible) y todos los de Álvaro. También dejé caer a la basura la última novela de Boris Izaguirre, que me pareció falsa, artificial (como La mujer de mi hermano) y en represalia porque Boris me dijo en el hotel Claris de Barcelona que no tiene tiempo de leer mi última novela, aunque por supuesto sí tiene tiempo de ser jurado de Mira quién baila y deshacerse en elogios desmesurados antes las contorsiones de un ex torero devenido bailarín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última vez que me encontré con Almodóvar fue en los cines Princesa de Madrid. Lo vi haciendo la fila, a veinte personas detrás de mí, solo, sin aires de estrella, sin custodios. Me encantó que siguiera siendo un hombre que va al cine en función de matiné en día de semana. Cuando llegué a la boletería, compré una entrada para mí (Quemar después de leer, la de los Coen, que es genial, aunque menos que la de Philippe Claudel, I've loved so long, que espero que le den el Óscar a Kristin Scott Thomas por esa actuación delicada y magistral) y compré ocho entradas para ocho películas distintas que comenzaban alrededor de esa hora, las cinco de la tarde. Luego me acerqué a Pedro, me saludó con cariño, le pregunté cuál iba a ver, me dijo que Gomorra, me vio buscando la entrada de esa película entre las ocho que había comprado para él, dijo halagado pero qué dispendio, le di la entrada y me fui deprisa. Era lo menos que podía hacer por Almodóvar, era una manera de decirle gracias por tanto placer, por tantas películas geniales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con mi madre me reuní hace dos semanas en el hotel Country de San Isidro. Tomamos el té. La invité a pasar año nuevo conmigo en Miami. Días después me escribió un correo aceptando ilusionada la invitación. Pero ese día una amiga suya me había escrito: Si quieres a tu madre, ¿por qué te burlas de ella cuando escribes. Me pareció una impertinencia, más todavía porque esa odiosa señora no me había visto ni escrito en muchos años. Le reenvié ese correo agrio a mamá. Ella me respondió que su amiga era graciosísima y adorable. Le escribí a mamá diciéndole que prefería cancelar el viaje de año nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer por la noche, en el aeropuerto de Miami, le di un abrazo a Martín y le dije que iré este lunes a Buenos Aires. Ahora creo que es mentira. No iré a Buenos Aires ni lo veré un buen tiempo. Necesito estar solo. Necesito escribir la maldita novela sobre mi padre que está torturándome. Necesito estar en la isla y pasarme días sin hablar con nadie, hasta que llegue de Vancouver mi hermano Javier, que además de hermano es mi amigo. Con él y su familia pasaré navidad y año nuevo. Antes de que llegue, creo que seguiré tirando libros a la basura. Me tienta arrojar los de Saramago, los de Cela, los de Auster, los de Umbral y los de ese japonés que se ha puesto de moda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;EL AMANTE MERCENARIO Y DELATOR&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay una chica en mi cama y es lunes y en dos horas tengo que dejar el hotel y correr a darle un beso a mi hija menor que está enferma y luego correr en medio del tráfico espeso y caótico de Lima para llegar a tiempo a tomar el vuelo de regreso a la isla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La chica sabe que he reservado esas dos horas con ella y que no tengo un minuto más, sabe que he llegado a Lima el día anterior y no he podido verla porque he estado enredado en compromisos familiares y grabaciones en el canal de televisión. La chica también sabe que esa mañana no he podido verla porque he acudido a una dependencia policial a someterme a un interrogatorio derivado de la querella que ha planteado contra mí una señora ignorante y codiciosa que se niega a aceptar que el tiempo nos corroe a todos y la televisión es una fiesta que no dura para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La chica está callada y por eso me gusta. La chica ha dejado a su novio y me ha ido a buscar al estudio de televisión varios domingos seguidos y me ha regalado fotos suyas (algunas muy perturbadoras, en el mejor sentido) y me ha dicho que sólo quiere ser mi amiga, sabiendo que eso es imposible y que es demasiado joven y deseable como para que yo me resigne a ser su amigo. La chica ha abandonado la universidad, ha conseguido que yo pague todo el semestre para que su padre no se entere de que ya no estudia filosofía, se ha matriculado en un taller literario dictado por dos escritores que se han pasado la vida diciendo que soy un escritor malo o incluso pésimo, y me ha dado a leer algunos cuentos que ella ha escrito, unos cuentos que me han gustado mucho, tanto que le he prometido que quizá algún día los publicaré en un libro que me gustaría titular Pajas, título que a ella le gusta también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los cuentos son todos muy personales y suelen narrar las peleas que ella tiene con su madre, que es adicta a las pastillas, y con su padre, que es alcohólico y sin embargo jugador de frontón, y con su ex novio, que la acosa por teléfono y le ruega que vuelva con él y alivia su tristeza visitando prostíbulos, cosa que él inexplicablemente le cuenta y a ella le da asco y ganas de no verlo más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La chica y yo nos hemos visto varias veces en ese mismo hotel de Lima y nos hemos besado y tocado y ella ha cumplido con perfecta sumisión las bajezas que le he ordenado, pero no se podría decir que hemos hecho el amor, han sido sólo unos breves encuentros en los que la amistad, sus cuentos tristes y el deseo se han entremezclado y han terminado siempre conmigo metiendo dólares en su cartera para que pueda pagar el taller literario que dictan los escritores que se consideran infinitamente superiores a mí y no pierden ocasión de despedazar cada novela que publico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta noche, sin embargo, y tal vez porque sabemos que sólo disponemos de dos horas, las cosas ocurren como si tuviesen que ocurrir, como si estuviesen escritas en un guión: nos besamos, nos quitamos la ropa y le pregunto si debo ponerme un condón y ella me dice que no, que toma pastillas, y sin perder tiempo se sienta a horcajadas sobre mí y cabalga mientras yo tiro de sus pelos rubios y pienso si será verdad que toma pastillas y si debo terminar en ella corriendo el riesgo de dejarla embarazada a sus apenas diecinueve años y yo con una hija de quince que es más alta que esa chica que está agitándose sobre mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como suele ocurrirme en esos momentos, me abandono a la fortuna que me reserve el destino y entonces hacemos el amor, sólo que es un acto breve, desesperado, impregnado de una extraña tristeza, porque ambos sabemos que no nos veremos en un tiempo largo y quizá no nos veremos nunca más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después, mientras ella se viste, meto mis cosas atropelladamente en el maletín de mano, llamo al botones, pago la cuenta, la subo a un taxi sin darle siquiera un beso y subo a la camioneta y manejo como un suicida para llegar a tiempo a darle un beso a mi hija enferma con cuarenta de fiebre y luego a subirme al vuelo que me instalará de vuelta en la vida sedentaria y cálida de la isla, lejos de mis hijas, de mi madre, de mi chica callada y tal vez ahora embarazada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque ocurre enseguida lo que era predecible: la chica me escribe preguntándome si tengo sida. Le digo que no. Me pregunta cómo estoy tan seguro. Le digo que estoy seguro. Le pregunto si es verdad que toma pastillas. Me asegura que sí. Le digo que no le creo. Le digo que seguramente ya está embarazada. Le digo que si está embarazada me encantaría tener un hijo con ella. Me dice que no está embarazada y que si lo estuviera abortaría sin pensarlo dos veces. Deja de escribirme unos días. Luego me escribe y me dice que le vino la regla. No sé si creerle. En todo caso, sé que no quiero verla en un tiempo. No quiero más enredos amorosos en mi vida. Se lo digo: Quiero estar solo, radicalmente solo, no me escribas más, no vayas a verme al canal, no me busques en el hotel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La chica me dice que soy un egocéntrico y un vanidoso (usa esas dos palabras) y que sólo una persona tan egocéntrica y vanidosa es capaz de hacerle lo que yo le hice: llamarla al hotel, tener sexo apurado con ella, subirla a un taxi y decirle que no quiero verla por un tiempo indefinido. Le digo que probablemente tiene razón, pero que no olvide que puedo ser generoso además de vanidoso porque pagué todo el semestre que ella dejó de ir a la universidad, mintiéndoles a sus padres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La chica es preciosa y escribe bien y cuando veo sus fotos tal vez la extraño y pienso en ella haciéndome el amor, en llevarla de viaje a una playa y disfrutar abusivamente de su cuerpo casi adolescente. Le pregunto si está dispuesta a viajar conmigo escapando de Lima en las fiestas de fin de año. Me dice que sí. Luego me manda un cuento en el que recrea la escena del hotel: ella es la inocente aspirante a artista que ha caído en la emboscada que le ha tendido vilmente el escritor egocéntrico, que después de usar de su cuerpo le mete plata en la cartera como si fuera una prostituta, lo que a ella le resulta humillante. Le escribo diciéndole que ya no tengo ganas de seguir leyendo sus cuentos y que si mi plata le resulta humillante, debió decírmelo y no aceptarla en silencio y luego quejarse escribiendo cuentos sobre su vida torturada para que sus profesores del taller la elogien, sospechando que ese egocéntrico que compra las caricias y los labios de aquella pobre chica soy yo, el escritor frívolo que ellos detestan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La historia con la chica que me dijo que quería ser sólo mi amiga y dejó a su novio y la universidad para ser escritora y que me miraba desde una esquina del estudio de televisión todos los domingos con un aire de superioridad, como diciéndome que mi programa era un adefesio y yo no merecía a una chica tan joven y bella como ella, parece haber terminado de momento, y terminado mal, como suelen terminar estas historias, porque ella me ha dicho que soy peor aún de lo que parezco en televisión y yo le he dicho que no me interesa leer sus cuentos ni verla más y ella me ha preguntado ¿y no vas a cumplir tu promesa de publicar mis cuentos? y yo le he dicho que las malas personas rara vez cumplen sus promesas y que ella supo desde el primer domingo que fue a sonreírme coqueta al estudio que yo era una mala persona y no sería su amigo sino su amante mercenario y delator.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;GUERRA EN FAMILIA&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la señora Mary Kirkpatrick enviudó hace unos años, heredó de su esposo de toda la vida (al que encontraron muerto de un infarto en un hotel de Lima, en el que se había reunido con una prostituta de lujo, cuarenta años menor que él) una importante suma de dinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como la señora Mary nunca se había preocupado por ganar dinero, pues de ello se ocupaba su marido, quien la mantenía holgadamente, no supo qué hacer con los millones que su esposo infiel le había dejado en varias cuentas bancarias en Grand Cayman.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso, al día siguiente de los funerales de su esposo, la señora Mary reunió a sus tres hijos y les pidió consejo sobre cómo proteger y, si acaso, multiplicar el dinero que había heredado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fátima, su hija mayor, le aconsejó que trasladase el dinero a un banco de inversiones de Nueva York. La señora Mary no le hizo caso porque Fátima se había divorciado de Antonio (apodado inexplicablemente Popotito), con quien tenía dos hijos varones, y eso a ella le parecía una crueldad con el pobre Popotito, que había tenido la mala suerte de enamorarse de su secretaria, algo que la señora Mary pensaba que Fátima debía haber pasado por alto, como ella había ignorado, haciéndose la distraída, las repetidas travesuras amorosas de su marido ya muerto, y muerto precisamente en combate sexual con una prostituta de quinientos dólares la hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su hijo Leopoldo le recomendó que comprase acciones en la compañía minera del hermano de doña Mary, el distinguido millonario solterón Henry Kirkpatrick III, uno de los hombres más ricos del país. La señora Mary se negó rotundamente, sin dar explicaciones. Su hermano Henry tenía fama de homosexual discreto y todavía en ejercicio, lo que a ella, que era tan religiosa, le parecía una cosa muy mala, tan mala que por eso se negó a comprar acciones en la compañía de Henry, quien por lo demás era siempre generoso y encantador con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sergio, el menor de sus tres hijos, el que más problemas le había dado, el que había sido enviado a siquiatras desde niño y al que habían dado a tragar innumerables pastillas tratando de aplacar su carácter díscolo y revoltoso, el que le había robado joyas y dinero, el que había sido enviado a un internado en Ginebra con el propósito de reformarlo, la oveja negra de la familia, le aconsejó que comprase departamentos (el ladrillo nunca te lo pueden robar, mami) y los alquilase y viviese de esas rentas. Pero la señora Mary tampoco le hizo caso a su hijo menor porque pensó que vivir de los alquileres pagados esforzadamente por familias de clase media no era moral ni cristiano, que era una forma de usura reñida con su sentido de la ética.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras escuchar a sus hijos, la señora Mary decidió que su deber como peruana de bien era trasladar el dinero heredado de su esposo a una cuenta en un banco de Lima, la cuenta que ella había mantenido durante años en el banco más prestigioso de la ciudad, donde por suerte trabajaba Michael, otro de sus hermanos, en quien ella confiaba a ciegas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue así como los millones viajaron en una simple operación cibernética de Grand Cayman a Lima y la señora Mary le pidió a su hermano Michael que cuidase de ese dinero sin exponerlo a grandes riesgos. Sus tres hijos le dijeron que era una locura meter la plata en un banco de Lima a una tasa de interés muy baja, pero ella no les hizo caso y dijo que el amor a la patria se demostraba poniendo toda su plata en un banco peruano. Ellos se rieron y le dijeron que se arrepentiría de su patriotismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo marchaba relativamente bien en la familia hasta que Fátima decidió comprarse una casa en los suburbios, endeudándose con el banco en el que trabajaba su tío Michael. Una vez instalada en la nueva casa, Fátima le pidió un préstamo a su madre para amoblarla y equiparla con la última tecnología. La señora Mary se negó a darle el dinero por considerar que Fátima había hecho mal en divorciarse de Antonio, Popotito, y no perdonarle los amores furtivos con la secretaria de pechos voluptuosos. Esto naturalmente provocó un distanciamiento entre madre e hija.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al poco tiempo Leopoldo le pidió a su madre una suma considerable para comprar tierras y ganado en el sur. La señora Mary, que nunca se había entendido con su hijo Leopoldo, quien le recordaba a su marido por su carácter autoritario y sus modales hoscos, le negó el préstamo, alegando que ella hacía lo que le aconsejaba su hermano Michael, quien pensaba, y así se lo había dicho claramente, que el dinero no debía retirarse de los certificados a plazo fijo en los que se hallaba a buen recaudo. Leopoldo se molestó con su madre, le dijo que era una vieja tacaña y no la saludó por el día de la madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estando ya indispuesta con Fátima y Leopoldo por esos asuntos monetarios, la señora Mary, orgullosa de que su hijo Sergio, que tantos problemas le había dado de chico, se hubiese convertido en un hombre religioso, de misa diaria y confesión semanal, de rezar el rosario con ella y preservar su castidad hasta que encontrase a la mujer ideal con la cual casarse, no dudó en prestarle dinero a Sergio cuando él se lo pidió para comprar acciones de una compañía petrolera que, según le aseguró, iban a dispararse pronto. Contrariando la opinión de su hermano Michael, la señora Mary sacó casi todo su dinero de los certificados y lo transfirió a la cuenta de Sergio, no sin antes pedirle a Michael absoluta discreción al respecto, pues no quería que Fátima y Leopoldo se enterasen de ese préstamo para evitar más conflictos familiares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señora Mary y su hijo Sergio supieron guardar el secreto durante unos meses, tiempo en el cual las acciones de la petrolera se desplomaron, reduciendo a escombros la inversión que Sergio había hecho a escondidas de sus hermanos y en complicidad con su madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como la señora Mary tenía ya setenta y cuatro años, a veces se olvidaba de ciertas cosas. Por ejemplo, no recordaba dónde había escondido el dinero para pagarles a sus empleadas domésticas o la clave secreta de su tarjeta para retirar efectivo, el poco efectivo que le quedaba. Por eso, cuando, hace pocos días, tomando el té en el hotel Country, su hijo Leopoldo le pidió una módica suma de dinero para hacerse una operación de cirugía estética en la nariz, ella se olvidó del préstamo secreto y le dijo con toda naturalidad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No puedo darte ni un centavo, mi amor, porque todito se lo he prestado a tu hermano Sergio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Indignado, Leopoldo le dijo cosas tremendas a su madre (siempre preferiste a Sergio, eres una vieja arpía, ahora entiendo por qué papi no te aguantaba y tenía otras mujeres), no tardó en llamar a Fátima para informarla de ese préstamo que consideraba injusto y desleal y fue a buscar a Sergio para romperle la cara por tener la desfachatez de vaciar las cuentas bancarias de su madre e invertir en unas acciones que habían caído vertiginosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fátima llamó a su madre y le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vieja de mierda, no quiero verte más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego llamó a su hermano Sergio y le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo sabía que seguías siendo un ratero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leopoldo se ahorró los insultos, esperó a Sergio a la salida de un café de San Isidro y le dio una golpiza tan brutal que lo mandó de urgencia a la clínica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora que se acercan las navidades, la familia se encuentra dividida en dos bandos enemigos y al parecer irreconciliables: Fátima y Leopoldo, quienes planean una celebración austera en casa de ella, y la señora Mary y su hijo Sergio, que sigue en la clínica Americana, recuperándose de la paliza que le propinó su hermano. Ayer por la tarde, la señora Mary Kirkpatrick le llevó empanadas de la cafetería Baguette a Sergio, quien encontró un momento para decirle, sobándole la mano:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No te preocupes, mami, que las acciones van a subir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señora Mary lo miró con cariño y le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No me importa la plata, mi amor. Lo único que me importa es subir al cielo contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MI PADRE SOY YO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabía que tenía que volver a subirme a una bicicleta y recorrer esa calle de bajada en la que me accidenté y dejé manchas de sangre y me partí el brazo ante la mirada compasiva de algunas señoras que me ayudaron a levantarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabía que debía regresar a esa esquina aviesa de Menéndez Pelayo y demostrarme que se me fue una vida en aquella caída pero pude recuperarme gracias a una cierta obstinación, a un espíritu de resistencia que se forjó en mí desde niño, muy a mi pesar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces tenía que resistir a los correazos que mi padre me daba en las nalgas (sin saber que estaba educándome en una escuela del placer en la que ahora estoy condenado a seguir instruyéndome) y a los golpes con una regla de madera que Mr. Moulder, ese calvo perverso y encantador que enseñaba en el colegio inglés, me daba en la palma de la mano derecha, el brazo extendido, tembloroso. En ambos casos aprendí a que cuando se cansaban de golpearme, la mejor revancha era pedir un golpe más, un correazo más, una lección que me ha sido útil para la vida pública que me asaltó después.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tenía que volver a Madrid tan pronto. Había estado los últimos días de setiembre cuando me accidenté, levitando por el exceso de pastillas y burlando con arrojo torero desde la bicicleta todas las suertes contrariadas que surgían de cada esquina, y ahora era noviembre y ese sol engañoso me hacía pensar que seguíamos en setiembre y ya no me dolía el brazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el brazo aún dolía a pesar de la rehabilitación, las descargas eléctricas, los ejercicios y los masajes, y por eso, por lo que me enseñaron mi padre y el profesor, supe que debía volver a montar en bicicleta esas mismas calles en las que dejé regada una vida y un poco de sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando fui a comprar otra bicicleta en la calle Goya no encontré al vendedor que me atendió en setiembre. Pregunté por él. Me dijeron que había renunciado. No les creí. Seguramente lo habían despedido. Compré esta vez una bicicleta de varón, a ver si me deparaba mejor fortuna que la otra, con canasta, que terminó retorcida e inservible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No estaba en mis planes estrenarla aquel sábado a medianoche. Quería dar vueltas por el Retiro y dejarme llevar por Menéndez Pelayo al día siguiente, domingo, día que, según los pronósticos, sería despejado y agradable. Salí del departamento y me puse a esperar un taxi en la esquina de casa, frente a la bodega de las chinas que me recibieron con alborozo y me sobaron el brazo lastimado diciéndome cosas agridulces en mandarín, cosas que desde luego no entendí pero mitigaron el dolor del brazo casi rehabilitado y ya no tan tieso y entumecido como cuando me quitaron el cabestrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pocas veces he pasado por Madrid y sabía por eso que un sábado a medianoche era altamente improbable encontrar un taxi en esa esquina o en ninguna. No pocas veces he caminado en Madrid hasta volver al hotel o a casa, a falta de un taxista, no importa si fascista, que me rescatase del frío. Aquel sábado no fue una excepción. Estuve media hora esperando un taxi y nunca apareció. Los pocos que pasaban iban ya ocupados y el frío empezaba a molestar. No era el frío despiadado de diciembre, pero era un frío que se metía por los pies y conspiraba contra mi precaria recuperación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Harto de esperar, comprendí que el destino había adelantado la cita que tenía conmigo para expiar mis demonios y volver al coso en el que la bestia me corneó y dejó malherido, volver y no sentir miedo, porque un torero con miedo es un torero muerto, el miedo se olfatea desde lejos y te condena en ese oficio y en todos los demás, incluyendo el mío, que no sé bien cuál es, creo que el de charlatán, gitano y ciclista ocasional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajé a la cochera con olor a basura rancia, cargué la bicicleta, me subí en ella y empecé a pedalear de subida por la Menéndez Pelayo, sintiendo que en cada esfuerzo muscular se me iba otra vida y que era peligroso trepar cuesta arriba a esa hora, tratando de llegar a la función de medianoche del cine de la calle Narváez que tanto me gusta para ver una película que sospechaba que sería mala pero no importaba, un viaje a Madrid era incompleto si no veía al menos una y a veces hasta tres películas al día y ese sábado no había visto ninguna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegué al cine, estaba excitado, poseído por una confianza ciega en mi poderío, y por eso no me importó pedirle a la chica que me vendió las entradas que cuidase mi bicicleta porque no tenía cadena ni candado para amarrarla y ella aceptó tan ingrato encargo, no sin que sus manos fuesen previamente lubricadas por unos euros siempre bienvenidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La película fue menos mala de lo que sospechaba porque Ariadna Gil estaba soberbia y Diego Luna parecía a ratos un demente suicida y por eso mismo alguien que podría ser tu amigo, pero no pude disfrutarla del todo porque estaba impaciente por salir a ver si me habían robado la bicicleta, quizá la chica de la taquilla o algún peatón avispado, y arrojarme pedaleando por la calle de necesidad mortal que me había convocado de vuelta a Madrid.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me habían robado la bicicleta y la chica sonrió y me hizo pensar que debo pasar más tiempo en Madrid y menos en Miami. Luego empecé a pedalear deprisa por Narváez y doblé a la derecha en Menorca y tomé Menéndez Pelayo de bajada. Lo prudente hubiera sido elegir la acera, despoblada a esa hora. Pero lo prudente no ha sido nunca, en mi caso, lo aconsejable. Por eso me quedé en la misma pista por la que me descolgué aquella tarde última de setiembre y busqué con frenesí autodestructivo toda la velocidad que mis piernas pudiesen obsequiarme y por un momento pensé que estaba muerto y que ese recorrido lo hacía otra persona que ahora habitaba mi cuerpo. Porque aquella persona que se accidentó vivía dopada y tragando pastillas y esta otra quería resistir, sobrevivir, remontar la adversidad y afirmar virilmente la búsqueda del placer a cualquier precio y contra toda adversidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Helada la nariz por el viento de las tres de la mañana, sujetando con un brazo el timón, buscando tozudamente esa cita inevitable con mi destino y mi historia hecha de golpes y caídas, pude ver a mi padre dándome correazos en el culo y al profesor del colegio descargando su rabia con una regla de madera en mi mano extendida y a mi madre haciéndome rezar en latín y a mi bella hermana refugiándose en un convento en las montañas sin colchón ni agua caliente y a un amigo cocainómano humillándome por un tiro más y a mis amantes avergonzados abandonándome por una mujer conveniente y a mis hermanos peleándose a golpes para negar lo innegable, lo que está ya escrito y dicho, lo que soy porque está en mis genes o porque mi padre lo quiso así: que yo también fuese cojo de alguna manera para parecerme a él. Y fue así como llegué a la esquina donde volé y me partí el brazo y me detuve un momento y sentí la presencia reconfortante de mi padre contentándose por mi espíritu guerrero, por atreverme a cruzar silbando ese puente imaginario sobre el río Kwai, como en la película que me llevó a ver cuando era niño, y comprendí que su destino y el mío era el de ser cojos, él porque los huesos se le encogieron y yo porque el alma me quedó coja, lisiada. Y nunca fui más amigo de mi padre que aquella noche en la esquina aciaga de Madrid donde perdí una vida y la recobré semanas después, un sábado de noviembre que no olvidaré, como no olvidaré la última sonrisa de mi padre que me hizo cojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;COSAS QUE PASAN CUANDO VIAJAS&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siendo noviembre, esperaba frío en Barcelona. Fue una sorpresa caminar bajo un sol que parecía de primavera y que me hizo jurarle a Martín que volveremos en abril cuando las calles se llenan de flores y libros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre me había quedado en el Majestic, y alguna vez en el Condes, donde Boris volvió a ver después de la operación para corregirle la miopía (la otra noche me ha dicho, sacándose el maquillaje, que no ha leído mi último libro porque no ha tenido tiempo, y me ha hecho reír por su descaro, y le he dicho ojalá tengas tiempo de leerlo antes de cumplir los cincuenta), pero esta vez tuve la suerte de que Andreu Buenafuente me mandase al Claris, que me ha fascinado y al que me he prometido volver, porque me han tratado con mucho cariño comedido, como suele ser el cariño catalán, y porque me han mimado muy especialmente los chicos argentinos vestidos de negro, tan suaves y guapos, a los que he regalado en señal de gratitud mi libro firmado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También le he regalado mi libro a Gianina, la peluquera peruana de la calle Valencia que me cortó el pelo y me dijo que lleva nueve años en Barcelona y tiene una niña que le habla en catalán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé si queda bien que un escritor compre todos los días su libro y ande regalándolo por la calle al primer espontáneo que lo saluda, pero tal es mi caso y por eso también le dejé la novela (que no fue fácil encontrar en la librería) a la camarera del café donde solíamos desayunar, de nombre Erika y también peruana, desde luego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había venido a Barcelona con Martín hace ya seis años y no fue un viaje tan feliz porque el frío de febrero propició peleas y desencuentros, pero este ha sido un viaje más tranquilo, tanto que nos hemos dado tiempo de ir a los cines Icaria, mis favoritos en la ciudad, y ver la última de los hermanos Cohen y la de Anne Hathaway haciendo de drogadicta torturada, e incluso una película tremenda y creo que mala pero divertida, Diario de una ninfómana, basada en la novela de mi amiga francesa Valérie Tasso, con quien alguna vez salí a comer en Barcelona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero lo mejor de estos días catalanes de veranillo de San Martín ha sido conversar con ese taxista refinado que nos decía que va dos veces al año con su familia de vacaciones a Nueva York, lo que me hizo dudar de la crisis global y me recordó que estaba en una ciudad rica donde los taxistas van de compras a Nueva York, y, saliendo del cine, caminar bajo una fina llovizna que apenas molestaba por el paseo marítimo y por la rambla, mirando a la gente y aspirando el mar y espiando con el rabillo del ojo el perfil risueño de mi chico queriéndome en silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después hemos sobrevivido al peor momento del viaje, que ha sido el descenso a Sevilla, apiñados en buses, hacinados en el avión, leyendo el Hola para escapar de tanta gente a tan corta distancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a Sevilla y subir al taxi y meternos en el centro, ha sido como entrar en la máquina del tiempo y viajar siglos atrás, porque el conductor, oyendo el fútbol en la radio, se metía en callejuelas más y más angostas que se bifurcaban en un laberinto infinito y nos llenaban de pavor e incredulidad, como si estuviéramos en una película de final incierto, y cada curva era como si descendiésemos a un infierno más abrasador, y Martín se tapaba los ojos y yo le decía tranquilo, no pasa nada, estamos en Sevilla y nadie nos hará daño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y luego hemos llegado, en medio de ese vértigo de calles que se estrechaban y casas añosas que podían caernos encima y paredes que rozaban las puertas del auto, como si los fabricantes de autos en Sevilla midiesen primero las calles angostas y en base a esas medidas diseñasen los coches, al hotel al que Jesús Quintero nos ha mandado, un palacio de recovecos moros y aire gitano con vista a la Giralda, donde nos hemos drogado para dormir, después de comer unas cosas muy extrañas que juro que se movían, un atún transparente y laminado que se movía y no dejó de moverse hasta que salimos deprisa por esas calles embrujadas de las que oían los ecos de voces antiguas e inquietantes que decían ven, majo, entra a por una copa, que acá te estábamos esperando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por suerte hemos salido vivos del laberinto gitano, y al día siguiente el sol ha anunciado la presencia de la Giralda en la ventana del baño, y Martín me ha llevado al lugar que más ama de esa ciudad, el Starbucks donde nadie fuma y él come el mismo sánguche de siempre, y yo me he sentido feliz, tanto que he ido a comprar luego mi libro en la Fnac para dejárselo firmado a Antonio, el cajero velludo y encantador que me ha reconocido, y a Lucho, el peruano que me sirvió el capuchino con soya (porque siempre hay un peruano en todas las cocinas de todos los restaurantes a los que vamos), y que me llamó Jaimito, igual que el camarero del restaurante japonés de los platos que se movían, que no sólo me llamó Jaimito, sino que se hizo la foto conmigo, por lo cual no me sentí obligado a dejarle mi libro ni libro alguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jesús Quintero me ha contado que no siente orgullo por sus antepasados y que hubo doce Quintero entre los conquistadores que saquearon las Indias, pero que uno de ellos quiso boicotear la expedición porque quería quedarse tranquilo en casa, y yo le dicho, maravillado por la forma inesperada como se ha puesto a contarme esas cosas por teléfono, que ese Quintero bueno fue seguramente su antepasado, y él se ha reído y ha salido con otra historia no menos sorprendente: que cuando se fue a Buenos Aires una temporada, donde a veces me confunden con él, vio una noche en televisión a Menem, entonces presidente, presentando el programa de Neustadt, que en paz descanse, y diciendo que le había tocado reemplazarlo porque Bernardo estaba enfermo y lo había llamado para pedirle que se sentara a conducir el programa en su lugar, cosa que Menem hizo muy a gusto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo vi una vez a Neustadt en el centro comercial Aventura, en Miami, y lo vi solo, triste y aburrido y en pantalones cortos, esperando a que una mujer más joven terminase de comprar, y no quise saludarlo porque me pareció que no estaba contento con su vida de jubilado próspero que espera a que su mujer termine de comprar lo que nunca terminará de comprar, y así se le fue la vida al pobre Neustadt, al que ya no podré saludar y al que una vez entrevisté en televisión, aunque usar el verbo entrevistar puede que sea en este caso una hipérbole, porque él, que no era devoto del silencio, me hizo el trabajo fácil y me ahorró las preguntas, diciéndome muchas cosas enrevesadas que no sé si entendí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Sevilla he comprado regalos para mis hijas, no ropa, que detesto comprar ropa, les he comprado el disco Loca de María Peralta para Camila, y el de Pitingo, Soulería, cantando en flamenco clásicos pop, para Lola, regalos que en realidad son egoístas, porque antes de dárselos a ellas los escucharé y disfrutaré yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quien no es egoísta para nada es Martín, porque corre a todos los H&amp;amp;M que puede, comprando cosas lindas para su amiga rockera Nat, a la que ama y a la que yo, sin conocer, amo también, porque he oído sus canciones en inglés de Pinkat y me ha encantado, y luego la he visto muy Gwen Stefani posando en la Rollins Stone argentina y he decidido que ella es la musa que nos inspirará en la fiesta que dará Martín en el Sofitel de la calle Arroyo de Buenos Aires en abril, pues Martín y yo preparamos sus fiestas de abril ya desde noviembre, porque así lo quiero yo hace ya siete abriles, y en lo que a mí respecta, que sean muchos más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;EL VOTO ATORMENTADO&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el brazo todavía lastimado subí al avión a medianoche decidido a llegar a la isla el martes para correr a votar a las siete de la mañana sin saber todavía por quién votar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis hijas me habían pedido que votase por Obama porque les parecía que era necesario un cambio, que debía acabar la guerra absurda, que era bueno que ganase un negro con cara de hombre noble, que no podían seguir ganando los blancos testarudos que quieren ir a la guerra para resolver los problemas a bombas y que han destruido la economía del país prestando plata a los incautos con la esperanza de esquilmarlos y esclavizarlos económicamente, sólo para darse cuenta, ya tarde, que el embuste era tan malvado que los arrastró a ellos también a la quiebra, víctimas todos de la fiebre consumista que es el origen de todos los males, de la pretensión frívola de tenerlo todo y ahora, ya mismo, enseguida, que ha llevado a tanta gente a prestar cruelmente como a endeudarse imprudentemente, y ambos son culpables, pero más los que dieron el dinero con ánimo usurero que los ingenuos que lo tomaron prestado para comprarse ficticiamente una casa cuando en realidad estaban adquiriendo una deuda y esa foto, todos sonrientes, de la familia inmigrante en la fachada de la nueva casa, que mandaron a sus países de origen para impresionar a sus familiares de allá, era sólo un espejismo, una trampa, porque ahora ya los echaron de la casa y la foto es el recuerdo del sueño incumplido, de la trampa en que cayeron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo pensaba en el avión que si mis hijas me habían pedido que votase por Obama debía votar por él sin pensarlo más. El voto era de ellas y para ellas, que nacieron en este país y sueñan con venir a estudiar aquí. Además, mi hija mayor, que ya tiene quince y es muy lista, me había recordado que en cuatro años ella votará conmigo en la isla o en la ciudad donde esté estudiando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero mis madres cubanas, que son unas señoras que vienen a verme al estudio de Miami llevándome toda clase de regalos (guayaberas, salmón, medias, pijamas, bananas, mangos, alfajores, empanadas, cosas que expresan su cariño por el hijo que han adoptado y sustituye quizá a los hijos que la vida les arrebató) y que cuyas edades oscilan entre los setenta y los ochenta años, me rogaban con la voz quebrada por tantas décadas de tristezas y añoranzas que votase por Mc Cain, porque me recordaban que los dictadores tropicales estaban contentos y esperanzados con Obama, ¿y entonces cómo vas a votar por Obama, si es el candidato de los comunistas, hijito?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo me quedaba demudado y aturdido, encontrando cierta lógica en el reparo moral de mis madres y preguntándome si mis hijas se habían vuelto comunistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero luego pensaba en votar por Mc Cain y no podía, porque recordaba a la Palin comprando vestidos frenéticamente en Neiman Marcus y Saks desde que la nominaron candidata, vestidos que costaron una fortuna, ciento cincuenta mil dólares, y que tuvo el descaro de cargar a cuenta del partido, y luego diciendo que los gays eran enfermos que necesitaban atención médica urgente y que las mujeres no debían tener sexo hasta el matrimonio (y por eso sus hijas quedan precozmente embarazadas), y sentía que no podía votar por un ex soldado obstinado que fue a una guerra que hubiera sido más inteligente evitar, como la evitaron con astucia Clinton y Bush hijo, y por una fanática religiosa que defendía ideas trasnochadas. Y después recordaba que Mc Cain era también el candidato de Bush, pues decía que Bush había sido un buen presidente y que la guerra debía continuar indefinida y acaso eternamente, como eterna es al parecer su madre también guerrera, y me decía no puedes votar por el viejito y la frívola porque Bush no merece que premies ocho años de arrogancia e incompetencia que han llevado al país a su peor crisis en casi un siglo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando entré manejando a la isla, eran las seis y media de la mañana. Fui a votar pero había una fila interminable de centenares de personas. Me abrumó la idea de esperar horas para votar por alguien incierto. Voté por tomar pastillas e irme a la cama. En ese momento fue el voto más sensato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego desperté a la una y había salido el sol y me sentía contento y subí a la camioneta y volví a espiar si seguían las colas y ya no había nadie, así que estacioné donde no debía, en el lugar de los minusválidos, y bajé en pijama y enseñé mi licencia de conducir y me hicieron firmar el registro y me dieron tres papeletas enormes. Y ahora estaba solo con un lapicero frente a dos circulitos y tenía que pintar uno de negro y no sabía cuál pintar, si Obama por mis hijas o Mc Cain por mis madres cubanas, y fue una duda terrible que agravó el dolor del brazo y me hizo sentir un minusválido mental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé cuánto duró la duda, la mano temblándome, el lapicero acercándose y alejándose de la papeleta. Lo que sé es que al final pinté de negro el circulito de Obama y luego a todas las demás preguntas respondí que NO sin siquiera leerlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí a toda prisa sintiendo que había cometido una felonía, como me sentí hace años cuando me detuvieron por llevarme de Burdines unas corbatas sin pagar, y corrí a casa y mandé unos mails a mis hijas diciéndoles que había votado por Obama y estaba arrepentido y no debería haber votado, pues yo lo único que sé hacer bien es dormir con pastillas y no pensar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después me quedé encerrado en casa, viendo la tele con ansiedad, y cuando a las once de la noche dijeron que había ganado Obama, recuerdo exactamente lo que estaba haciendo: cortándome los pelos de la nariz, pensando en una cita amorosa. Y luego habló Mc Cain y me conmovió la grandeza con la que se resignó a aceptar que la suya era y había sido siempre la suerte del perdedor, y sentí que ese hombre magullado merecía ser presidente y debí votar por él, aunque luego miré a la Palin y esos sentimientos fueron difuminados por la certeza de que esa dama despistada debía volver al frío del que vino para seguir estimulando los embarazos de sus hijas. Y poco más tarde, hundido en el mismo sillón en el que vi ganar a Clinton el 92 y me quedé toda la noche sin saber si Bush o Gore había ganado, habló Obama y dio un discurso memorable que casi me hizo llorar, pensando en su padre que lo abandonó a los dos años, y en su madre hippie que se enamoró de un kenyano y luego de un indonés y fue una pionera de la globalización del amor y luego abandonó a su hijo a los once años, y en su abuela que murió en vísperas de la victoria de ese nieto que ella crió como su hijo inesperado, y en la vida épica y admirable de este hombre levemente mayor que yo que vino desde una isla excéntrica y una familia disfuncional y una infancia traumática para cumplir su propio sueño y el de millones de personas en el mundo entero. Y entonces me dije que aquella era una noche que nunca olvidaría y me sentí orgulloso de haber votado por él y haberles dado a mis hijas el presidente que ellas querían. Y me pude ir a dormir tranquilo, sin pastillas, como tranquilo me siento ahora, todo lo tranquilo que no debe de estar sintiéndose este hombre con aire triste y ya legendario, al que ahora le aguarda una tarea heroica que el destino le había reservado desde que nació en aquella otra isla a miles de kilómetros de ésta en la que vivo, viendo como los vecinos ponen en venta sus casas y huyen espantados, pensando que llegó el comunismo a Miami y vende todo, Jaimito, y ándate rápido de aquí, que yo ya viví todo esto con Fidel y si te quedas, el 20 de enero el negro te expropia la casa y te manda preso a Guantánamo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;EL CANDIDATO QUE DUDA&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;                 &lt;br /&gt;Algunos de mis mejores amigos quieren que me postule para presidente del Perú. Me dicen que, a pesar de mis antecedentes policiales, si sonrío mucho y hablo bonito y hago la campaña sólo en la televisión, no en las plazas públicas, donde me gritarían maricón, cabro, rosquete, y me tirarían huevos o tomates en el mejor de los casos y piedras o balas en el peor, puedo dar la sorpresa y ganar las elecciones y convertirme en presidente, siendo bisexual y no estando dispuesto a negarlo para ganarlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque mis amigos entienden, o tienen que entender, que no puedo dejar a mi chico argentino, al que amo, y casarme de nuevo con Sofía, abusando de su infinita pasión por la aventura, y tener un hijo con ella en plena campaña electoral, una operación diseñada para reafirmar mi muy discutida virilidad (discutida principalmente por mí mismo y por mis libros) y despejar las dudas sobre mi conocida debilidad por los hombres como fuente de compañía fraterna y placer seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero mis amigos no quieren entender que no puedo cambiar, que no puedo dejar de ser quien soy y mentir descaradamente para ganar las elecciones, y me dicen que, si vamos en serio, si quiero ganar con el voto de las mujeres que me ven en la tele y me idealizan como macho risueño y juguetón y juran contra toda evidencia que no soy bisexual ni mucho menos y que en realidad soy un heterosexual mitómano que inventa una mascarada gay con el penoso pero comprensible propósito de ganar más dinero, entonces, me dicen ellos, si quieres capturar el voto de esas muchas mujeres que te adoran, tienes que dejar a tu chico, decir que es cosa del pasado y que amas ahora como has amado siempre al gran amor de tu vida, Sofía, la madre de tus hijas, con la que tienes que volver a convivir, junto con las dos lindas hijas que ella te dio, y a la espera del hijo idealmente varón, que habrás de llamar Jaime, que ella te dará en los primeros meses del año 2011, cuando ya estés inscrito como candidato y empieces a resultar creíble y subas en las encuestas cada vez que salgas serio, aplomado y sonriente en televisión, que ahora las elecciones se ganan en la tele, donde tú te mueves como pez en el agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo le cuento todo esto a Martín, que está en Buenos Aires, y él me dice sin perder la calma que haga lo que quiera, que siga mis sueños, que sea candidato si eso me hará feliz, pero que si lo niego o lo escondo y vuelvo con Sofía y tengo un hijo con ella, él tratará de olvidarme, no podrá acompañarme a escondidas, como si su presencia fuese una deshonra, en esa aventura por el poder que él considera suicida, autodestructiva, porque Martín, que me conoce mejor que nadie, me recuerda que sólo puedo ser feliz cuando me siento libre (libre, por ejemplo, de alejarme de los peruanos) y me dedico a escribir (a escribir, por ejemplo, esa novela que le he contado y me atormenta) y me permito humildemente ser apenas quien el destino me condenó a ser, este hombre perezoso y aturdido, desmesuradamente egoísta, con muy contadas lealtades, que ama y desea como nunca amó y deseó a nadie a él, a Martincito, a quien no estoy dispuesto a abandonar como si fuera una cosa vergonzosa del pasado, sólo para ponerme el traje del candidato sonriente que en el fondo se siente una impostura, una odiosa falsedad, porque tiene que convencer a los otros de que él es alguien que en realidad no es, no puede ser, nunca podrá ser, porque ya lo has intentado antes y mira cómo te fue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo le digo que tiene toda la razón, que no espero menos de él, que si me inscribo como candidato y vuelvo con Sofía y tengo un hijo con ella y lo borro de mi agenda pública, es comprensible que él busque en otro hombre o en otros hombres el amor que yo, su compañero de estos últimos seis años, le estaría negando por la más subalterna de las razones: por apetito de poder, por encender una gigantesca hoguera en la que veamos arder a mi vanidad en estado puro. Y luego le prometo que no estoy tan loco para pensar que me conviene embarcarme en esa cruzada, la de servir a los peruanos y servir más exactamente a mi ego colosal, que me pide, a despecho de mi corazón, que sea presidente, que capture la oportunidad y levante una ola impensada a base de sonrisas, picardías y alardes histriónicos de los que me sé capaz, que consiga lo que no pudo conseguir Vargas Llosa, y que venga de la nada, de un programa de televisión que el presidente desprecia y que Vargas Llosa al parecer también, porque ambos se niegan repetidamente a sentarse en él a conversar conmigo, que venga desde esa imagen de periodista y escritor algo payaso, como dice Vargas Llosa, él siempre tan serio, casi tan serio como su hijo Álvaro, que solía ser mi amigo pero al parecer dejó de serlo porque le abochorna la amistad de un payaso, que venga desde ese improbable lugar, sin aliados políticos, solo como los vaqueros o los francotiradores, y me convierta en el próximo presidente de los peruanos, que, como se sabe, adoran la aventura, el salto al vacío, la política como entretenimiento y son por eso capaces de votar por mí o cualquier lunático capaz de hipnotizarlos con su verbo encendido y sus sonrisas taimadas, o por cualquier lunático en general, incluso si habla feo y sonríe torcido, como el ex dictador. Jamás te dejaré para ser presidente, le digo a Martín, y él me cree y yo me creo. Y si algún día soy presidente, tú estarás a mi lado y la gente sabrá que eres mi compañero y que te amo. Y si no les gusta, que no voten por mí, que no me elijan y que se jodan, que se pierdan el entretenimiento seguro (más seguro que el buen gobierno) que generosamente les ofrezco. Sólo así, sin mentiras, siendo descaradamente quien soy, guste o no, estoy dispuesto a ser candidato, le digo a Martín. Y él se queda más tranquilo y yo también y no descartamos la candidatura pues la vemos como una cosa altamente improbable e indeseable que sólo traería problemas, desengaños, deudas y servidumbres, a cambio de nada o de peores cosas que nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero luego llego a Lima y viene Sofía, guapa y adorable, a tomar hierba luisa conmigo y me dice que nunca me ha visto más entusiasmado y feliz que cuando le hablo de mi candidatura presidencial. Y luego paso por casa de mi madre y ella me dice en pijama que tengo la obligación moral de devolverles a los peruanos lo mucho que ellos me han dado (que yo no sé bien qué es) y que nadie sería un mejor presidente que yo. Y luego me reúno con mis mejores amigos en una cena a medianoche en la que, entusiasmados, seguros de la victoria, se diseñan los detalles de mi campaña, hablando en voz baja y fríamente, como si planeasen el asalto a un banco. Y ya de madrugada, llego al hotel y llamo a Martín y le digo que está en mi destino ser candidato, que no podré escapar de aquella cita con ese toro bravo que puede matarme, que no me abandone ahora que más lo necesito, pero él me dice que está en una fiesta gay y que si finalmente decido ser candidato, contrariando sus sabios consejos, mejor me olvide de él para siempre. Tú elige, me dice, con voz dulce y cortante. Y yo le digo que no puedo elegir, que lo quiero todo, a él y a Sofía y a mi hijo por venir y al toro bravo al que tal vez tendré que verle la cara sangrante, él y yo con la respiración entrecortada, acezante, para saber quién muere y quién sobrevive, malherido.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-2991634537176286718?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/2991634537176286718/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=2991634537176286718' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2991634537176286718'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2991634537176286718'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2009/01/un-final-hediondo.html' title='UN FINAL HEDIONDO'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-4320931567866498611</id><published>2008-11-01T16:21:00.000-07:00</published><updated>2008-11-01T16:28:58.115-07:00</updated><title type='text'>POR TI MUERO AHOGADO</title><content type='html'>Acabo de soñar con Shakira. Son las cinco de la mañana y estoy parado escribiendo en la cocina porque tengo el brazo roto y sentado no puedo escribir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es la primera vez que sueño con ella. Estoy enamorado de ella desde que la conocí. Y ya son años. La conocí cuando vino a Miami y no sabía hablar inglés y vivía en un apartamento y conducía un auto rojo convertible y quería conquistar el mundo con esa voz milagrosa que viene de siglos de sangre derramada en tierras libanesas y se entremezcla con el desgarro poético de ser colombiana y vivir asomada al abismo mirando curiosa y preguntándose si volaría como una mariposa en caso de saltar, que es como viven no pocos colombianos, hechizados por la tentación del abismo, cantando, pintando o escribiendo al borde mismo del despeñadero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca nadie me había mirado como me miró Shakira aquella noche y nadie volverá a mirarme así, ni siquiera ella, que ahora sabe que yo no valía esa mirada de fuego que quemaba las entrañas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me miró así porque era una niña sabia que se había sentado en televisión conmigo y había descubierto que había algo que nos unía profundamente. Yo estaba sobrecogido y hechizado como si hubiese descendido de los cielos Remedios la bella y cubierto de flores aquel estudio desangelado. Sus padres, sabedores de que llevaban un pequeño milagro que acabaría por embrujar al mundo, resignados a acompañarla en esa larga travesía, no parecían sorprendidos de que nos mirásemos con esa desesperación o ardor por saber qué era aquello que tan profundamente nos unía, si el amor o algo que aún no conocíamos y tal vez jamás conoceríamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se iba caminando deprisa, volvió a mirarme como si sólo yo existiera, como si fuera una amapola que ella quería oler y me dijo con la mirada que la llamase, que quería meterse y perderse en mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no la llamé porque estaba casado y era infeliz y me sentía bisexual y no tuve el coraje de contarle todo eso y tampoco que me había enamorado de ella como nunca me había enamorado de nadie, de ningún chico ni chica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y fue ella, como tenía que ser, quien me llamó un día y me dijo tímidamente (porque nadie supondría que esa niña que subyuga multitudes es de una timidez casi esquizofrénica) que me invitaba al cine a ver Titanic. Y yo, cobarde, tratando de evitar mi propio naufragio, que se hundiera el matrimonio con Sofía y ella se llevara a nuestras hijas a la ciudad del polvo y la niebla como acabó llevándoselas, le dije que no podía ir al cine con ella. Nunca más volvió a llamarme. Nunca más me miró como aquella noche, diciéndome si quieres, soy tuya, ven y atrévete y pruébame y no podrás dejarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si hubiera tenido el valor de ir al cine con ella, tal vez hoy estaríamos juntos, tendríamos hijos y no seríamos felices porque ella lloraría en silencio cuando yo le dijera que además de sus caricias y sus besos necesito también el amor de un hombre que me quiera como no quiso o no pudo quererme mi padre, que me dijo desde niño que yo había nacido para ser un mariconcito, que es lo que en efecto fui con Shakira y terminé siendo hasta hoy, un mariconcito al que sin embargo le gustan extrañamente las mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego Shakira conquistó el mundo y se enamoró de Antonio el noble y, fue inevitable, yo también me enamoré de él, porque es uno de los hombres más buenos, leales y valientes que he conocido y porque cuando nos sentamos a hablar de madrugada me hace llorar por lo puta y cabrona que ha sido la vida con él y, sin embargo, por la alucinante fortuna que tuvo al hallar en esa pequeña diosa libanesa a la curandera que ha restañado sus heridas y lo ama como no he visto que se amen nunca dos amantes, aunque es verdad que casi nunca salgo de casa y a casi todos los amantes que veo los veo en las películas, unos amantes bellos, arrojados, con esa pasión suicida y poética que tenían antes, cuando daban la vida por amor. Por eso los amo sin reservas y deseo que estén juntos y felices para que nos demuestren a nosotros, los cobardes y ermitaños, que el amor sí es posible, sólo que no lo conocemos porque nos falta coraje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que es lo que no le faltó a Antonio, coraje, cuando vio en mis sueños que estaba ahogándome en una playa mexicana a la que me habían invitado como a veces me invitan para reírse de las vulgaridades o extravagancias que digo. Antonio me vio ahogándome, Shakira a su lado, y no dudó en meterse a salvarme. Shakira se quedó aterrada porque las olas me envolvían, devoraban y lanzaban contra el fondo arenoso y tal vez pensó que ese mediodía perdería al amor de su vida, lanzado temerariamente a rescatar a un pusilánime como yo, que no merecía tamaño riesgo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ahora en mis sueños (azuzados por las pastillas que trago cada noche queriendo ahogarme en otros mares procelosos) estaba Antonio a mi lado nadando, braceando, dándome ánimos, alejándome de las olas que me arrastraban, y me tomaba del brazo y me decía tranquilo, man, ya estás conmigo, ya estamos afuera, tranquilo, man, porque Antonio me dice man cuando tomamos vino y es mi hermano. Y ahora Antonio conseguía dejarme en un lugar seguro, con piso, y enseguida una corriente pérfida como el alma del mexicano servil que te halaga y luego traiciona se lo llevaba allí donde las olas le caían encima con saña y ferocidad y Antonio se ahogaba, se hundía, no encontraba fuerzas para volver donde mí y se dejaba abatir por esa maldita emboscada del destino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces pasaron dos cosas memorables que, recién despertado del sueño, recuerdo ahora con vergüenza y admiración. Vergüenza porque no fui capaz de atreverme a salvar a Antonio como lo hizo él por mí: me quedé parado, inmóvil, avergonzado de mí mismo, mirando cómo moriría ahogado mi amigo. Y me sentí un pedazo de mierda, un cobarde despreciable. Y admiración porque de pronto vi a una mujer pequeña, resuelta, ajena al miedo, entrando sin vacilaciones al mar, surcando las olas, segura de que enfrentaba apenas un peligro menor que ella sabría conjurar con el aplomo que los dioses le dieron para hacer siempre el bien y jugarse la vida por las causas más nobles, como salvar la vida de su hombre noble. Y así fue como Shakira se metió hasta donde reventaban unas olas enormes y recogió los escombros de Antonio y le dijo o cantó cosas al oído y fue más fuerte que la más chúcara y matonesca de todas las olas y lo sacó hasta la arena y lo revivió besándolo y sacándole el agua que Antonio había tragado y tragando ella esa agua salinosa como si fuera un pacto de amor eterno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo miraba humillado y con ganas de pedirles perdón por ser tan poca cosa, un bicho miserable al lado de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces ocurrió algo inesperado. Y es que Antonio recobró la lucidez y Shakira se puso de pie y vino hacia mí y pensé que me daría una bofetada por cobarde. Pero no: me dio un beso impensado y me dejó en los labios el sabor salado de los labios del noble y me dijo: Antonio y yo nunca dejaremos que te mueras ahogado. Y yo le dije: Pero tú nunca me amarás como la noche que nos conocimos. Y ella me dijo: Ahora te amo más, porque sé que eres lo que eres y me gusta que seas hombre y mujer y porque quizá algún día tendremos un hijo gay. Y miré a Antonio aterrado y él sonreía como si la idea le pareciera linda. Y yo quise besarlos a los dos, decirles que era suyo, todo suyo, pero entonces desperté sólo para recordar que la última vez que abrí los ojos tan repentinamente estaba ella, Shakira, acariciando mi rostro en un sillón rojo del hotel Mandarín de Miami, que fue otra manera de salvarme de morir ahogado, intoxicado por las pastillas que me devuelven al mar del que ya no sé si podré salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;EL ESCRITOR Y EL PAYASO&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conocí a Mario Vargas Llosa en un chifa de Miraflores un sábado que Arturo Salazar, entonces director de La Prensa, decidió reunir a sus jóvenes turcos con el gran escritor. Era 1982 y Mario llevaba bigotes, era muy serio y hablaba mucho, en un tono que te replegaba al silencio. Ya era una gloria literaria. Yo tenía entonces 17 años y me dediqué a comer arroz chaufa y tratar de entender aquello de lo que se hablaba, que me resultaba esquivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En algún momento Mario me dijo que había leído un reportaje mío sobre los intelectuales de izquierda que vivían cínicamente de la caridad capitalista. Me dejó muy contento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero me sorprendió su bigote y su extrema locuacidad en tono papal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego me hice amigo de Álvaro, su hijo mayor, que llegó un día a La Prensa, enjuto y barbudo, con un artículo defendiendo a los sandinistas y contando que había abandonado la universidad de Princeton para ser periodista en Lima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos hicimos amigos. Teníamos casi la misma edad, él apenas unos meses más joven que yo. Me pareció un tipo valiente, honesto, divertido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En represalia por dejar Princeton y volver a Lima, Mario echó a Álvaro de su casa en Barranco. Como no tenía dónde dormir, Álvaro terminó pasando la noche en el departamento de un amigo. Recuerdo sus risas contándome que un domingo a mediodía entró al cuarto de nuestro amigo a preguntar dónde estaba el café y lo encontró copulando con un gordo velludo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvaro terminó asilado en casa de Fernando de Szyslo, amigo de la familia. Cierta tarde, Mario lo citó en el parque de Miraflores para convencerlo de regresar a Princeton. Alvaro volvió a La Prensa con un ojo morado. Mario le había dado un puñete. Ya se sabe que los grandes pensadores liberales a veces dan golpes a sus amigos escritores o a sus hijos díscolos. (Es siempre más fácil ser liberal en las palabras que en los hechos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde entonces Mario me dio un poco de miedo, me hizo recordar a mi padre, que me pegaba cuando no le obedecía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvaro y yo nos hicimos amigos y su hermano Gonzalo, gran tipo, también fue mi amigo fugaz. Alguna vez nos encontramos en San Juan, Puerto Rico, y Gonzalo y yo preferíamos fumar marihuana y bañarnos en el mar manso y tibio que asistir a las conferencias de Mario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese viaje me enamoré de Morgana, la hija menor de Mario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvíamos de la playa y nuestras piernas desnudas se rozaron y tuve una inesperada erección y ella lo notó, creo que divertida o halagada o espantada. Nunca pasó nada más, para mi desdicha: que lo sepas, Morgana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego vino la locura de la campaña presidencial. Mario hablaba y hablaba como un predicador en celo y nadie lo entendía y creo que Ribeyro tuvo razón cuando le hizo decir a su Luder que Mario imponía con prepotencia sus opiniones, no sabía escuchar y se regocijaba escuchándose a sí mismo. Mario perdió por arrogante, malhumorado e intelectualmente vanidoso. Nadie entendía sus discursos. Citaba a Smith, Hayek, Mises, Isaiah Berlin. Los peruanos naturalmente lo odiaban, porque les recordaba su ignorancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apoyé a Mario con entusiasmo desde mi programa. Pero cometí un error. Una tarde Freddy Cooper me pidió que asesorase a Mario. Me preguntó si lo haría a título honorario o por dinero. Pedí dinero. Nunca más me llamaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando perdieron, Mario tuvo el gesto de invitarme a comer a su casa con Patricia, en vísperas de irse a París.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por esos días Álvaro me pidió ayuda para que le cediera mi programa en Santo Domingo, del que luego de cinco años de viajes mensuales estaba ya harto, y por suerte conseguí cederle la posta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidí irme a Washington a escribir una novela, huyendo de las servidumbres de la televisión y viviendo austeramente de mis ahorros. Durante cuatro gloriosos años, fui libre, expatriado, escritor a tiempo completo y caminante de barrios apacibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando terminé la novela, se la envié a Mario, que estaba en Princeton. Tuvo la generosidad de leer aquel mamotreto. Tiempo después, nos reunimos en el Palace de Madrid. Elogió moderadamente la novela, dijo que debía corregirla y publicarla y me ayudó, llamando por teléfono, a que Seix Barral la publicase. Además, se dio el trabajo de escribir una frase exagerada, diciendo que era una excelente novela, lo que también escribió, con entusiasmo y sin reservas, Miguel García Posada, crítico de El País de España, a página entera, en abril de 1994, suplemento Babelia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no sería un escritor si no fuera por el gran Mario Vargas Llosa, que me abrió las puertas de España y me protegió de las incalculables mezquindades de la prensa peruana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero los Vargas Llosa son amigos difíciles y lo que comenzó tan bien ha terminado mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Primero fue Mario que me llamó snob en El Comercio porque no quería marchar con Álvaro protestando contra el felón de Fujimori.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego fue de nuevo Mario llamándome chismoso e intrigante y culpándome de la renuncia que Álvaro presentó tardíamente a Toledo (tardíamente, porque cuando Toledo negaba como hija a Zaraí, Álvaro seguía defendiéndolo, trepado sobre un camión, con camisa amarilla, la noche de la primera vuelta). Si bien le aconsejé que renunciara en una carta breve, alegando motivos personales, y que no hiciera pública la información confidencial que poseía como asesor del candidato, porque sería visto como desleal o traidor, Álvaro no me hizo caso como nunca le hizo caso a nadie, ni a sus padres. Y Mario injustamente me culpó de la decisión de su hijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedé decepcionado de que Mario no dijera una palabra contra Toledo en la campaña por negar a su hija Zaraí y negarla ante los tribunales, acusando a la madre de prostituta, todo lo cual, en un país civilizado, habría destruido la carrera política de Toledo y lo hubiera llevado a la cárcel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego apoyé a Álvaro en la campaña por el voto en blanco y lo hice porque me dio pena que, tras apuñalar moralmente a Toledo y ser criticado por su padre, se quedase confundido, sin juego político.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Años después, fui profesor en Georgetown y vecino de Álvaro. Nos veíamos a menudo. Le conté que estaba tentado de volver a El Francotirador en la campaña peruana del 2006. Me animó. Me dijo: Hazlo. Sácale toda la plata que puedas a Ivcher. Me lo dijo en su camioneta negra, saliendo de los cines de Georgetown.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En febrero de 2006 comencé El Francotirador. Desde entonces, Álvaro me eliminó como amigo, sin explicación alguna. No contestó más mis correos. Pasé por DC, lo llamé y tampoco respondió. Supuse que me había dado de baja por trabajar con Baruch Ivcher, su enemigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Irónicamente, cada tanto Álvaro pasaba por Lima y daba entrevistas a la señora Valenzuela en el canal de Ivcher, al señor Tafur (que salía los sábados en el canal de Ivcher), e incluso al diario Trome (que no es el New York Times) a doble página. Pero Ximena, mi productora, lo llamaba para invitarlo a El Francotirador y él ni la atendía y a mí, ni saludos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego pasaron dos percances o infortunios que, me temo, agriaron más las cosas. Me invitaron a la boda de Morgana en Máncora y no pude ir porque estaba en Buenos Aires (pero me excusé con las secretarias). A los pocos días no me invitaron a la fiesta de Mario por sus setenta épicos años en La Huaca, a la que, de haberme invitado, tampoco hubiera ido, porque tenía que pagar para asistir al banquete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace pocas semanas fui al correo en Madrid y despaché una novela para Mario y Patricia (con todo mi cariño) y otra para Álvaro y Susana (con la esperanza de reanudar nuestra amistad).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro día, un pasquín peruano, con evidente mala leche, le preguntó a Álvaro por mí, presentándome como representante de la cultura frívola y acanallada, y mi amigo no me defendió. Yo lo hubiera defendido sin dudarlo de una pregunta tan insidiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y luego Mario le dice a mi amigo Pedro Salinas en una entrevista reciente: Bayly es inteligente y agudo, pero algo payaso. En efecto, puede que en ocasiones yo sea algo payaso (o divertido, según quien me juzgue), como Mario es a menudo algo solemne, pomposo y aburrido, por ejemplo en aquella obra de teatro que vi en Guadalajara o quejándose de la cultura del espectáculo, cuando él mismo hace de su vida un espectáculo incesante. Porque si tanto le molesta la cultura del espectáculo, que se recluya en una casa de campo y deje de exhibirse ante las cámaras de todo el mundo (que es una parte de la cultura del espectáculo, aquella que lo glorifica, que no parece irritarle tanto).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensé que Mario y Álvaro serían siempre mis amigos. Ahora no estoy tan seguro de ello. Quizá sea lo mejor, dado que en todo escritor que se respete debería agazaparse la sombra del parricida, como bien sabe Mario, a quien seguiré queriendo aunque me diga payaso, un oficio que, por otra parte, es tan noble o más que el del escritor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;LAS MUERTES DESEADAS&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas son las muertes que yo deseo, no sólo las de Fidel y Raúl Castro, por secuestrar la libertad de los cubanos más de medio siglo y humillarlos y esclavizarlos. A Fidel me gustaría verlo morir trotando zombi y babeando en su buzo Adidas o sentado en el inodoro, pujando en vano porque los intestinos se le han amotinado y son su sierra maestra, su contrarrevolución intestinal. A Raúl me gustaría verlo morir borracho, vomitando en un parque en la penumbra y confesando que todo fue un fraude para usurpar el poder y beber buen vodka y andar en Mercedes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al canalla de Ortega me gustaría verlo morir de viejo, calvo, sin dientes, condenado a cadena perpetua en una mazmorra de Managua, al lado del otro canalla de Alemán, tremendo pillarajo y asaltante de caminos. Y a la desalmada de su mujer, que dice ser poeta, me gustaría verla arder lentamente en la hoguera por encubrir y consentir los abusos sexuales que Ortega cometió con su hija adolescente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Evo no me gustaría verlo morir, pues hay algo en él me que me inspira cierta ternura. Pero me gustaría que se retire de la política y se dedique a jugar al fútbol, que es lo que de verdad le pierde y aquello para lo que tiene algún talento, sobre todo si lo juega a cuatro mil metros de altura y masticando hoja de coca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Correa no me gustaría verlo morir, o no todavía, pues es joven e idealista y un charlatán incontinente y levemente histérico. Lo que quisiera es que se quedara mudo o, mejor aún, sordomudo, para que deje de decir, en ese insoportable tono plañidero que es el suyo, tantas zarandajas y paparruchadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Piedad Córdoba me gustaría que la secuestrasen y la tuviesen atada a un árbol seis años como mínimo, y que la obligasen a comer arroz con frijoles en el mismo plato donde antes ha defecado, para que sepa lo que padeció Ingrid Betancourt cuando era rehén de esos angelitos uniformados que ella defiende con un ardor casi vaginal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uribe me gustaría que fuese inmortal, por noble, gallardo y valiente. La señora Bachelet quizá no inmortal, pero sí que viviera cien años y pasara un fin de semana ardiente y multiorgásmico con Arjona, que es lo que se merece por ser una mujer buena, humilde, sencilla y de sonrisa fácil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Cristina Kirchner y a su esposo no me gustaría verlos muertos, lo que me gustaría es que sufran un poco, no demasiado, sólo lo justo, antes de irse del gran teatro o sainete que es todo esto. A Cristina, tan chavista cuando necesita dinero, y tan capitalista cuando necesita bolsos y zapatos, me gustaría que la obligasen a vestirse toda de colorado, como buena chavista, con guayabera y pantalones, sin maquillaje alguno, sin peinadores ni estilistas, sin esos ojos repintados de vampiresa ajada, toda de colorado y al natural, salidita de la ducha, así me gustaría verla en público todo lo que queda de su mandato, que es mucho. Y a su esposo me gustaría verlo más bizco, mucho más bizco y extraviado, mirando para un lado con un ojo y para el lado opuesto con el otro, de modo que nunca nadie sepa, ni él mismo, ni su mujer, a quién coño está mirando. Y también me gustaría que tenga una repentina sequía de saliva para que sesee más todavía y cuando hable no se le entienda ya nada, sólo que está seseando y mirando a todos lados y ninguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Alan García no me gustaría verlo muerto porque creo que ha aprendido de los errores derivados de su ego imperial, pero sí me gustaría que, por ley, lo sometieran a dieta, a dejar de tragar de ese modo obsceno en un país de famélicos, que lo obligaran a correr diez kilómetros seguido por las cámaras de televisión y hacer flexiones, ranas, planchas y abdominales y luego darse volantines en las arenas de las playas de Miraflores, todo en muy escueto traje de baño, exhibiendo el escándalo que esconde en el vientre preñado de los saraos y banquetes que se permite a expensas de los contribuyentes que le pagan el salario, hasta que baje como mínimo cincuenta kilos, por respeto al pueblo que no tiene qué comer y ve cómo este señor se dedica a engullir sin inhibiciones todo lo que le sirven frío o recalentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Chávez me encantaría verlo morir, pero no tiroteado por un francotirador ni envenenado por un conspirador ni en una reyerta por el poder entre generales y coroneles que codician el dinero del que ahora dispone este felón lenguaraz de Barinas. Me gustaría verlo morir de este modo: que esté hablando en televisión en su infinito programa dominical y de pronto haga una pausa entre cada bravuconada, matonería y diatriba que profiere y se trague un buen pedazo de arepa o cachapa y trate de seguir hablando pero no pueda, y entonces se atragante, se le quede la cachapa entera con el maíz y el queso en el buche de pavo real y se quede mudo por glotón y empiece a toser, a tener convulsiones y arcadas, y antes de morir lance un vómito espeso de color petróleo sobre las cámaras y se cague entero los pantalones y su rostro bolivariano termine hundido sobre el charco viscoso de su erupción intestinal, por fin tieso, por fin en silencio, por fin listo para reunirse con el espectro de Bolívar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al Rey de España me gustaría verlo morir follándose a una puta dominicana en los parques de Madrid o navegando en Mallorca y arrojándose al mar y siendo devorado por unos tiburones como el tiburón de Chávez, por quien el Rey se dejó devorar a cambio de una amable rebaja en el precio del petróleo. No es por animadversión u hostilidad que le deseo muerte súbita a Su Majestad: es por devoción a los príncipes Felipe y Letizia, a los que deseo vida eterna, especialmente a Felipe, por guapo y buen tío y escoger a una mujer encantadora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Zapatero no me gustaría verlo morir, porque me cae bien sólo porque legalizó las bodas gays y tuvo el coraje de enfrentarse a los obispos y el clero vaticano y las marujas santurronas, pero sí me encantaría que, de pronto, atacado por un raro trastorno hormonal, se descubra gay, pero muy gay, gay de Chueca, militante y sin ambages, y se separe de Sonsoles, tan encantadora ella, tan herida de melancolía, y se case con Boris Izaguirre, que tendría que divorciarse de Rubén, y convertirse en la primera dama española venezolana de la historia. Y que Zapatero y Boris, recién casados por un juez arisco del PP, se besen con la pasión con que nos besamos alguna noche Boris y yo ante las cámaras de la televisión catalana, es decir con lengua y a por todas, como han de besarse los hombres muy machos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Bush me gustaría verlo morir cazando con Cheney, los dos con escopetas persiguiendo patos y de pronto a Cheney le da un infarto y aprieta el gatillo y mata por la espalda al tontuelo de W, que siendo el más tonto de todos los hermanos terminó siendo presidente, cosa curiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al Papa, ese viejo nazi y marica, me gustaría verlo morir sodomizado por diez mauritanos aventajados y sin vaselina, y que antes de expirar alcance a decir que todo lo que defendió era mentira y que ser gay no es malo sino estupendo y saludable y que ser ensartado por un africano de tres piernas es un placer inenarrable que la Iglesia no ha de seguir condenando y Dios Nuestro Señor habrá de perdonarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Clinton me gustaría verlo morir follando con ayuda del Cialis y el Viagra a su bienamada Hillary, un esfuerzo hercúleo que naturalmente acabaría por costarle la vida porque él cerraría los ojos y pensaría en Monica L.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y a Hillary me gustaría verla no morir sino ganando las elecciones en unos años y nombrando primera dama a Michelle Obama, basta de hipocresías, que Hillary es un varón, más recia que Obama o Bill o Mc Cain y probablemente dotada de pene no menor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero es evidente que no me será dado el privilegio de asistir a tantas muertes deseadas e improbables, porque de momento me hallo empeñado, con tesón y buen gusto irreprochables, en provocar la mía propia a base de innumerables pastillas, que es como mueren los caballeros, sedados y en su cama y convencidos de que ya estuvo bueno y lo peor está por venir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;EL CICLISTA VOLADOR&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me he hecho adicto a montar en bicicleta. Me lo aconsejó la doctora Lourdes en Miami para curar mis males respiratorios. Monto una hora todas las tardes en Key Biscayne, aunque llueva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También me he hecho adicto al Stilnox, al Klonopin, al Xanax y al Lunesta para dormir. La doctora sólo me aconsejó el Lunesta por dos semanas. Las demás me las vende un médico informal en Hialeah. Duermo como un niño. Cuando despierto rara vez sé dónde estoy. Quizá es una buena manera de comenzar el día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También me he hecho adicto al Prozac pero no porque estuviera deprimido sino porque quiero evitar estarlo o quiero estar consistentemente feliz. Llegué a tomar ocho al día y me sentía eufórico, me hacía pensar que podía ser presidente del Perú o acostarme con una mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También soy adicto al Cialis para que se me ponga dura porque tomar tantos Prozac me ha vuelto impotente. Los efectos del Cialis duran tres días y a veces se me pone dura, pero el sexo ya me aburrió y no quiero metérsela a nadie ni que me la metan. Lo curioso es que tomo Cialis para terminar haciéndome una paja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas estas adicciones casi me costaron la vida el otro día en Madrid y lamento que no me la costaran porque hubiera sido una muerte bella y oportuna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El domingo apenas llegué fui al Corte Inglés de Goya pero estaba cerrado. Volví la tarde siguiente y compré una bicicleta, la más barata, doscientos euros (las buenas costaban ochocientos), con canasta, timbre, estilo antiguo, como las de las películas de antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Son de mujer -me dijo el vendedor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues mejor -le dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se llamaba David, era bajo, pelo negro, peinado con fijador, musculoso. Me enamoré de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí en bicicleta por la calle Goya y creo que fui feliz. La combinación de sedantes, Prozac, Cialis, este amor repentino e imposible por David y montar bicicleta en Madrid me hacía tan rotunda e inesperadamente feliz. Al menos la gente por la calle no parecía tan feliz como yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi plan era montar por el Retiro pero resultó un fiasco porque hay pendientes empinadas, escaleras cada tanto, peatones y patinadores, pistas de tierra cuesta arriba y policías hostiles. No resultó. No es un parque para ciclistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo mejor de montar por el Retiro, además de mirar al ángel caído, fue el encuentro con un negro de Mauritania que me ofreció drogas. Era yo quien podía ofrecérselas a él, pero las llevaba puestas, corriendo por mis venas. Me acerqué y le hablé porque era guapo y tenía una linda sonrisa. Nunca he tenido sexo con un negro y ahora que creo que voy a votar por un negro, el virtuoso señor Obama, no veo por qué debería inhibirme de tener sexo con otro, sabiendo, como sé, que me queda poca vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como era de esperar, se acercó un coche de la policía y nos interrogó y no me creyeron cuando les dije que era escritor. Por suerte nos dejaron ir. El negro era precioso como lo son a veces los negros. Obama por ejemplo es virtuoso pero no precioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidí entonces montar por las calles de Madrid. Tomaba Prozac, subía a la bici con canastita y tocaba el timbre esquivando a los peatones, pero las señoras me reñían, me decían que debía ir por la pista, con los autos, y era como ir toreando y cuando estuve a punto de atropellar a una mujer con su coche de bebé (porque las veredas son angostas y yo, mal torero), decidí bajar a la pista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;David me había querido vender un casco, pero yo le dije: Los cascos son para mariquitas. David, qué guapo era, se rió y me dijo: Hombre, pero esa bici también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un miércoles por la tarde y hacía treinta grados y venía del correo de la calle Ibiza de despachar mi novela El canalla sentimental a mis hermanos Javier y Andrés, que están en Vancouver y Boston, y me sentía liviano, astuto, listo, rápido, esquivando autos y peatones, burlando semáforos en rojo, toreando a Madrid en bicicleta. Pasé por una librería y compré seis libros de mi novela para mandarlos a los amigos y enemigos y los puse en la canastita y tomé Menéndez Pelayo, que en ese tramo es de bajada, y empecé a ir deprisa, a toda prisa, volando, tanto que tuve que quitarme el sombrero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un momento bello, inolvidable, toreando en bicicleta a Madrid como si fuese mensajero o repartidor de mi novela. Me sentí inmortal o sentí que ese momento tal vez lo era, que la felicidad debía ser algo parecido a eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego el bus frenó en seco, yo frené ya tarde, un auto frenó detrás y golpeó la llanta trasera y salí eyectado, disparado, volando, literalmente volando. Sentí que volaba en Madrid y que ese vuelo era eterno, hermoso, inolvidable y que ya no importaba la caída porque por unos segundos había conseguido ser lo que siempre soñé: una mariposa en Madrid, rodeado de mis libros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando caí ya nada era tan hermoso y la mariposa era un gusano. El bus partió, echando humo en mi cara en el pavimento a medio metro. El auto que me golpeó por detrás también se alejó, son los tiempos que corren. En el asfalto de la Menéndez Pelayo yacía un peruano que no podía levantarse, además de seis libros escritos por él, desparramados a su alrededor (como si fuera una campaña de promoción) y mi sombrero, anteojos oscuros, billetera, llaves y pasaporte, que yo siempre salgo de casa con el pasaporte, no vayan a deportarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No podía levantarme. Se acercaron unas señoras muy amables. Me socorrieron, me pusieron de pie entre todas. Una de ellas me dijo: ¿Quiere venir a casa? Otra me dijo: Está usted verde, se va a desmayar. Otra me devolvió la billetera, las llaves y el sombrero. Una más joven recogió los libros y me dijo: Sales guay en la foto. Alguien se robó mi pasaporte o nadie lo recogió y terminó pisado por los coches.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la euforia del Prozac o mi arrogancia natural, dije que estaba bien, que no llamaran ambulancia alguna, que estaba cerca de casa. Caminé esas tres calles empujando la bicicleta, dejando manchas de sangre, sintiendo que estaba a punto de desmayarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegué al apartamento, dejé la bici, me lavé la cara y las manos ensangrentadas y llamé a un médico amigo, Tony, cubano, que me dijo que estaba en consultas y fuese al Marañón. Mandé un par de mails, tomé un taxi, entré a urgencias del Marañón, la cara y la ropa manchadas de sangre con alta densidad de barbitúricos y dije que necesitaba un médico, pero que, como carecía de seguro médico en España, podía dejar mi tarjeta de crédito o un depósito en efectivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No hace falta -dijo la mujer-. Aquí atendemos a los que tienen dinero y a los que no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Qué diferencia con Miami, pensé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El médico que me atendió era venezolano y se llamaba Víctor López Soto y sus asistentes, un dominicano, Carlos Domínguez y un español, Javier Narbona. Fueron encantadores y me trataron con gran humanidad y compasión. Me dijeron que tenía tres huesos fracturados en el brazo derecho, me inmovilizaron el brazo, me dieron analgésicos (más pastillas de las que ahora soy adicto, especialmente Nolotil) y me cosieron puntos en la cara. Luego me sugirieron una placa en la cabeza para descartar daños cerebrales. Siempre he estado mal de la cabeza, les dije, y nos despedimos con cariño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomé un taxi y fui a la comisaría del Retiro. El oficial que me atendió y redactó la denuncia o atestado número 72464 era guapísimo. Me enamoré enseguida. Denuncié el accidente y el extravío de mi pasaporte. Le dije que era peruano. Sonrió y dijo: Acá vienen muchos peruanos. Pregunté: ¿Más que ecuatorianos? Dijo: Más. Los peores son los peruanos. Pero usted no parece peruano. Y lo quise perdidamente, como perdido se hallaba mi pasaporte, y me fui caminando, turbado por el amor, dejando olvidado mi sombrero de Barneys, que espero ahora use él, recordándome.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;VECINOS Y AMIGOS&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace trece años Sofía y yo nos separamos. Yo quería vivir solo. Ella no toleraba vivir sola con las niñas en Miami. Decidió volver a Lima. Le rogué que no lo hiciera, le dije que sería un error. Pero ella no soportaba la idea de quedarse cuidando a las niñas y darme la libertad de buscar otras formas de amor. Me sentiría tu empleada, me dijo. Y empacó todo y volvió a Lima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que me quebraba y lloraba cuando entraba al cuarto de mis hijas y no las encontraba durmiendo allí. Fue duro. Ya estaban en mi corazón y ahora, si quería verlas, debía tomar un avión a Lima, precisamente a Lima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero eso no fue lo peor de todo, sino que Sofía decidió vivir en la casa de huéspedes de la mansión de su madre, en la periferia de la ciudad. Esa casa de huéspedes, rodeada de un vivero, se hallaba deshabitaba y ruinosa, a punto de derrumbarse. Sofía decidió hacer su casa allí. Me pareció un error y se lo dije, pero comprendí que era una mujer herida y necesitaba sentirse acompañada por su familia y la ayuda doméstica, que es en verdad otra familia (y a menudo más noble y leal que la biológica).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sofía y yo reconstruimos por completo la casa de huéspedes, ampliándola, cambiándole techos, pisos y paredes, modernizándola y decorándola y llenándola de aparatos modernos. En realidad todo lo hizo Sofía, tan hacendosa; yo me limité a pagar, quejarme y cada tanto pedirle que volviera a Miami. La nueva casa quedó preciosa, en medio de un vivero lleno de flores exóticas, un lugar paradisíaco para mis hijas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero como nada es perfecto, allí estaba la madre de Sofìa entrometiéndose, intrigando contra mí, tratando de conseguirle novios ricachones, cambiando la decoración de la casa, sacando ropa del clóset de Sofía sin pedirle permiso, diciéndole cuando peleaban (es decir, cada tres días) que esa casa era de ella, su terreno, legalmente suya, y no de Sofía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el tiempo le hicimos más reformas a la casa y quedó muy linda y hasta salió en la televisión en un programa de casas ejemplares, y además tenía la inestimable ventaja de estar a un paso del colegio de las niñas. Y un día, a poco de esa exhibición de la casa en la televisión, que tanto orgullo dio a Sofía, su padrastro me echó de la casa (la casa que habíamos construido con mi dinero), acusándome de haber dejado como una puta a Sofía en El huracán lleva tu nombre, y yo aguanté la humillación y me fui en silencio, mientras mis hijas veían perplejas esa escena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero todo dura lo que tiene que durar y este año, ya mis hijas adolescentes, ya Sofía con cuarenta años y harta de los desatinos de su madre, ocurrió lo inevitable: me pidieron que les comprase un departamento en San Isidro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo dudé. Era lo que, como padre y amigo, debía hacer. Sofía encontró un departamento en San Isidro, último piso, todavía en construcción. Decidimos comprarlo. Luego nos animamos a comprar los dos departamentos del piso para que yo pudiese quedarme allí y no en un hotel cuando visitase Lima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya estaba todo listo para firmar cuando la otra noche, seis de la mañana en Madrid, llamé a Sofía y le dije dos cosas razonables, sin imaginar que originarían una pelea feroz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le dije: Ya que vamos a ser vecinos, es bueno que sepas que cada uno preservará su libertad amorosa y sexual y que tú puedes hacer lo que quieras con quien quieras en tu departamento y yo lo que quiera con quien quiera en el mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su respuesta me resultó inesperada: En ese caso prefiero la distancia, que vivas lejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dejó dolido, perturbado. Me pareció incomprensible que, después de tantos años separados y siendo tan buenos amigos, se negase a respetar mi libertad como yo respeto la suya, sólo porque seríamos vecinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego le dije: Si vamos a tener un hijo, como habíamos acordado, seguiremos siendo amigos y cada uno será libre sexualmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dijo: Yo jamás tendría un hijo con un amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentí que no era aceptable que después de tantos años como amigos me dijera esas cosas tan hirientes, porque yo pensaba darle un hijo como un acto de amor puro y bello precisamente porque se lo daba como amigo, sin recortar sus libertades, sólo porque la quiero y sé lo buena madre que es.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La conversación duró tres horas, terminó a los gritos, ella insultando a mi chico argentino (solo quiere tu dinero), yo diciéndole cosas mezquinas (eres tú quien solo quiere mi dinero, él me ama de verdad), y entonces, ya enfurecido, le dije que, dadas las circunstancias, había decidido no comprar ningún departamento, pues ella acababa de demostrarme que no era mi amiga y en consecuencia se quedaría viviendo con las niñas en la casa mágica del vivero. Eran las nueve de la mañana, salí a comprar los diarios en Menéndez Pelayo y a tomar un jugo de naranja en La Parisiena y pensé que Sofía nunca sería capaz de entenderme y quererme bien, que me quería pero de una manera obsesiva y autodestructiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como el amor a mis hijas prevalece sobre todas las miserias que nos envenenan a su madre y a mí, al día siguiente le escribí, ya descansado, diciéndole que había reconsiderado mi posición, que comprendía que tenían que mudarse a San Isidro y que estaba dispuesto a comprarles un departamento en ese edificio, pero que renunciaba a la ilusión de ser su vecino y tener un hijo con ella y prefería seguir quedándome en ese hotel tan lindo, el Country, donde me miman como un principito o una princesita los pocos domingos que paso en Lima cada mes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sofía tuvo la nobleza de disculparse, decirme que quería ser mi socia y amiga, no mi pareja, y que estaba feliz con la idea de comprar el departamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, en un arrebato de optimismo, dije que mejor comprásemos los dos y dejásemos el otro vacío, como inversión y para tener la privacidad de todo el piso y eventualmente pueda irme a vivir a ese departamento y seamos amigos y vecinos, queriendo de paso a las eventuales parejas o novios que nos reserve el destino, que es así como debemos educar a nuestras hijas: que el amor consiste en la amistad incondicional y el sexo es sólo una prolongación traviesa y a veces fugaz de esa amistad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ahora, a las cinco de la mañana en Madrid, que vengo de ver con María la película genial de Stiller en los Ideal, donde vimos a Almodóvar saliendo deprisa y subiendo a su Audi A8 con chofer, he llamado a Sofía y le he dicho que nuestro abogado y los constructores firmarán los papeles y compraremos los departamentos, aunque yo no me mudaré allí y seguiré disfrutando de la comodidad del hotel y mi departamento lo dejaremos vacío, como inversión, sala de fiestas o reuniones para las niñas o eventual biblioteca o despacho literario o casa de huéspedes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es curioso cómo la otra noche a esta misma hora nos odiábamos e insultábamos con una saña inquietante y hoy, hace un momento, amaneciendo en Madrid, nos dijimos al teléfono que sería lindo ser amigos y vecinos y hasta tener al bebé (que seguro saldrá gay), sin recortar en absoluto nuestras libertades sexuales y sentimentales, y luego ella me dijo siempre serás mi mejor socio y amigo y yo, emocionado, le dije siempre te voy a amar, aunque no pueda ser tu pareja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que el azar no vuelva a emboscarnos con otra conversación envenenada un amanecer en Madrid y que el ángel caído del Retiro, que tanto me hipnotiza, nos enseñe a ser amigos y vecinos y quizá también padres, pero en ese caso padres en condición de amigos, que es por cierto la más noble de todas las condiciones humanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mañana iré en bicicleta al ángel caído del Retiro, acechado por los demonios que lo esperan para corromperlo y enroscado por las serpientes, que es como ciertas noches me siento yo, secuestrado por mis demonios y sus culebras, y le diré gracias por tener en Sofía a una socia y amiga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;UN DOMINGO EN MADRID&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacía tres años que no venía a Madrid, desde que me dieron el finalista y luego me dijeron que no lo merecía y enseguida, como castigo, me llevaron un mes por toda España hablando las mismas cosas con cualquier periodista, impostor, aprendiz o gilipollas que pidiera media hora a solas conmigo. Y luego me llevaban al Corte Inglés y me sentaban a firmar libros, pero la poca gente que pasaba me miraba con extrañeza y hostilidad, salvo una señora que pensó que la mesa estaba en venta y me preguntó cuánto costaba, sin que yo supiera darle el precio, lo que la ofuscó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madrid en setiembre es perfecto porque todavía hace calor, pero ya volvió la gente de vacaciones y no te sofocas como en agosto, que puede ser cruel. Y llegar un domingo a las nueve de la mañana es muy conveniente porque no hay tráfico y llegas rápido adonde quieras, no te enredas en los atascos de las entradas a la ciudad (aunque sí te pierdes inevitablemente en el aeropuerto, que, ya modernizado, se ha convertido en un laberinto borgiano con aires de Epcot, y por eso, extraviado, termino pasando por rayos X en un vuelo a Estambul). Lo malo es que, al encontrar por fin la salida de Barajas, el chofer no contesta mis preguntas, que son simples (¿qué le parece el gobierno?, ¿por quién votó usted?, ¿hizo bien Aragonés en dejar fuera de la Eurocopa a Raúl?), pues el viejo habla mucho, esquiva las cosas y al final babea una cháchara en la que no toma partido por nada, salvo cuando dice que él no votó por nadie y yo le pregunto si acá en España es obligatorio votar y él responde, riéndose: No, eso sólo pasa en las dictaduras africanas. Prefiero no decirle que en mi país también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar al departamento, que me han prestado unos amigos muy queridos, los Montaner, en Menéndez Pelayo, frente al Retiro, consigo entrar sin contratiempos, desactivar la alarma y me asalta una felicidad inesperada y me siento como en casa, disfrutando de la decoración sobria y refinada, de los libros (ninguno mío, por suerte) y los cuadros y retratos familiares, en los que Gina sale siempre tan guapa. Recuerdo cuando Carlos me prestó este departamento hace quince años, pues mi visa me obligaba a salir de Estados Unidos, donde vivía con Sofía, y no quería volver al Perú de Fujimori y sus adulones, que por eso no compraban los libros de Vargas Llosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Extraño a mis hijas, a Martín, a Sofía, pero necesitaba venir solo y pasar dos semanas libre, en silencio, mirando las caras, observando, escuchando, tomando cada pequeña decisión sin negociar con nadie, caminando esta tarde de domingo soleado por el Retiro, entrando como siempre por la puerta de Mariano de Cavia, en la calle del poeta Esteban Villegas (que suena bien porque son los poetas y las putas, y no los militares y los curas, los que deberían llevar los nombres de las calles, dado que son quienes mejor las conocen), y luego bordeando los senderos de los gatos que subestiman con razón mi mirada nublada por los sedantes y después caminando (si a ese paso cansino, zigzagueante, como de borracho, se le puede llamar caminar) por el paseo de Cuba, la plaza del Ángel Caído, por el estanque, con sus bailarines brasileros, cantantes argentinos, videntes, masajistas filipinos y lectoras canosas del Tarot que por diez euros te dicen (así la escucho decir a Lola: veo que sucederán unos ingresos muy satisfactorios, lo que puede tener una lectura económica, sexual o incluso policial, siendo en este último caso la satisfacción la de los malhechores) y cuando me canso de arrastrar los pies con doble media (porque no he dormido nada en el avión: me tocó al lado un colombiano encantador que me decía que saque toda mi plata del Citi y la reparta entre el Santander, el Lloyds, el Deutsche y el Bank of America, porque el Citi es el próximo en caer y no se sabe si el gobierno lo rescatará), me desvío por el Paseo de Argentina, que es el más lindo de todos, y luego paso por el Rosedal y recuerdo que allí leía las cartas que me enviaba mi padre, sugiriéndome volver a Lima y que yo inexplicablemente respondía en inglés (tal vez para impresionarlo, para que me quisiera un poco) y luego bajo por el Paseo de México y tres jóvenes peruanas, muy simpáticas, me reconocen y me piden amablemente unas fotos. Y mientras intento persuadirle a la cámara de que esa sonrisa fatigada no es una impostura, una de ellas, amorosa, me dice: Eres un orgullo del Perú, Jaime. Y yo me voy pensando: Jodido ha de estar el Perú para que yo sea un orgullo. O jodido he de estar yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salgo por la puerta de Alcalá, ya muy cansado, y subo a un taxi porque no quiero caminar de regreso, lo que quería era comprar una bicicleta en el Corte Inglés de Goya pero estaba cerrado y la tienda en la calle Evita en la que antes las alquilaban también por ser domingo, así que vuelvo en taxi y (Martín odia esto de mí) le pregunto al conductor: ¿Hizo bien Aragonés en dejar fuera a Raúl de la Eurocopa?. Con esa simpática tosquedad española, responde: Hombre, me da igual, lo que importa es que ganamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la plaza Mariano de Cavia me da hambre. Entro a una bodega, Chapela o Chápela, no sé bien, porque el nombre está en mayúsculas y la señorita oriental que atiende no es para nada fluida en español, le pregunto cuánto cuestan las uvas y me dice mira, mira, le pregunto cuánto los plátanos y dice mira, mira, le pregunto si tiene jugo de naranja natural y dice mira, mira, le pregunto si vende tarjetas telefónicas para llamar a Lima y Buenos Aires y previsiblemente me dice mira, mira, que es, al parecer, la única palabra que habla en español. Y al final tiene razón: es cosa de mirar y mirar y encontrar lo que quieres y luego ella te cobra, enseñándote la calculadora, porque quizá todavía no sabe decir veinticuatro euros cincuenta. Volveré mañana a Chápela o Chapela (prefiero Chápela, porque la chinita está rica) y le haré muchas preguntas hasta que me diga otra palabra en español que no sea mira. Luego paso por la cafetería Parisién, un clásico del barrio, y me tomo tres jugos de naranja recién exprimida a cinco euros cada vaso y ordeno una porción de jamón de pata negra, porque, al preguntarle cuál es el mejor jamón, Pablo, el camarero, me ha dicho, muy directo: El serrano cuesta ocho el kilo, la pata negra treinta y dos,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿cuál crees que es mejor?. Es cosa de mirar y mirar, como aconseja la china Chápela, y de preguntar, que así se aprende, aunque no con los taxistas, que a veces son tan brutos que dan miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De vuelta al barrio, camino por la calle Roncesvalles, donde me parece que también vivió Gina, una mujer leal, admirable, gran escritora, de la que me enamoré tan pronto la conocí en este mismo piso hace ya tantos años, una noche fría de febrero, y de la que siempre estaré enamorado, porque es mi amiga y mi hermana y porque quiere vivir sola y sin mayor interés en el sexo, exactamente como yo, y suicidarse discreta y prudentemente a una edad apropiada, antes de las humillaciones inevitables a las que nos condenará la lenta corrupción de nuestros cuerpos, que alguna vez se desearon, algo que todavía me conmueve porque fue una extensión de la hermandad y la complicidad que siento por ella y que me hace pensar que algún día este departamento tan bello y acogedor será de todos los Montaner, de Carlos y de Linda, pero también de Gina y de mí, y de Paola y Gabriela y de Camila y Paola y de Sofía y el bebé y Martín y viviremos todos juntos, felices, hacinados, durmiendo tres en una cama, como una familia superpoblada de La Habana, en la que el amor no es algo que impone la sangre sino que nace del corazón, que es como quiero yo a los Montaner, mi familia cubana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;LA CENSURA&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando hace pocos meses nos mudamos a los nuevos estudios de Miami, advertí que el estudio estaba congelado y un aire gélido me daba en plena cara durante el programa y el público tosía y se quejaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dije irónicamente que estábamos transmitiendo desde Alaska y pedí que cuidaran la salud del público y la mía (que había estado en el hospital por problemas respiratorios) apagando el aire o entibiándolo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente el dueño del canal envió un memo advirtiéndonos que no toleraría quejas en público y que el próximo en quejarse sería despedido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esperé dos semanas a que atenuasen la frialdad del estudio, que me dejaba enfermo cada noche. Me quejé numerosas veces en privado, pero nadie me hizo caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El jueves perdí la paciencia (el público en el estudio me rogaba que bajaran el aire) y me volví a quejar al aire y dije que así como no me callaba ante las injusticias de Fidel y de Chávez, tampoco me callaría, como un empleado pusilánime y acobardado, ante esta injusticia del canal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dueño del canal se sintió ofendido y me conminó a pedir disculpas por haberlo comparado con Fidel y Chávez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lunes comencé el programa reconociendo que mi frase había sido desafortunada, un exabrupto, y que no había querido decir que el dueño era como Fidel o Chávez, pero que tampoco le tenía miedo por ser un magnate y que si cometía una injusticia conmigo tenía derecho a denunciarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego le dije que hace dos meses no me pagaban el contrato tal como lo habíamos firmado y que aquella era otra injusticia que no estaba dispuesto a seguir callando. Enseguida añadí que si seguían matándome de frío y además incumpliendo el contrato (siendo que mi programa es el de más alta sintonía en ese canal y el que en cierto modo le dio un prestigio y una identidad y lo salvó del descalabro), mejor sería que me despidieran porque yo no me sentía a gusto trabajando en un lugar donde se me humillaba de ese modo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento me sacaron del aire y me dejaron hablando sin que yo supiera que ya no estaba en vivo. Fue triste porque seguí quejándome y desafiando al dueño del canal, sin saber que ya no estaba al aire y habían puesto una canción de Celia Cruz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente la mayoría de Miami repudió la censura, se solidarizó conmigo, amenazó que no vería más ese canal y expresó en las radios que el comportamiento del dueño, al censurarme, no parecía muy distinto al de Fidel. Es decir, que si quería demostrar que no era como Fidel, había demostrado precisamente lo contrario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El martes la gerencia del canal me pidió que no me fuese. Yo mentalmente ya estaba escribiendo en Buenos Aires, lejos de Miami y sus comisarios morales (hacía poco me habían censurado un artículo en el Miami Herald por contar que me había vuelto impotente por tomar antidepresivos). Pensé que mi tiempo en Miami se había terminado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el canal insistió en que me quedara. Pedí dos condiciones: que ofrecieran disculpas por la censura y cumplieran mi contrato, pagándome lo que me debían. Esa noche tuve que elegir entre el honor intransigente o el sentido práctico, entre quedar como un mártir de la libertad de expresión y largarme censurado doblemente de Miami o ser humilde y entender el error del canal y perdonarlo y comprender que, después de todo, había ganado la batalla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo el día desconecté el teléfono. No quise dar ninguna entrevista. No pedí consejos a nadie, salvo a dos amigos. Traté de preservar la calma y el silencio y pensar en bicicleta si debía hacer prevalecer el sentido del honor y el heroísmo moral o si debía ser humilde y compasivo, entender y perdonar el error ajeno (recordando que a menudo uno también se equivoca groseramente) y no perder una tribuna valiosa, que me hace llegar a Estados Unidos y Puerto Rico diciendo mis opiniones políticas con absoluta libertad y desparpajo y de paso cobrando un dinero nada desdeñable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidí que la humildad era un mejor negocio que el fundamentalismo moral y que tal vez la inteligencia consiste en comprender y perdonar los errores de los demás (la infidelidad de un amante, el abuso de un jefe, la deslealtad de un amigo). Por eso aquella noche regresé al canal y todo se arregló: la gerencia me pidió perdón, admitió el error y se comprometió a respetar el contrato que estaba burlando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me arrepiento de haberme quedado en el canal. Además, al quejarme en público había roto un pacto de confidencialidad que me prohíbe criticar al canal (es decir que yo también me había equivocado, al menos formal o legalmente), de modo que ellos podían despedirme sin indemnizarme y yo quedarme seis meses sin poder salir en la televisión de Estados Unidos, como estipula el contrato. Y yo quería seguir saliendo todas las noches para reírme de las obscenidades de Chávez y los delirios que escribe Fidel en pañales y para seguir burlándome de los charlatanes de Morales, Correa y Ortega y para criticar a Mc Cain y Obama todo lo que me diese la gana y comentar la campaña norteamericana hasta las elecciones de noviembre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso creo que hice bien en perdonar la censura, ganar la batalla y seguir peleando desde mi modesta trinchera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por supuesto cierta prensa de Lima, siempre tan generosa, dijo que yo había enloquecido por tomar pastillas, que necesitaba un siquiatra y en realidad quería suicidarme en televisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No dijeron desde luego que mis críticas tenían razón y fundamento y que hubo un gesto de coraje y rebeldía al hacerlas públicas, desafiar al canal y hacerme respetar, como en efecto ocurrió (por una sola razón: porque el programa es un éxito y no se atrevían a prescindir de él y parte de su éxito consiste precisamente en la irreverencia y la rebeldía tanto con las injusticias ajenas como con las que ocurren en mis propias narices y en desmedro de ellas).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También decidí que, a pesar de que me censuraron un artículo, seguiría escribiendo los domingos en el Herald, porque entendí que esa crónica era demasiado libertina y desvergonzada para un periódico que leen personas mayores y en extremo conservadoras. Y por eso he seguido publicando en el Herald los últimos domingos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si estuviera tan loco y fuese tan suicida como dicen mis detractores, no habría aceptado las disculpas del canal ni seguido publicando en el Herald y me habría mudado a Buenos Aires dando cien entrevistas y proclamándome un héroe de la libertad de expresión que no se doblega ante nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y algo más: es verdad que mi hija Camila me pidió que no viajara con ella y su madre a París y que no estuviera en su fiesta de quince años, pero me lo pidió porque es mi amiga y no duda de nuestro amor y me tiene confianza y prefería que yo no estuviera con ella y su madre en París para evitar tensiones y peleas domésticas y que tampoco estuviera en su fiesta de quince para no llamar la atención entre sus amigos y crearle toda clase de molestias por mi condición de obscena celebridad local. Y si cuento estas cosas no es porque esté loco ni me quiera matar (aunque tampoco me parece tan terrible morirse a mis años y después de tantas desmesuras): las cuento porque estoy condenadamente orgulloso de tener una hija como Camila, que me quiere y es mi amiga y me dice la verdad y por eso cuando la estorbo me lo dice con cariño, y porque creo también que mezclar todo esto con mi rebeldía en televisión (justificada y fundamentada: por algo se disculparon a toda prisa) es de una mezquindad y una vileza que, tratándose de cierta prensa, ya no debería sorprenderme, pero, la verdad, todavía me sorprende y entristece, sobre todo porque detrás de ellas se agazapan personas que hacen alarde de su innata decencia, confundiendo decencia con soberbia y envidia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;LA DEDICATORIA&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo quería dedicarle mi nuevo libro, El canalla sentimental, a Martín. No lo dudaba. Se lo merecía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Martín es mi amante argentino, el hombre que más he querido. En realidad se llama Luis Martín. Pero en la novela lo llamo Martín como a Sandra, la mujer que más he amado, la llamo Sofía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le dije a Luis que quería dedicarle el libro pero no sabía qué escribir porque mis dedicatorias rozaban siempre la cursilería. Le dije que había pensado escribir: a Luis, a Luisito, a Lulito, a Pipito, a Popito, a Popi, a Lulini, a Luli, a vos, a mi chico, a L. Porque generalmente en la intimidad le digo Pipito, Popi o Lulito. Casi nunca le digo Luis, sólo se lo digo cuando estoy molesto, del mismo modo que él sólo me dice Jaime si está furioso, porque lo usual es que me diga Jaimín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La opción que descartamos fue a L. Parecía cobarde, una manera de encubrir su identidad masculina y sugerir que podía ser mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidimos que lo apropiado era simplemente a Luis. Nada más. Ningún añadido de esos que me salen tan cursis: que me enseñó el amor, que me hizo hombre, que me hizo su aparato (porque Luis suele decir que soy un aparato, es decir, alguien bochornoso, impresentable). Así quedó escrito en la primera versión que le mandé a Ana a Barcelona: a Luis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había duda de que el libro era en gran parte suyo porque cuenta la tensa intimidad, los malentendidos cómicos y los enredos sentimentales entre Martín (o sea Luis), Sandra (o sea Sofía, mi ex esposa y la madre de mis hijas), Jaime Baylys (escritor mediocre, perezoso e itinerante, o sea yo) y nuestras hijas Camila y Paola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les pregunté a Cami y Paoli si preferían cambiar sus nombres o si podía dejarlos en la novela. Camila me dijo que prefería llamarse Camila y que si le cambiaba de nombre sería una estupidez porque todo el mundo sabría que era ella igual. Paola me dijo que le gustaba Isabela pero que también le gustaba Lola y como yo nunca le digo Paola sino Lola o Lolita, me pareció mejor llamarla Lola porque así la reconozco más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego todo se jodió porque al final todo se jode siempre, es la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis había venido a Miami con la promesa de quedarse tres meses, todo el verano, harto de su madre, su familia y el frío de Buenos Aires. Lo traje en primera clase, como merecía. Acomodé la casa para él. Tenía la ilusión de que pudiésemos pasar el verano juntos. Pero a las tres semanas decidió que quería irse un mes a Europa con su madre (de quien solía quejarse cuando estaba en Buenos Aires). No me opuse. Organicé y financié parte del viaje. Pero me dolió. Sentí que Luis era demasiado frívolo, inestable y caprichoso y que no le interesaba tanto estar conmigo sino viajar por el mundo. No entendía cómo podía dejarme a poco de haber llegado e irse con su madre a Europa. Lo dejé ir, disimulando mi fastidio, pero cuando se fue, sentí que algo se había roto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedé triste, pero también aliviado, porque me gusta estar solo y Luis estaba todo el día limpiando obsesivamente la casa, ordenando la ropa, comprando ropa, viendo programas de concursos de diseñadores de ropa, reprochándome mi desinterés en el sexo. Sentí que había recuperado mi libertad, el silencio, las ganas de hacer lo que quisiera sin negociar con él ni darle explicaciones a nadie. Me sentí libre y raramente feliz. Y tal vez por eso empecé a tomar pastillas para dormir y antidepresivos. Y fueron un mes o dos de inmensa felicidad porque dormía muchísimo, diez o doce horas diarias, cada vez con más pastillas, y no extrañaba nada a Luis. Entonces llegué a una conclusión egoísta y definitiva: así es como quiero vivir mi vida, a solas y en silencio y sin justificarme ante nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, ya Luis de vuelta en Buenos Aires y con ganas de volver pronto a Miami, le escribí diciéndole que quería vivir solo y que fuésemos amigos, de vernos a menudo y tocarnos si nos apetecía, pero nada de novios, pareja convencional o maridos. Porque él a veces hablaba de mí como mi marido y eso me aterraba. Y porque solía contar los días que pasábamos alejados como si fuesen un crimen: ¡hace dos meses que no nos vemos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis lo tomó mal, como era previsible, y me dijo que si no quería ser su novio ni vivir con él, no quería ser mi amigo ni verme nunca más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche que me escribió eso, que no le interesaba ser mi amigo ni verme nunca más, era la última para mandar la versión final con las correcciones definitivas a Barcelona para El canalla sentimental. Pensé: si Luis no quiere ser mi amigo, no merece la dedicatoria. Porque una dedicatoria es para toda la vida y él decía que no quería verme más. Lo dudé mucho, porque sentí que estaba ofuscado y me iba a arrepentir si le quitaba la dedicatoria prometida, pero a última hora, seis de la mañana en Miami, mediodía en Barcelona, mandé las correcciones con una nueva dedicatoria: a Lola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elegí a mi hija menor por varias razones, aunque no tendría que enumerarlas, bastaría con decir que es mi hija y la amo. Pero mi último libro se lo había dedicado a Mercedes, la empleada doméstica de mis hijas, y el anterior a Camila (que me enseñó a amar), y nunca le había dedicado uno a Lola, que es tan seca y comedida para demostrarme su amor, pero que siempre que le pregunto si preferiría tener un papá más normal que yo, me dice: No, estás loco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y sentí algo tan simple como esto: que mi amor por Lola era para toda la vida y mi amor por Luis estaba en duda porque no le interesaba ser mi amigo. Digamos que ese correo suyo (y el viaje caprichoso con su madre) cambiaron la dedicatoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después se lo dije a Luis y me dijo que era una traición, que le había clavado un puñal, que era algo muy feo prometerle una dedicatoria y luego quitársela. Y dijo que él se merecía el libro mucho más que Lola (lo que me pareció discutible) y que nunca olvidaría esa mezquindad, esa humillación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro día llegó el libro a la casa. No me gustó la portada: un cocodrilo llorando. Pero el título me gusta, El canalla sentimental, una frase que le robé a Borges, que en alguna entrevista decía admirar al canalla sentimental, aquel rufián desalmado que mataba sin compasión a sus enemigos y luego llegaba a su casa y daba de comer alpiste amorosamente al canario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No quise leer el libro. Nunca leo mis libros. Me aburren, me parecen malos, infinitamente malos comparados con una novela de Cercas (sobre todo La velocidad de la luz), o de Coetzee (sobre todo Desgracia) o de Gina Montaner, que pronto publicará La mala fama, una novela admirable y conmovedora que deben leer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A minutos de recibir el libro del mensajero y mirar con cierta reticencia la portada (demasiado juguetona para mi gusto), leí un mail de Luis lleno de amargura, reprochándome pequeñas cosas, peleando de nuevo por nimiedades. Y entonces sentí que había acertado, que la novela le correspondía a Lola y no a él, porque Luis seguía furioso debido a que yo no quería ser su novio sino verlo de vez en cuando, sin renunciar a mi libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, cruelmente y con toda mala intención, le escribí: Acabo de leer tu mail y enseguida llegó el libro de España y sentí que la dedicatoria quedó perfecta a Lola. Besos, besos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando estaba editando en la tele de Miami, sonó el celular. Era Luis. Como siempre, puse altavoz para evitar el cáncer. Me dijo: Me has destruido el corazón y cortó. César y Eleazar, mis editores, me miraron y se quedaron callados. No dije nada. Seguimos editando.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-4320931567866498611?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/4320931567866498611/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=4320931567866498611' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4320931567866498611'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4320931567866498611'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/11/por-ti-muero-ahogado.html' title='POR TI MUERO AHOGADO'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-8593740203688603731</id><published>2008-11-01T04:28:00.000-07:00</published><updated>2008-11-01T04:31:50.072-07:00</updated><title type='text'>Noches blancas</title><content type='html'>&lt;object width="425" height="344"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/qHrr0Ckr0gA&amp;hl=es&amp;fs=1"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/qHrr0Ckr0gA&amp;hl=es&amp;fs=1" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" 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src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-4251007221483618564</id><published>2008-09-13T07:19:00.000-07:00</published><updated>2008-09-13T07:20:37.426-07:00</updated><title type='text'>NO ES FÁCIL LLEGAR A VANCOUVER</title><content type='html'>El vuelo de Miami a Dallas sale a las siete de la mañana. No he dormido nada en casa. Mi asiento está en clase económica. Hace mucho que no viajo en económica, pero la tarifa de ejecutiva era brutal y me entró un arrebato de avaricia y me resigné a comprar en económica. Pido que me pasen a ejecutiva, sonrío con mi mejor cara de famoso, pero es en vano porque mi tarjeta dorada en American ha expirado hace dos años y no tengo derecho a pedir ningún privilegio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora estoy en la fila diez y no puedo recordar la última vez que viajé en económica, han pasado muchos años desde aquella tortura cruel, pero la sensación de encogerse en ese asiento duro y angosto y limitar tan cercana y olorosamente con otras personas me provoca una crisis de angustia, ganas de salir huyendo de vuelta a casa y la tardía certeza de que no debí ahorrarme ese dinero. Ya es tarde. Ya estoy atrapado. Debo preservar la calma y procurar dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para ello no dudo en tragar varios klonopin, xanax y stilnox con el juguito de manzana que he comprado antes de subir, en previsión de que las azafatas de American no me darán ni un maní partido por la mitad ni un vaso de agua, como en efecto ocurrió. El efecto sedante de las pastillas resulta en este caso inútil: en la fila delantera hay tres bebés con sus respectivas madres, que no se distinguen por su carácter taciturno ni su austeridad verbal, y a mi lado se expande un gordo de olores rancios y avinagrados, que puede no haberse bañado en dos días o más, obstinado en leer un periódico en inglés lo bastante ancho como para que sus páginas invadan mi diminuto espacio de viajero pobretón, y en la fila once, justo detrás, tres señoras muy maquilladas y excesivamente peinadas no paran de hablar desde que se sientan hasta que bajan del avión, de un modo compulsivo, enfermizo, irritante, saltando de un tema a otro sin la menor coherencia o fluidez, llenando con pavor el más breve, levísimo silencio: es el tipo de gente que cree que la felicidad consiste en viajar en grupo y hablando sin parar de cualquier cosa pero con un cierto frenesí que roza la demencia pura. Por más pastillas que trago, no consigo evadir la realidad y me siento un rehén de esos bebés chillones y ese gordo apestoso que me arrima su periódico y esas tres señoras parlanchinas que deberían, si no morirse juntas de golpe, por lo menos quedar mudas o mejor sordomudas, si hubiera un Dios impartiendo justicia en esta vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son tres largas horas a Dallas en las que odio a esas personas, a la especie humana en general, a la costumbre majadera que tengo de viajar aun si no es necesario y al ataque de tacañería que me inhibió de comprar el boleto en ejecutiva (la diferencia eran cinco mil dólares y me pareció una frivolidad gastar tanta plata solo por ir en un asiento levemente más ancho y mullido, porque la clase ejecutiva de American es, según definición de mi hija Lola, que la probó recientemente de París a Miami, una caca pura).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a Dallas, a duras penas puedo caminar porque he tomado tantas pastillas y no he dormido y entonces pierdo la noción del equilibrio y camino como un borracho, zigzagueando, arrastrando mi maletín negro, con una sola idea obsesiva, la de encontrar una tienda donde vendan cojines y almohadas que me permitan hacer menos incomodo el segundo vuelo que me espera, las cuatro horas hasta Vancouver, British Columbia, donde se han ido a vivir, valiente y admirablemente, mi hermano Javier, su bella mujer Nicole y la hija alucinantemente feliz y adorable que tienen, la princesa Joanne, que, preguntada que le gustaría ser cuando sea grande, no vacila en responder, con toda naturalidad: Reina. Que es lo que ya es, una reina, la Niña más encantadora, refinada, amorosa y perspicaz que pueda uno imaginar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un inesperado golpe de fortuna, encuentro por los pasillos del aeropuerto de Dallas, por los que me arrastro dando lástima, como si fuera un escritor borracho y fracasado, cuando solo soy un escritor fracasado, una tienda que es el paraíso mismo: Brookstone, en la que venden toda clase de objetos y artilugios para que la vida sea más suave, mullida y placentera. Con enorme placer, y coqueteando levemente con el vendedor tejano que me recuerda que por suerte no todo tejano es un vaquero recio, compro sin dudar tres cojines, dos almohadas, una manta, unas pantuflas y un antifaz, de modo que si no me suben a ejecutiva porque mi tarjeta ha expirado poco antes de que expire American como línea aérea, al menos convertiré mi asiento de clase económica en uno casi tan cómodo o más que el de ejecutiva, a fuerza de ponerle cojines para las posaderas, la espalda, la nuca, almohadas flexibles y mantas de una suavidad que mis hijas y yo describimos, sin razón alguna, por amor a esa palabra, como de parafina. Pues la inversión resulta altamente provechosa: una vez colocados los cojines, desplegadas las mantas y almohadas y agazapada mi identidad tras el antifaz, y por supuesto tras tomarme otra sobredosis de sedantes que los médicos me han prohibido y podrían hacerme llegar cadáver a Vancouver (lo que tendría la belleza poética de que mis familiares puedan decir que me mató viajar en económica después de tantos años desacostumbrado a ese flagelo), me hundo en un sueño profundo, abismal, que me devuelve al útero materno y borra mi memoria, mi identidad y la más vaga consciencia de quien soy y qué diablos hago en ese avión que acaba de aterrizar en Vancouver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy tan felizmente dopado cuando salgo del avión cargando mis cojines, almohadas y mantas qué, cuando el funcionario de migraciones me pregunta que he venido a hacer en Canadá, respondo, la boca pastosa, la mente en blanco: No sé, no me acuerdo. El funcionario se inquieta y me pregunta dónde me hospedaré. Le digo que no recuerdo el nombre del hotel. Me pregunta a qué me dedico. Le digo: solía ser escritor, pero ahora soy adicto a los painkillers. Me pide que me quite el sombrero y los anteojos oscuros, escudriña con desconfianza mi ojos embobados y me pregunta si estoy enfermo. Le digo que por supuesto, cómo podría no estar enfermo después de viajar siete horas en esa mazmorra que es la clase económica y que lo que necesito es dormir para recordar quién soy y a qué he venido a Vancouver. Se ríe. y me dice bienvenido a British Columbia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Saliendo del aeropuerto, y para redimirme de mi avaricia aérea, me subo a una limosina y le digo a Indy, el conductor hindú, el nombre del hotel y voy medio dormido, medio alucinado, mirando la ciudad más linda que han visto nunca mis ojos miopes y fatigados, sin saber que los días que me esperan en Vancouver, con Javi, Nicole y Joanne puede que califiquen entre los mas felices de mi vida, paseando en limo, montando en bicicleta por Stanley Park, admirando los paisajes sobrecogedores, comprando juguetes para Joanne y recordando para qué vine a la lejana Vancouver: para sentir el orgullo y la felicidad de tener a un amigo como el gran Javier Bayly, arquitecto, escritor, pintor, ciclista, fotógrafo, aventurero, amante de su bella Nicole y padre devoto de su Joancita, y uno de los hombres más buenos y nobles que he conocido, que por suerte resulta siendo, además, mi hermano menor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viajaría diez horas o doce horas en económica y sin cojines ni almohadas para darme la felicidad de estar de nuevo con ellos en unos meses. Y que se sepa bien lo que ya sabían Pepe Valle Riestra y el Chino de Romaña, que sabiamente aconsejaron a Javier: que Vancouver ha de ser la ciudad más bella y acogedora del mundo, al menos mirada desde el apartamento de Javi y Nicole, con vista al parque y el mar hechicero y los barcos que surcan esas aguas que por heladas mis pies no tocarán jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0); font-weight: bold;"&gt;LA DEDICATORIA&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo quería dedicarle mi nuevo libro, El canalla sentimental, a Martín. No lo dudaba. Se lo merecía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Martín es mi amante argentino, el hombre que más he querido. En realidad se llama Luis Martín. Pero en la novela lo llamo Martín como a Sandra, la mujer que más he amado, la llamo Sofía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le dije a Luis que quería dedicarle el libro pero no sabía qué escribir porque mis dedicatorias rozaban siempre la cursilería. Le dije que había pensado escribir: a Luis, a Luisito, a Lulito, a Pipito, a Popito, a Popi, a Lulini, a Luli, a vos, a mi chico, a L. Porque generalmente en la intimidad le digo Pipito, Popi o Lulito. Casi nunca le digo Luis, sólo se lo digo cuando estoy molesto, del mismo modo que él sólo me dice Jaime si está furioso, porque lo usual es que me diga Jaimín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La opción que descartamos fue a L. Parecía cobarde, una manera de encubrir su identidad masculina y sugerir que podía ser mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidimos que lo apropiado era simplemente a Luis. Nada más. Ningún añadido de esos que me salen tan cursis: que me enseñó el amor, que me hizo hombre, que me hizo su aparato (porque Luis suele decir que soy un aparato, es decir, alguien bochornoso, impresentable). Así quedó escrito en la primera versión que le mandé a Ana a Barcelona: a Luis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había duda de que el libro era en gran parte suyo porque cuenta la tensa intimidad, los malentendidos cómicos y los enredos sentimentales entre Martín (o sea Luis), Sandra (o sea Sofía, mi ex esposa y la madre de mis hijas), Jaime Baylys (escritor mediocre, perezoso e itinerante, o sea yo) y nuestras hijas Camila y Paola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les pregunté a Cami y Paoli si preferían cambiar sus nombres o si podía dejarlos en la novela. Camila me dijo que prefería llamarse Camila y que si le cambiaba de nombre sería una estupidez porque todo el mundo sabría que era ella igual. Paola me dijo que le gustaba Isabela pero que también le gustaba Lola y como yo nunca le digo Paola sino Lola o Lolita, me pareció mejor llamarla Lola porque así la reconozco más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego todo se jodió porque al final todo se jode siempre, es la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis había venido a Miami con la promesa de quedarse tres meses, todo el verano, harto de su madre, su familia y el frío de Buenos Aires. Lo traje en primera clase, como merecía. Acomodé la casa para él. Tenía la ilusión de que pudiésemos pasar el verano juntos. Pero a las tres semanas decidió que quería irse un mes a Europa con su madre (de quien solía quejarse cuando estaba en Buenos Aires). No me opuse. Organicé y financié parte del viaje. Pero me dolió. Sentí que Luis era demasiado frívolo, inestable y caprichoso y que no le interesaba tanto estar conmigo sino viajar por el mundo. No entendía cómo podía dejarme a poco de haber llegado e irse con su madre a Europa. Lo dejé ir, disimulando mi fastidio, pero cuando se fue, sentí que algo se había roto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedé triste, pero también aliviado, porque me gusta estar solo y Luis estaba todo el día limpiando obsesivamente la casa, ordenando la ropa, comprando ropa, viendo programas de concursos de diseñadores de ropa, reprochándome mi desinterés en el sexo. Sentí que había recuperado mi libertad, el silencio, las ganas de hacer lo que quisiera sin negociar con él ni darle explicaciones a nadie. Me sentí libre y raramente feliz. Y tal vez por eso empecé a tomar pastillas para dormir y antidepresivos. Y fueron un mes o dos de inmensa felicidad porque dormía muchísimo, diez o doce horas diarias, cada vez con más pastillas, y no extrañaba nada a Luis. Entonces llegué a una conclusión egoísta y definitiva: así es como quiero vivir mi vida, a solas y en silencio y sin justificarme ante nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, ya Luis de vuelta en Buenos Aires y con ganas de volver pronto a Miami, le escribí diciéndole que quería vivir solo y que fuésemos amigos, de vernos a menudo y tocarnos si nos apetecía, pero nada de novios, pareja convencional o maridos. Porque él a veces hablaba de mí como mi marido y eso me aterraba. Y porque solía contar los días que pasábamos alejados como si fuesen un crimen: ¡hace dos meses que no nos vemos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis lo tomó mal, como era previsible, y me dijo que si no quería ser su novio ni vivir con él, no quería ser mi amigo ni verme nunca más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche que me escribió eso, que no le interesaba ser mi amigo ni verme nunca más, era la última para mandar la versión final con las correcciones definitivas a Barcelona para El canalla sentimental. Pensé: si Luis no quiere ser mi amigo, no merece la dedicatoria. Porque una dedicatoria es para toda la vida y él decía que no quería verme más. Lo dudé mucho, porque sentí que estaba ofuscado y me iba a arrepentir si le quitaba la dedicatoria prometida, pero a última hora, seis de la mañana en Miami, mediodía en Barcelona, mandé las correcciones con una nueva dedicatoria: a Lola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elegí a mi hija menor por varias razones, aunque no tendría que enumerarlas, bastaría con decir que es mi hija y la amo. Pero mi último libro se lo había dedicado a Mercedes, la empleada doméstica de mis hijas, y el anterior a Camila (que me enseñó a amar), y nunca le había dedicado uno a Lola, que es tan seca y comedida para demostrarme su amor, pero que siempre que le pregunto si preferiría tener un papá más normal que yo, me dice: No, estás loco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y sentí algo tan simple como esto: que mi amor por Lola era para toda la vida y mi amor por Luis estaba en duda porque no le interesaba ser mi amigo. Digamos que ese correo suyo (y el viaje caprichoso con su madre) cambiaron la dedicatoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después se lo dije a Luis y me dijo que era una traición, que le había clavado un puñal, que era algo muy feo prometerle una dedicatoria y luego quitársela. Y dijo que él se merecía el libro mucho más que Lola (lo que me pareció discutible) y que nunca olvidaría esa mezquindad, esa humillación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro día llegó el libro a la casa. No me gustó la portada: un cocodrilo llorando. Pero el título me gusta, El canalla sentimental, una frase que le robé a Borges, que en alguna entrevista decía admirar al canalla sentimental, aquel rufián desalmado que mataba sin compasión a sus enemigos y luego llegaba a su casa y daba de comer alpiste amorosamente al canario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No quise leer el libro. Nunca leo mis libros. Me aburren, me parecen malos, infinitamente malos comparados con una novela de Cercas (sobre todo La velocidad de la luz), o de Coetzee (sobre todo Desgracia) o de Gina Montaner, que pronto publicará La mala fama, una novela admirable y conmovedora que deben leer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A minutos de recibir el libro del mensajero y mirar con cierta reticencia la portada (demasiado juguetona para mi gusto), leí un mail de Luis lleno de amargura, reprochándome pequeñas cosas, peleando de nuevo por nimiedades. Y entonces sentí que había acertado, que la novela le correspondía a Lola y no a él, porque Luis seguía furioso debido a que yo no quería ser su novio sino verlo de vez en cuando, sin renunciar a mi libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, cruelmente y con toda mala intención, le escribí: Acabo de leer tu mail y enseguida llegó el libro de España y sentí que la dedicatoria quedó perfecta a Lola. Besos, besos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando estaba editando en la tele de Miami, sonó el celular. Era Luis. Como siempre, puse altavoz para evitar el cáncer. Me dijo: Me has destruido el corazón y cortó. César y Eleazar, mis editores, me miraron y se quedaron callados. No dije nada. Seguimos editando.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-4251007221483618564?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/4251007221483618564/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=4251007221483618564' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4251007221483618564'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4251007221483618564'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/09/no-es-fcil-llegar-vancouver.html' title='NO ES FÁCIL LLEGAR A VANCOUVER'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-847304291692812841</id><published>2008-08-27T06:10:00.000-07:00</published><updated>2008-08-27T06:11:31.704-07:00</updated><title type='text'>CAMILA CUMPLE QUINCE AÑOS</title><content type='html'>Camila cumple quince años y no tengo un regalo, pero eso no importa, porque ella sabe cuánto la amo, con qué orgullo y admiración la contemplo, qué fácil y natural me resulta ser feliz y reírme a su lado. Su regalo formal es una laptop nueva que me ha pedido y le traeré pronto de Miami y no pude traerle ahora porque tuve que llevarle a Martín a Buenos Aires la laptop que dejó en mi casa en Miami y no podía viajar con dos laptops. Por suerte Cami es comprensiva y me dice que no hay apuro y que si le doy su regalo de quince en Navidad estará todo bien, pero yo le prometo que en dos semanas vuelvo a Lima con la laptop que me ha pedido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El regalo oficial, que ya le fue concedido, fue un viaje a París con su madre y su hermana Lola, y con prescindencia de mí, a explícito pedido suyo, que tuvo la sabiduría y la franqueza de decirme que dicho viaje se haría espeso, agrio y fatigoso si yo, que ando siempre bostezando y tomando pastillas para dormir, las acompañaba muy a su pesar. Sin duda tenía razón y mi ausencia multiplicó infinitamente la felicidad que mis tres chicas lindas hallaron en las calles, parques, museos y cafés de París, pero especialmente en las tiendas de ropa, allí donde, como ellas bien saben, no tengo paciencia para esperarlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El regalo oficioso o implícito o que viene por añadidura es la fiesta de quince, que ha provocado ciertas discusiones domésticas. Mi posición ha sido en esto intransigente: la fiesta se hará de todos modos, aunque Camila no quiera. Esa prepotencia moral tiene una explicación digamos sentimental: hace poco más de un año, una amiga argentina murió de cáncer antes de cumplir los treinta años y me dijo, cuando le quedaban pocas palabras, que aquello de lo que más se arrepentía en la vida era no haber hecho una fiesta de quince. Me hizo prometerle que les haría fiestas de quince a mis hijas aunque ellas no quisieran. Prométeme, me dijo. Porque si no hacés la fiesta, después te pasás el resto de tu vida pensando cómo hubiera sido tu fiesta, que es lo que me pasó a mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No ha sido difícil convencer a Camila de hacer la fiesta, lo complicado ha sido ponernos de acuerdo su madre, ella y yo en el lugar y las circunstancias en que dicha fiesta habrá de ocurrir. Camila no quiere que la fiesta sea en su casa, que es la casa de su madre, porque yo no tengo casa en Lima, yo duermo en hoteles, y tampoco quiere que sea en un hotel, dice que le parece una huachafería, y tampoco quiere que sea la típica fiesta de quince en la que la agasajada parece un florero con tacos y su padre baila un valsecito con ella y todo es dramáticamente triste, previsible y vulgar. Camila quiere una fiesta pequeña, relajada, informal, con sus mejores amigas y amigos, y en una discoteca con aire libertino, no cualquier discoteca, una de moda, que ella y sus amigas ya eligieron, por supuesto. Sofía, su madre, ve con espanto la idea de que la fiesta se haga en una discoteca (y en esa discoteca de malandrines), pero luego, negociando con el dueño, apenas Sofía advierte que tendría todo el sector vip, que no es pequeño, para hacer una fiesta paralela con sus amigas y amigos, sus reparos morales se deshacen y de pronto le parece genial celebrar los quince de Cami en esa discoteca mientras ella celebra sus guapísimos cuarenta años detrás de las cortinas vip y entre ríos de champagne que mitiguen, si acaso, la pena del esposo que no tiene (pero del amigo que sí encontró en mí, y que por supuesto no estará en ese sector vip ni en ninguna parte de la discoteca, porque ese día estaré en Vancouver visitando a mi querido hermano Javier, hombre bueno y noble si los hay, y a sus bellísimas Nicole y Joanne, que hacen la familia más linda que mis ojos miopes han visto en mucho tiempo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por suerte, el dueño de la discoteca es un muchacho amable y encantador, que no pierde la sonrisa y los buenos modales para decirme, calculadora en mano, que la fiesta me costará más o menos como otro viajecito a París, pero todo sea por el consejo que me dio mi amiga antes de morir: si Camila no hace la fiesta, se pasará la vida arrepentida. Superados los odiosos asuntos del dinero (que implican la revisión minuciosa, billete por billete, de todos los dólares, y el consiguiente rechazo de algunos por parte de sus asistentes), y sellado el acuerdo con un apretón de manos, anuncio, para consternación de Camila, Sofía y el dueño, que no permitiré que se fume o beba alcohol en toda la discoteca, incluyendo el sector vip. Mi anuncio es repudiado violentamente por mi hija, su madre y el anfitrión. Se me explica que los muchachos a cierta edad ya toman sus cervezas y que si hacemos una fiesta y sólo servimos limonada y coca-cola humillaremos vilmente a mi hija. Se me hace entender que algunos de los chicos que irán a la fiesta suelen fumar (que es lo que yo hacía a esa edad), y que habrá un patio al que podrán salir a fumar, de modo que no intoxiquen a los no fumadores. Me queda claro, sin embargo, que Sofía (que fumó a escondidas los ocho años que estuvimos casados, sin que yo me diese cuenta) fumará en su sector vip sin salir a ningún patio a congelarse. Se me hace entender, por último, que la seguridad de la fiesta se ocupará de que ningún muchacho consiga tomar más de dos cervezas en ningún caso, para lo cual les pondrán unas cintas de papel en la muñeca a las que perforarán un pequeño agujero cada vez que se les entregue una cerveza. Se me promete que todo saldrá bien y no habrá escenas de vandalismo ni pandillaje y que nadie caerá en coma alcohólico ni desflorará a una ninfa embriagada. Resignado, ruego a los dioses que protejan a mi hija esa noche para que todos se diviertan sanamente y bailen con frenesí esos ritmos patibularios que están de moda y para que nadie se emborrache y haga escenas violentas ni vomite sobre los pechos de mi hija. Dios, no te lo pido por mí, que nada merezco por dudar de tu dudosa existencia: te lo pido por ella, por Camila, por sus quince, porque todo lo que pasa esa noche después no se olvida, según me dijo mi amiga antes de morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El destino quiso que Sofía me diese una hija que yo no quería tener, que la llamase Camila porque así lo tenía pensado hacía años, que Camila me educase en el amor, las risas, la ternura y la felicidad, que mis mejores quince años sean sus primeros quince años y que la noche que hará su fiesta yo no pueda estar con ella porque es la única noche que nos pueden alquilar la discoteca y yo ya había comprado el pasaje para estar esos días con mi hermano Javier en Vancouver. Pero Camila, tan bella, tan fuerte, tan espléndida y honesta, tan buena amiga, me dice: No te preocupes, papi. Mucho mejor que te vayas de viaje. La fiesta saldrá bravaza si tú no estás. Lo mejor es que dejes todo pagado y te vayas. Porque si tú estás, empiezas a fregar con el humo y el trago y el volumen de la música. Así que ándate a Vancouver nomás, pero no te olvides de dejar todo pagado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-847304291692812841?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/847304291692812841/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=847304291692812841' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/847304291692812841'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/847304291692812841'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/08/camila-cumple-quince-aos.html' title='CAMILA CUMPLE QUINCE AÑOS'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-4542956528201554355</id><published>2008-08-18T05:51:00.000-07:00</published><updated>2008-08-18T05:52:45.900-07:00</updated><title type='text'>IMPOTENCIA</title><content type='html'>Ningún hombre está preparado para volverse impotente a los cuarenta y tres años. Yo ciertamente no lo estaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde que hace unos meses empecé a tomar pastillas para dormir y antidepresivos, advertí que mi apetito sexual menguaba, declinaba, se extinguía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo noté porque alguien intentara hacer el amor conmigo, pues vivo solo la mayor parte del tiempo y así es como deseo vivir hasta que muera, sino porque, como consecuencia de los trastornos que dichas pastillas provocaron en mi organismo, interrumpí un hábito que hasta entonces había practicado -con perdón de mi madre- religiosamente: masturbarme todas las noches, después de leer, antes de dormir, menos por lujuria o excitación que como una técnica relajante que me indujera al sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo hacía siempre con las luces apagadas para evitar el disgusto de ver la flacidez decadente de mi cuerpo y solía pensar en Martín, un joven argentino que me ama obstinadamente a pesar de que le he dicho con crueldad que quiero vivir solo, y a veces pensaba también en un actor torturado y talentoso que fue mi primer hombre. /ltimamente pensaba en una mujer muy joven, de veinte años, Lucía, a la que veo en Lima cada cierto tiempo y que ha dejado la universidad para ser escritora y que me permite mirarla, tocarla y besarla y terminar sobre ella, pero no entrar en ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empecé tomando una pastilla para dormir, Lunesta, y un antidepresivo, Prozac, hace tres meses. Después de tantas noches insomnes, agónicas, volví a dormir profundamente y sentirme bien. Pero con las semanas fui tomando más y más pastillas para dormir más profundamente y sentirme mejor. Está claro que tengo una personalidad adictiva, fue evidente cuando era joven y tomaba cocaína. Ahora todas las noches tomo 3 Lunestas, 2 Klonopin, 4 Xanax y 3 Stilnox. No los tomo todos a la vez. Los voy combinando cada vez que despierto, haciendo coctelitos que me hundan en sueños abismales. No ignoro que corro ciertos riesgos mezclando tantos barbitúricos que me han vendido sin prescripción. Pero encuentro cierta belleza mórbida en el hecho de tragar las pastillas y no saber si será la última noche. Cuando despierto a las tres de la tarde, no sólo me siento feliz porque he dormido como un bebé sino porque curiosamente estoy vivo, porque algún dios indulgente me ha regalado un día más. Cada día es entonces un suceso imprevisto y sobrecogedor, un pequeño milagro, lo que sin duda embellece y quizá hasta ennoblece mi existencia, porque sé que mi vida vale nada y que el mundo no perdería nada si me cremasen y arrojasen mis cenizas al mar de Key Biscayne, una isla en la que la felicidad no me ha sido del todo esquiva, como le he pedido a Sofía que haga a mi muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la tarde ya no tomo un Prozac sino ocho, en dos sesiones: cuatro al levantarme y cuatro antes de ir a la televisión. Y siento que levito y soy en extremo bondadoso, que mi paciencia es infinita, que encuentro compasión para perdonar las peores vilezas de mis enemigos, que Mika y Carla Bruni son mis amigos y cantan conmigo en la camioneta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Toda esta masiva e imprudente ingestión de químicos entraña sus riesgos, desde luego, y uno de ellos, que yo ignoraba, es la inhibición del deseo sexual (siendo además que nunca he sido desinhibido en esa materia, a pesar de que algunos de mis libros puedan dar esa impresión). Ya las últimas semanas en Miami había dejado de masturbarme, no tenía nunca una erección y cuando Martín me sugería decirnos obscenidades calenturientas en el teléfono, le decía que no tenía ganas y él se molestaba conmigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero estaba seguro de que casi tres meses después de no vernos, cuando llegase al departamento de Buenos Aires y tuviese a Martín desnudo a mi lado, no tendría ninguna dificultad en conseguir una erección y amarlo como él, mi chico lindo, merecía que lo amasen: desmesuradamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Obviamente, mis cálculos estaban errados. A pesar del deslumbramiento que me provocó verlo desnudo en la luz tenue de su habitación, y del empeño que puso en complacerme y obsequiarme toda clase de posturas y tocamientos a fin de despertar mi alicaído órgano sexual, y de la ferocidad con que froté ese colgajo pusilánime que se resistía a obedecerme y entrar en batalla, el fracaso fue absoluto, humillante, y una hora después, simplemente nos rendimos, Martín entendió con sabiduría que eran las pastillas y no la falta de amor lo que me impedía complacerlo y yo hice lo que tenía que hacer para que él pudiese terminar con una penosa sensación de derrota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso cuando me fui a dormir me sentía un pedazo de mierda, un inútil, un comatoso sexual, un impotente a los cuarenta y tres años. Tuve que tomar más pastillas que las acostumbradas para evadir la realidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las noches siguientes no fueron muy distintas. Martín y yo probamos con paciencia toda clase de técnicas, juegos, exploraciones, impudicias y acoplamientos para que yo lograse una erección, pero nada sirvió, nada me calentó, nada me la puso dura. Martín comprensiblemente perdió la paciencia y procedió a complacerse en solitario, resignado a mi impotencia. Sentí, en esos momentos de tristeza, que me amaba aun siendo impotente, y por eso lo amé más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de irme de Buenos Aires, llamé a una amiga con la que había jugado sexualmente cada cierto tiempo. Se llama Penélope, está casada con un actor, tiene un hijo apropiadamente llamado Diego Armando y hace entrevistas para un programa frívolo de televisión. Así me conoció, entrevistándome, preguntándome tonterías, y así nos hicimos amantes ocasionales. Penélope accedió a venir a mi departamento la noche que le propuse, la última que pasaría en esa ciudad. Le sugerí a Martín que se uniese a la aventura como protagonista o mero espectador, pero él dijo que le daba asco esa chica, esa negra villera de Caballito, y que prefería irse a bailar y dejarnos solos. Penélope llegó diez minutos tarde y me besó con ese aire travieso que me sedujo cuando la conocí. No estaba tan linda como hacía diez años: el tiempo, la maternidad y los amores furtivos (tiene marido y tres amantes) la habían desmejorado un poco. Pero seguía siendo guapa, atrevida y muy graciosa en la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le advertí que me había vuelto impotente y que por eso la había llamado, para que, haciendo alarde de su maestría erótica, me devolviese una erección, aunque fuese la última. Ella hizo todo lo que pudo (se desvistió bailando, me contó sus peores desmanes eróticos, sus más encendidas fantasías, besó y succionó durante horas mi finado pene, que en paz descanse) y yo puse también algo de mi parte, tratando de jugar como habíamos jugado tantas veces, pero, a las dos de la mañana, y considerando que Martín podía llegar en cualquier momento, nos rendimos o nos aburrimos o nos reímos de esa situación tan cómica y absurda. Luego se fue y me dijo que me quería igual y que le parecía lindo tener un amante escritor impotente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó Martín, le confesé mi fracaso. No me contés nada, que me da asco, dijo él, adorable. Ya sabés que me encantan las mujeres, pero odio las vaginas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así estamos. He descubierto en Buenos Aires que me he vuelto impotente. He llegado a Lima abrumado por la certeza de que esta impotencia no tendrá cura, a menos que deje los somníferos y antidepresivos. Pero está claro que si tengo que elegir entre dormir bien y sentirme leve y risueño o tener esporádicas erecciones, elijo la impotencia crónica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo me da pena porque estaba ilusionado con tener un hijo con Sofía. Ella es mi última esperanza. Ella o alguna pastilla que me despierte del coma sexual. Ruego auxilio a los médicos amigos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-4542956528201554355?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/4542956528201554355/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=4542956528201554355' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4542956528201554355'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4542956528201554355'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/08/impotencia.html' title='IMPOTENCIA'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-7206303621185445639</id><published>2008-08-11T03:11:00.000-07:00</published><updated>2008-08-11T03:12:14.499-07:00</updated><title type='text'>LAS PEQUEÑAS ESTAFAS</title><content type='html'>Me han estafado cuatro veces. Lo curioso es que cuando recuerdo esas estafas no me molesto ni me lleno de rencor o deseos de venganza. En cierto modo recuerdo con aprecio a esas personas ingeniosas e inescrupulosas que burlaron mi buena fe y me embaucaron, como si en lugar de perjudicarme me hubiesen hecho un favor, al recordarme mi condición de tonto de campeonato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera vez que me robaron fue cuando vivía en Georgetown. En aquellos tiempos Sofía y yo compartíamos un departamento en la calle 35 y ella estudiaba una maestría y yo porfiaba por escribir. Pasaba todo el día en el departamento, escribiendo. Al caer la noche, salía a caminar. Una de esas noches, caminando de regreso al departamento, un hombre y una mujer jóvenes, de buen aspecto, se acercaron y me dijeron con modales refinados que vivían en Virginia y se habían quedado sin dinero para echarle gasolina al auto y necesitaban un préstamo que me pagarían al día siguiente, domingo. Les pregunté cuánto necesitaban. Me dijeron que cien dólares. No dudé en darles el dinero. A cambio me dieron una tarjeta con un teléfono. Me pidieron que los llamase para traerme el dinero al día siguiente. Fueron tan encantadores que hasta me ilusioné con que ese préstamo fuese el comienzo de una amistad. Al día siguiente los llamé. El teléfono no existía. Nunca más los vi. Pero ahora curiosamente los recuerdo con cariño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui estafado por segunda vez cuando me había mudado a Miami, resignado a que tenía que trabajar en televisión porque el dinero de los libros no alcanzaba para nada. Me había hecho conocido en esa ciudad con un programa de entrevistas. Una mañana estaba desayunando con mis hijas en el hotel Sonesta de Key Biscayne (que por desgracia cerró no hace mucho y en el que viví largas temporadas) cuando se acercó un señor alto, enjuto, barbudo, de traje y corbata, con aire de caballero a la antigua. Me dijo su nombre, me contó que era colombiano, me dio su tarjeta, llevaba un apellido tradicional, me dijo que era admirador de mis programas y se sentó a la mesa con nosotros y pidió un café. Luego nos contó que la noche anterior había cenado en un restaurante en Coconut Grove y le habían robado un maletín en el que llevaba todo: el dinero, las tarjetas de crédito, su pasaporte. Y ahora no tenía cómo sacar dinero en Miami para pagar la cuenta del hotel y regresar a Bogotá. Me rogó con exquisitos modales y hablando con esa propiedad tan colombiana que lo socorriera de ese apuro humillante, que le prestara mil dólares para pagar el hotel y volver esa misma tarde a Bogotá. Prometió que me mandaría la plata tan pronto como llegase. No dudé en decirle que me esperase allí mismo, que iría al banco a sacar la plata y volvería en quince minutos. Camino al banco con mis hijas, les pregunté si pensaban que debía prestarle el dinero. Estás loco, me dijo Camila, nunca te va a pagar. Yo no le creo nada, no me gusta su cara, dijo Lola. Pero yo ignoré esas advertencias, saqué el dinero, volví al hotel y se lo entregué. Nunca más volví a verlo. Llamé a sus números y tampoco existían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tercer hurto fue el que más me dolió porque lo perpetró un hombre que había trabajado conmigo en Miami y al que consideraba mi amigo. Era un peruano de origen humilde, avispado y trabajador, que se ganó mi confianza apenas lo conocí. Me pareció ingenioso, astuto, muy eficiente, con esa inteligencia de la calle que poseen los peruanos que han salido de muy abajo y aprendido a sortear las condiciones más adversas. Este amigo, al que contraté como productor de mi programa, dejó de trabajar conmigo cuando Telemundo me contrató y poco después despidió: me dijeron que respetarían mi contrato hasta el último día, pero que preferían pagarme no para que saliera en televisión sino para que no saliera en ella. Mentiría si dijera que no dolió. Unos años después, retirado yo de la televisión y dedicado a escribir, mi amigo me propuso un negocio en Colombia: yo viajaría una semana, grabaría catorce episodios como anfitrión de un festival internacional del humor y me pagarían un dinero nada despreciable. Acepté y le prometí el quince por ciento del contrato, lo que le pareció justo. Cuando llegué a Bogotá, él ya estaba allá y me dijo que por razones contables o tributarias ya había firmado el contrato en mi nombre. Me lo dijo en el hotel Casa Medina, tomando el té al lado de la chimenea. Me dijo que el contrato se había firmado entre la televisora y él, que el dinero se transferiría íntegramente a su cuenta en Miami y que, apenas lo recibiese, retendría el quince por ciento y me daría mis honorarios. Por supuesto, le creí: era mi amigo, habíamos jugado fútbol con nuestros amigos los Crousillat (que me lo presentaron en Miami, y a quienes sigo considerando mis amigos). Pues grabamos los catorce programas (que salieron espantosos) y él volvió a Miami y yo volé a Buenos Aires, donde me había ido a vivir. Pasaron los días y las semanas y mi amigo no me transfería el dinero ni me llamaba ni contestaba mis correos. Simplemente había desaparecido. Lo llamé a sus teléfonos de Miami, pero los había cambiado. Estaba claro, me había timado. Pero esta vez no me quedé tan tranquilo. Llamé a su hermana en Miami, una buena mujer, enfermera, que también había trabajado conmigo, y le pedí que le transmitiera a su hermano un mensaje simple y claro: si no me pagaba, daría una rueda de prensa en Lima y otra en Miami, denunciándolo como estafador (una fama que ya había ganado en Lima con modelos eróticas que llevaba de gira y luego lo denunciaban por no pagarles), algo que en realidad jamás hubiera hecho. La amenaza surtió efecto: mi amigo me escribió sin demora, diciéndome que el banco le había confiscado el pago de la televisora colombiana porque él estaba muy endeudado, al borde de la quiebra, y prometió que me iría pagando de a pocos. Reconozco que tuvo el mérito de, meses después, venir a mi casa y pagarme una fracción, creo que la tercera parte, de lo que me debía. Luego lloró miserias, me dijo que estaba endeudado hasta el cuello, que nunca había querido estafarme, y yo le creí y me dio lástima y le dije que no me debía nada, que el asunto quedaba zanjado. Pero desde entonces sentí que no podía confiar más en él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cuarta y última estafa resultó la más dolorosa porque me costó mucho dinero. Un amigo de Sofía, el padre de una de sus mejores amigas, le ofreció vendernos un apartamento de tres pisos frente a un club de golf. El edificio estaba ya levantado y sólo faltaban los acabados. Sofía, el caballero y yo caminamos por los pisos de concreto que nos ofrecía, admiramos la vista, decidimos que en el tercer piso haríamos un gimnasio y una pequeña piscina y le pedimos un descuento. Nos lo rebajó de 250 a 225 mil dólares si pagábamos al contado. Eso hicimos. Siete años después, el edificio sigue sin acabarse, deshabitado, fantasmal. Nunca nos entregaron el departamento ni nos lo entregarán, por supuesto, lo que me obligó a seguir quedándome en hoteles en Lima. Y ahora, haciendo las cuentas, reparo en el hecho de que hace veinte años o más he vivido en Lima siempre en hoteles: en el hostal El Olivar de San Isidro (una casona antigua que creo que ya no existe), en dos hoteles de la avenida Pardo, en el Park Plaza, en el Golf Los Incas, en el Country y en muchos otros hoteles a los que considero mi casa los días que paso por Lima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No guardo rencor a quienes me robaron con engaños amables y persuasivos. Más bien les agradezco porque me recordaron que soy un idiota, lo que es conveniente no olvidar para que no me sigan timando tan fácilmente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-7206303621185445639?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/7206303621185445639/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=7206303621185445639' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/7206303621185445639'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/7206303621185445639'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/08/las-pequeas-estafas.html' title='LAS PEQUEÑAS ESTAFAS'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-5973852275870981750</id><published>2008-08-05T06:47:00.000-07:00</published><updated>2008-08-05T06:49:07.303-07:00</updated><title type='text'>EL LOCO CUBANO</title><content type='html'>César cumple cincuenta y ocho años y estamos celebrándolo en el lounge del Ritz del Grove, donde nos han servido la comida porque el restaurante ya está cerrado. Es pasada la medianoche y venimos del programa que hacemos todas las noches, César dirigiendo los controles, yo hablando como un charlatán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;César es mi amigo hace quince años, desde que llegué a hacer televisión en Miami. Nació en La Habana, sus padres eran muy ricos, pero cuando Fidel capturó el poder, huyeron a Miami y lo perdieron todo. César es un millonario sin dinero, un aristócrata al que sólo le quedan los modales bohemios y extravagantes, el cubano más divertido, genial y enloquecido que conozco (y no son pocos los cubanos que he conocido todos estos años en Miami).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más que mi amigo, César es mi hermano y no sabría explicar bien por qué. Tal vez lo que nos une es la certeza de que él está loco y yo también y que ninguno de los dos tiene cura posible y que a pesar de ello o debido a ello la pasamos estupendamente bien haciendo lo que nos da la gana en una ciudad en la que muchos caen esclavizados por las cuentas y el dinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;César no tiene dinero, salvo su sueldo de la televisión, pero vive como si tuviera una fortuna. Vive solo, tiene muchas mujeres a las que visita y se coge pero con las que no se compromete, maneja un Mercedes antiguo descapotable y viste ropa vieja, gastada, que no ha perdido una cierta elegancia, como si fuera un millonario venido a menos, que es en realidad lo que es, su historia, la historia de su familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A César no le importa el dinero, lo que le gusta es sentirse libre y despertar a la una de la tarde y escuchar música triste y melancólica y andar persiguiendo mujeres solteras o casadas, jóvenes o no tanto, porque su vicio son las mujeres y no pasa un día sin que se monte a alguna, generalmente en condiciones furtivas que ponen en riesgo su vida, lo que, desde luego, multiplica el placer de esos encuentros. César no trabaja y desde que lo conozco creo que nunca ha trabajado porque lo que hacemos en televisión no es trabajar sino divertirnos, hacer un programa risueño, libertino, caótico y encabronado como la vida misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero esta noche que cumple años César está triste, y no porque esté haciéndose viejo, que cualquiera diría que tiene mi edad o poco más, ni porque una mujer le ha dicho que tiene que operarse la papada para disimular las arrugas, ni porque su auto de colección ha colapsado. Está triste porque esa tarde ha peleado con Sophie, su hija.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;César ha amado a muchas mujeres, siete para ser exactos, siete mujeres con las que vivió y a las que celó y poseyó con la fiebre obsesiva de los peores amores que son también los mejores, siete mujeres de las que se casó con tres y cuyos divorcios despiadados lo dejaron sin lo poco que tenía. Ahora ama a una mujer joven pero no vive con ella y por eso la ama más, porque ella, que es dueña de peluquerías, cubana por supuesto, amante del sexo en todas sus variaciones, también prefiere que, después de las refriegas del amor, cada uno se vaya para su casa. Pero la mujer que César más ha amado y sigue amando es Sophie, su hija de veintitrés años, con quien pensaba almorzar ese día, el día de su cumpleaños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amándola como la ama, César peleó con Sophie a los gritos y canceló el almuerzo y ahora, después de varios tragos, me lo cuenta, abatido. Fue un mal día, dice. Me volví loco. Perdí el control. Pero tú sabes como soy, que digo lo que pienso y no sé mentir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;César en general se lleva bien con Sophie, aunque no se ven con frecuencia y le molestó que su hija se casara no hace mucho en el Ritz, porque la boda le costó una fortuna y él está ahorrando para comprarse una casita en Costa Rica frente al mar y largarse de Miami y toda la locura cubana y pasar sus últimos años tumbado bajo un cocotero bebiendo buen trago y cogiéndose ticas o forasteras que van a esas playas en busca de los misterios de la naturaleza, unos misterios en los que César es un experto porque dice, pidiendo un trago más, que, con sus años, la pinga se me pone dura como esta mesa y no me corro nunca antes de una hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;César había quedado en buscar a Sophie a mediodía para ir a comer hamburguesas en el Conrad. Fue puntual. A las doce estaba abajo del edificio, esperándola. Pero ella se había ido a la peluquería, le pidió por teléfono que la esperase. Tardó una hora. Esa hora esperándola en el auto alquilado (porque su Mercedes se había estropeado) lo volvió loco, sacó la bestia indomable que lleva dentro. Además tuvo la mala suerte de que un guardia de seguridad se acercase y le dijera que allí no podía estacionarse. Y César le respondió gritando que la calle era de todos y que se fuera al carajo. Y el guardia lo insultó y pateó el auto. Y César bajó y se trenzó en una riña a golpes y patadas con el guardia. Y como, aun siendo pendenciero y buen peleador, tiene ya sus años y la cara algo arrugada y las canas pintadas (lo que yo le digo que es una mariconada, pero él me dice espera a que te salgan canas, cabrón, y ya vas a ver cómo te las pintas tú también) salió perdiendo en ese combate desigual con el vigilante, que lo dejó golpeado y humillado y lo obligó a mover el auto. César llamó entonces a Sophie y le preguntó a gritos dónde estaba y ella le dijo que saliendo de la peluquería, que la esperase un ratito más, pero él la mandó sin rodeos al carajo y le dijo que por su culpa se había peleado con un malandrín balsero ilegal hijo de mala madre y que cancelaba el almuerzo y que todo se había jodido por culpa de ella, de su maldita impuntualidad, de su maldita adicción a la peluquería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas cortó, se arrepintió. Pero no volvió a llamarla. Se fue a su casa, apagó el teléfono, se echó a dormir la siesta y decidió que no había nada que celebrar: cumplir cincuenta y ocho años en Miami con poco dinero y el auto en el taller y su hija llorando y los sueños de irse a Costa Rica cada vez más borrosos y lejanos era en realidad un día triste, un día de mierda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ahora estamos en el Ritz comiendo rico y tomando buenos tragos y César me dice que es feliz porque soy su hermano y estoy más loco que él y lo entiendo mejor que nadie. Yo le digo que llame a Sophie, que le pida perdón, que venga a tomarse unos tragos con nosotros, pero él me dice que ni a cojones, que no piensa llamarla, que está harto de las mujeres, de todas las mujeres, que las mujeres le han arruinado la vida y que ahora quiere vivir solo y cogerse a mujeres cuyos nombres no conoce y a las que no volverá a ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo le digo que es un genio y que está loco y que es mi hermano, y le prometo que estos serán los diez mejores años de nuestras vidas, que ganaremos mucho dinero y follaremos como unas bestias desalmadas y en diez años estaremos en una playa de Costa Rica celebrando su cumpleaños, recordando con nostalgia esta noche, meciéndonos en unas hamacas frente al mar y sabiendo que nunca más tendremos que salir en televisión para ganarnos la vida. Y César se ríe y me dice que por eso me quiere tanto, porque sé mentir con tanta convicción que me miento a mí mismo, y que en diez años los dos estaremos muertos y los borrachos mearán sobre nuestras tumbas y nadie se acordará de nosotros, ni siquiera nuestras hijas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-5973852275870981750?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/5973852275870981750/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=5973852275870981750' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/5973852275870981750'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/5973852275870981750'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/08/el-loco-cubano.html' title='EL LOCO CUBANO'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-2658001974850722618</id><published>2008-07-28T04:24:00.000-07:00</published><updated>2008-07-28T04:25:41.286-07:00</updated><title type='text'>RARAS FORMAS DE AMAR</title><content type='html'>En los últimos días las circunstancias me han forzado a tomar dos decisiones en extremo difíciles.&lt;br /&gt;Una fue decirle a Martín que no quiero vivir con él, que quiero vivir solo el resto de mi vida.&lt;br /&gt;La otra fue responderle a Sofía si mantenía la promesa que le hice cuando nos divorciamos: que si ella llegaba a los cuarenta años y no tenía esposo ni novio y no había tenido un hijo, yo me comprometía a darle un hijo.&lt;br /&gt;Lo de Martín fue doloroso porque es el hombre que más he amado y creo que todavía lo amo y lo amaré siempre, aunque él se enamore de otros hombres. Pero no podía seguir postergando esa decisión. Los últimos años nos veíamos una vez por semana en Buenos Aires y así estaba bien para mí. No para él: me decía que quería vivir conmigo como una pareja convencional. Por eso vino a Miami. La fantasía no duró un mes.&lt;br /&gt;No es por falta de amor a Martín que quiera vivir solo. Es porque si vivo con él siento que pierdo demasiada libertad y que mis manías, caprichos, inapetencias y desidias le disgustan y lo irritan y que verlo tan a menudo socava mi cariño por él.&lt;br /&gt;Martín lo tomó como un acto de egoísmo, como una traición. Me dijo que voy a arrepentirme, que lo estoy desperdiciando, que saldrá a buscarse un novio y que no acepta mis condiciones de ser ante todo amigos y vernos una vez al mes en Buenos Aires.&lt;br /&gt;No pierdo la fe de que con el tiempo podamos ser amigos y con suerte seguir siendo amantes.&lt;br /&gt;Lo de Sofía me tomó por sorpresa, a pesar de que cada cierto tiempo mi madre, viendo a alguno de sus nietos, me decía: ¿Cuándo vas a tener un Jaimecito? Yo me reía y le decía que nunca, que con dos hijas ya soy feliz. Pero mamá insistía e insistía, ella es terca y quiere su Jaimecito.&lt;br /&gt;Yo pensaba que Sofía había olvidado la promesa que le hice saliendo de unos cursos que nos obligaron a tomar en Miami cuando nos divorciamos, unos cursos para enseñarnos a ser buenos padres divorciados que, por supuesto, eran una estupidez y eran dictados por unos sujetos que parecían infelices precisamente porque no se habían divorciado. Aquella tarde la noté tan triste que le dije: Siempre te amaré. Siempre. Y si cumples cuarenta años y estás sola y no has tenido un hijo y quieres tenerlo, te prometo que yo te lo daré. Ella me abrazó y me dijo que por eso me quería tanto, porque estaba loco.&lt;br /&gt;No hace mucho, Sofía cumplió cuarenta años y los celebró en Lima con sus mejores amigas y amigos. No pude estar con ella porque tenía que hacer el programa en Miami, soy un esclavo de la televisión. Pero le di una sorpresa: le regalé el auto de sus sueños porque la camioneta que habíamos comprado cuando nos divorciamos y ella volvió a Lima ya le daba muchos problemas. Creo que me quiso un poco más cuando se subió a ese auto tan lindo. Lo merecía sin duda: ella me había regalado dos hijas preciosas, adorables, y ningún regalo que yo pudiera darle compensaría jamás los que ella, contra viento y marea, me había dado.&lt;br /&gt;El otro día estábamos paseando por Le Marais, porque Camila, nuestra hija mayor, pidió ir a París por sus quince, y mientras las niñas se divertían mirando ropa, le pregunté a Sofía: ¿Qué puedo darte para que seas más feliz?&lt;br /&gt;No dudó en responderme: Un hijo, el hijo que me prometiste.&lt;br /&gt;Me quedé helado. No supe qué decir. Pero no podía echarme atrás: le había hecho esa promesa y ahora ella tenía cuarenta y seguía sin tener un hijo ni padre potencial a la vista.&lt;br /&gt;La verdad es que, aunque me sorprendió, me sentí halagado. Lo primero que le dije fue: No creo que sea capaz de tener una erección, las pastillas han acabado con mi apetito sexual. Ella se rió y me dijo que era una excusa tonta y que, si aceptaba el reto, ella se encargaría de derrotar a las pastillas y provocarme una erección (y no dudé de que lo conseguiría sin dificultad). Luego lo pensé un poco, me tomé mi tiempo y comprendí que no podía ser un cobarde, que tenía que cumplir mi palabra, que era mi destino.&lt;br /&gt;Puse, sin embargo, ciertas condiciones: el niño nacería en Miami, de ninguna manera en Lima; Sofía y nuestras hijas se mudarían a Miami; yo seguiría viviendo solo, en una casa a distancia que pudiese recorrerse caminando o en bicicleta de donde ellas eligieran vivir, es decir que estaban obligadas a vivir en la isla de Key Biscayne; y preservaría mi absoluta libertad sexual o amorosa.&lt;br /&gt;Ninguna de esas condiciones fue aceptada, salvo la última.&lt;br /&gt;Sofía me dijo tranquila y amorosamente que el niño nacería en Lima, que ella no quería irse de Lima y nuestras dos hijas tampoco, y que estaba loco si pensaba que se mudarían a Miami, una ciudad que ella no soportaba en verano y a duras penas podía tolerar en invierno.&lt;br /&gt;Sin embargo, aceptó que siguiera viviendo solo. Es más: para mi sorpresa, me lo pidió. Me dijo: Yo no quiero vivir contigo. Yo quiero tener un hijo contigo, pero seguir viviendo sola con las niñas. Tú puedes vivir donde te dé la gana y venir a visitarnos cuando quieras.&lt;br /&gt;Me quejé. Le dije que me parecía injusto condenar al niño a vivir en una ciudad donde crecería a la sombra de mi fama oprobiosa y que en los Estados Unidos sería más libre y feliz y que además en el Perú un candidato de izquierda ganaría las próximas elecciones presidenciales y no podía tolerar que mi familia viviera bajo un régimen socialista autoritario que conculcaría las libertades.&lt;br /&gt;Sofía me dijo que yo siempre predecía catástrofes políticas que nunca ocurrían y que no estaba dispuesta a ceder: el niño y ellas vivirían en Lima, punto.&lt;br /&gt;Le pedí que al menos fuera a dar a luz a Miami para darle al niño la ciudadanía norteamericana, que nuestras hijas ya poseen, dado que nacieron en Washington y Miami, y que Sofía y yo también poseemos, gracias a ella, claro está.&lt;br /&gt;Sofía me dijo que haría el embarazo y el parto en Lima y que el niño podía ser ciudadano norteamericano aun naciendo en Lima, sólo había que inscribirlo en el consulado.&lt;br /&gt;No me quedó más remedio que aceptar sus condiciones. Tenía que cumplir mi promesa de impregnarla de un varón y era rigurosamente justo que ella eligiese con toda libertad en qué circunstancias lo traería al mundo.&lt;br /&gt;Surgió luego el espinoso tema del nombre, pero por suerte hubo coincidencia inmediata: De ninguna manera se llamaría Jaime. No podíamos traumatizarlo de ese modo. Pero quizá podíamos llamarlo James o Jimmy o Jim o Jimbo. Era cosa de ir pensando.&lt;br /&gt;Me sentí orgulloso de que, después de tantos años, Sofía siguiera considerándome un buen padre, una persona confiable. Pero sobre todo me halagó que siguiera deseándome en cierto modo, que estuviera dispuesta a hacer el amor conmigo una o varias veces, todas las que fuesen necesarias para quedar embarazada.&lt;br /&gt;Esa fantasía se difuminó apenas me dijo: Lo que sí te pido es que me des tu esperma en un pomito, si no te molesta.&lt;br /&gt;En ese momento me sentí tan humillado que le dije que si quería tener un hijo conmigo, estaba obligada a hacerme el amor todas las veces que fuesen necesarias, que de ninguna manera le daría a mi hijo en un pomito.&lt;br /&gt;Era sólo una broma, me dijo ella, y me abrazó.&lt;br /&gt;Pero no estoy tan seguro de que fuese una broma.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-2658001974850722618?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/2658001974850722618/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=2658001974850722618' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2658001974850722618'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2658001974850722618'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/raras-formas-de-amar.html' title='RARAS FORMAS DE AMAR'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-6452951060965856800</id><published>2008-07-21T06:40:00.000-07:00</published><updated>2008-07-21T06:41:26.165-07:00</updated><title type='text'>LA FURIA DEL ACTOR</title><content type='html'>El actor me escribe, sorprendiéndome: Hola,&lt;br /&gt;(Me sorprende la coma, que sugiere que escribió algo que luego borró o quiso escribir y reprimió. Es en todo caso una coma prometedora).&lt;br /&gt;Respondo: ¿Cómo estás?&lt;br /&gt;Me escribe: No bien,&lt;br /&gt;(De nuevo, la coma me intriga, pues al parecer delata cierta angustia o desasosiego, unas ganas de decir algo que quedan frustradas).&lt;br /&gt;Le escribo: ¿Por qué? ¿Puedo ayudar en algo?&lt;br /&gt;Me pregunta: ¿Quién sabe de esto?&lt;br /&gt;Le escribo: Tú, Martín y yo. Martín es mi chico y lo amo.&lt;br /&gt;Me escribe: Dame tu número.&lt;br /&gt;Le escribo: No me gusta que me den órdenes. Las cosas se piden bonito.&lt;br /&gt;Me escribe: No entiendo, no te he hablado mal, ¿o sí?&lt;br /&gt;Le escribo: Me dices: dame tu número. Suena un poco duro. Podrías decir: ¿te puedo llamar? El sábado estaré en Lima. Si te provoca, nos vemos en algún lugar discreto.&lt;br /&gt;Vuelvo a escribirle: No sé por qué pienso que podríamos haber sido muy felices juntos y me da pena que no fuese así.&lt;br /&gt;Me escribe: No creo que nos podamos ver, tal vez será en otro tiempo.&lt;br /&gt;(Lo que más me duele es que diga “en otro tiempo”. Pudo decir “más adelante” o “en un tiempito”, pero “en otro tiempo” suena a en otra vida, a nunca).&lt;br /&gt;Resignado, le escribo: Suerte entonces, que todo vaya bien.&lt;br /&gt;Educado, se despide: Gracias, a ti también.&lt;br /&gt;Le escribo: Estoy en Lima, qué pena no verte. Sales lindo en Somos.&lt;br /&gt;A despecho de mi orgullo, insisto: ¿No piensas venir a Miami o ir a Buenos Aires? Me encantaría verte.&lt;br /&gt;Le escribo, sin exagerar: Desperté soñando contigo. Habías venido a mi casa con una chica que era tu novia. La chica se llamaba Kanta y me saludaba con cariño. Luego tú me dabas un beso en la mejilla y me regalabas una camisa marrón.&lt;br /&gt;Por fin me escribe: He conocido a una chica, pero no sé.&lt;br /&gt;Le escribo: Me pasa igual. Conozco chicas lindas, me acuesto con ellas, pero no puedo enamorarme de una mujer. Voy el fin de semana a Lima, veámonos, la vida se pasa y no nos veremos nunca y sería una pena.&lt;br /&gt;Le escribo: Estoy en Lima. Te quiero aunque no me creas.&lt;br /&gt;Me escribe: No confío en ti.&lt;br /&gt;Le escribo: Yo tampoco confío en mí. Tampoco confío en ti. Nadie confía en nadie. Y no exageres el papel de víctima. Un escritor escribe lo que tiene que escribir y tú fuiste mi primer hombre y todo lo que escribí evocando ese momento inolvidable lo hice con amor y ternura. Si te molestó, fue por las malas razones, por miedo o vergüenza. Yo siempre sentiré orgullo de que fueras mi primer hombre y de que me gusten los hombres. No lo escondo y soy feliz así. Y creo que decir “es mi vida privada y de eso no hablo” es una salida cobarde. Entiendo que no confíes en mí y haces bien. Yo soy un escritor y lo seré hasta la última puta palabra que escriba, así como tú eres un actor y lo serás incluso cuando se te caigan los dientes.&lt;br /&gt;Me escribe: Esta vez sí te inspirastes (sic). Fuera de todo, tengo que proteger a mi hijo. Lo hago por él, sólo por él.&lt;br /&gt;Le escribo: Te entiendo. Da miedo. Pero no lo estás protegiendo, lo estás haciendo más vulnerable. Yo sé que lo amas. Yo también amo a mis hijas. Pero lo mejor es que sepa quién eres de verdad y que se lo digas tú. Cuando yo les conté a mis hijas se cagaron de risa y les dio igual porque saben que las amo, eso es lo único que les importa, no con quién tiro o no tiro. El problema de escondérselo es que tal vez algún día alguien le diga a tu hijo lo que tú no tuviste el valor de decirle y llegar tarde no sería bueno. Mi consejo es que no tengas miedo de decírselo porque no es una cosa mala. Él te amará siempre y mucho más si eres franco y le muestras tus debilidades. Mis hijas saben que estuvimos juntos y conocen a Martín y lo quieren y no tienen complejos y en el colegio sus amigas me adoran. En cambio esconderlo trae todo un manto de culpa que al final le da al asunto un aire de maldad o perversión. Porque, mira, si a un heterosexual famoso le preguntan si le gustan las mujeres, jamás diría: “es mi vida privada, de eso no hablo”.&lt;br /&gt;Me escribe: Lo que me jodió es que tuvistes (sic) que hablar. Carajo, si quieres habla de tu vida, pero no de los demás, al resto déjalo tranquilo. Tú quieres tirarte del avión, hazlo solo pero no conmigo. Jamás le diré a mi hijo esta mierda.&lt;br /&gt;Le escribo: Creo que te equivocas. Porque “esta mierda” es tu vida, tu pasado. Y si te avergüenzas de eso, haces mal. Y me temo que tu hijo lo sabrá igual, aunque quieras ocultárselo. En cuanto a mi derecho a hablar, de nuevo te equivocas. Primero, porque un escritor tiene derecho a contar su vida, en ficción o directamente en memorias, y al contarla, contar sus amores, y que tú fueras mi primer hombre no es ni será nunca una cosa menor. Segundo, porque nunca conté nada de manera vulgar o hiriente hacia ti, si te hirió fue porque no tienes el valor de aceptar la verdad y ahora la llamas “una mierda”. Y tercero, aun si no fuera escritor, no puedes exigirles a todos tus amantes hombres (que, como bien sabes, no han sido pocos) que por el resto de sus vidas guarden secreto absoluto de ti sólo porque no quieres salir del clóset. La metáfora del avión no es exacta. Más exacto sería decir que tú decidiste quedarte en clóset y quieres que todos tus amantes nos quedemos en el clóset en solidaridad contigo.&lt;br /&gt;Me escribe: Tú crees que eres feliz así. Yo no lo creo. Porque te dieron un espacio y la gente se caga de risa de cada tontería que hablas, ya crees que eso es la felicidad. Estás loco, no sé qué parte de la vida no la haz (sic) vivido, pero no sabes nada todabia (sic). No me gusta tu programa y lo sabes bien, ¿y? Esta chica es linda, pero no sé, hay algo que le falta...&lt;br /&gt;(Esa última confesión me hace gracia y me hace pensar en una frase que escribí en mi primera novela: “Tener sexo con una mujer es como comer comida vegetariana: sientes que te falta un pedazo de carne”).&lt;br /&gt;Le escribo: Eres cómico. No soy feliz, pero soy razonablemente feliz porque vivo solo y tengo dos hijas que me aman y no tengo que ocultarles que me gustan los hombres y porque me llevo bien con la madre de mis hijas y porque tengo un chico al que amo y eso me basta para ser medianamente feliz. También soy feliz porque soñaba con ser un escritor y me atreví y publiqué varias novelas que han ganado algunos premios y han sido traducidas a varios idiomas (incluyendo el mandarín, imagínate) y me han hecho ganar bastante plata, pero sobre todo el orgullo de haber escrito las cosas que me salieron de los cojones. No soy feliz únicamente por el programa, como dices, pero también me hace feliz tener un programa en Miami y otro en Lima donde tengo absoluta libertad creativa para decir lo que me da la gana. Y “todavía” se escribe todavía con v chica, no “todabia” con b grande y sin acento. Y “has vivido” se escribe “has” no “haz”. Y si mi programa te parece “una basura” como dijiste en televisión y lo que viviste conmigo, “una mierda”, ¿por qué pierdes tu tiempo escribiéndome? Sigue disfrutando de tu apasionante vida en el clóset.&lt;br /&gt;Me escribe: Lo siento.&lt;br /&gt;Le escribo: Todo bien. Sólo quiero que sepas que algún día me gustaría darte un abrazo antes de que nos vayamos de acá.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-6452951060965856800?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/6452951060965856800/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=6452951060965856800' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/6452951060965856800'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/6452951060965856800'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/la-furia-del-actor.html' title='LA FURIA DEL ACTOR'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-8930536636202177105</id><published>2008-07-21T06:39:00.000-07:00</published><updated>2008-07-21T06:40:08.287-07:00</updated><title type='text'>GUERRILLAS AMOROSAS</title><content type='html'>Lo curioso de las peleas amorosas es que a veces se originan por las situaciones más inocentes o por malentendidos absurdos o por sospechas que están divorciadas por completo de la realidad.&lt;br /&gt;Los amantes que más se aman pelean a menudo no por falta de amor sino por exceso de amor, que es como una droga que los intoxica y los hace ver alucinaciones peligrosas.&lt;br /&gt;Esto es lo que me pasó en los últimos días, una guerrilla amorosa de la que todavía no me recupero.&lt;br /&gt;El origen de la pelea estuvo dictado por la casualidad y desprovisto de malas intenciones. Yo estaba editando el programa que presento en Miami y tocaron la puerta. Faltaba poco para el programa y a esa hora no me gusta que nos interrumpan. Abrí. Era Manuel, un reportero chileno del canal. Me dijo que venía de entrevistar a uno de los magnates ecuatorianos que viven en Miami y cuyos canales habían sido incautados por el gobierno de Quito ese mismo día. Me ofreció la entrevista antes de emitirla en el noticiero del canal. La acepté y agradecí el gesto. Se fue presuroso. No estuvo más de un minuto en la sala de edición y no alcanzó siquiera a darme la mano.&lt;br /&gt;Vimos la entrevista y nos pareció valiosa. Extrajimos tres fragmentos. Los pasé durante el programa. Al presentarlos, agradecí a Manuel y dije que era un “excelente periodista”.&lt;br /&gt;Esa noche encontré un correo de Manuel agradeciéndome por elogiarlo en el programa. No le contesté porque estaba cansado.&lt;br /&gt;Al día siguiente regresé de montar bicicleta a eso de las siete de la tarde, cuando el sol ya no quema, la hora más propicia para salir por la isla, y, mientras me quitaba la ropa para meterme en la piscina, mi rutina de todas las tardes, sonó el celular. Era Martín, desde Buenos Aires. Estaba furioso. Martín odia a Manuel, lo odió desde que lo conoció. Piensa que Manuel está enamorado de mí y quiere ser mi novio. Acababa de ver en Youtube las imágenes de mi programa, cuando decía que Manuel era un “excelente periodista”. También había visto un comentario que yo hacía sobre mi renuencia o desinterés en servir a los demás, a la patria. Al parecer había dicho: “Yo sólo sirvo a mis hijas, a la madre de mis hijas (que es como mi hija), a mi madre y a mis amantes incontables. A nadie más”. Pero no había mencionado a Martín, el hombre al que más he amado. Y en ese mismo programa había elogiado a Manuel, el hombre al que Martín más odia en todo el mundo.&lt;br /&gt;Fue demasiado para él. Me dijo que lo había humillado, que lo había traicionado, que era un sujeto sin escrúpulos ni sentimientos, que no me quería ver nunca más, que ahora sí era el final definitivo, que nunca me perdonaría esa agresión tan cobarde e innoble. Me dijo luego algo que me impresionó:&lt;br /&gt;-Sos un negro culosucio. No tenés moral.&lt;br /&gt;Nunca nadie me había llamado así, negro culosucio. Me encantó el insulto.&lt;br /&gt;Por supuesto, no me metí a la piscina. Ya no tenía tiempo. Subí a la ducha, me vestí y corrí a la televisión. La televisión tiene, entre otras ventajas, la cualidad terapéutica de que, cuando el público te aplaude y se ríe de tus bromas, te olvidas de tus problemas amorosos y te sientes un tipo listo e ingenioso (lo que es mentira) y no te sientes para nada un negro culosucio.&lt;br /&gt;Al llegar a casa encontré un correo de la madre de Martín. Se llama Inés y ha sido siempre muy cariñosa conmigo, aunque cuando Martín le contó hace años que estábamos saliendo juntos, ella le dijo: “Preferiría que salieras con Peña que con ese peruano del orto”. Peña es Fernando Peña, un genial actor y comediante argentino, homosexual, ácido, irreverente, provocador, que tiene sida, aunque eso no le impide seguir demostrando su incalculable genialidad.&lt;br /&gt;Inés me había escrito un correo titulado: “Daño al pedo”. Me intrigó el encabezamiento, presentí que me haría reproches por el daño que, sin querer, había provocado en su hijo, al elogiar en televisión a su peor enemigo y al no mencionarlo explícitamente entre las personas a las que declaraba servir, aunque uno podía alegar que él podía contarse entre mis “amantes incontables”, que, por supuesto, son contables, contables con uno o dos dedos, o con los dedos de una mano.&lt;br /&gt;El correo de Inés carecía de introducciones afectuosas. Decía: “Cuando leí lo que escribiste sobre el viaje, me entristecí y me dieron ganas de llorar. ¿Qué se siente cuando se logra angustiar a alguien? No conozco el mecanismo. Nunca hice daño conscientemente”.&lt;br /&gt;Inés se refería a una crónica reciente en la que contaba, entre otras peleas o malentendidos (mi hija menor me pedía euros, mi hija mayor me decía que nadie leía mis libros, Sofía me decía que antes de tener un hijo conmigo prefería adoptar), que, en el vuelo a Buenos Aires luego de tres semanas en Europa, Inés y Martín no se habían hablado una palabra, porque estaban hartos de verse las caras tres semanas seguidas. Esto, al parecer, había lastimado a Inés, que ahora me acusaba de hacerle daño conscientemente, de angustiarla y hacerla llorar.&lt;br /&gt;Estuve a punto de responderle, diciéndole que ella también hacía daño conscientemente, porque de otro modo no me hubiese enviado ese correo, y que si bien yo podía hacer daño cuando escribía, también podía no hacer daño cuando no escribía, por ejemplo cuando la invitaba con Martín a París o cuando le prestaba dinero a Martín para que le comprase un departamento a ella, de manera que mi capacidad de hacer daño literariamente a veces podía contrapesarse o neutralizarse con mi capacidad para no hacer daño o incluso hacer el bien económicamente. Pero me contuve y preferí no decirle nada. Tampoco me disculpé porque nunca me ha gustado disculparme por las cosas que escribo: un escritor escribe de las cosas que tiene que escribir y esas cosas no siempre pueden ser felices y que una madre y su hijo se peleen después de tres semanas juntos es sólo una situación humana, comprensible, que sólo podría resultar hiriente si es mirada con excesivo orgullo.&lt;br /&gt;A la tarde siguiente, porque las pastillas me hacen dormir hasta las tres, encontré un correo de Martín, en el que me informaba que se iba de nuestro departamento, que se llevaba sus cosas, que no lo vería más.&lt;br /&gt;Le rogué que no se fuese, le sugerí que nos diésemos una tregua, le pedí que ante todo fuese mi amigo y no mi novio celoso y le reenvié el mail de su madre. Me respondió: “Seguro que le habrás dicho que no puede criticarte porque la invitaste a París. Es todo tu estilo. Además yo podría decir cosas mucho peores de tu madre”. (Martín y mi madre no se conocen, aunque me encantaría que se conocieran, creo que podrían llevarse bien).&lt;br /&gt;Martín se ha ido a vivir con su madre. No quiere verme más. Le he rogado que vuelva al departamento, que me perdone, pero me ha dicho que lo nuestro se terminó, que no lo veré más, que soy un mal recuerdo para él.&lt;br /&gt;Esta tarde he ido al correo y he encontrado la cuenta de mi tarjeta de crédito. Allí figuran, entre otros gastos, los hoteles en que se han hospedado la bella Sofía y mis adorables hijas en París y Londres y aquellos en que se alojaron el bello Martín y su adorable madre en Madrid y París.&lt;br /&gt;Al escribir el cheque para sufragar los gastos de esas personas a las que sirvo y seguiré sirviendo con el mayor gusto (y a las que no mencioné debidamente en televisión), no pude evitar sentirme un negro culosucio (aunque no sé bien lo que es eso). Pero no me arrepiento, es lo que soy: una buena persona cuando no escribo y una mala persona cuando escribo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-8930536636202177105?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/8930536636202177105/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=8930536636202177105' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/8930536636202177105'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/8930536636202177105'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/guerrillas-amorosas.html' title='GUERRILLAS AMOROSAS'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-8074516335525509881</id><published>2008-07-21T06:38:00.001-07:00</published><updated>2008-07-21T06:38:59.928-07:00</updated><title type='text'>LA VIDA EN BICICLETA</title><content type='html'>Todas las tardes salgo a montar bicicleta cuando el sol ya no quema. Antes me tomo una pastilla sedante para disfrutar más del paseo.&lt;br /&gt;Sólo recorro las calles más apacibles de la isla, aquellas por las que rara vez pasa un auto o alguien caminando o corriendo.&lt;br /&gt;La prudencia aconseja evitar dos calles en las que hay unos perros sueltos que me han perseguido ladrándome y al parecer queriéndome morder, dos perros a los que quisiera matar y no he matado todavía porque no he encontrado la manera de hacerlo sin que me detenga la policía. Podría dispararles con mi carabina de perdigones, pero sería en extremo difícil y peligroso manejar mi bicicleta con una carabina en la mano y sería todavía más complicado apuntarles en movimiento y disparar con precisión. Además, está probado que no tengo buena puntería, porque al pájaro que canta frente a mi casa le he disparado decenas de veces y nunca le he dado y los balines le pasan tan lejos que a veces ni se mueve, se queda allí cantando como burlándose de mí.&lt;br /&gt;Nunca he montado bicicleta más rápido que con un perro ladrando y persiguiéndome. Nunca me he sentido más orgulloso de mí que cuando lo dejé rezagado, exhausto, babeando. Una cierta euforia o confianza en mis aptitudes atléticas me indujo a seguir pedaleando con el mismo vigor. Poco más allá resbalé y caí en la pista mojada por la lluvia. Por suerte el perro estaba ya lejos y no vino a morderme.&lt;br /&gt;A veces pienso dispararme un perdigón en el pecho, pero no lo hago porque creo que sería un suicidio ineficaz además de ridículo y ya fracasé una vez tratando de suicidarme con pastillas.&lt;br /&gt;Nunca imaginé que sería tan feliz tomando tantas pastillas. Mi padre hubiera sido un hombre menos violento y torturado si hubiese tomado las pastillas que yo tomo y que nadie me ha recetado. A las tres de la mañana tomo una que me hace dormir boca arriba, a las ocho de la mañana tomo otra que me hace dormir boca abajo y destapado y con los más absurdos e inconfesables sueños eróticos, a las dos de la tarde tomo unas pastillas antidepresivas que me hacen rechinar los dientes con la vehemencia que sentía cuando tomaba cocaína y antes de salir a montar bicicleta a las siete de la tarde tomo una pastilla que me ayuda a ver las cosas con una calma insólita, milagrosa.&lt;br /&gt;La contemplación de la vida, o de las casas y los árboles y los gatos y los canales, que son los paisajes habituales de mi vida y me gustaría que lo fuesen el resto de lo que me queda por vivir, es perfecta a la velocidad morosa de la bicicleta, no a la velocidad de la camioneta en la que tengo que prender muy a mi pesar el aire acondicionado ni a la velocidad de mi cuerpo exhausto caminando con unos zapatos que compré por correo y me quedan grandes. Es decir que la bicicleta parece ser el observatorio más lúcido y exacto de la vida en movimiento y las cosas que me rodean, cosas que no alcanzo a advertir cuando manejo y que ciertamente tampoco advertiría si caminase, porque en esta isla hace tanto calor que no se puede caminar y cuando lo he intentado todo me ha parecido feo y triste, probablemente por el cansancio que me provocaba caminar bajo tanto calor y entre gente que pasaba en autos y me gritaba cosas optimistas y se ofrecía a llevarme cuando yo ni siquiera sabía adónde iba.&lt;br /&gt;Había dejado de montar bicicleta porque las llantas se habían desinflado y las cadenas, oxidado, pero hace unos meses, con ocasión de la visita de Martín, decidí llevarlas a la tienda de un hombre flaco y taciturno que practica yoga y parece la persona más feliz de esta isla, en la que casi todos hacen alarde del dinero, a diferencia de él, que se mueve en bicicleta y se sienta en el parque a meditar y nos mira con una serenidad beatífica que le envidio y acaso proviene de su amor por las bicicletas y su desinterés por el dinero y el lujo.&lt;br /&gt;Uno no debería vivir en una ciudad en la que no pueda montar bicicleta, me digo. No sé si montar bicicleta es un buen ejercicio, me tiene sin cuidado, no tengo ningún interés en vivir más años de los que sean estrictamente necesarios, pero me parece que hacerlo me permite un conocimiento más preciso y cabal de mis dimensiones humanas y, a la vez, un cierto deslumbramiento ante las bellezas insospechadas de mi barrio: los gatos que me miran con una inteligencia superior a la que poseo, las mucamas que se protegen del sol con paraguas y me saludan con una alegría tropical que nunca será mía, las chicas adolescentes que me ignoran y se ponen pantalones cortos bien apretados y me recuerdan con qué facilidad podría ser yo un criminal si alguna de ellas me mirase y me guiñase el ojo y me permitiese tocar ese cuerpo que las leyes me prohíben tocar, las mujeres que corren cantando una música que sólo ellas escuchan, las ardillas esquivas, los pájaros que se obstinan en cantar sobre los cables de luz, las casas espléndidas en las que nunca viviré y a las que nunca me invitarán porque un escritor impúdico y desleal no es bienvenido en las fiestas de aquellos que preservan una cierta reputación (una reputación que a menudo es falsa), los obreros de construcción y los jardineros ilegales y los limpiadores de piscinas que me quieren y me saludan porque saben que ellos, como yo, no tienen reputación y eso curiosamente nos hermana, nos hace iguales.&lt;br /&gt;Otra de las ventajas de observar la vida desde una bicicleta en movimiento es que a uno se le ocurren cosas que no pensaría manejando un auto, caminando o corriendo. Es decir que probablemente la velocidad de la bicicleta corre pareja con la de mis pensamientos o tiene el ritmo propicio para estimularlos, lo que no ocurre en modo alguno con otros medios de transporte, incluido por cierto el tren (que está sobreestimado) y el avión (en el que debo dormir con todas las pastillas que sean necesarias para evadir sin atenuantes la espantosa realidad de tanta gente cerca).&lt;br /&gt;Montando bicicleta he recordado que una vez le escribí a mi padre desde Madrid una carta en inglés y he pensado que tal vez fue una manera de decirle que si no podíamos ser amigos en español, tal vez podíamos intentarlo en inglés, pero él nunca respondió.&lt;br /&gt;Montando bicicleta he comprendido que estoy moralmente obligado a vivir y morir en un lugar lejano del que vivieron mis padres y abuelos.&lt;br /&gt;Montando bicicleta he pensado que debo llevar siempre conmigo unas pastillas lo bastante letales para acabar con mi vida.&lt;br /&gt;Montando bicicleta he visto con claridad el rostro de la persona que ordenó que dejasen una serpiente muerta en el buzón del correo de mi casa.&lt;br /&gt;Montando bicicleta he pensado que en mi familia hay una tradición por defender causas equivocadas (mi tío, al dictador cubano; mi abuelo, al dictador chileno; mi madre, al Opus Dei; mi padre, a los golpes militares) y me he preguntado si no me ocurrirá que después de pasarme media vida diciendo que soy homosexual terminaré descubriendo, ya tarde para desmentirlo, que lo que necesito desesperadamente es que un hombre me ame como no me amó mi padre, pero que tener sexo con un hombre no me interesa mayormente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-8074516335525509881?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/8074516335525509881/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=8074516335525509881' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/8074516335525509881'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/8074516335525509881'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/la-vida-en-bicicleta.html' title='LA VIDA EN BICICLETA'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-4064944787490034880</id><published>2008-07-21T06:36:00.000-07:00</published><updated>2008-07-21T06:37:52.635-07:00</updated><title type='text'>MI VIDA INTERIOR</title><content type='html'>Le pregunto a Lola, mi hija menor, qué quiere que le regale por su cumpleaños. Me dice: Euros. Sorprendido, le pregunto: ¿No prefieres dólares? Me dice: No, cien euros son ciento sesenta dólares, prefiero euros.&lt;br /&gt;Le pregunto a Camila, mi hija mayor, si quiere leer los dos primeros capítulos de la novela que estoy escribiendo. Me dice: No, gracias, no me interesa, además tengo un montón de tareas. Le pregunto si puedo usar su nombre en la novela o si prefiere que le cambie de nombre. Me dice: Me da igual, ponme el nombre que quieras, igual nadie lee tus libros, papi.&lt;br /&gt;Le pregunto a Sofía, la madre de mis hijas, si se ha quedado con ganas de tener un hijo. Me dice que sí, que le encantaría. Le digo que todavía es joven, que apenas tiene cuarenta años, que podría tenerlo. Me dice que no ha encontrado al hombre adecuado, que dependerá de la suerte, del destino. Le digo: Si no encuentras al hombre adecuado, siempre puedes usarme a mí. Me dice: Gracias, pero creo que prefiero adoptar.&lt;br /&gt;Le pregunto a Martín cómo fue el vuelo de regreso de Madrid a Buenos Aires. Me dice que fue horrible, que había muchos niños que lloraban, que no pudo dormir, que su madre y él no hablaron una palabra en las doce horas y media de vuelo. Le pregunto por qué se peleó con su madre. Me dice que después de tres semanas de viajar con ella, ya no la aguantaba más y que apenas entraron al avión y se sentaron, él se puso su iPod y ella se lo quitó para decirle algo sin importancia y él se molestó y le dijo: No me hables en todo el vuelo, no te soporto más, sos una soberbia. Su madre le respondió: Y vos sos un neurótico, no sé cómo Jaime te aguanta. No hablaron en todo el vuelo, no hablaron mientras esperaban las maletas en Ezeiza (y las maletas tardaron casi una hora en aparecer), no hablaron en el taxi de regreso a casa (y había bastante tráfico en la general Paz). Llegando al edificio de su madre, Martín dejó las maletas en la puerta del ascensor y se fue sin darle un beso. Su madre le preguntó: ¿No vas a ayudarme a subir las valijas? Martín le dijo: No me jodas, me estoy meando, me voy a casa. Le pregunto si se arrepiente de haber viajado con su madre a Europa. Me dice: No me arrepiento, tenía que hacerlo, pero ni loco viajo con ella nunca más.&lt;br /&gt;Le pregunto a mi madre si algunos de mis hermanos siguen molestos con ella porque salió en mi programa de televisión. Me dice: Sí, amor, siguen molestos, ni siquiera me saludaron por el día de la madre. Le digo que no entiendo por qué están molestos si nadie hizo nada contra ellos ni habló mal de ellos. Me dice: Es que dicen que una señora de mi posición social no puede salir en la televisión, dicen que es una cosa de mal gusto, que tu programa es más para la gente del espectáculo, de la farándula, no para una señora bien, de su casa. Le digo que no entiendo a mis hermanos. Me dice: En el fondo siguen molestos porque no vendí mis acciones cuando ellos me dijeron y por eso dejamos de ganar plata. Le pregunto: ¿Cuánto dejaste de ganar? Me dice: No sé bien, pero creo que más de un millón de dólares. Le pregunto: ¿Y ya vendiste por fin? Me dice: No, no he vendido nada. Le digo: Pero siguen bajando, mamá. Me dice: Sí, siguen bajando y tus hermanos sufren por eso. Le pregunto: ¿Y cuándo piensas vender? Me dice: Cuando Dios quiera, amor. Le pregunto: ¿Dios es tu agente de bolsa? Me dice: Sí, y Él me dará una señal. Me río. Ella dice: Ya verás que volverán a subir y que ganaré más de lo que perdí por no vender cuando me dijeron, Dios no me falla nunca y San José María tampoco.&lt;br /&gt;La señora cubana de la peluquería de Key Biscayne me dice: Chico, yo no sé por qué al mar que hay entre Miami y La Habana le dicen El Estrecho de la Florida. Yo me vine en balsa hace años y te digo una cosa: ¡Ese mar de estrecho no tiene nada! Cuando estás allí en la balsa, es una inmensidad que no se acaba nunca, es muy sumamente ancho ese mar, no se ve ni dónde termina. ¡Qué va a ser estrecho eso, chico! ¡Yo no entiendo por qué le siguen llamando estrecho!&lt;br /&gt;La cajera de la peluquería me dice que está enamorada de un cantante famoso. Le digo que ese cantante no tiene interés en las mujeres, que no se haga ilusiones. Me dice que ella está segura de que el cantante es bien macho. Le digo: No estés tan segura, no creo que le gusten las mujeres. La cajera me dice: A mí me gustan bien machos, me gustan los militares, los uniformados. Le pregunto: ¿Te gusta que te peguen? Me dice: Sí, me encanta, me gusta que me den fuerte, me gusta que me cojan como el toro se coge a la vaca. Me río. Le digo: Qué raro que te guste ese cantante, no parece un toro. Me dice: Tú tampoco y tú también me gustas.&lt;br /&gt;La señora que me corta las uñas de los pies me dice: No te va a doler. Es mentira, me duele mucho, me quejo. Le digo: Esto duele más que el sexo. No se ríe. Me dice: No sé, chico, tú sabrás. Se hace un silencio. Luego me dice: Me encantó la entrevista que le hiciste a tu madre, pero no me gusta que hables de tu vida privada en televisión. Le digo: Comprendo.&lt;br /&gt;Le pregunto a Sofía si sabe lo que tiene que hacer cuando me muera. Me dice: No, ¿qué quieres que haga? Le digo: Quiero que me incineren y luego quiero que tiren las cenizas a la piscina de la casa de mi madre y después quiero que mi madre y mis hermanos se metan a la piscina y si hay un cura del Opus dando vueltas por ahí, que se meta también. Me dice: No es gracioso. Le digo: Yo sé, pero eso es lo que quiero.&lt;br /&gt;Le pregunto a Sofía si sabe cómo debe repartirse mi patrimonio cuando me muera. Me dice: ¿No habías escrito un testamento nuevo con tu abogado? Le digo: Sí, pero es bueno que lo sepas de todos modos. Me dice: Dime. Le digo: 30 por ciento para Camila, 30 por ciento para Lola, 20 para ti, 20 para Martín y el resto para tu madre. Me dice: No es gracioso. Le digo: Yo sé, pero así está escrito en mi testamento.&lt;br /&gt;Le pregunto si sabe lo que tiene que hacer con mi ropa interior cuando me muera. Me dice: ¿Con tu ropa interior? Le digo: Sí, con mi ropa interior. La mandas al Opus Dei como prueba de que tuve vida interior.&lt;br /&gt;Le pregunto si recuerda lo que debe decir mi epitafio en caso de que no me incineren sino que me entierren, que es lo que ella y mis hijas prefieren. Me dice: ¿Qué quieres que diga tu epitafio, gordi? Le digo: “Supo dar y recibir”. Se ríe. Le digo: Y debajo, un añadido en letras más pequeñas: “Y es cierto que goza más el que da”. No se ríe.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-4064944787490034880?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/4064944787490034880/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=4064944787490034880' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4064944787490034880'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4064944787490034880'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/mi-vida-interior.html' title='MI VIDA INTERIOR'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-2484521122226793855</id><published>2008-07-21T06:35:00.000-07:00</published><updated>2008-07-21T06:36:34.020-07:00</updated><title type='text'>SANTO CABRÓN</title><content type='html'>Una manera de medir la soledad es contar el número de veces que suena el teléfono de tu casa.&lt;br /&gt;Para que la medición sea confiable debes estar solo en tu casa un día entero, lo que tal vez ya revela una predisposición a la soledad o a investigar el grado de soledad en el que vives.&lt;br /&gt;También es preciso que ese día no hables con nadie, salvo con las personas que te llamen y sólo brevemente con ellas. Pero no debes llamar a nadie porque eso puede provocar que llamen contestando tu llamada y por consiguiente puede perturbar la fidelidad de la medición que nos ocupa.&lt;br /&gt;En el caso de que tengas celular, es mejor dejarlo apagado, no sólo el día de la medición, sino, a ser posible, siempre, y encenderlo sólo para escuchar, si acaso, los mensajes, unos mensajes que con seguridad no vas a responder, porque son de personas que llaman para pedirte cosas y odias a la gente que te busca para pedir favores.&lt;br /&gt;Si el teléfono no suena tres días seguidos (sin incluir las noches, porque lo desconectas para dormir) y si son dos las líneas telefónicas que tienes en tu casa (una para las cosas personales, otra para las del trabajo) y son seis en total los aparatos telefónicos instalados en tu casa (entre inalámbricos y fijos, todos los cuales desconectas antes de tomar las pastillas para dormir), no conviene que saltes a la conclusión atropellada de que nadie te quiere: si nadie te llama es apenas que nadie quiere hablar contigo, no necesariamente que nadie te quiere. Puede que haya personas que te quieren en silencio, que es una manera noble y elegante de querer, o que te quieren sin conocerte bien, que es una manera menos meritoria porque el afecto se basa en una percepción que a menudo es engañosa o irreal, o que te quieren precisamente porque no te conocen del todo, es decir que si te conocieran no te querrían y tampoco te llamarían.&lt;br /&gt;Pero el hecho cierto, probado y contado es que durante tres días consecutivos el teléfono no ha sonado y eso te ha dejado pensativo, aunque no exactamente preocupado.&lt;br /&gt;En rigor sí ha sonado, pero esas llamadas eran de personas que te hablaban en inglés con voz de robot y te preguntaban si eras otra persona que seguramente había usado antes ese mismo número y te querían vender cosas o te querían cobrar cuentas pendientes o te querían sacar dinero de alguna manera taimada. Es decir que las únicas personas que te han llamado esos tres días andaban buscando a otra persona, no a ti (y tú has fingido ser esa otra persona, hablando como mujer, sólo para indagar qué querían, y era que esa mujer, que tal vez ya está muerta, nunca devolvió un libro a la biblioteca pública) o querían tu dinero, no a ti.&lt;br /&gt;No es agradable que una persona se acuerde de ti sólo para pedirte dinero (y en esto incluyo a la familia), pero es mucho peor no tener dinero, porque en ese caso tampoco van a acordarse de ti y ni siquiera te van a llamar. Al menos cuando te llaman para pedirte dinero sabes que no te llaman por cariño, lo que no es alentador, pero también sabes que esa persona tiene menos dinero que tú, y eso puede servir de consuelo (y en esto sigo incluyendo a la familia, que tampoco me llama porque sabe que siempre encuentro una mentira para no prestar dinero).&lt;br /&gt;Algo habrás hecho mal para que nadie te llame ni siquiera para pedirte dinero, es lo que me digo montando bicicleta por las calles más tranquilas de la isla, convenientemente sedado por las pastillas.&lt;br /&gt;O algo habrás hecho bien, me digo luego. Porque no cabe duda de que cuando mejor estás es cuando nadie te molesta.&lt;br /&gt;Lo que me lleva a otra cuestión, más ardua por cierto de medir y probar: la mejor versión de mí es sin duda aquella que sólo yo puedo ver. Es decir que la persona que más exactamente soy, la versión menos impostada o deshonesta de mí, aparece con más nitidez cuando estoy a solas. Es decir que cuando estoy con alguien siempre miento porque trato de ser alguien mejor o alguien distinto, no sé si mejor, pero sí más amable y educado, de quien en realidad soy. Es decir que la compañía humana (o incluso la de animales domésticos) no resulta en modo alguno propicia para mi bienestar, aun si se trata de personas (o de mascotas) a las que quiero.&lt;br /&gt;Si esto es verdad (y para mí indudablemente lo es, aunque no podría probarlo, pues sólo puedo probarlo ante mí mismo), soy más feliz cuando estoy solo, porque entonces soy una peor persona.&lt;br /&gt;Se podría inferir lógicamente de lo anterior que soy una mala persona, porque si me siento bien siendo una mala persona y me siento mal tratando de ser una buena persona, es que a no dudarlo lo que me resulta natural es ser una mala persona y lo que me procura cierto grado de razonable bienestar es aceptarme como una mala persona y quererme como una mala persona y cultivar esas cosas malas de mí, por ejemplo la pereza, el egoísmo, la mezquindad, un cierto desprecio por la vida humana en general y por la mía en particular.&lt;br /&gt;No sé si esto que es cierto para mí lo sea también para otras personas, pero a veces pienso que algunas personas son infelices porque no saben que en esencia son malas y se engañan y tratan de ser buenas o virtuosas y ese esfuerzo, esa obstinación, esa terquedad por ser mejores no las hace buenas pero sí más infelices.&lt;br /&gt;Tal vez las personas saben que cuando están a solas son peores, y por eso muchas le huyen a la soledad, porque no quieren recordar las miserias que habitan en ellas, porque esas miserias se disuelven o se encubren o se confunden cuando estás con otras personas y entonces tu verdadera identidad se entremezcla con las de los demás y ya nada es verdadero, salvo el esfuerzo por no ser quien eres, por buscar en los demás lo que nunca hallarás en ti porque no tienes el valor de buscarlo, de mirarte a la cara y decir: soy un cabrón y me encanta ser un cabrón y lo que me divierte es ser un cabrón y lo que me aburre es tratar de ser un santo. Santo cabrón es lo que soy.&lt;br /&gt;Que no suene el teléfono o que sólo suene por error puede ser entonces una señal alentadora, por la que no deberías preocuparte: por una parte, parece revelar que eres una mala persona feliz y por otra, tal vez pone en evidencia que las personas que te conocen (y en esto sigo incluyendo a la familia) saben que eres una mala persona y que eres más feliz estando solo o sola (en mi caso, digamos sola). Es decir que la frecuencia del timbre del teléfono, más que medir el grado de soledad en el que voluntariamente te has confinado, lo que mide es cuánto te conoces y cuánto te conocen los demás.&lt;br /&gt;El buzón del correo de tu casa también parece ser un instrumento confiable de medición sobre tus calidades como persona y la información que los demás poseen sobre dichas calidades. Porque después de tres días de silencio telefónico has salido a recoger la correspondencia, has abierto el buzón y has encontrado una culebra negra que por suerte estaba muerta.&lt;br /&gt;Sólo una mala persona encontraría una culebra muerta en su buzón de correo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-2484521122226793855?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/2484521122226793855/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=2484521122226793855' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2484521122226793855'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2484521122226793855'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/santo-cabrn.html' title='SANTO CABRÓN'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-199702180718430708</id><published>2008-07-19T14:10:00.002-07:00</published><updated>2008-07-19T14:11:09.360-07:00</updated><title type='text'>TU MADRE SABE MEJOR</title><content type='html'>-De ninguna manera van a servir cerveza en tu fiesta -dice Sofía.&lt;br /&gt;-Pero en todas las fiestas sirven cerveza, mami -dice Lola.&lt;br /&gt;-Es una fiesta de trece años -dice Sofía.&lt;br /&gt;-Pero van a venir chicos de quince -dice Lola-. Tengo un montón de amigos de quince.&lt;br /&gt;-¿Y qué? -pregunta Sofía.&lt;br /&gt;-¿No entiendes? -dice Lola-. Todos los chicos de quince toman cerveza. Todos.&lt;br /&gt;-Mala suerte -dice Sofía-. En la fiesta de mi hija de trece años no se va a servir cerveza. Yo no lo voy a permitir.&lt;br /&gt;-Dicen que está bueno ir al Escorial -dice Martín.&lt;br /&gt;-Me da fiaca -dice Inés-. Todos los monumentos son iguales.&lt;br /&gt;-Eres una pancha -dice Martín-. ¿Adónde querés ir?&lt;br /&gt;-Llévame a H y M, dale -dice Inés.&lt;br /&gt;-Pero ya fuimos ayer y nos quedamos horas, mami -dice Martín.&lt;br /&gt;-Sí, pero no compré un cinturón colorado que me encantó -dice Inés.&lt;br /&gt;-¿Cuánto costaba? -dice Martín.&lt;br /&gt;-Quince euros -dice Inés.&lt;br /&gt;-Bueno, vamos, pero lo comprás con tu plata -dice Martín.&lt;br /&gt;-¿Y después me podés llevar allí frente al palacio Real para que la china me haga otro masaje? -pregunta Inés.&lt;br /&gt;-Es un quemo que te hagan masajes en una plaza enfrente de todo el mundo -dice Martín.&lt;br /&gt;-Es que no sabés cómo tengo la espalda toda contracturada -dice Inés-. Debo haber dormido en una mala posición.&lt;br /&gt;-Siempre dormís en una mala posición -dice Martín.&lt;br /&gt;-¿Vas a venir por el día del padre, amor? -pregunta mi madre.&lt;br /&gt;-No, mamá, me voy a quedar en Miami -digo.&lt;br /&gt;-Pero ¿cómo vas a estar lejos de tus hijas el día del padre?&lt;br /&gt;-Ya lo celebramos el domingo pasado.&lt;br /&gt;-Pero tienes que estar con ellas este domingo, si no vienes se van a quedar desconcertadas.&lt;br /&gt;-¿Tú crees?&lt;br /&gt;-Sí, claro, tienes que venir, si no tus hijas se van a quedar traumadas.&lt;br /&gt;-Pero no es tan importante, mamá, ellas saben que las quiero, no tengo que ir a Lima para demostrarles que las quiero.&lt;br /&gt;-¿Cómo te vas a quedar solito por el día del padre? ¿Quieres que vaya hasta allá para traerte?&lt;br /&gt;-No, mamá, mil gracias.&lt;br /&gt;-Mira que si me lo pides, yo voy feliz.&lt;br /&gt;-No, gracias, qué amor.&lt;br /&gt;-Y no te preocupes, que yo me pago mi pasaje y si quieres el tuyo también.&lt;br /&gt;-Mi papi me ha dicho que me da permiso para que sirvan cerveza -dice Lola.&lt;br /&gt;-No me importa lo que él diga, acá la que decido soy yo -dice Sofía.&lt;br /&gt;-No es justo, tú no vas a pagar la fiesta, la paga mi papi -dice Lola.&lt;br /&gt;-La pagará tu papá, pero él no sabe cómo son las fiestas -dice Sofía.&lt;br /&gt;-Tú tampoco sabes -dice Lola.&lt;br /&gt;-Yo sí sé -dice Sofía-. Yo iba a fiestas cuando tenía tu edad y nadie tomaba cerveza.&lt;br /&gt;-Eso era hace treinta años, mamá -dice Lola-. Ahora las cosas han cambiado.&lt;br /&gt;-No quiero que en la fiesta de mi hija haya chicos borrachos vomitando -dice Sofía.&lt;br /&gt;-Nadie va a vomitar, mamá -dice Lola.&lt;br /&gt;-¿No sabes que hay una cosa que se llama “coma alcohólico”? -dice Sofía-. La gente se muere por tomar.&lt;br /&gt;-¿Y entonces por qué tomas? -pregunta Lola.&lt;br /&gt;-Yo sólo tomo socialmente -dice Sofía.&lt;br /&gt;-Ja -dice Lola-. Socialmente. Todos los fines de semana llegas oliendo a trago.&lt;br /&gt;-No me faltes el respeto -dice Sofía-. Soy tu madre. Y soy mayor de edad.&lt;br /&gt;-¿Y a los mayores de edad no les da coma alcohólico? -pregunta Lola.&lt;br /&gt;-No camines tan rápido -dice Inés.&lt;br /&gt;-Pero vas como una tortuga a uno por hora -dice Martín.&lt;br /&gt;-Yo camino normal, vos caminás demasiado rápido, no sé por qué andás tan apurado si estamos de vacaciones -dice Inés.&lt;br /&gt;-Porque tenemos que ir al Prado y después a Atocha para comprar el tren a Sevilla y a este paso de tortuga no vas a conocer nada -dice Martín.&lt;br /&gt;-No quiero conocer nada -dice Inés-. Lo que quiero es ir al café Oriente a tomarme un gazpacho.&lt;br /&gt;-Está bueno ese café -dice Martín.&lt;br /&gt;-Lo malo que es tan caro -dice Inés-. Diez euros un gazpacho. ¿Cuánto es eso en pesos?&lt;br /&gt;-¿No podés hacer vos el cambio? -dice Martín.&lt;br /&gt;-Es que me olvido -dice Inés.&lt;br /&gt;-Cincuenta pesos -dice Martín.&lt;br /&gt;-No puedo creer lo caro que es todo acá -dice Inés.&lt;br /&gt;-¿Entonces no vamos al Prado? -dice Martín.&lt;br /&gt;-No, mejor no, necesito sentarme y tomar algo -dice Inés-. Además los museos son todos iguales.&lt;br /&gt;-Y los gazpachos también -dice Martín.&lt;br /&gt;-No, el del café Oriente es el mejor del mundo -dice Inés.&lt;br /&gt;-¿Le estás haciendo caso a la doctora? -pregunta mi madre.&lt;br /&gt;-No del todo -digo.&lt;br /&gt;-Tienes que hacerle caso en todo, amor.&lt;br /&gt;-No puedo. Me ha dicho que duerma desnudo.&lt;br /&gt;-¿Eso te ha dicho?&lt;br /&gt;-Tal cual. Dice que ella duerme desnuda. Y que es absurdo que en Miami duerma tan abrigado.&lt;br /&gt;-Bueno, si la doctora, que es una eminencia, te recomienda eso, por algo será, hazle caso.&lt;br /&gt;-Traté, pero no pude.&lt;br /&gt;-¿No pudiste dormir, amor?&lt;br /&gt;-Me quedé dormido, pero me despertaba a cada rato con pesadillas.&lt;br /&gt;-Mi Jaimín, no sabes cuánto me preocupa tu salud.&lt;br /&gt;-Tuve las pesadillas más horribles. Sólo aguanté dos horas y me vestí.&lt;br /&gt;-¿Y te pusiste medias?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-Pero, mi amor, es Miami, cómo puedes dormir con medias, es algo contranatura.&lt;br /&gt;-Todo en mi vida es contranatura, mamá.&lt;br /&gt;-¿Tú tomas cerveza? -pregunta Sofía.&lt;br /&gt;-Obviamente no, mamá -dice Lola.&lt;br /&gt;-Entonces no tiene sentido que sirvan cerveza -dice Sofía-. Yo a los trece tampoco tomaba cerveza.&lt;br /&gt;-Por eso eres una traumada -dice Lola.&lt;br /&gt;-No me hables así -dice Sofía-. No es normal que los menores de edad tomen cerveza.&lt;br /&gt;-Mi papá dice que sí -dice Lola.&lt;br /&gt;-Tu papá no sabe lo que es normal -dice Sofía.&lt;br /&gt;-¿O sea que mi papá es anormal? -dice Lola.&lt;br /&gt;-Yo no he dicho eso -dice Sofía.&lt;br /&gt;-Sí lo has dicho -dice Lola.&lt;br /&gt;-Lo que he dicho es que lo normal es que los mayores tomen cerveza y los menores no -dice Sofía.&lt;br /&gt;-Pero mi papá es mayor y no toma cerveza -dice Lola.&lt;br /&gt;-Eso es anormal -dice Sofía.&lt;br /&gt;-Le voy a decir a la masajista que sólo puedo darle quince euros, veinte es mucho -dice Inés.&lt;br /&gt;-No podés regatearle el precio, todas esas chinas son de una mafia filipina, después sale el jefe y nos caga a pedos -dice Martín.&lt;br /&gt;-Lo que más extraño es el verde -dice Inés-. Me enferma tanto cemento, tanto concreto.&lt;br /&gt;-Estamos en Madrid, mami -dice Martín-. ¿Qué querés?&lt;br /&gt;-No sé, pero en Buenos Aires hay más verde -dice Inés.&lt;br /&gt;-Y sí -dice Martín.&lt;br /&gt;-No puedo creer que tu papá venía a Europa a ver partidos de rugby y nunca me trajo -dice Inés.&lt;br /&gt;-Te prohíbo que hables de papá -dice Martín.&lt;br /&gt;-Tu abuela dice que Mili llora toda la noche -dice Inés-. Se ve que me extraña.&lt;br /&gt;-Que le dé un alplaz y que no joda -dice Martín.&lt;br /&gt;-La próxima vez la traigo, no sabés cómo la extraño -dice Inés.&lt;br /&gt;-¿Sabés lo que cuesta viajar con una perra? -dice Martín.&lt;br /&gt;-Entonces no viajo más -dice Inés-. No puedo dejarla a Mili.&lt;br /&gt;-¿Preferís estar con esa perra histérica que con tu hijo en Madrid? -dice Martín.&lt;br /&gt;-Lo que me gustaría es estar los tres juntos en el café Oriente -dice Inés-. ¿Sabés lo que le gustaría a Mili el tostón de cerdo?&lt;br /&gt;-¿Te llevaste a Miami la foto de tu papi que te regalé enmarcada? -pregunta mi madre.&lt;br /&gt;-Sí, mamá -digo.&lt;br /&gt;-¿La has puesto en tu mesa de noche?&lt;br /&gt;-No, mamá.&lt;br /&gt;-¿Dónde la has puesto? ¿No la habrás dejado en Lima?&lt;br /&gt;-La tengo en el clóset.&lt;br /&gt;-¿Por qué en el clóset, amor?&lt;br /&gt;-No sé. No puedo verla.&lt;br /&gt;-Pero si tu papi sale lindo, sonriendo.&lt;br /&gt;-Sí. Pero cuando veo la foto me da miedo.&lt;br /&gt;-Pero tu papi está en el cielo y te quiere, mi amor.&lt;br /&gt;-Puede ser. Pero cuando tengo pesadillas siempre aparece él.&lt;br /&gt;-Pon la foto de tu papi en tu mesa de noche y vas a ver que se terminan las pesadillas, amor.&lt;br /&gt;-No puedo, mamá. No puedo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-199702180718430708?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/199702180718430708/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=199702180718430708' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/199702180718430708'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/199702180718430708'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/tu-madre-sabe-mejor.html' title='TU MADRE SABE MEJOR'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-3485923872754417349</id><published>2008-07-19T14:10:00.001-07:00</published><updated>2008-07-19T14:10:28.901-07:00</updated><title type='text'>EL SEXO Y LAS PASTILLAS</title><content type='html'>Martín ha decidido abreviar sus días en Miami conmigo para invitar a su madre a Madrid y París, donde pasarán tres semanas. Cuando llegó a principios de mayo, me dijo que se quedaría todo el verano en Miami y volvería a Buenos Aires con la llegada de la primavera porque no soportaba el frío de su ciudad. Pero sólo ha pasado un mes y ahora parece que no soporta el calor de Miami y entonces vuelve a Buenos Aires a pesar de la ola de frío para llevar a su madre a Europa. Me da pena que se aleje de nuevo, pero también me alegra que Inés, que ha sufrido tanto en los últimos tiempos –perdió a una hija y se separó de su esposo–, pueda hacer este viaje con su hijo.&lt;br /&gt;Tal vez debería hacer un viaje con mi madre, invitarla a Madrid y París como Martín ha hecho tan generosamente con la suya, pero, a pesar de lo mucho que nos queremos, tengo miedo de que, estando tanto tiempo juntos, hablemos de las cosas que nos distancian y terminemos discutiendo. Ella nunca aceptará el amor entre personas del mismo sexo como algo natural y yo nunca sentiré simpatía por la rigidez moral del Opus Dei ni por los cardenales que ella admira. Ese abismo nos separa y me temo que nos separará siempre. Podríamos viajar juntos y no hablar de nada de eso, pero no sé de qué hablaríamos si no podemos hablar de las cosas que de verdad importan, como el amor.&lt;br /&gt;Por lo demás, no tengo ganas de viajar a ninguna parte, ni siquiera a Lima, donde están mis hijas, a quienes extraño los fines de semana que me quedo en Miami, a pesar de lo bien que me tratan en el spa del Ritz, donde puedo dar fe de que la felicidad existe y viene en la forma de una bata muy suave, unas sandalias de jebe, una cámara de vapor, un cuarto de relajación con muchas velas y luz tenue y música sosegada y un muchacho cubano que me trae tés verdes con miel y me pregunta si deseo un masaje más en la espalda. Mis hijas no quieren pasar sus vacaciones de julio en Miami porque dicen que ya se hartaron de Miami, de las compras en Aventura, de las películas todas las tardes en los cines de Lincoln Road, de las noches sofocantes en mi casa porque no enciendo el aire acondicionado y tienen que prender ventiladores que hacen el ruido de un helicóptero y a veces terminan durmiendo en los cuartos de abajo y hasta en la cocina sólo para refrescarse con el aire acondicionado que yo, egoísta, no tolero en el segundo piso. Por suerte mis hijas no me tienen miedo como yo temía a mis padres y me dicen que ya no se divierten conmigo en Miami y que lo que quieren hacer en julio es ir a París. No sé por qué están tan seguras de que deben ir a París y no a Madrid o a Barcelona, donde yo la paso mejor que en París. Ellas lo tienen claro: es a París adonde quieren ir, y por supuesto Sofía, su madre, no puede estar más de acuerdo y no hace el menor intento por disuadirlas.&lt;br /&gt;Así como ellas están hartas de Miami y en particular de mi casa no demasiado ventilada de Miami, yo estoy harto de subir y bajar de aviones, de hacer filas en aeropuertos, de que mi vida social consista exclusivamente en hablar con gente en aviones y aeropuertos, gente con la que a menudo preferiría no hablar, y por eso les digo a mis hijas con mucha pena, y con mi ya conocido egoísmo de padre ausente, que no las acompañaré a París y que si no quieren estar en Miami conmigo tendrán que ir a Europa con su madre. Pensé que ellas se sentirían tristes o contrariadas de no pasar sus vacaciones conmigo y reconsiderarían sus planes, pero me llevé una sorpresa que dolió: las chicas estuvieron encantadas de que Sofía las acompañe a París y yo pague el viaje y me quede en Miami echándolas de menos.&lt;br /&gt;Serán entonces las primeras vacaciones que mis hijas y yo no estemos juntos y no ha sido fácil para mí aceptarlo, pero Camila ya tiene casi quince años y es una mujer fuerte, segura, independiente, que sabe lo que quiere, y lo que quiere es irse a París y no precisamente conmigo porque sabe lo odioso y egoísta y caprichoso que soy con los horarios para dormir y las temperaturas del cuarto y las fatigas que me asaltan y entonces ella, que no es tonta, sólo me pide que le pague el viaje a París y que no se lo eche a perder imponiéndole una presencia que, ya está claro, tal vez le molesta un poco a estas alturas de su adolescencia feliz, menos en todo caso de lo que le molesta, si acaso, la presencia de Sofía, que duerme en la cama con ellas, sin medias las tres, y que va al mismo ritmo infatigable que las bellas Lola y Camila, que tanto se le parecen.&lt;br /&gt;Tratando de ser un buen padre y, a la vez, un buen perdedor y, de paso, un buen amigo de Sofía, que insiste en compartir las vacaciones de las niñas –dos semanas con ella y dos, conmigo– y que, por supuesto, yo pague también su parte de las vacaciones, he renunciado a mis dos semanas con ellas para que puedan pasar todo el mes en París y no estén en Miami aburridas y acaloradas y durmiendo en la cocina cerca del frío de la refrigeradora y acompañándome a la tele y pensando que podrían ser más felices en París, pero he tomado una decisión mezquina y rencorosa de la que no me enorgullezco pero que en cierto modo me parece justa: si van a viajar con su madre y no conmigo y si insisten en ir a una ciudad tan cara como París, deberán hacerlo en los asientos más angostos de clase económica, a los que ellas no están precisamente acostumbradas, porque las tarifas en ejecutiva a París, y más en julio, cuestan una fortuna, y quedarse en un hotel de tres estrellas, pues ya bastante me duele pagar unas vacaciones de las que no seré parte, a no ser por las fotos que me manden todos los días a mi correo electrónico y por las cuentas que me lleguen a la tarjeta de crédito. No soy, por lo visto, tan buen perdedor ni buen padre, porque mi plan secreto o ya no tanto es que ellas comprendan que si no vienen a Miami conmigo, a la rutina perezosa de las películas y las siestas y las tardes en la piscina y las compras renuentes por mi parte en Aventura, entonces tendrán que renunciar a ciertos privilegios, por ejemplo los asientos más anchos de ejecutiva y las compras irrestrictas en Aventura porque siempre he creído culposamente que la manera de suplantar mi ausencia física como padre es comprarles toda la ropa que quieran.&lt;br /&gt;Mientras Martín y su madre paseen por Madrid y París, y mis hijas y su madre recorran incansables las calles de París, y quizá algún día Sofía y Martín caminen las mismas calles y no se reconozcan y mis hijas se queden calladas porque no quieren delatar que ese chico alto y flaco es el amigo de su padre, yo estaré en bata y sandalias en el cuarto de relajación del Ritz y me consolaré pidiéndole al cubano que me traiga unas fresas más y que me haga ese masaje en la espalda que me hace pensar que la felicidad existe pero cuesta cien dólares la hora. Así todos seremos felices y espero que el cubano también.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-3485923872754417349?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/3485923872754417349/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=3485923872754417349' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/3485923872754417349'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/3485923872754417349'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/el-sexo-y-las-pastillas.html' title='EL SEXO Y LAS PASTILLAS'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-4228572440070523591</id><published>2008-07-19T14:08:00.000-07:00</published><updated>2008-07-19T14:09:18.159-07:00</updated><title type='text'>EL PADRE AUSENTE</title><content type='html'>Martín ha decidido abreviar sus días en Miami conmigo para invitar a su madre a Madrid y París, donde pasarán tres semanas. Cuando llegó a principios de mayo, me dijo que se quedaría todo el verano en Miami y volvería a Buenos Aires con la llegada de la primavera porque no soportaba el frío de su ciudad. Pero sólo ha pasado un mes y ahora parece que no soporta el calor de Miami y entonces vuelve a Buenos Aires a pesar de la ola de frío para llevar a su madre a Europa. Me da pena que se aleje de nuevo, pero también me alegra que Inés, que ha sufrido tanto en los últimos tiempos –perdió a una hija y se separó de su esposo–, pueda hacer este viaje con su hijo.&lt;br /&gt;Tal vez debería hacer un viaje con mi madre, invitarla a Madrid y París como Martín ha hecho tan generosamente con la suya, pero, a pesar de lo mucho que nos queremos, tengo miedo de que, estando tanto tiempo juntos, hablemos de las cosas que nos distancian y terminemos discutiendo. Ella nunca aceptará el amor entre personas del mismo sexo como algo natural y yo nunca sentiré simpatía por la rigidez moral del Opus Dei ni por los cardenales que ella admira. Ese abismo nos separa y me temo que nos separará siempre. Podríamos viajar juntos y no hablar de nada de eso, pero no sé de qué hablaríamos si no podemos hablar de las cosas que de verdad importan, como el amor.&lt;br /&gt;Por lo demás, no tengo ganas de viajar a ninguna parte, ni siquiera a Lima, donde están mis hijas, a quienes extraño los fines de semana que me quedo en Miami, a pesar de lo bien que me tratan en el spa del Ritz, donde puedo dar fe de que la felicidad existe y viene en la forma de una bata muy suave, unas sandalias de jebe, una cámara de vapor, un cuarto de relajación con muchas velas y luz tenue y música sosegada y un muchacho cubano que me trae tés verdes con miel y me pregunta si deseo un masaje más en la espalda. Mis hijas no quieren pasar sus vacaciones de julio en Miami porque dicen que ya se hartaron de Miami, de las compras en Aventura, de las películas todas las tardes en los cines de Lincoln Road, de las noches sofocantes en mi casa porque no enciendo el aire acondicionado y tienen que prender ventiladores que hacen el ruido de un helicóptero y a veces terminan durmiendo en los cuartos de abajo y hasta en la cocina sólo para refrescarse con el aire acondicionado que yo, egoísta, no tolero en el segundo piso. Por suerte mis hijas no me tienen miedo como yo temía a mis padres y me dicen que ya no se divierten conmigo en Miami y que lo que quieren hacer en julio es ir a París. No sé por qué están tan seguras de que deben ir a París y no a Madrid o a Barcelona, donde yo la paso mejor que en París. Ellas lo tienen claro: es a París adonde quieren ir, y por supuesto Sofía, su madre, no puede estar más de acuerdo y no hace el menor intento por disuadirlas.&lt;br /&gt;Así como ellas están hartas de Miami y en particular de mi casa no demasiado ventilada de Miami, yo estoy harto de subir y bajar de aviones, de hacer filas en aeropuertos, de que mi vida social consista exclusivamente en hablar con gente en aviones y aeropuertos, gente con la que a menudo preferiría no hablar, y por eso les digo a mis hijas con mucha pena, y con mi ya conocido egoísmo de padre ausente, que no las acompañaré a París y que si no quieren estar en Miami conmigo tendrán que ir a Europa con su madre. Pensé que ellas se sentirían tristes o contrariadas de no pasar sus vacaciones conmigo y reconsiderarían sus planes, pero me llevé una sorpresa que dolió: las chicas estuvieron encantadas de que Sofía las acompañe a París y yo pague el viaje y me quede en Miami echándolas de menos.&lt;br /&gt;Serán entonces las primeras vacaciones que mis hijas y yo no estemos juntos y no ha sido fácil para mí aceptarlo, pero Camila ya tiene casi quince años y es una mujer fuerte, segura, independiente, que sabe lo que quiere, y lo que quiere es irse a París y no precisamente conmigo porque sabe lo odioso y egoísta y caprichoso que soy con los horarios para dormir y las temperaturas del cuarto y las fatigas que me asaltan y entonces ella, que no es tonta, sólo me pide que le pague el viaje a París y que no se lo eche a perder imponiéndole una presencia que, ya está claro, tal vez le molesta un poco a estas alturas de su adolescencia feliz, menos en todo caso de lo que le molesta, si acaso, la presencia de Sofía, que duerme en la cama con ellas, sin medias las tres, y que va al mismo ritmo infatigable que las bellas Lola y Camila, que tanto se le parecen.&lt;br /&gt;Tratando de ser un buen padre y, a la vez, un buen perdedor y, de paso, un buen amigo de Sofía, que insiste en compartir las vacaciones de las niñas –dos semanas con ella y dos, conmigo– y que, por supuesto, yo pague también su parte de las vacaciones, he renunciado a mis dos semanas con ellas para que puedan pasar todo el mes en París y no estén en Miami aburridas y acaloradas y durmiendo en la cocina cerca del frío de la refrigeradora y acompañándome a la tele y pensando que podrían ser más felices en París, pero he tomado una decisión mezquina y rencorosa de la que no me enorgullezco pero que en cierto modo me parece justa: si van a viajar con su madre y no conmigo y si insisten en ir a una ciudad tan cara como París, deberán hacerlo en los asientos más angostos de clase económica, a los que ellas no están precisamente acostumbradas, porque las tarifas en ejecutiva a París, y más en julio, cuestan una fortuna, y quedarse en un hotel de tres estrellas, pues ya bastante me duele pagar unas vacaciones de las que no seré parte, a no ser por las fotos que me manden todos los días a mi correo electrónico y por las cuentas que me lleguen a la tarjeta de crédito. No soy, por lo visto, tan buen perdedor ni buen padre, porque mi plan secreto o ya no tanto es que ellas comprendan que si no vienen a Miami conmigo, a la rutina perezosa de las películas y las siestas y las tardes en la piscina y las compras renuentes por mi parte en Aventura, entonces tendrán que renunciar a ciertos privilegios, por ejemplo los asientos más anchos de ejecutiva y las compras irrestrictas en Aventura porque siempre he creído culposamente que la manera de suplantar mi ausencia física como padre es comprarles toda la ropa que quieran.&lt;br /&gt;Mientras Martín y su madre paseen por Madrid y París, y mis hijas y su madre recorran incansables las calles de París, y quizá algún día Sofía y Martín caminen las mismas calles y no se reconozcan y mis hijas se queden calladas porque no quieren delatar que ese chico alto y flaco es el amigo de su padre, yo estaré en bata y sandalias en el cuarto de relajación del Ritz y me consolaré pidiéndole al cubano que me traiga unas fresas más y que me haga ese masaje en la espalda que me hace pensar que la felicidad existe pero cuesta cien dólares la hora. Así todos seremos felices y espero que el cubano también.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-4228572440070523591?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/4228572440070523591/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=4228572440070523591' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4228572440070523591'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4228572440070523591'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/el-padre-ausente.html' title='EL PADRE AUSENTE'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-3247289646039034746</id><published>2008-07-19T14:07:00.000-07:00</published><updated>2008-07-19T14:08:14.488-07:00</updated><title type='text'>LA MALA NOCHE</title><content type='html'>Extrañamente en Lima duermo mejor que en Miami. No me pongo ropa de dormir, hace ya algún tiempo dejé de cambiarme de ropa para dormir. Me dejo caer en la cama con la misma ropa que he usado durante el día. No me quito los zapatos, no veo por qué debería quitármelos. Me echo boca abajo. Antes he prendido en máxima potencia la Electrolux portátil que compré en Buenos Aires. Acerco mis pies al calefactor. El aire caliente me hunde en un sueño profundo. Despierto unas horas después, bañado en sudor, los pies ardiendo. A veces consigo dormir seis horas.&lt;br /&gt;Si no tengo el calefactor Electrolux argentino quemándome los zapatos, me dan pesadillas –mi padre me insulta y me pega; mis hijas se pierden o se ahogan; los aviones caen mientras rezo ya tarde– y cuando despierto estoy furioso, irritado, con ganas de pelearme con alguien y además no paro de toser y expectorar cosas innombrables y Sofía se impacienta porque escupo en sus macetas y en sus alfombras importadas y en sus revistas de decoración, que es donde más me gusta escupir porque siento que es mi manera de decorar la casa.&lt;br /&gt;En Miami las noches son peores. El calefactor Electrolux argentino no funciona. He hecho todo lo posible para hacerlo funcionar pero he fracasado. He comprado otros calefactores pero ninguno funciona igual, ninguno me quema los pies, son tibios y débiles y botan un aire ridículo y no sirven para nada. No es fácil encontrar un calefactor en Miami, nadie los necesita, salvo los enfermos y los locos. La mayor parte tienen un termostato incorporado que apaga el aire caliente cuando se llega a la temperatura máxima. Esos son los más despreciables. Los pies se me enfrían y despierto furioso y pateo el calefactor de cuarenta dólares que compré en el Sears de Coral Way después de tomarme fotos con las vendedoras uniformadas que todavía no se han enterado de que no soy heterosexual y aun si les dijera que no lo soy tampoco me creerían porque uno cree lo que quiere creer.&lt;br /&gt;En Miami duermo boca arriba porque boca abajo me asfixio. No prendo el aire acondicionado porque el frío en cualquiera de sus formas es el mejor aliado de la enfermedad. No puedo precisar la naturaleza de la enfermedad. Es incierta, misteriosa y obstinada. No me deja respirar, no me deja dormir, no me deja escribir, no me deja hacer el amor ni creer en el amor. No quiero saber el nombre de la enfermedad ni su exacto lugar de alojamiento. Sé que vive conmigo y que me ha poseído con amor perverso e incomprendido y que tengo la batalla perdida. Sé que esos bichos son mis bichos y quieren quedarse con mi cuerpo y yo siempre le di mi cuerpo a cualquier mal bicho que lo deseara poseer. Por eso no voy a ningún médico. O voy y cuando me dicen que tienen que sacarme sangre me escapo. O voy y cuando me hacen esperar más de una hora me largo escupiendo en los pasillos alfombrados de esa clínica de lujo los bichos que me habitan.&lt;br /&gt;En Miami prendo un radiador de aceite en un cuarto y otro radiador igualmente pesado en el cuarto de al lado y nunca sé dónde despertaré porque en un cuarto se escuchan los ladridos del perro del vecino y en el otro los cantos del pájaro feliz y los gritos de los niños del parvulario que han abierto frente a mi casa y entonces voy de una cama a otra buscando el silencio esquivo, imposible y tratando de que el calor de los radiadores me devuelva al sueño y neutralice el avance de los bichos que me roban el oxígeno y se quedan con lo mejor de mí.&lt;br /&gt;Nunca duermo más de dos horas y cuando despierto bajo a la cocina y ataco a las cucarachas con el aerosol de Mr. Clean (que tanto se parece a Mc Cain) y a pesar de la mala noche me siento feliz cuando consigo matar a una de esas cobardes malnacidas que merodean la basura y seguramente están esperando a que me muera.&lt;br /&gt;Entonces vuelvo a alguna de mis camas según los ladridos del perro o los exabruptos musicales del pájaro cantor o los chillidos de los niños del parvulario o los ruidos del jardinero de la casa vecina que aspira la hierba cortada con una máquina satánica que hace el peor de todos los ruidos posibles. Y como nunca puedo volver a dormir y ya es media mañana y siento que estoy a punto de enloquecer y salir a la calle disparando perdigones al jardinero, al perro, al pájaro cantor y a las maestras del parvulario, sé que es el momento de entrar al baño y elegir la pastilla que me haga morir un poco.&lt;br /&gt;No es una elección fácil porque son cuatro pastillas distintas y cada una tiene su probada eficacia y sus efectos secundarios. Los Alplax que me regaló la mamá de Martín en Buenos Aires son buenos porque me relajan y me vuelven una persona mejor, pero no me hacen dormir más de tres o cuatro horas y al día siguiente me dejan la boca reseca. Los Lunesta que me vende Henry en la farmacia sin pedirme prescripción son mejores porque me hacen dormir seis o siete horas, pero al día siguiente me dan resaca, me duele la cabeza, me vuelven tacaño y miserable y me paso el día insultando imaginariamente a mis enemigos, que no son pocos. Los Stilnox que me recetó la doctora en Lima son peligrosos, pero por eso mismo los que más me tientan: no dejan resaca, me hacen dormir profundamente y boca abajo y con los radiadores apagados, lo malo es que me hacen alucinar y me dan sonambulismo y a veces despierto sin zapatos en el sillón de la cocina o en calzoncillos en el sillón de la sala y no recuerdo cómo llegué allí ni dónde me quité la ropa y esos cambios bruscos de temperatura me dejan al día siguiente con una tos odiosa y la sensación de que la enfermedad recrudece cuando tomo los Stilnox que Jack Nicholson le dijo a Heath Ledger que dejase de tomar porque podían costarle la vida. Pero cuando uno está loco de no poder dormir se toma una pastilla o varias sabiendo que se juega la vida y no importa, lo que importa es dormirse aun si después ya no despiertas. Y luego están los Klonopin que una amiga cubana metió en mis bolsillos una noche y volvió a darme cuando nos encontramos en Buenos Aires y que son espléndidos porque me hacen dormir hasta ocho horas en la misma posición y con zapatos y sin radiadores y sin escuchar niños ni pájaros ni perros ni maestras jardineras, pero al día siguiente no puedo moverme de la cama, me quedo echado viendo televisión y no puedo hablar con nadie, ni siquiera con Martín, y sólo me provoca salir a montar bicicleta y escupir en los jardines de las casas más lindas de la isla y cuando a la noche voy a la televisión estoy tan idiotizado que a duras penas puedo hablar, sólo quiero seguir montando bicicleta y escupiendo la enfermedad en los jardines de los que están sanos.&lt;br /&gt;Las noches peores pongo en mi mano derecha un Alplax argentino, un Lunesta azulito que tal vez ya expiró porque tengo muchos y algunos muy antiguos, un Stilnox peruano que seguro es pirata y un Klonopin cortado por la mitad porque así me los dio mi amiga cubana y los miro y los huelo y pienso tomármelos todos juntos a ver qué pasa, cuántas horas duermo, cómo me cambia el humor al día siguiente, pero después recuerdo que les he prometido a mis hijas llevarlas en julio a París y entonces tiro las pastillas sobre la cama y la que más cerca termina de mi almohada es la que finalmente meto en mi boca.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-3247289646039034746?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/3247289646039034746/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=3247289646039034746' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/3247289646039034746'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/3247289646039034746'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/la-mala-noche.html' title='LA MALA NOCHE'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-7611572830395263123</id><published>2008-07-19T14:06:00.000-07:00</published><updated>2008-08-05T06:54:28.118-07:00</updated><title type='text'>DOS HERMANOS SE PELEAN</title><content type='html'>A fines del año pasado mi hermano Javier viajó a Buenos Aires a pasar unos días conmigo. No conocía la ciudad y yo le había prometido desde que éramos chicos que algún día iríamos juntos a ver buen fútbol y comer rico.&lt;br /&gt;Unos días antes de su viaje le pregunté si tenía ganas de conocer a Martín, mi amigo íntimo, con quien compartía un departamento en esa ciudad. Tenía el temor de que, por razones morales o religiosas, por la educación que habíamos recibido en casa, Javier no aprobase mi relación con Martín y se incomodase al verlo. Por suerte me respondió que estaría encantado de conocerlo.&lt;br /&gt;Le dije que, dado que Martín y yo dormíamos en cuartos separados y no teníamos un cuarto para alojar a los amigos de paso, prefería invitarlo a un hotel muy bonito, en el centro de San Isidro, frente a la catedral. A Javier le pareció una buena idea, así podía moverse con más libertad.&lt;br /&gt;Una noche Martín se quedó en el departamento viendo televisión y Javier y yo salimos a comer. Yo sentía que estaba descubriendo a un hermano. Siempre lo había tenido entre mis favoritos, y por eso quise que fuera el padrino de mi hija mayor, pero estaba sorprendido por su inteligencia, su sentido del humor, sus aptitudes para la conversación risueña y relajada y su encantadora capacidad para tomarse todo con calma. Nunca me había sentido tan amigo de un hermano y tan hermano de un amigo. Era un hallazgo que no dejaba de alegrarme en cada pequeño momento que compartíamos: en el auto, rumbo a los campos de Pilar; tomando el té en la terraza de John Bull; en el bar del hotel Plaza (donde conocí a Martín); caminando por las calles laberínticas de barrio Parque Aguirre, donde le decía que quería irme a vivir cuando me retirase de la vida pública.&lt;br /&gt;Esa noche, después de cenar, caminamos de regreso al hotel y, al llegar, nos sentamos a conversar en el patio de esa vieja casona, oyendo el rumor de los autos que corrían sobre la pista empedrada del casco histórico.&lt;br /&gt;Fue entonces cuando Javier me contó cómo estuvo a punto de matar a golpes a nuestro hermano José unos años atrás.&lt;br /&gt;Se encontraron en una discoteca de Miraflores, bien entrada la madrugada. Javier tenía veintidós o veintitrés años, José estaba por cumplir treinta. Los dos habían tomado bastante, aunque estaban acostumbrados a tomar bastante. En algún momento, José le dijo para llevarlo a casa de nuestros padres, donde ellos todavía vivían. Javier subió a la camioneta de José. Todo estaba bien, hablaban de mujeres, se reían. Siempre habían tenido éxito con las chicas. José salía con una artista muy linda; Javier, con una estudiante de arquitectura de pelo ensortijado y ojos celestes. De pronto, algo se torció. José le preguntó por mí, sabiendo que Javier y yo éramos amigos. Javier dijo que no sabía nada de mí. José dijo algo contra mí. Javier no quiso decirme qué fue lo que dijo José. Pero fue algo que le molestó. Probablemente me criticó por decir que era bisexual o por publicar ciertos libros o por separarme de Sofía, mi esposa, con quien él y nuestro hermano Oscar se llevaban muy bien, casi diría que mejor que yo. Lo cierto es que dijo algo contra mí y Javier se molestó y me defendió. Le he preguntado varias veces a Javier qué dijo exactamente José y, a pesar de la confianza que nos tenemos, se ha negado a decírmelo, lo que me hace pensar que fue algo muy duro, muy tremendo, algo que tiene pena o vergüenza de decirme porque piensa que podría herirme.&lt;br /&gt;Cuando llegaron a la casa de mis padres, ya estaban discutiendo violenta y acaloradamente. José seguía criticándome, burlándose de mí o insultándome, no lo sé bien, y Javier insistía en defenderme, cuando hubiera sido mejor renunciar a ese empeño imprudente e inútil. Todos dormían en los cuartos de arriba. Javier y José entraron a la cocina, abrieron la refrigeradora, se sirvieron algo para tomar. Javier no se dejaba intimidar por los modales bruscos de su hermano mayor. Lo seguía enfrentando. José perdió la paciencia y lo empujó. Javier estuvo a punto de caer. Si no repelía la agresión, quedaría como un cobarde. Nunca antes alguien en esa casa de tantos hombres jóvenes (somos ocho hermanos) había osado desafiar la supremacía física de José. Javier fue el primero y por eso lo sorprendió: le dio dos golpes de puño en la cara, llenos de ferocidad, y lo arrojó al piso.&lt;br /&gt;Cuando José se levantó, tenía la cara ensangrentada.&lt;br /&gt;-Te voy a matar -le dijo.&lt;br /&gt;Enseguida se abalanzó sobre su hermano menor, estudiante de arquitectura, notable jugador de fútbol, escritor furtivo de cuentos sobre la amistad y el amor y otros malentendidos, con la certeza de que cuatro o cinco golpes bien dados confirmarían su hasta entonces indiscutido liderazgo como el macho brutal de la casa, al que todos tenían miedo. Menuda sorpresa habría de llevarse: si bien Javier se permitía los modales refinados de un artista, había heredado de nuestro padre un talento para la pelea callejera, la riña física y el combate inesperado con el taxista que se le cruzó en la calle, el peatón que piropeó insolentemente a su chica o el borrachín de la discoteca que se burló de mí, su hermano con fama de maricón, y ese talento lo había entrenado tumbando a golpes a aquellos enemigos ocasionales y lo había fortalecido haciendo pesas, pesas y más pesas en el gimnasio y en su cuarto del tercer piso, como si hubiera estado esperando este momento, el momento de pelearse con José, borrachos los dos, en la cocina de nuestros padres.&lt;br /&gt;Con aplomo y sangre fría, Javier esquivó los golpes, encajó algunos, neutralizó otros y luego dejó escapar a la bestia que llevaba encerrada y lo atormentaba, al hombre lleno de furia que lo hacía chocar carros en el malecón, empujar e insultar a policías uniformados y tomar rabiosamente, con ánimo autodestructivo, en la fiesta por mis treinta y cinco años: fue tal la paliza que le dio a José, que lo dejó en el piso, lleno de sangre, con varios dientes menos y los ojos tan hinchados que no podía ver. Aquella madrugada, por defenderme, Javier estuvo a punto de matar a José, y aun ahora mi madre asegura que cuando bajó corriendo a ver qué pasaba (pensando que habían entrado ladrones), los encontró con cuchillos en la mano, pero Javier lo niega, dice que nadie agarró un cuchillo, que mamá vio tanta sangre que creyó ver cuchillos.&lt;br /&gt;José estaba tan malherido que Oscar tuvo que llevarlo a la clínica Americana, donde estuvo internado unos días. Javier recuerda riéndose que cuando se lo llevaban a la clínica, dejando manchas de sangre a su paso, José alcanzó a gritarle:&lt;br /&gt;-¡Esa judía que te estás agarrando es una puta!&lt;br /&gt;Al día siguiente Javier fue a la clínica a visitarlo y se pidieron disculpas. Pero ya nada volvió a ser igual. Desde entonces, mi padre y mis hermanos entendieron que a Javier había que tratarlo con respeto y que en él cohabitaban extraña y maravillosamente un artista sensible y una bestia peligrosa. Y tal vez entendieron también que si decían cosas vulgares aludiendo a mi sexualidad, podían terminar en una clínica con los ojos reventados.&lt;br /&gt;-No fue la primera vez que tuve que sacarle la mierda a alguien por defenderte, James -me dice Javier, y luego toma un poco de vino tinto.&lt;br /&gt;Luego hace una pausa y añade:&lt;br /&gt;-Y no será la última.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;LA ENTREVISTA&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera vez que le pedí a mi madre que me diera una entrevista en mi programa de televisión me dijo que no era el momento porque mi padre, su esposo de toda la vida, el padre de sus diez hijos –yo, el tercero de ellos–, había muerto hacía poco y ella todavía estaba muy triste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda vez que se lo pedí me dijo que le diera unos días para pensárselo bien. Pasados esos días, me dijo que tenía ganas de venir al programa, pero que algunos de mis hermanos, enterados de la invitación, se habían escandalizado y se lo habían prohibido. Del modo más conciliador, me explicó que no quería problemas en la familia y que por eso prefería no darme la entrevista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última vez que se lo pedí, hace menos de un mes, no lo dudó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora sí estoy segura de que quiero ir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pregunté si mis hermanos, aquellos que se habían opuesto, no le harían problemas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No les voy a decir nada –respondió en tono risueño–. No les tengo que pedir permiso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La felicité y le dije que a su edad, sesenta y ocho años, debía hacer lo que a ella le pareciese bien, sin dejarse intimidar por nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente volví a llamarla y le pregunté si había cambiado de opinión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo no cambio de opinión –me dijo–. El domingo estaré en tu programa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para que estuviera tranquila, le dije que no saldríamos en directo sino que grabaríamos, así no tenía que acostarse tarde esa noche, pues ella suele dormirse antes de las diez, la hora en que comienza el programa, y que podría ver una copia de la grabación en su casa y decirme si algo no le gustaba para suprimirlo antes de que saliera al aire. Se quedó contenta con la idea de grabar por la tarde y tener derecho a veto por si decía algo de lo que luego se arrepentía (un privilegio que, por cierto, no le había dado nunca a ningún invitado, pero era mi madre y era el día de la madre).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo estaba bien un día antes de la grabación. Era sábado, acababa de llegar a Lima y pasé por casa de mi madre a saludarla, comer empanadas y asegurarme de que todo estuviera bien para la grabación al día siguiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sabía de qué hablaríamos, qué le preguntaría, sólo sabía que debía escucharla con cariño, sin cuestionarle nada, sin discrepar o tratar de rebatir sus argumentos, sin plantear temas conflictivos ni ponerla en aprietos. Tenía claro que, ante todo, debía evitar dos territorios minados: el de mi sexualidad y el de la religión. Siendo ella del Opus Dei, y teniendo la certeza de que el amor entre personas del mismo sexo ofende su sentido de la moral, no debía preguntarle lo que me hubiera encantado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿De verdad crees, mamá, que soy heterosexual? ¿Por qué crees que el amor homosexual es malo? ¿Sabes que hace años estoy enamorado de un hombre? ¿No te gustaría conocerlo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero si nunca le había preguntado nada de eso en privado, tampoco debía sorprenderla e incomodarla preguntándoselo en televisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi plan era halagarla, darle mucho amor, preguntarle cosas simples de su vida, cómo era de joven, por qué le gustaba correr olas, por qué le gustaba saltar a caballo, cómo conoció a papá, por qué se enamoró de él, por qué tuvieron diez hijos, qué le hubiera gustado estudiar en la universidad, cómo entró al Opus Dei, si había leído mis libros, qué pensaba de ellos, cosas así, pero evitando en todo momento el menor atisbo de discusión, dándole siempre la razón y expresándole mi amor sin reservas, después de tantos desencuentros que, debido principalmente a mi sexualidad disidente y a mi condición de agnóstico, habíamos tenido y seguíamos teniendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel sábado en casa de mamá hablé con mi hermano Arturo y luego por teléfono con mi hermana Carol y mis hermanos Javier y Miguel y ninguno me dijo nada de la entrevista. Supuse que mamá había mantenido el plan en secreto y nadie en la familia sabía nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el domingo a mediodía sonó el celular. Era mi hermano José. Me dijo que, junto con mi hermano Oscar, quería reunirse conmigo esa tarde. Le dije que estaba viendo un partido de fútbol argentino y que pensaba almorzar luego con mis hijas. Le pregunté de qué se trataba. Me dijo que mamá no debía venir al programa, que era una falta de respeto a la memoria de nuestro padre, que si él estuviera vivo no lo permitiría, que mamá no era un personaje público y por eso no debía salir en televisión, que al llevarla a mi programa yo estaba dividiendo a la familia y creando problemas. Lo escuché con calma y le dije que respetaba su opinión pero no la compartía y que al final quien debía decidir libremente era mamá y que ella ya había decidido venir. José alegó que mamá no quería venir al programa pero que lo hacía como un sacrificio para sacarme del hoyo negro en que yo vivía. Insistió en reunirnos con Oscar. Dijo que toda la familia se oponía a la entrevista. Le dije que no valía la pena reunirnos porque sería una discusión tensa y desagradable y que aun si todos mis hermanos se oponían a la entrevista, la decisión final era de mi madre y sólo de ella y de nadie más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mamá llegó radiante, serena y guapísima al estudio. Parecía feliz. Era su noche. Se sentía querida. La acompañaban Carol y Miguel, con gran generosidad. Quizá tenían temores o reservas comprensibles pero, ante todo, respetaban su decisión, como correspondía. Le dije a mamá que hablásemos como si estuviésemos en la sala de su casa, con naturalidad. Así será, me dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco antes de comenzar me contó que mi hermana Doris, su hija mayor, la había llamado para decirle que no debía venir al programa, que era una tonta, que no tenía sentido del humor, que era muy aburrida, que iba a quedar mal, que yo me iba a burlar de ella y que le prohibía que mencionásemos su nombre en la entrevista. Me sorprendió, pero luego recordé que alguna vez Doris me había escrito un correo prohibiéndome hablar o escribir de ella y, en particular, de los años en que fue monja. Le dije a mamá que nadie podía prohibirle hablar libremente de sus hijos y que no tuviera miedo, que ya era una mujer mayor y tenía que ser libre de ir adonde quisiera y decir lo que pensara, sin dejarse asustar o manipular por nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca quise y admiré tanto a mi madre como esas dos horas en que hablamos en televisión. Estuvo tranquila, valiente, divertida, elegante, amorosa, irradiando la bondad que siempre la iluminó y la hizo tan adorable y especial. Sentí su cariño y creo que ella sintió el mío y por suerte no hablamos de las cosas que nos separan sino de las demás, que nos unen tanto. Sentí que, aunque sea del Opus Dei y nunca pueda presentarle al chico al que amo, era mi madre y la amaba exactamente como era y no necesitaba que fuera distinta o mejor para amarla completamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso, cuando esté por llegar el día en que ella y yo nos alejemos para siempre, tal vez recuerde aquellas horas en televisión como uno de los momentos más estupendos y memorables de todos los años en que tuve la inmensa suerte de ser hijo de mi madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;EL PERFECTO IDIOTA NORTEAMERICANO&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace ocho años voté por primera vez como ciudadano norteamericano en un colegio de Key Biscayne. Lo hice por George W. Bush. Me parecía que Gore era soso, aburrido y altanero y que había cierta justicia en que Bush vengara la derrota que su padre había sufrido ante Clinton y Gore. Recuerdo que cuando estaba esperando mi turno para votar unas señoras ricachonas decían que había que votar por Bush porque Gore era un comunista encubierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardé en arrepentirme. Ya entonces empezaba a sospechar que yo era capaz de gruesas idioteces y que esas idioteces eran tan repetidas y sistemáticas que parecían configurar un claro patrón de conducta. Aquel voto por Bush el año 2000 (uno de esos votos tan disputados en la Florida que acabaron por darle el triunfo, tras el escándalo de los recuentos chapuceros y las protestas de Gore) fue la prueba definitiva e irrefutable de que yo era un idiota peligroso y sin cura. En efecto, fui uno de esos habitantes de la Florida que, demostrando que el sol hace daño, le dimos el triunfo a Bush. Sé que merezco un castigo. Ya Dios se ocupará de ello. Después de todo, es su oficio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Años después conocí a Gore en unas conferencias pintorescas (y muy bien pagadas) a las que nos invitaron en Guayaquil y le dije que había votado por él y que debía volver a ser candidato para impedir la reelección de Bush. Gore me agradeció secamente, obsequiándome no una sonrisa sino el aborto de una sonrisa, pero creo que, no siendo tonto, advirtió mi condición de embustero. Su esposa Tipper, una mujer encantadora, me trató con más simpatía. Nos hicimos fotos, conversamos durante la cena de asuntos naturalmente frívolos, nos reímos y en algún momento me contó que no conocían el Perú. Le dije que era dueño de un hotel en Machu Picchu y que estaban invitados cuando quisieran, lo cual por supuesto era mentira, porque el hotel no era mío sino de la familia de mi esposa y yo no lo había visitado nunca porque la familia de mi esposa me detestaba (su familia, no ella) y no sólo no dejaría entrar a un invitado mío sino que tampoco me dejaría entrar a mí, como en efecto nunca me invitó ni me dejó entrar. Tipper, sin embargo, me creyó y apuntó mis teléfonos en Miami y por supuesto nunca me llamó y a la mañana siguiente se fue muy temprano a las Galápagos con Al y las chicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las elecciones del 2004 no dudé en votar por Kerry. Lo hice a pesar de que en una ocasión agentes del servicio secreto me impidieron trotar por una calle adyacente a su imponente mansión de cuatro millones de dólares en Georgetown (que no hace mucho vendió en cinco), interrumpiendo bruscamente mis ejercicios aeróbicos y conminándome a mostrarles unos documentos de identidad que no llevaba conmigo y burlándose cuando les dije que era peruano y profesor de literatura por un semestre en la universidad de los jesuitas en aquel muy estimable barrio de Georgetown. Lo hice porque pensaba que Bush era probadamente incompetente (algo que debí saber cuando voté por él), porque no me parecía razonable invadir un país para derrocar a un dictador e implantar a sangre y fuego la democracia (un modo de exportar la democracia que ponía en entredicho su proclamada superioridad moral) y porque me parecía injusto pagar mis impuestos para que los iraquíes se comportasen como suizos, cuando ellos no parecían interesados en comportarse como suizos sino en que las tropas norteamericanas se largasen cuanto antes para seguir entrematándose los sunnis, kurdos y chiitas sin que vengan unos forasteros a matarlos a ellos. Pero también voté por Kerry porque su esposa Teresa, la reina del ketchup, me parecía brillante y porque si él se había casado con una viuda con un patrimonio de dos mil millones de dólares, su inteligencia estaba fuera de discusión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este año no sé por quién votar y tampoco sé si, siendo políticamente el perfecto idiota que soy, debería votar. Los tres candidatos en carrera me gustan. Barry Obama (Barry le dicen sus amigos) me gusta porque es joven y habla claro y se opuso a la guerra y ha demostrado ser un candidato formidable que hizo crujir la maquinaria de los Clinton, que se creía imbatible. Y me gusta porque es negro, hijo de un africano, con una abuela en Kenya que no habla inglés y cría gallinas. Hillary Clinton me gusta porque cuando el mundo supo que Bill le manchaba el vestido de Gap a Monica y la descarada no lo lavaba y además se lo contaba a una amiga que no era tal, Hillary actuó como una mujer de Estado y no como una mujer despechada y sólo por eso merece ser presidenta, porque se ha tragado millones de sapos para serlo y ahora viene un tremendo sapo llamado Barry Obama que quiere estropearle el sueño y ella, claro, no se lo va a tragar. John McCain me gusta porque lo torturaron en Vietnam y no se volvió loco o no del todo y no dejó atrás a sus compañeros de combate y es duro y leal y cree que la guerra debe seguir toda la vida y después también y tiene el coraje de decirlo a sabiendas de que es inmensamente impopular y uno siente que, a diferencia de Bush, si él pudiera ir a la guerra iría encantado y pelearía en primera fila, y me gusta también porque su esposa Cindy tiene cien millones de dólares que heredó de la industria cervecera de su padre, lo que revela que, como Kerry, McCain tiene buen criterio para elegir a sus colaboradoras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El problema es que ninguno me gusta del todo. Obama no me gusta porque durante veinte años fue a una iglesia en el sur de Chicago donde el pastor Jeremiah Wright decía cosas racistas y venenosas contra los blancos y los judíos, decía por ejemplo que los Estados Unidos crearon el sida para matar a los negros y que se merecían los atentados terroristas del 11 de setiembre y que Dios debía maldecir a ese país, y porque Obama eligió a ese charlatán, que vive por supuesto en una mansión y maneja dos Mercedes, para que lo casara con Michelle, bendijera su casa (la casa que le compró un rufián de Chicago) y bautizara a sus dos hijas, y además tomó el título de un sermón de Wright, The audacity of hope, para su segundo libro. Hillary no me gusta porque ya estuvo ocho años cogobernando y ahora quiere ocho años más en la Casa Blanca, después de doce años de Bush padre e hijo sumados, ¿no será mucho? Y tampoco me gusta porque dice que quiere contestar el teléfono rojo a las tres de la mañana, cuando ningún presidente debería contestar nunca el teléfono a esa hora porque, sin dormir bien, seguro que tomará la decisión equivocada, que si Bush y Blair hubiesen dormido la siesta, a lo mejor no invadían Iraq. Y McCain no me gusta porque tiene setenta y un años y a esa edad nadie debería postular a un cargo público ni a ninguna forma de trabajo honrado y porque quiere que las tropas norteamericanas se queden en Iraq un siglo más si fuera necesario, lo que a estas alturas no se entiende y parece un trauma de sus años cautivos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre tantas dudas, lo que es seguro es que le haría un favor a mi país adoptivo si lo exonero de mi voto y que si algún día improbable me encuentro con alguno de los tres candidatos le diré que voté por él y enseguida lo invitaré a mi hotel en Machu Picchu.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-7611572830395263123?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/7611572830395263123/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=7611572830395263123' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/7611572830395263123'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/7611572830395263123'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/07/dos-hermanos-se-pelean.html' title='DOS HERMANOS SE PELEAN'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-1435351459237893252</id><published>2008-05-01T06:42:00.002-07:00</published><updated>2008-05-01T06:43:04.626-07:00</updated><title type='text'>EL PÁJARO CANTA HASTA MORIR</title><content type='html'>De pronto, una tarde de abril, llega un pájaro que hace su nido en un árbol frente a mi casa y no se cansa de cantar día y noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al comienzo es divertido y hasta inspirador, pero luego empieza a fastidiar porque no para de trinar en distintos registros más o menos agudos y cuando uno quiere dormir o escribir y el pájaro sigue proclamando su felicidad ya termina por ser irritante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo raro es que canta a toda hora y por lo visto no duerme. Pensaba que los pájaros cantaban a unas ciertas horas, al amanecer por ejemplo, pero este es un pájaro extraño que canta por la mañana, por la tarde, por la noche, a toda hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es que haga un ruido escandaloso, es sólo un pájaro trinando, pero es un ruido persistente, que no cesa, un ruido que acaba por molestar porque uno supone que canta de ese modo tan estridente porque está feliz. Lo que más irrita entonces no es su infatigable vocación cantarina sino la certeza de que ese advenedizo es mucho más feliz que uno o es todo lo feliz que uno nunca será y además nos lo recuerda cada diez segundos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso salgo una noche a las cuatro de la mañana, harto de sus impredecibles exploraciones musicales, que son distintas una de la otra, como si estuviera buscando un modo de expresar su alegría que siempre resulta insuficiente o imperfecto y justifica por ello un gorjeo o cántico más, me acerco al árbol, lo veo trinando con un júbilo que ofende y decido que debe morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han sido muchos días soportando sus gorgoritos odiosos, toda una semana oyéndolo proclamar lo estupendamente bien que se la está pasando allí arriba de ese árbol y de ese cable vecino de alta tensión: por su culpa no puedo dormir la siesta, no consigo escribir más de tres líneas, despierto de madrugada torturado por sus recitales, me encuentro fatigado, de pésimo humor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pájaro feliz debe morir. No me gusta matar a nadie, pero en este caso es un acto de legítima defensa. Debo elegir entre su felicidad que no tiene límites y mi derecho a vivir en paz o al menos en silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Busco unas piedras y las arrojo con todas las fuerzas de las que soy capaz. No consigo darle. El pájaro se asusta y vuela hasta una palmera media cuadra más allá. Por un momento se calla por fin. Regreso a la casa pensando que no molestará más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vana ilusión. No pasan más de diez minutos y de nuevo está en el árbol frente a mi casa, anunciándonos a los vecinos de la calle que es allí donde ha decidido instalarse, residir, fundar familia, dar conciertos gratuitos y expandir su felicidad con curiosos quiebres vocales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo entonces la sabiduría de mi padre, que solía tener en casa toda clase de armas de fuego: pistolas, revólveres, carabinas, rifles, escopetas. Recuerdo aquella mañana en que vació los cartuchos de su escopeta sobre unas palomas que arrullaban y defecaban en el techo de la casa, conspirando contra nuestro merecido derecho al descanso. Entonces, siendo un niño, pensé, al ver a mi padre disparando contra las palomas, que era un acto de crueldad. Ahora pienso que fue un acto heroico, admirable, un acto de legítima defensa que restauró la paz que esas palomas nos habían arrebatado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como no tengo armas de fuego en esta casa de Miami, salgo de nuevo a la calle con el monedero que traje de Buenos Aires la semana pasada y le tiro al pájaro cantor todas las monedas argentinas que tengo conmigo, con la esperanza de que alguna de ellas le dé en el pecho, lo derribe y acabe con sus trinos enloquecidos. Monedas de un peso, cincuenta centavos, veinticinco centavos, diez y cinco centavos vuelan por los aires y pasan lejos del pájaro, que, soberbio, altanero, sigue piando y gorjeando sobre mi cabeza, indiferente al sufrimiento que causa en mí, humillándome, recordándome que su felicidad impúdica nunca será la mía y que, si bien yo salgo en televisión y él no (o todavía no), tiene sin embargo más poder que yo, pues nada puedo hacer para acallarlo y tengo que someterme, lleno de rencor, a los dictados caprichosos de su garganta musical.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente, ojeroso, exhausto, mirándome en el espejo, viendo con pavor una cara miserable que ya no reconozco, decido que ese pájaro no puede derrotarme tan fácilmente y que, como buen hijo de mi padre, compraré un arma de fuego y lo reduciré a un puñado de plumas volando por los aires cálidos de esta isla después del estrépito que acabará con su corta vida cantarina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pájaro canta hasta morir y este no será una excepción, sólo que seré yo quien decida, apretando el gatillo, cuándo debe morir, cuál será su último gorgorito feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es nada fácil comprar una carabina de perdigones en Miami, o no lo es al menos para mí: hay que manejar por autopistas congestionadas, perderse por barrios en los que una salida equivocada o una llanta pinchada puede costarte la vida, caminar por los pasillos de un gigantesco almacén, firmar autógrafos falsos y sonreír falsamente para las cámaras de los celulares de los clientes que me reconocen y se preguntan qué diablos hago allí, negociar con el vendedor, explicarle lo que uno entiende por perdigones o balines, mostrarle documentos de identidad vencidos, inscribirse en un registro que llegará a manos de la policía y pagar más dinero del que uno imaginaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De regreso a la isla, manejo muy despacio, temeroso de que me detenga la policía y encuentre en el asiento trasero esa carabina de aire comprimido que acabo de comprar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora estoy en el balcón del cuarto de mis hijas, apuntándole al pájaro jubiloso y oyendo con deleite el que será su último quiebre musical. Me dispongo a apretar el gatillo cuando el auto azul convertible del vecino venezolano pasa lentamente y él me ve allí arriba, parapetado con un arma, y me saluda con un gesto de extrañeza y yo escondo la carabina, como si estuviera haciendo algo malo, y un poco más allá veo que marca unos números y habla por el celular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha sido un infortunio que el vecino venezolano me pillase en el momento en que apoyaba la carabina sobre el balcón. Debo actuar rápidamente. Apunto al pájaro cantor y disparo. El pájaro cae y algunas de sus plumas quedan suspendidas en el aire. Un ramalazo de euforia recorre mi espinilla. Me siento orgulloso de ser quien soy. Me siento un digno hijo de mi padre. Que vengan otros pájaros musicales, que acá los espero con una lluvia de plomo para que sepan quién manda en esta calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando estoy entrando al cuarto de mis hijas, oigo a un pájaro trinando exactamente como cantaba el que había derribado. Tal vez he matado por error a un pájaro inocente que no era mi enemigo. Tal vez ha llegado otro cantante aficionado de esa familia artística a seguir torturándome. Salgo con la carabina, dispuesto a clavarle un balín en el vientre, cuando veo que se acerca el auto de la policía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-1435351459237893252?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/1435351459237893252/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=1435351459237893252' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/1435351459237893252'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/1435351459237893252'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/05/el-pjaro-canta-hasta-morir.html' title='EL PÁJARO CANTA HASTA MORIR'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-3443638777353199863</id><published>2008-05-01T06:42:00.001-07:00</published><updated>2008-05-01T06:42:37.854-07:00</updated><title type='text'>HUMO EN LA CIUDAD</title><content type='html'>Los doctores en Miami me dijeron que, teniendo los pulmones infectados y un cuadro agudo de asma, no debía viajar a Buenos Aires. Les pregunté: ¿Quién no está infectado? ¿Se puede vivir no infectado? ¿No soy yo mismo una infección?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La doctora en Lima me hizo un dibujo atropellado para explicarme que la parte inferior de mis pulmones aparecía negra en las placas, como si fuera un veterano fumador, y que, si no conseguíamos limpiarla con un ataque de antibióticos, tendríamos que extirparla para evitar un cuadro canceroso. Dijo también que sólo estaba usando la mitad superior de mis pulmones y que por eso me faltaba aire y cuando salía a correr por el parque me pasaban caminando las señoras mayores, una humillación que yo mismo le había relatado: Corro tan despacio, doctora, que me pasa la gente caminando. La doctora me pidió que cancelara el viaje a Buenos Aires.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero todos esos doctores amables, a quienes no he pagado haciéndoles creer que ya les pagará el seguro cuando en realidad no estoy asegurado, no sabían que, infectado o no, tenía que viajar a Buenos Aires para celebrar que Martín cumplía treinta años, treinta años que por su cara de bebé parecen veinte (y por eso a veces algunas señoras despistadas me preguntan si es mi hijo), treinta años de los cuales yo lo he tenido conmigo los últimos seis, porque antes él salía con chicas lindas que querían ser cantantes famosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le había prometido a Martín que daríamos una fiesta peligrosa y excesiva, como supongo que tienen que ser las buenas fiestas, para celebrar sus treinta años que parecen veinte (y que son trece menos que los míos) y ningún doctor ávido por esquilmarme ni mancha negra en mis pulmones me privaría del placer de verlo bailar extasiado toda la noche, lleno de mojitos y estimulantes, que es, por cierto, el único modo en que bailamos, dada mi bochornosa impericia para bailar: Martín dando saltos como un lunático y yo sentado, mirándolo no menos extasiado, saltando imaginariamente con él y bebiendo champagne rosado dulzón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Saliendo de Ezeiza al amanecer, un viento helado me recordó que había llegado el otoño: cuatro grados, decían los locutores en la radio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Martín estaba despierto cuando llegué, duchándose porque tenía que ir al médico (él y yo vamos al médico todas las semanas, sólo que él les hace caso), y, apenas se vistió, me enseñó las ventanas herméticas alemanas que habían instalado en la sala y los cuartos, para protegernos del frío y neutralizar los ruidos de la calle. En la cocina, sin embargo, seguía la ventana vieja e inútil de siempre, tan oxidada que no podía cerrarse. No la habían cambiado por decisión de la arquitecta, que convenció a Martín de hacer unas reformas y achicar el tamaño de la ventana. Cuánto habríamos de lamentarnos de no cambiarla (la ventana o la arquitecta) los días siguientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como la ventana de la cocina seguía sin poder cerrarse y el frío se colaba por sus rendijas, manteníamos cerrada la puerta de la cocina para que la crudeza del otoño no se sintiera en todo el departamento, lo que nos permitía vivir en tres temperaturas: la de mi cuarto, muy cálida; la de la cocina, helada; y la del resto del departamento, tibia para Martín, algo fría para mi gusto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una madrugada desperté ahogándome. No podía respirar. Pensé que era la enfermedad que había vuelto para estropearme la fiesta. Salí de mi cuarto. No supe dónde estaba. No podía ver qué había en la sala, dónde estaban las cosas: todo estaba cubierto y difuminado por el humo, una densa nube de humo que se había filtrado por la ventana de la cocina y, como Martín había olvidado cerrar la puerta de la cocina al irse a dormir, había invadido todo el departamento, escamoteando de nuestra visión el lugar habitual de las cosas, confundiéndonos en la inquietante ambigüedad de la niebla, que nunca se sabe de dónde viene ni dónde termina. Me asusté. Corrí a despertar a Martín. Le dije: Se está quemando el edificio, salgamos rápido. Martín se puso unas zapatillas y salió corriendo. No tuve que cambiarme porque, como es común en mí, había dormido con ropa de calle y zapatos. Me puse un saco y salí detrás de Martín. Bajé a toda prisa las escaleras llenas de humo. A salir a la calle, advertí con perplejidad que el humo estaba en todas partes: en la vereda y sobre la pista de antiguos adoquines y envolviendo los autos y sobre las copas de los árboles y en las canchas de tenis y escondiendo la luz del semáforo y borrando los suaves contornos del rostro de Martín, que, demudado, parecía un fantasma en ropa de dormir. Podría haber sido un momento romántico, si yo no hubiera empezado a toser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿De dónde venía todo ese humo? ¿Qué dioses sañudos nos lo habían mandado? ¿Qué se había quemado o seguía quemándose para que tanto humo se instalara sobre la ciudad, esparciéndose por calles y plazas, entrometiéndose en las casas, penetrando las fosas nasales, infectándonos sin compasión? Recordé lo que les dije a los doctores: ¿Quién no está infectado de algo? El humo había llegado para infectarnos a todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya era tarde. Ya el departamento había sido colonizado por el imperio del humo. Me puse la mascarilla que uso en los aviones, me eché en la cama y me enteré, viendo la televisión, del origen del humo: alguien había quemado miles de hectáreas en las afueras de la ciudad, obligándonos, deliberada o accidentalmente, casi da igual, a respirar un aire viciado, pestilente, tóxico, aunque a la mañana ciertos diarios asegurasen que el humo no hacía daño, sólo fastidiaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero a mí, aun con la mascarilla puesta, no me dejaba respirar, lo que quizá era menos culpa del humo que de la mascarilla. Lo cierto es que estaba asfixiándome. Y además discutíamos con Martín, porque yo le decía que si hubiese cambiado la ventana de la cocina no estaríamos tragando humo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un momento de angustia fui a la clínica y dije que no podía respirar y pedí que me durmieran y me hicieran respirar de un balón de oxígeno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando desperté, ya era el cumpleaños de Martín. Le di un abrazo y nos fuimos caminando, yo todavía sedado. El humo seguía allí, pero ya uno se acostumbraba y tal vez hasta lo disfrutaba, como si tuviese una cualidad literaria, como si una ciudad hecha de gente borrada por el humo fuese por eso mismo un lugar propicio para vivir y morir, como si aquella nube maloliente y gris no fuese otra cosa que el recuerdo impertinente de que todos somos también grises y malolientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Martín sugirió que cancelásemos la fiesta, pero yo me negué. El humo la hará inolvidable, le dije. Aquella noche Martín bebió todos los mojitos que pudo y yo me quité la mascarilla con la que recibía a los invitados para beber champagne rosado dulzón hasta emborracharme como hacía mucho que no me emborrachaba. Y en algún momento uno de los jóvenes que ponían la música no tuvo mejor idea que disparar una ráfaga de humo sobre la pista de baile. Y Martín estalló en una carcajada al ver que esa ráfaga de humo vino directamente hacia donde yo estaba sentado. Y luego, al verme toser en medio del humo de pastizales quemados y artificios de discoteca, se molestó tanto que cogió la tijera con la que su amigo Nico cortaba las pastillas estimulantes, subió al segundo piso y le dijo al chico que ponía la música que si volvía a dispararme humo lo mataría con esa tijera. Y cuando vino a bailar de nuevo a mi lado lo besé entre tanto humo, sin estar seguro de que era él.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-3443638777353199863?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/3443638777353199863/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=3443638777353199863' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/3443638777353199863'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/3443638777353199863'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/05/humo-en-la-ciudad.html' title='HUMO EN LA CIUDAD'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-9158128526580545053</id><published>2008-05-01T06:40:00.000-07:00</published><updated>2008-05-01T06:41:58.888-07:00</updated><title type='text'>MIGUELITO</title><content type='html'>La señora D vive sola en una casa grande con muchos cuartos que eran de sus hijos, que ahora ya no están porque se casaron o se fueron a otros países.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señora D no se siente sola porque es atendida risueña y amorosamente por dos jóvenes a su servicio, Lucy y Manuel, que se conocieron en esa casa y ahora están enamorados y han anunciado que pronto se casarán en una iglesia que todavía están buscando, lo que hace muy feliz a la señora D, que los quiere como si fueran sus hijos y que tal vez dejaría de quererlos como si fueran sus hijos si se casaran civilmente y no bendecidos por la religión que tanto la ha confortado a ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señora D está llena de amor. Ama a su Creador, el Altísimo, cuya casa visita cada mañana antes de desayunar y a quien a veces, al elevar una plegaria, llama Flaquito, Papito o Cholito, pues son ya muchos años de encendidas pláticas con Él y es casi natural que de tan antigua familiaridad surja ese trato de confianza, salpicado de diminutivos afectuosos. Ama a su esposo, que ya no está, a quien imagina en el Cielo, gozando de la paz que le fue esquiva entre nosotros. Ama a sus hijos, a todos sus hijos, aunque comprensiblemente ama de un modo más parejo y consistente a aquellos hijos que comparten su fe religiosa y de un modo más atormentado, pero no por eso menos intenso, a cierto hijo díscolo que, poseído por la soberbia, ese venenillo que le inocula el Diablo en su astucia infinita, se declara agnóstico y se burla del cardenal. Ama a sus empleados domésticos, a los que suele bautizar, confirmar y educar en el camino de la santidad, un camino que ella ha recorrido sin desmayar. Ama a las cajeras del supermercado, a las vecinas pedigüeñas, a los tullidos que la esperan después de misa, al presidente converso, a sus amigas del colegio, a todos los habitantes del país que la vio nacer y del que nunca quiso irse. Y últimamente ama a Miguelito, con quien desayuna, almuerza y cena todos los días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguelito es un pollo pálido y amarillento que nació hace dos meses y llegó a esa casa en compañía de sus cuatro hermanos, metidos todos en una caja de cartón. Uno de los hijos de la señora D tenía que viajar y le pidió a su madre que cuidara a los pollos mientras él estuviera de viaje. La señora D aceptó encantada, sin saber que en pocos días morirían de hambre, frío o tristeza cuatro de los cinco pollos, los que fueron enterrados en ceremonia laica, exenta de rezos, en el jardín de la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo uno sobrevivió, Miguelito. La señora D pensó que también moriría, pues no quería comer, temblaba y caminaba a duras penas. Estaba deprimido, asegura ahora la señora D, acariciándolo en su regazo. Entonces decidió amarlo sin reservas, adoptarlo como si fuera un hijo más. Lo llamó Miguelito, en un acto de amor a uno de sus hijos, que tan feliz la hacía, un muchacho bondadoso, de gran corazón, que la llenaba de besos y regalos y la hacía reír como ella nunca había imaginado que una señora podía reírse, tanto que pensaba que esas risas podían estar reñidas con el ejercicio adusto de la fe. Lo llevaba a misa en su cartera, lo hacía dormir a sus pies (pues Miguelito se rehusaba a dormir en la alfombra y trepaba a la cama), le rezaba el angelus, le cantaba avemarías y hasta lo dejaba picotearle el rosario, le disparaba aire caliente con la secadora y lo sentaba en su regazo cuando comía. Pero Miguelito no mostraba interés en comer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta que un día la señora D vino a descubrir accidentalmente lo que Miguelito quería comer, aquello que le salvaría la vida y lo haría crecer hasta convertirse en un pollo robusto y trepador, que no se resignaba a vivir a ras del suelo y saltaba a los zapatos de su protectora y escalaba luego hasta sus faldas. Harta de tantas polillas en su cuarto, cogió un matamoscas y aplastó a una sin misericordia. Tan pronto como los restos de ese bicho alado y marrón cayeron en la alfombra, Miguelito corrió jubiloso hacia ellos y los devoró con una determinación que la señora D no había visto nunca en él. Entonces siguió matando polillas y viendo a Miguelito comérselas sin vacilar. Esto cambió la vida del pollo, que empezó a engordar y crecer, como cambió también las de la señora D y Lucy y Manuel, que ahora pasan horas cazando polillas con matamoscas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la noche, antes de meterse en la cama, la señora D se obliga a matar diez polillas. Para evitar que Miguelito se las coma al caer, lo encierra en el baño y lo oye piar con un desgarro que la conmueve. Pero ella necesita matar diez polillas para meterlas luego a la pequeña refrigeradora de su cuarto y estar segura de que, al despertar, cuando Miguelito salte de la cama, podrá servirle un desayuno fresco y reparador, consistente en diez polillas refrigeradas, que él comerá sin hacer ascos, aunque sin duda preferiría comerlas “fresquitas”, como dice la señora D, es decir, recién emboscadas y machucadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de sus hijos le ha dicho a la señora D que es una locura que lleve a Miguelito a misa en su cartera, que rece el rosario con él, que le sirva diez polillas heladas cada mañana. Pero la señora D le ha contestado que ella quiere a Miguelito como si fuera su hijo, que es un pollito muy sufrido que no conoció a su madre y vio morir a sus cuatro hermanos y que nada de malo tiene amarlo como ella ama a ese pollo con ínfulas humanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como nadie está libre de ganarse enemistades, Miguelito las tiene también, y son las palomas del barrio que, apenas ven que le sirven a ese pollo mimado sus bichos acompañados de maíz, arroz y pan (lo que varía según las instrucciones que da la señora D: sírvanle pan con polilla a Miguelito o sírvanle polilla con arroz para que no se aburra), bajan impacientes, lo asustan a aletazos, alejándolo del plato, y se disputan esa comida que no era para ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al ver a aquellas palomas comiéndose la comida de su Miguelito adorado, la señora D no ha dudado en subir al cuarto de su marido que ya falleció, sacar la escopeta, meterle dos cartuchos, apuntar desde la ventana y descargar una lluvia de plomo sobre ellas. Nunca imaginó la señora D, declarada enemiga de las armas y la violencia, que sentiría tanta felicidad matando palomas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora, todas las tardes, después de alimentar a su Miguelito en el comedor de la casa (pues en el jardín el pobre se trauma al ver una paloma y pierde el apetito), la señora D le pide a Lucy que lleve a Miguelito a dormir la siesta, saca la escopeta, se sienta en la terraza y espera pacientemente a que alguna paloma se pose sobre las ramas de los árboles del jardín. Cuando eso ocurre, se encomienda al Creador, apunta a la paloma, dispara, siente un ramalazo de euforia al ver la explosión de plumas volando por los aires y dice, encantada:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Una cagona menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego manda a Manuel a recoger la paloma muerta y arrojarla por encima de la pared a la casa del vecino.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-9158128526580545053?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/9158128526580545053/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=9158128526580545053' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/9158128526580545053'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/9158128526580545053'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/05/miguelito.html' title='MIGUELITO'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-3485174078360896354</id><published>2008-04-07T04:35:00.003-07:00</published><updated>2008-04-07T04:35:54.561-07:00</updated><title type='text'>LO QUE QUEDA DEL ALMA</title><content type='html'>El avión desciende sobre las arenas de Lima mientras despunta el amanecer. No he dormido. He leído un libro bellísimo, El olvido que seremos, de un escritor colombiano, Héctor Abad Faciolince, al que conocí en Bogotá hace años, una noche lluviosa a la salida del teatro. Me ha conmovido tanto que me ha hecho llorar. Lo he leído con la mascarilla blanca que me dio la doctora cubriendo mi nariz y mi boca para no contaminarme con los miles de bichos invisibles que, según ella, pululan por la cabina helada del avión y saltan de un pasajero a otro, infectándonos a todos.&lt;br /&gt;-¿Llevas una vida saludable? -me preguntó la doctora.&lt;br /&gt;-Sí -respondí-. No fumo, no tomo alcohol, no como mucha grasa, camino todas las tardes por el parque.&lt;br /&gt;-¿Con qué frecuencia viajas? -preguntó.&lt;br /&gt;-Todos los fines de semana -respondí.&lt;br /&gt;-Entonces no llevas una vida saludable -sentenció.&lt;br /&gt;-¿Por qué? -pregunté, sorprendido.&lt;br /&gt;-Porque los aviones están repletos de gérmenes y bacterias que viven allí y recirculan por toda la cabina. Si quieres llenar de bichos tus vías respiratorias, súbete a un avión. Los aviones te están matando.&lt;br /&gt;Le expliqué que no puedo dejar de volar con tanta frecuencia porque he firmado unos contratos que debo cumplir, aunque me llene de bichos.&lt;br /&gt;-Entonces vas a viajar siempre con la mascarilla puesta -dijo ella.&lt;br /&gt;El problema de viajar con la mascarilla puesta es que las azafatas y los pasajeros te miran con lástima y repugnancia y se mantienen a prudente distancia. Bien mirado, quizá no sea un problema.&lt;br /&gt;-¿Estás enfermo? -me preguntó una azafata, mientras colocaba la bandeja con la comida en la mesa plegable del asiento vecino, que por suerte estaba desocupado.&lt;br /&gt;-Sí -le dije.&lt;br /&gt;-¿Qué tienes? -preguntó.&lt;br /&gt;-Siento que estoy en el cuerpo equivocado -le dije.&lt;br /&gt;Me miró alarmada y tuvo el buen juicio de no hacer más preguntas.&lt;br /&gt;No es que quiera ser mujer o que me disgusten mis colgajos. Es que todo mi cuerpo –la panza obscena, la penosa flacidez, las cavernas estropeadas, las canas púbicas que no cubriré de tinte– me parece un error, un cuerpo equivocado.&lt;br /&gt;Héctor Abad dice en ese libro admirable que el alma no es inmortal, es tan mortal como el cuerpo y a veces se muere antes que el cuerpo. Puede que sea mi caso. Tal vez nunca tuve alma. Tal vez nací desalmado, no lo sé. Pero si tuve alma, la mía era mortal y me parece que se murió por exceso de maquillaje y horas de televisión, se murió en algún estudio de televisión y yo seguí hablando, ya sin alma.&lt;br /&gt;Después de dormir dos horas boca abajo y con los zapatos puestos, voy a ver a la doctora. Le llevo escupitajos en un frasco esterilizado. ¿Será eso lo que queda de mi alma? La doctora me toca, me palpa, me ausculta, soba mi espalda, me regala chocolates. Luego me pregunta si me inyecto drogas. Le digo que no. Me dice que tengo bichos en la sangre. Me dice que tengo los pulmones infectados. Me dice que tiene que sacarme sangre ahora mismo. Le digo que necesito ir al baño. Pero no voy al baño. Salgo de su consultorio, bajo cinco pisos por las escaleras, camino media cuadra, compro una cremolada de uva borgoña, subo a la camioneta y me alejo de allí, recordando con una sonrisa el diagnóstico de la doctora:&lt;br /&gt;-Gordo, estás lleno de moco.&lt;br /&gt;Llegando a la casa, leo un correo electrónico de una amiga que me recomienda inyectarme Neurobion para reforzar mi sistema inmunológico. Voy a la farmacia, compro varias cajas de Neurobion, vuelvo a la casa y le pido a Sofía que me ponga la inyección.&lt;br /&gt;Sofía me ponía inyecciones cuando vivíamos en Washington, conoce bien mis nalgas y sabe lo que tiene que hacer. Me lleva a su cuarto, prepara la inyección, coloca una toalla blanca y me pide que me tienda boca abajo. La escena no carece de un cierto erotismo, al menos para mí, que no tengo alma o que la escupo a menudo.&lt;br /&gt;Me bajo los pantalones, me tiendo en la cama que trajimos desde Miami en barco, la cama donde hacíamos el amor cuando teníamos alma, me bajo luego los calzoncillos y exhibo con orgullo recatado el único talento que poseo, aquello que me ha permitido abrirme paso en la vida, mi bien más preciado, la clave de todos mis triunfos: mis nalgas. Poco importa que se te muera el alma si tienes unas nalgas altivas, pundonorosas y justicieras como las mías, unas nalgas que han sobrevivido a mil batallas ásperas y siempre están dispuestas a dar una pelea más en nombre de mi honor.&lt;br /&gt;Sofía pasa un algodón con alcohol por mi nalga combativa, juega con ella, me hinca las uñas tratando de prepararme lenta y amorosamente para el dolor que se avecina y yo levanto las nalgas con gallardía y espero el aguijón.&lt;br /&gt;En ese momento, sin que ella ni yo lo advirtamos, su madre, que mucho no me quiere, y cuya alma seguramente expiró antes que la mía, llega a la casa, se acerca al cuarto de Sofía y escucha a su hija decirme:&lt;br /&gt;-Te va a doler cuando te la meta, pero te va a doler más cuando te la saque.&lt;br /&gt;La madre de Sofía, que no ignora mis veleidades amorosas, se detiene, sin poder creer lo que acaba de oír, y se asoma discretamente, escondida detrás de la puerta. Lo que ve la llena de estupor, la horroriza, le provoca escalofríos: yo estoy tendido boca abajo, los ojos cerrados, las nalgas desnudas y enhiestas, a la espera del ansiado castigo, y digo, con una voz sospechosamente optimista:&lt;br /&gt;-Métela sin miedo. Métela de una vez.&lt;br /&gt;-Pero te va a doler.&lt;br /&gt;-No importa. No será la primera vez. Ya estoy acostumbrado.&lt;br /&gt;La madre de Sofía da un paso atrás, espantada, y siente que va a desmayarse. Luego escucha a su hija decirme con voz amorosa:&lt;br /&gt;-Te va a doler más porque está un poco gelatinosa.&lt;br /&gt;Esto ya es demasiado. Ella, una dama honorable de alta sociedad, ya sabía que yo era un mal bicho, un pervertido, un sátiro, un degenerado, un sodomita descarriado. Pero jamás imaginó que escucharía a su propia hija, educada en Washington, Philadelphia y París, decirme:&lt;br /&gt;-¿Dolió mucho cuando la metí?&lt;br /&gt;Y a mí contestarle:&lt;br /&gt;-No dolió gran cosa. Métela toda. Métela hasta la última gota.&lt;br /&gt;Y a ella, en control de la situación, disfrutando del dominio que ahora ejerce sobre mí en la cama, decirme:&lt;br /&gt;-Te va a doler cuando te la saque.&lt;br /&gt;Y a mí rogarle:&lt;br /&gt;-Por favor, sácala ya. No aguanto más.&lt;br /&gt;Y a ella negarse:&lt;br /&gt;-Todavía no. Falta un poco más. Aguanta. Esto te va a hacer bien.&lt;br /&gt;La madre de Sofía sale de la casa llorosa, mareada, aturdida, preguntándose qué cosas habrá hecho tan mal para que su hija acabe sodomizando con algún artilugio a ese escritor mediocre y haragán, que ha destruido todo lo bueno y noble que alguna vez tuvo su hija y la ha corrompido con su espíritu disoluto y sus ideas libertinas.&lt;br /&gt;Al pasar al lado de la ventana, seguida por los perros tan odiosos que no paran de ladrar, se detiene, nos ve abrazados detrás de la cortina y me escucha decirle a Sofía, invadido por esa forma de amor que no conocíamos cuando hacíamos el amor en aquella cama que trajimos de Miami:&lt;br /&gt;-Nadie lo hace mejor que tú, gordi.&lt;br /&gt;Luego se marcha a toda prisa, pensando que ha llegado el momento de envenenarme, sin saber que ya estoy envenenado y que por eso su hija ha hincado mi nalga y la ha infiltrado de un medicamento seguramente inútil.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-3485174078360896354?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/3485174078360896354/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=3485174078360896354' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/3485174078360896354'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/3485174078360896354'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/04/lo-que-queda-del-alma.html' title='LO QUE QUEDA DEL ALMA'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-9210804187438127717</id><published>2008-04-07T04:35:00.001-07:00</published><updated>2008-04-07T04:35:19.941-07:00</updated><title type='text'>LA CURA DE TODOS MIS MALES</title><content type='html'>Es virtualmente imposible sentirse bien un domingo a medianoche en Lima bajo una llovizna inesperada y pérfida como los chismes que envenenan la vida de la ciudad. Es imposible sentirse bien si uno ha terminado el programa de televisión, todavía está maquillado, no para de toser y maneja con instinto suicida por una autopista desolada y oscura que bordea el litoral de las playas del sur.&lt;br /&gt;Lo que me anima a persistir en el empeño, acelerando un poco más, sintiendo cómo las llantas resbalan levemente en las curvas que parten el desierto y me alejan de la ciudad, es la ilusión o la fantasía de que llegando a la casa de playa que me ha prestado la madre de mis hijas me sentiré mejor, la tos cederá, conseguiré dormir sin drogarme y encontraré en el aire puro que viene del mar la cura para todos mis males.&lt;br /&gt;Mi madre me ha dicho alarmada que debo ver a un médico sin demora, me ha recomendado doctores altamente calificados (ninguno de los cuales, sospecho, es agnóstico), me ha hecho citas para ese lunes por la tarde en la clínica donde murió mi padre, pero yo le he dicho que no tengo fuerzas para volver a esa clínica ni a ninguna y que cinco días a solas frente al mar del sur me harán mucho mejor que los tocamientos invasivos de cualquier doctor pasmado por el verano de la ciudad.&lt;br /&gt;Como era previsible, nada cambia demasiado estando ya en esa casa grande, de un solo piso, muchas habitaciones con más camas y una decoración en extremo arriesgada, levantada temerariamente a menos de cien metros de la orilla del mar. Nada cambia porque sigo tosiendo, insomne y helado, tendido en una cama sin frazadas, los pies cubiertos por tres pares de medias, dos estufas soplando aire caliente a centímetros de mis pies, tan cerca que a veces despierto con los pies hirviendo y la sospecha de que las medias están en fuego. Lo que cambia no es mi salud sino el escenario en que ella sigue deteriorándose: una casa tan vacía que mi tos produce eco y un mar tan inquietantemente cercano que las olas mueren no muy lejos de las estufas que me mantienen tibio.&lt;br /&gt;Eso, la contemplación distante del mar, la ausencia de criaturas humanas en la playa y en los alrededores de la casa, la compañía gratificante de las arañas en las esquinas y las moscas que, estando todas las puertas y ventanas cerradas, aparecen misteriosamente en la cocina, podrá no ser la cura para mis males y achaques, pero al menos resulta un consuelo reconfortante para mi espíritu, sabiendo que en esta casa soy libre en grado sumo y no molesto a nadie ni nadie me molesta a mí, y recordando la humillante condición de rehén entubado de la que escapé de un hospital de Miami al que sólo volveré si me llevan dopado, inconsciente o sin vida.&lt;br /&gt;Resignado a que los cinco días a solas frente al mar transcurran sin el menor sobresalto, comiendo sólo miel, polen y bananas, arrastrándome de una cama a otra de la casa, escucho a lo lejos, con creciente irritación, unos gritos que provienen de la playa, lo que me lleva a acercarme a la terraza y observar perplejo el espectáculo impensado que se desarrolla ante mis ojos: veinte hombres jóvenes, morenos, fornidos, en trajes de baño mayormente ajustados y por lo general de color negro, han instalado dos arcos pequeños de fútbol y persiguen ardorosamente una pelota blanca que va y viene, dando botes caprichosos, por la arena de la playa, exactamente frente al jardín de la casa, al tiempo que gritan, se arengan, protestan y celebran con euforia cuando convierten un gol.&lt;br /&gt;El espectáculo resulta de una belleza insólita y sobrecogedora y por eso abro las puertas de la terraza, me expongo a la brisa peligrosa del mar, lejos ya de mis estufas bienhechoras, y me siento o dejo caer en una silla plegable a contemplar extasiado cada pequeño detalle de esa formidable exhibición atlética que estos muchachos, seguramente salvavidas, jardineros o vigilantes de estas casas de lujo, han tenido la generosidad de obsequiar, sin saberlo, a un hombre enfermo, que no ha jugado fútbol hace muchos años, pero que todavía sigue maravillado el vaivén de la pelota en cualquier partido profesional o aficionado, jugado por hombres o mujeres: doy fe de ello porque, cuando salgo a caminar por el parque de Key Biscayne y están jugando fútbol, no hay manera de que mis ojos puedan resistirse al embrujo de la pelota y por eso termino sentándome en una banca a mirar el partido y recordar los tiempos en que yo todavía jugaba, creo que no tan mal.&lt;br /&gt;Esa hora y media que mis ojos se posan en los movimientos díscolos de la pelota, a menudo torcidos o interrumpidos por la arena, que no ayuda a que el juego fluya, pero especialmente en los cuerpos briosos y admirables de quienes la persiguen sin desmayo, derrochando unas formas de energía, salud y vitalidad que nunca más serán mías, me olvido de todos mis males, dejo de toser y sentir frío en los pies y, para mi sorpresa, me encuentro invadido por unas ganas crecientes de bajar a la arena a jugar con ellos. Cuando se van, luego de darse un baño de mar, la enfermedad o el recuerdo de la enfermedad se apodera de nuevo de mí.&lt;br /&gt;Al día siguiente, a la misma hora, la una de la tarde, los mismos hombres infatigables, en tan escuetos trajes de baño, regresan a esa franja de arena frente a la casa, instalan los arcos, calientan músculos y comienzan a gritar mientras persiguen la pelota, ajenos a toda forma de cansancio. De pronto, uno de ellos me ve sentado en el jardín, hipnotizado por el juego y la belleza de sus protagonistas, y me pregunta:&lt;br /&gt;-Flaco, ¿quieres jugar?&lt;br /&gt;Está claro que lo de flaco no responde a una observación cuidadosa de mis carnes sino a una expresión de uso corriente, cargada de buenas intenciones.&lt;br /&gt;-¿No están completos? -pregunto.&lt;br /&gt;-No -dice él-. Nos falta uno.&lt;br /&gt;Minutos después, me he sacado la ropa, he vestido un traje de baño estampado con flores, esparcido protector de sol en la cara y los hombros y bajado a la playa. Tras los saludos y las bromas previsibles, pues todos me reconocen de la televisión y se sorprenden de verme allí sin traje ni corbata, con la barba crecida y la barriga menoscabada por la enfermedad, empiezo a trotar, a buscar la pelota, a pedirla, a desmarcarme, a tocar en primera antes de que me caiga encima uno de esos muchachos musculosos. No hay tos ni enfermedad ni fatiga crónica que me impida disfrutar de ese partido en la arena, aunque mi precaria condición física no me permite correr a la velocidad de mis compañeros ni aventurarme a sortear a los rivales, lo que me obliga a jugar mayormente parado, dosificando con avaricia el poco aire que atesoro y haciendo piques cortos sólo cuando son estrictamente inevitables, piques cortos que son seguidos de un salivazo a la orilla y un mareo pasajero.&lt;br /&gt;Es entonces cuando, recordando viejos tiempos, encuentro un segundo aire, me enredo en una combinación rápida y endiablada, amago que voy a disparar, eludo al defensa incauto y pateo suavemente a la esquina del arco diminuto, con tan buena fortuna que la pelota entra allí mismo, por el rincón invicto al que apunté. Lo mejor no es la gloriosa sensación de marcar un gol después de tantos años sin jugar al fútbol. Lo mejor es confundirme en los abrazos sudorosos de los salvavidas y los jardineros y los vigilantes que me dicen Jaimito y palmotean mi espalda y me hacen sentir la espléndida firmeza de sus cuerpos. Luego anuncio que abandono el juego, me dejo caer en la arena sin más fuerzas para correr, miro el cielo mezquino que escamotea el sol y vuelvo a toser, sólo que ahora feliz y agradecido, pensando que voy a meterme al mar aunque me muera a la noche, confortado por las estufas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-9210804187438127717?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/9210804187438127717/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=9210804187438127717' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/9210804187438127717'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/9210804187438127717'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/04/la-cura-de-todos-mis-males.html' title='LA CURA DE TODOS MIS MALES'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-767456861295451885</id><published>2008-03-26T12:00:00.000-07:00</published><updated>2008-03-26T12:01:21.365-07:00</updated><title type='text'>LA TOS Y EL AMOR</title><content type='html'>Todo comienza un jueves por la mañana. Una tos persistente y dolorosa me advierte de que algo está mal. Enemigo como soy de los médicos y los medicamentos, espero a que me dé una tregua y deje de acosarme.&lt;br /&gt;Pero esa tos de origen misterioso se ensaña conmigo con más crueldad de la que había imaginado. Lejos de ceder, se apodera de mí con tal virulencia que no me deja respirar, dormir, comer o siquiera caminar de un lugar a otro de la casa.&lt;br /&gt;A tal punto me ha debilitado que caminar unos pocos metros dentro de la casa, arrastrando mis pantuflas de conejo, resulta una operación para la que debo prepararme mentalmente, haciendo acopio de las pocas fuerzas que me quedan, y subir al segundo piso, donde se encuentra mi habitación polvorienta, es ya una empresa fuera de la realidad, que los achaques respiratorios me tienen vedada.&lt;br /&gt;Me digo, sin embargo, que, con sólo tomar mucha agua y abstenerme de ingerir jarabes o antibióticos, pronto estaré recuperado y volveré a respirar como de costumbre.&lt;br /&gt;Una amiga de setenta años, cuyo hijo murió de sida y tal vez por eso me quiere como si fuera su hijo, me trae sopa de pollo, jugo de naranja, antibióticos, jarabes, pastillas para aliviar el dolor de garganta, pero no tengo hambre, no puedo comer nada y los antibióticos me debilitan todavía más, quizá porque los he tomado sin comer en varios días.&lt;br /&gt;El domingo a la noche mi pequeño reino privado, cuyos dominios han venido empequeñeciéndose gradualmente a medida que la enfermedad avanza, se reduce al sillón del que ya no me puedo levantar, el sillón en el que, tendido en ropa de dormir, con el teléfono en una mano y el control de la televisión en la otra, tal vez me encontrarán en unos días, helado y ausente, cuando la pestilencia se inmiscuya insidiosamente en la casa de los vecinos, que por cierto me odian.&lt;br /&gt;Temeroso de morir asfixiado, incapaz de ir del sillón a la refrigeradora o del sillón a la computadora o del sillón a ninguna parte, llamo a emergencia y pido ayuda médica.&lt;br /&gt;Un momento después, estoy tendido en una camilla, dentro de una ambulancia, con una mascarilla de oxígeno, mientras el ulular de la sirena destruye la quietud de la noche y me somete a esa incomprensible forma de tortura.&lt;br /&gt;Le pido al enfermero que apaguen la maldita sirena. Me dice que no será posible y que no me quite la mascarilla. Le digo que lo que me está matando no es la enfermedad sino la sirena.&lt;br /&gt;En urgencias me pinchan sin compasión toda vena o arteria posible, me sacan más sangre de la que creía tener, me someten a toda clase de pruebas humillantes, me inyectan sustancias amarillentas innombrables, me hacen firmar papeles diciendo que si muero o quedo inválido ellos no tienen la culpa de nada y me preguntan a quién deben llamar en caso de que algo muy malo suceda. A nadie, digo. La señorita me pide un nombre y un número. Digo dos, pero están en Sudamérica y ellos no pueden hacer llamadas internacionales. Me pide un número local, de Miami. No tengo amigos en esta ciudad, le digo. Pero ella insiste en pedirme un número. Ponga su número, llámese usted misma, le digo.&lt;br /&gt;Una doctora rubia y de anteojos me dice que el nivel de oxígeno en mi sangre es muy bajo y que ha podido darme un paro respiratorio. Me informa que procederán a internarme. Le digo que ya me siento mejor con todas las cosas que me han metido y que si me venden un balón de oxígeno me iré encantado a casa. Me dice que no puedo irme a casa, que tiene que internarme. Claro, pienso, lo que quieren es sacarme dinero, sanguijuelas miserables.&lt;br /&gt;En algún momento al final de la madrugada me llevan a mi habitación en el tercer piso, con vista a la playa de estacionamiento y a medio árbol. Estoy helado. El aire acondicionado está a tope y no puedo apagarlo porque proviene de un sistema central cuya temperatura gélida alguien decide sin piedad alguna por quienes padecemos de frío crónico. No puedo abrigarme. Como estoy pinchado, entubado y atrapado por un pulpo de plásticos transparentes, tengo que permanecer casi desnudo, vistiendo apenas la bata vieja y rasgada, de color verdoso, que no pocos muertos habrá despedido y ahora posa su gastada, indeseable tela en mí.&lt;br /&gt;Estoy extenuado pero no puedo dormir por el frío del aire acondicionado, la tos que no cede, la humillante condición de rehén y los gritos de un enfermo que se ha parado en medio del pasillo, a la salida de mi habitación, vociferando:&lt;br /&gt;-¡No soy un bendito ni un comemierda! ¡No soy un bendito ni un comemierda! ¡No soy un bendito ni un comemierda!&lt;br /&gt;El sujeto, que grita con un marcado acento boricua, acusa a los médicos y enfermeros de querer matarlo, de haberse confabulado para privarlo de su libertad y minar lenta y calculadamente lo poco que le queda de salud.&lt;br /&gt;Nadie consigue acallar al paciente enloquecido. No puedo dormir y la tos me está matando. Pido que me den un sedante: es en vano, a nadie le importa que no haya dormido ni comido en varias noches, todo lo que quieren saber es qué voy a desayunar, almorzar y comer, si quiero huevos o cereales, si deseo el flan de postre, si me apetece la trucha o la merluza. Y yo sólo quiero borrarme pronto, irme de allí, desaparecer del todo, que alguien me duerma doce horas. Pero eso, al parecer, es mucho pedir.&lt;br /&gt;A las ocho de la mañana, ya callado el bendito del pasillo, me traen un desayuno grasoso y pestilente, un plato de huevos, hamburguesa y papas cuya sola contemplación me hunde en la náusea pura e infinita.&lt;br /&gt;No deja de sorprenderme que cada quince minutos alguien entre a mi cuarto a cumplir alguna tarea rutinaria, menor, como dejarme un peine o quitarme las medias o tomarme la presión o cambiar el oxígeno o suministrarme más líquidos amarillos innombrables o dejarme lociones y champús o dejarme incluso unas medias coloradas que se adhieren bien al piso para que no me caiga. Cada diez o quince minutos alguien entra y me toca un poco, me pincha de nuevo, me da vuelta, me enrosca y atrapa más todavía en el pulpo de tubos y luego se va y yo me quedo angustiado, viendo cómo pasan las horas y no puedo ni podré dormir mientras me quede en este hospital.&lt;br /&gt;Entonces comprendo que debo escapar.&lt;br /&gt;Los médicos me han dicho que debo quedarme varios días con sus noches desveladas soportando los gritos del bendito. Les digo que debo irme, pero me dicen que no pueden autorizar mi salida, que mi salud corre serio riesgo si me voy. Más riesgo corre si me quedo, les digo.&lt;br /&gt;Por la tarde encuentro al cómplice que estaba buscando, un enfermero joven, todo de blanco, muy guapo, de nombre Armando, que me ha reconocido de la televisión y es muy amable conmigo. Le ruego que me ayude a escapar. Se compadece de mí. Me hace firmar unos papeles, me quita todos los tubos y parches adhesivos, trae una silla de ruedas, me sienta en ella y, desafiando las miradas reprobatorias de los médicos (que, en venganza, se han negado a darme las prescripciones para mi tratamiento), me saca de ese infierno. Uno de esos médicos, un sujeto odioso, de panza y bigotes, me interrumpe a la salida del ascensor y me pregunta por qué me voy del hospital contra la opinión profesional de todos los médicos.&lt;br /&gt;-Porque no soy un bendito ni un comemierda, le digo, y él me mira sin entender.&lt;br /&gt;Pero un poco más allá, Armando, mi enfermero y cómplice, se ríe y yo pienso que algún día volveré al hospital no para terminar de morir allí sino para decirle que esa mañana tosiendo y tosiendo me enamoré de él y de sus manos bienhechoras, y que la tos, como el amor, es algo que no se puede ocultar, según dejó escrito mi amigo Roberto Bolaño, que murió en un hospital.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-767456861295451885?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/767456861295451885/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=767456861295451885' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/767456861295451885'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/767456861295451885'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/03/la-tos-y-el-amor.html' title='LA TOS Y EL AMOR'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-2918272575268085070</id><published>2008-03-19T14:01:00.000-07:00</published><updated>2008-03-19T14:02:09.280-07:00</updated><title type='text'>MORIR TOSIENDO</title><content type='html'>Antes de irme de Buenos Aires, Martín y yo vamos a los cines del tren de la costa. Son cines viejos, descuidados, pero a mí me gustan porque va poca gente y el boletero es un encanto y me mira con intención.&lt;br /&gt;Martín se desespera porque una mujer hace crujir su butaca una y otra vez. Suele ocurrir, ciertos asientos de esos cines son un concierto de ruidos molestos. Lo raro es que la mujer no se da cuenta del ruido que hace cada vez que se mueve. Martín pierde la paciencia, le dice a gritos que se cambie de asiento. La mujer no se da por aludida, sigue moviéndose y haciendo chirriar la butaca. Martín abre un paquete de m&amp;amp;ms y empieza a arrojarle esos diminutos proyectiles multicolores de chocolate y almendras. Cuando por fin le da en la cabeza, la mujer voltea y nos insulta. Martín le dice a gritos que si no se cambia a una butaca que no haga ruido le seguirá tirando m&amp;amp;ms. La mujer y su amiga se van del cine, no sin antes insultarnos.&lt;br /&gt;Esa noche, con el taxi esperando abajo para llevarme al aeropuerto, Martín y yo hacemos el amor. Ha sido un momento sagrado, le digo. Nunca fue tan perfecto como hoy, le digo. Nadie te va a coger como te cojo yo, me dice.&lt;br /&gt;Llegando a Lima voy a una casa en la playa donde me esperan mis hijas y su madre. Manejo cien kilómetros a una velocidad imprudente. Llamo a Martín. No le digo que voy camino a la playa. Le miento. Le digo que voy a la casa de mi madre como todos los fines de semana.&lt;br /&gt;Martín sabe que le he mentido porque me escuchó en el departamento en Buenos Aires hablando con mi hija menor, diciéndole que me esperase en la playa, que el sábado en la tarde iría a verla. Sabe que le he mentido pero no me dice nada. Me dice que está en el sanatorio porque su tío está mal de salud.&lt;br /&gt;En la playa me doy un baño de mar, duermo la siesta y me siento a comer con mis hijas y Sofía, su madre. Me queda poco crédito en el celular, he olvidado comprar una tarjeta llegando a Lima. Entro al baño y llamo a Martín. Hablo en voz baja para que Sofía no me escuche. Vuelvo a mentirle, no le digo que estoy en la playa, le digo que estoy en la casa de mi madre. Martín se da cuenta de que algo le oculto. Se despide fríamente: Hasta luego.&lt;br /&gt;Más tarde, ya de noche, estoy hablando con una amiga cuando aparece una llamada cuyo origen se anuncia como: Privado. No imagino que es Martín. No contesto. Poco después se me acaba el crédito, mi celular deja de funcionar.&lt;br /&gt;A la una de la mañana, salgo de regreso a Lima. Voy solo a toda la velocidad que me permite la camioneta nueva. Hago esos cien kilómetros en menos de una hora, aunque no sin darme un susto: en algún paraje oscuro del camino han puesto tres piedras grandes bloqueando la ruta, seguramente para robar a los conductores que se detengan, pero, al verlas, recuerdo las historias que me han contado y no me detengo, giro bruscamente y paso por encima de una piedra, golpeando de un modo brutal la camioneta con apenas doscientos kilómetros recorridos y dejando atrás a los ladrones agazapados entre las sombras.&lt;br /&gt;Llegando a Lima no recargo el celular, me voy a dormir. Cuando despierto pasado el mediodía, paro en una gasolinera, compro una tarjeta de cien soles y cargo el celular. Entonces escucho mis mensajes. Tengo tres, los tres de Martín. Uno a las dos de la mañana, otro a las cuatro, el último a las cinco de la mañana. Son mensajes violentos, llenos de rabia. El último dice: A mí nadie me apaga el celular. No me llames más. No quiero verte más.&lt;br /&gt;Llamo a Martín al departamento y a su celular, pero no me contesta. Le escribo un correo explicándole el malentendido: que mi celular se quedó sin crédito, no que lo apagué para evitar sus llamadas. Pero Martín sabe que le he mentido, que he ido a la playa sin decírselo. Por eso me manda un correo que dice: Sé la verdad. Dime la verdad. No seas cobarde.&lt;br /&gt;Pillado en falta, le escribo un correo diciéndole que fui a la playa y que no se lo conté porque no quería molestarlo, sé que no ve con simpatía mi relación cordial con Sofía y por eso le escondí que iba a la casa de playa a estar con ella y mis hijas.&lt;br /&gt;Martín me escribe un correo violento. Me dice que no merezco estar con él, que no merezco a un chico inteligente, refinado, lindo y divertido como él, que no merezco vivir en Buenos Aires con él como tantas veces hemos soñado, que merezco volver a vivir con Sofía, dormir con Sofía, vivir en Lima, esa ciudad que él detesta. Te mereces Lima y Sofía, mereces ser infeliz en Lima con Sofía, me escribe. Luego me escribe algo terrible: Ya ni siquiera me gusta cogerte.&lt;br /&gt;Leo ese correo y minutos después entro al estudio a hacer el programa de televisión. En mi cabeza resuenan las palabras feroces que acabo de leer.&lt;br /&gt;Al día siguiente viajo a Miami como casi todos los lunes. En el aeropuerto leo un correo de Martín. Me dice que se enfureció tanto porque la noche que me llamó varias veces y no le contesté quería contarme que le han encontrado unos pólipos malignos en la vesícula y que tendrán que operarlo pronto para extirparlos. Me dice que se sintió dolido de saber que le había mentido al ir a la playa y que se sintió humillado al pensar que yo, por estar con Sofía, había apagado el celular y no le había permitido contarme lo de los pólipos malignos.&lt;br /&gt;Antes de subir al avión le escribo diciéndole que lo siento mucho, que iré a acompañarlo el día de la operación si me necesita.&lt;br /&gt;Llegando a Miami dejo de llamarlo y escribirle por unos días. Estoy dolido. Recuerdo las palabras que me escribió: no me mereces, mereces Lima, mereces volver con Sofía y ser infeliz.&lt;br /&gt;Una tarde me llama y deja un mensaje. Estoy allí pero no levanto el teléfono.&lt;br /&gt;Le escribo: No puedo olvidar las cosas horribles que me dijiste. Si sientes que mereces a alguien mejor que yo, no estés conmigo. No entiendo cómo puedes ser tan cruel, después de todo lo que nos hemos amado.&lt;br /&gt;Me escribe: Estoy loco y soy malo, pero te amo.&lt;br /&gt;No me llama. No lo llamo. Pero a cada momento pienso en él, recuerdo la madrugada en que hicimos el amor, antes de subirme al taxi.&lt;br /&gt;Luego viene la enfermedad. No puedo respirar. Me ahogo. Siento que voy a morirme solo en esta casa y que pasará una semana sin que nadie lo advierta.&lt;br /&gt;No he cambiado mi testamento. Si muero, todo pasará a la madre de mis hijas. A Martín no le estoy dejando nada. Me va a odiar.&lt;br /&gt;Tosiendo y ahogándome y vomitando sangre, manejo de madrugada hasta el hospital. Me piden mi seguro médico. Entrego mi tarjeta verde del seguro peruano. Me dicen que no pueden admitirme con ese seguro. Ofrezco mi tarjeta de crédito. Me dicen que no aceptan pacientes sin seguro. Le digo que el seguro peruano me aseguró que me cubrían en Estados Unidos. Me dicen que ese seguro no es válido en ese hospital. Me siento humillado. Por eso voy a votar por Obama, le digo. Esta mafia sin compasión tiene que cambiar.&lt;br /&gt;Regreso tosiendo y ahogándome y caminando muy despacio hasta la camioneta. Nunca imaginé que, siendo casi famoso, me rechazarían de un hospital.&lt;br /&gt;Llegando a casa llamo a Martín y le digo tosiendo sangre: Estás loco y eres malo, pero te amo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-2918272575268085070?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/2918272575268085070/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=2918272575268085070' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2918272575268085070'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2918272575268085070'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/03/morir-tosiendo.html' title='MORIR TOSIENDO'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-7466452541557565211</id><published>2008-03-19T14:00:00.000-07:00</published><updated>2008-03-19T14:01:19.610-07:00</updated><title type='text'>GRITOS EN LA AUTOPISTA</title><content type='html'>El escenario de la pelea familiar a punto de estallar es un auto japonés, automático, cuatro puertas, que avanza a ciento cuarenta kilómetros por hora en la ruta de Mar del Plata a Buenos Aires, un jueves por la tarde, con Martín al timón. Su madre, Inés, está sentada a su lado. Atrás va Cristina, la hermana mayor de Martín. Los tres han pasado una semana de vacaciones en Mar del Plata y tal vez ya están cansados de verse las caras tan a menudo, como están agotados por el viaje de cuatro o cinco horas en auto. Como suele ocurrir con los viajes familiares, cada uno está pensando (pero no lo dice) que a la familia es más arduo quererla cuando se la ve todos los días y que la mejor manera de llevarse bien con ella es tomándose vacaciones no para verla a toda hora sino para alejarse de ella. Estas cosas, claro está, se piensan, si acaso, pero no se dicen.&lt;br /&gt;Sin reparar en que el curso que ha tomado en la conversación es uno de colisión con su hermano al volante, Cristina dice:&lt;br /&gt;-No es justo que mamá no le preste el auto a papá los fines de semana.&lt;br /&gt;Inés, su madre, permanece en silencio, extrañando a su perra Lulú, que ha quedado sola en el departamento. No hace mucho, Enrique, su esposo de toda la vida, la dejó. Inés lloró días enteros, pensó que era una tragedia inexplicable, se hundió en una depresión. Pero luego, sorprendentemente, las cosas empezaron a cambiar: compró a la perra Lulú y encontró en ella una compañía más amorosa, serena y leal que la de su marido de treinta años, se mudó a un departamento que Martín le regaló para que dejara atrás los malos recuerdos, se sintió más libre y despreocupada y, para su sorpresa, empezó a darse cuenta de que la ausencia de Enrique, lejos de abatirla, podía resultar propicia para su felicidad. Por eso, cuando Enrique le hizo saber que le gustaría usar el auto los fines de semana, ella se negó a dárselo.&lt;br /&gt;-El auto es de mamá –dice Martín, conduciendo a una velocidad imprudente–. No tiene por qué prestárselo.&lt;br /&gt;Cristina, que se lleva mejor con su padre que Martín, y que en las discusiones familiares suele tomar partido por su padre, al tiempo que Martín defiende a su madre en cualquier caso, dice en tono airado, seguramente harta de tantas horas de ver a su hermano en el hotel de Mar del Plata, en el club de playa y ahora en el auto:&lt;br /&gt;-El auto de mamá también es mío. Yo puse parte de la plata para comprarlo. Tengo derecho a usarlo. Y tengo derecho a prestárselo a papá.&lt;br /&gt;Cristina es una abogada brillante y conoce bien sus derechos. Siempre fue la más estudiosa de la familia, la promesa académica, la que mejores notas obtenía en el colegio y la universidad. Martín, no siendo tan estudioso, se las ha ingeniado, sin embargo, para hacer más dinero que su hermana por vías no convencionales (pero dentro de la ley), gracias a su audacia y su ingenio. Ese hecho no menor, que ella haya estudiado más y que él, a pesar de eso, tenga más dinero, es algo que probablemente irrita a Cristina, aunque estas cosas tampoco se dicen.&lt;br /&gt;-No digas boludeces –se ofusca Martín–. El auto es de mamá. Lo pagó con su plata.&lt;br /&gt;-Yo también puse plata –protesta Cristina.&lt;br /&gt;-Nadie te obligó –dice Martín–. Y ahora el auto es de ella. Y si mamá no quiere prestarle el auto a papá, me parece muy bien. ¿Con qué cara el tarado le pide el auto si la dejó?&lt;br /&gt;-No hables mal de papá –dice Cristina–. La dejó porque está deprimido.&lt;br /&gt;-No –dice Martín–. La dejó porque es un egoísta. Desde que Joaquín se separó de su esposa, siempre se preocupó por darle plata, nunca la abandonó.&lt;br /&gt;Inés va en silencio, se abstiene de intervenir, pero naturalmente está de acuerdo con su hijo. Más que la separación, lo que le duele es el modo en que Enrique la dejó, la crueldad con la que ejecutó la operación de irse con el dinero y dejarla a su suerte.&lt;br /&gt;-Claro, tu noviecito es perfecto porque es gay –se burla Cristina–. Vos también sos perfecto porque sos gay, –continúa, reforzando las sospechas que Martín siempre ha tenido: que su hermana es homofóbica–. En cambio papá es malo porque no es gay.&lt;br /&gt;-Me da igual –dice Martín–. Yo no quiero verlo más. Pero el auto es de mamá, no tuyo.&lt;br /&gt;-En parte es mío –levanta la voz Cristina–. Yo puse plata para comprarlo.&lt;br /&gt;-No hablemos de plata, por favor –dice Martín–. Si vamos a hablar de plata, yo acabo de comprarle un departamento a mamá para que pueda rehacer su vida y vos no pusiste ni un mango.&lt;br /&gt;-¿Con tu plata? –pregunta Cristina–. ¿O con la plata de tu noviecito?&lt;br /&gt;-Cristina, por favor –protesta Inés, que tiene cariño por Joaquín, el novio de su hijo.&lt;br /&gt;-Lo compré con mi plata –dice Martín–. Y si lo hubiera comprado con plata de Joaquín, ¿a vos qué carajo te importa? ¿Por qué tenés que burlarte de él?&lt;br /&gt;-Porque es un aparato –dice Cristina–. Y porque vos te hacés la estrella de la familia y criticás a papá, pero sos un mantenido que vivís de tu noviecito.&lt;br /&gt;-Gorda de mierda –se exalta Martín–. No te permito que me hables así en mi auto.&lt;br /&gt;-Te duele por que es verdad –grita Cristina–. Sos un mantenido. Tenés más guita que yo, pero yo laburo.&lt;br /&gt;-Yo también laburo, gorda boluda –grita M artín–. Laburo todos los días.&lt;br /&gt;-Con tu novio.&lt;br /&gt;-Sí, con Joaquín, ¿y qué tiene de malo trabajar con él? Somos un equipo.&lt;br /&gt;-Un equipo, claro. Dejá de joder.&lt;br /&gt;-Y vos, ¿qué? ¿Acaso no trabajás con el tío Pepe? ¿No has trabajado toda tu vida en el estudio de Pepe porque él te llevó allí?&lt;br /&gt;-Porque es el estudio de la familia y porque soy abogada recibida, no como vos que no terminaste la universidad. Yo no vivo de mi noviecito.&lt;br /&gt;-Porque no tenés novio ni nunca vas a tenerlo –grita Martín–. Porque sos una gorda insoportable. Por eso me tenés envidia, porque yo tengo un novio que me ama y vos estás sola.&lt;br /&gt;-Puto de mierda, ¿qué sabés vos de mi vida amorosa? -grita Cristina.&lt;br /&gt;-Lo que sé es que no te cogés ni a una foca –grita Martín.&lt;br /&gt;Inés llora en silencio y se lamenta de haber dejado sola a su perra Lulú, que la quiere sin peleas, gritos ni reproches.&lt;br /&gt;-Y vos te cogés a quién: a un peruano ridículo que te lleva como veinte años y que es una víbora que cuenta las intimidades de la familia –dice Cristina.&lt;br /&gt;Martín frena bruscamente y grita:&lt;br /&gt;-Bajá ahora mismo de mi auto.&lt;br /&gt;-Martín, por favor –interviene su madre.&lt;br /&gt;-Bajá -grita Martín.&lt;br /&gt;-Andá a cagar –grita Cristina, abre la puerta y baja.&lt;br /&gt;-No quiero verte más –le dice Martín.&lt;br /&gt;Cristina se queda llorando al pie de la autopista. Martín acelera.&lt;br /&gt;-¿Qué se ha creído esta gorda para hablarme así? –dice.&lt;br /&gt;Inés piensa: No vuelvo más a Mar del Plata con mis hijos, las mejores vacaciones son quedarme en casa con Lulú.&lt;br /&gt;Martín piensa: No aguanto más a esta familia de locos, me voy a Miami.&lt;br /&gt;Cristina piensa: Dejé mi cartera en el auto, ¿y ahora cómo llego a casa?&lt;br /&gt;Siete kilómetros más allá, Martín regresa a buscar a su hermana.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-7466452541557565211?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/7466452541557565211/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=7466452541557565211' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/7466452541557565211'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/7466452541557565211'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/03/gritos-en-la-autopista.html' title='GRITOS EN LA AUTOPISTA'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-1442024639407551143</id><published>2008-03-04T08:59:00.001-08:00</published><updated>2008-03-04T08:59:53.232-08:00</updated><title type='text'>ESTA GUERRA RECIEN COMIENZA</title><content type='html'>Tocan la puerta. Estoy tratando de escribir. Me interrumpen. No pienso abrir. Agazapado en una esquina, trato de espiar a la persona que está afuera. Es una mujer. No sé quién es.&lt;br /&gt;Vuelven a tocar. No tocan el timbre porque no hay timbre. No hay timbre porque lo he desconectado. Lo he desconectado porque generalmente lo tocan muy temprano y me despiertan.&lt;br /&gt;Un día vinieron unas mujeres a las nueve de la mañana y no pararon de tocar el timbre hasta despertarme. Bajé furioso con mis pantuflas de conejo. Me dijeron en inglés que querían venderme galletas. Les dije en español: Vayan a venderle galletas a San Puta. Me miraron consternadas. Ese día desconecté el timbre y pegué en la puerta un papel que dice: “No tocar la puerta antes de las dos de la tarde en ningún caso”. Lo dice en español y también en inglés por las dudas.&lt;br /&gt;Ese papel sigue pegado en la puerta de mi casa. Pero son las cuatro de la tarde, tal vez por eso la mujer insiste en tocar. Derrotado, abro. No sé quién es.&lt;br /&gt;-Buenas tardes -dice en español-. Soy su vecina.&lt;br /&gt;Es una mujer alta, distinguida, algo mayor que yo.&lt;br /&gt;-Perdone que lo moleste -dice- pero el ruido de su aire acondicionado me está matando.&lt;br /&gt;Está nerviosa, agitada, aunque procura controlarse.&lt;br /&gt;-No sé a qué ruido se refiere -le digo-. Tengo el aire apagado. Nunca lo prendo.&lt;br /&gt;Hace un leve gesto de fastidio o contrariedad, como si no me hubiera creído, como si pensara que le he mentido fríamente.&lt;br /&gt;-Pues hay un ruido que viene de su jardín que no me deja dormir -dice, levantando algo la voz-. Me está volviendo loca. Tiene que hacer algo.&lt;br /&gt;-No sé de qué me está hablando -le digo-. No soy una persona ruidosa.&lt;br /&gt;-Déjeme mostrarle, si no me cree -dice ella.&lt;br /&gt;Luego camina y entra a mi jardín por la puerta lateral que usan el jardinero y el hombre que limpia la piscina. Camino detrás de ella. Al seguir sus pasos, escucho un ruido que se acrecienta a medida que nos acercamos. La mujer señala una máquina negra que está encendida y hace un ruido metálico.&lt;br /&gt;-Es la bomba de la piscina -le digo-. No es el aire acondicionado.&lt;br /&gt;-Me da igual -dice ella-. Este ruido me está volviendo loca. No puedo dormir. No puedo pintar por las tardes. No puedo hacer nada.&lt;br /&gt;Me parece que está exagerando. Es un ruido tolerable, el ruido de una bomba de piscina.&lt;br /&gt;-No lo había notado -le digo-. Le pido disculpas. Usted comprenderá que no me ocupo de estas cosas.&lt;br /&gt;-Pero algo hay que hacer -dice ella, llevándose las manos a la cintura, mirándome con una dureza inquietante-. Este ruido no es normal.&lt;br /&gt;-¿Le parece? -pregunto, sorprendido por su agresividad-. Yo diría que este ruido no molesta gran cosa comparado con el ruido de su perro.&lt;br /&gt;Me mira, entre sorprendida y furiosa.&lt;br /&gt;-No tengo un perro -dice.&lt;br /&gt;-Qué raro -le digo-. Porque todas las mañanas me despiertan los ladridos de un perro que juraría que está en su casa.&lt;br /&gt;-No es mi perro -dice ella-. Es el perro del vecino de allá -añade, y señala la casa al otro lado de su jardín.&lt;br /&gt;-Bueno -le digo-. Veré qué puedo hacer. Llamaré al hombre de la piscina.&lt;br /&gt;La mujer camina unos pasos hacia la salida. La sigo. Se detiene y me dice:&lt;br /&gt;-Esta noche tengo una cena. Por favor, le ruego que apague ese ruido.&lt;br /&gt;-No se preocupe -le digo.&lt;br /&gt;La veo irse caminando deprisa. Vuelvo a la bomba de la piscina y la apago. Al apagarla, me doy cuenta del ruido fastidioso que hacía. Curiosamente, no lo había sentido dentro de la casa y nunca salgo al jardín o la piscina en estos meses.&lt;br /&gt;Esa noche escucho la música, los gritos, las risotadas, el escándalo de la cena en casa de la vecina. Son las cuatro de la mañana, estoy en la cama y no puedo dormir porque no paran de reírse y dar gritos. Calzo mis pantuflas de conejo, bajo al jardín y enciendo en venganza la bomba que tanto le molesta. Si quiere ruidos a las cuatro de la mañana, ruidos tendrá.&lt;br /&gt;Tocan la puerta. Ya amaneció. Despierto asustado. Bajo en mis pantuflas de conejo. Es la policía. Abro más asustado. Afuera hay un auto de la policía. Un oficial obeso en uniforme azul me dice en inglés que la vecina se ha quejado de unos ruidos molestos que provienen de mi casa. Le digo que es insólito que me despierten por una queja caprichosa y sin fundamento, que no he hecho ningún ruido de ningún tipo. Me dice que la vecina alega que una máquina averiada genera un ruido insoportable para ella y que, a pesar de sus quejas, insisto en dejar esa máquina encendida. Camino con el oficial hasta la bomba de la piscina y señalo la máquina supuestamente estropeada.&lt;br /&gt;-¿Le parece que este ruido es excesivo o anormal, oficial? -pregunto, con la certeza de que la razón me acompaña y mi vecina es una loca rencorosa.&lt;br /&gt;-Sí -me dice el policía-. Este ruido no es normal. La bomba está dañada. Por eso hace tanto ruido. Debe cambiarla cuanto antes.&lt;br /&gt;Desconecto la bomba y me quedo en silencio, humillado por la autoridad.&lt;br /&gt;Apenas se va el agente policial, vuelvo a la cama a tramar mi venganza. Descarada, pienso. Tienes un perro odioso que no para de ladrar y lo niegas. Haces fiestas escandalosas que no me dejan dormir. Y llamas a la policía porque la bomba de mi piscina está gastada. Caradura. Me vengaré de ti.&lt;br /&gt;Más tarde llamo a la policía y me quejo de que en la casa de mi vecina hay un perro histérico que ladra a todas horas y no me deja dormir. Poco después la policía llega a la casa de mi vecina. Espío desde la ventana. Por suerte es otro oficial. Habla con la vecina. Entran en la casa. No mucho después el agente viene a mi casa.&lt;br /&gt;-Está mal informado -me dice, amablemente-. En esa casa no hay ningún perro.&lt;br /&gt;-Es imposible -le digo-. Yo lo escucho todas las mañanas. Lo habrán escondido.&lt;br /&gt;-La señora de la casa me dice que no tiene perros y yo no tengo por qué no creerle -me dice.&lt;br /&gt;Luego se marcha sin prisa. Pero yo sé que la vecina miente, que tiene un perro histérico al que odio hace meses y quiero acallar como sea.&lt;br /&gt;Esa madrugada salgo al jardín y enciendo la bomba para molestar a la vecina.&lt;br /&gt;A la mañana siguiente encuentro una nota pegada en la ventana de mi camioneta. Dice: “Gilipollas, no me dejas dormir”.&lt;br /&gt;Llevo una nota y la dejo en el felpudo de la vecina. Dice: “Yo cambio la bomba si tú callas a tu maldito perro”.&lt;br /&gt;Por la tarde apago la bomba porque el ruido ya me molesta a mí también. Pero en la noche salgo a prenderla para que la vecina no pueda dormir, aunque yo tampoco pueda dormir.&lt;br /&gt;A la mañana despierto con los ladridos del perro de la vecina que ella esconde tan bien. Bajo a mirar si me ha dejado otra nota. No encuentro nada. Es una decepción.&lt;br /&gt;Salgo al jardín. La bomba está apagada. La puerta lateral está abierta. La vecina ha entrado y la ha apagado ella misma.&lt;br /&gt;Su perro vuelve a ladrar. Estoy seguro de que en esa casa hay un perro. Los ladridos salen de allí.&lt;br /&gt;Me acerco a la piscina. Veo tres libros hundidos al fondo. Son tres novelas mías. La vecina ha arrojado a la piscina tres novelas mías.&lt;br /&gt;El perro vuelve a ladrar. Tengo que encontrar una manera de entrar a esa casa, secuestrar al perro y callarlo para siempre.&lt;br /&gt;Esta guerra recién comienza.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-1442024639407551143?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/1442024639407551143/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=1442024639407551143' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/1442024639407551143'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/1442024639407551143'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/03/esta-guerra-recien-comienza.html' title='ESTA GUERRA RECIEN COMIENZA'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-5506680057676773458</id><published>2008-02-26T11:28:00.001-08:00</published><updated>2008-02-26T11:28:50.348-08:00</updated><title type='text'>LA MUJER QUE ESPERA</title><content type='html'>En agosto de 1961, mi madre y mi padre se casaron ante un cura español en la iglesia Virgen del Pilar, en San Isidro. Pasaron su luna de miel en la hacienda de mi abuelo materno, al norte de Lima.&lt;br /&gt;Mi padre cojeaba desde niño. Había enfermado de osteomelitis, una infección en los huesos, cuando tenía cinco años. Tenía que usar un zapato más alto que el otro. Sus padres lo llevaron a un colegio internado en Londres, pero no se acostumbró y regresó a Lima.&lt;br /&gt;Como regalo de boda, mi abuelo paterno les regaló un departamento en la calle Pezet, con vista al campo de golf de San Isidro.&lt;br /&gt;Pocos meses después, mi madre quedó embarazada por primera vez. En setiembre de 1962, tuvo una hija. La llamó Doris, como ella. (Mi madre no sabe por qué sus padres la llamaron Doris Mary, un nombre infrecuente en Lima y tal vez en cualquier lugar. Le pregunto si fue por la actriz Doris Day. Me dice que no, pues ella nació en 1940 y Doris Day se hizo famosa en los cincuentas. Me dice que alguna vez sus padres le dijeron por qué la llamaron así, pero ya lo olvidó).&lt;br /&gt;Pocos meses después, quedó embarazada. En diciembre de 1963, tuvo a su segunda hija. La llamó Carol porque la hija de su vecina Alice se llamaba Caroline. Estuvo a punto de llamarla Alice y no Carol.&lt;br /&gt;Pocos meses después, quedó embarazada. En febrero de 1965, nací yo. Me llamaron Jaime, como mi padre y mi abuelo paterno. (En ciertas reuniones familiares, mi lugar en la mesa estaba señalado por una tarjeta que decía Jaime III).&lt;br /&gt;Pocos meses después, quedó embarazada. En enero de 1967, nació un bebé que murió en la incubadora por problemas respiratorios. Lo llamaron Jaime Emmanuel. A la mañana siguiente mi padre me llevó al colegio. Con sorpresa noté que una lágrima caía debajo de sus anteojos oscuros.&lt;br /&gt;Un año y pocos meses después, mi madre quedó embarazada. En noviembre de 1969, tuvo un hijo. Lo llamó Arturo porque mi padre decía que era “un nombre viril”.&lt;br /&gt;Como ya no cabíamos en el departamento de San Isidro, mi abuelo paterno les regaló una casa muy grande, de ocho mil metros cuadrados, en Los Cóndores, en las afueras de Lima.&lt;br /&gt;Muy pocos meses después, mi madre quedó embarazada. En diciembre de 1970, tuvo un hijo. Lo llamó Oscar. “Me parecía un nombre muy internacional”, dice.&lt;br /&gt;Muy pocos meses después, volvió a quedar embarazada. (Mi padre estaba sin trabajo). En diciembre de 1971, tuvo otro hijo. Lo llamó José. No sabe por qué eligió ese nombre ni los siguientes. “Sólo quería nombres en español, no en inglés”, dice.&lt;br /&gt;(Alarmado, mi abuelo materno le dijo a mi madre: “Si sigues quedando embarazada todos los años, no vas a tener zapatos para todos tus hijos”).&lt;br /&gt;Meses después, quedó embarazada. En abril de 1973, tuvo otro hijo. Lo llamó Miguel.&lt;br /&gt;Meses después, quedó embarazada. En diciembre de 1974, tuvo un hijo. Lo llamó Felipe.&lt;br /&gt;Meses después, quedó embarazada. Al tercer mes, perdió al bebé. No supo si era hombre o mujer.&lt;br /&gt;Meses después, quedó embarazada. En mayo de 1977, tuvo un hijo más. Lo llamó Javier.&lt;br /&gt;Un año y meses después, quedó embarazada. En diciembre de 1979, tuvo un último hijo. Lo llamó Andrés.&lt;br /&gt;Entonces, por consejo de su siquiatra, el doctor Silva, y de sus asesores espirituales del Opus Dei, decidió que no seguiría durmiendo con mi padre y se fue a dormir sola al cuarto que había sido mío, al fondo de la casa. (Yo me había ido a vivir a casa de mis abuelos maternos cuando tenía quince años). “Lo mejor de ese cuarto es que olía a tierra húmeda en las mañanas”, dice.&lt;br /&gt;Entre agosto de 1961, en que se casó, y diciembre de 1979, en que nació su último hijo, mi madre tuvo doce embarazos y diez hijos que sobrevivieron hasta hoy.&lt;br /&gt;Entre agosto de 1961 y diciembre de 1979, transcurrieron 220 meses. Mi madre estuvo embarazada 102 de esos 220 meses.&lt;br /&gt;Entre agosto de 1961 y diciembre de 1979, mi madre estuvo embarazada el 46 por ciento del tiempo.&lt;br /&gt;Mi madre nació a principios de abril de 1940. Pronto cumplirá 68 años. Ha vivido unos 814 meses hasta el día de hoy. De esos 814 meses ha estado 102 meses embarazada. Es decir que ha estado embarazada el 12.5 por ciento de toda su vida. Si consideramos que su vida adulta comenzó a los 18 años, ha estado embarazada el 17 por ciento de su vida.&lt;br /&gt;Le pregunto a mi madre si recibía sus embarazos con alegría o preocupación. Me dice que se alegraba pero que al comienzo no se lo decía a mi padre, que trataba de ocultarlo todo lo que podía. Le pregunto por qué ocultaba los primeros meses de sus embarazos. Me dice que tal vez por pudor o por temor a que mi padre lo tomase mal.&lt;br /&gt;Le pregunto si nunca pensó en cuidarse para no quedar embarazada. Me dice que no se le ocurrían esas cosas, que le parecía normal quedar embarazada una y otra vez.&lt;br /&gt;Le pregunto si alguien le sugirió que se cuidase, que dejase de tener tantos hijos. Me dice que nadie le dijo nada, ni sus padres ni sus amigas ni nadie, y que además ella no veía a nadie porque “vivíamos en una casa en la punta del cerro que era tan grande que no tenías vecinos”.&lt;br /&gt;Le pregunto si mi padre se alegraba cuando ella le decía que iban a tener un hijo más o si la noticia lo abrumaba. Me dice que se alegraba con los hijos que llegaban casi todos los años, pero no sé si creerle.&lt;br /&gt;Le pregunto si tenía antojos durante los embarazos. Me dice que su principal antojo eran los chocolates, pero sólo al final del embarazo, no al comienzo, porque en los primeros meses tenía náuseas. Y que también le daba antojo oler la tierra y a veces masticarla. (Ella dice ahora que sólo la olía, no la masticaba, pero hace unos años me contó que a veces necesitaba desesperadamente masticarla, no pasarla, sólo masticarla y luego escupirla).&lt;br /&gt;Le pregunto cuál de sus hijos estuvo más cerca de morir. Me dice que Miguel. Cuando tenía cinco años, cayó desde las gradas hasta la arena de la plaza de toros. Sobrevivió de milagro. Cuando era un muchacho, tuvo en accidente en un auto deportivo. Sobrevivió nuevamente.&lt;br /&gt;Le pregunto si mi padre alguna vez intentó cuidarse para no tener tantos hijos. Me dice que no se acuerda, pero que en aquella época no se conocían esas cosas que ahora usan los jóvenes para no tener hijos. “Yo a tu papá lo quise muchísimo”, dice. “Ahora que no está, me doy cuenta de cuánto lo quise”.&lt;br /&gt;Hace pocos días, mi madre vino a verme por mi cumpleaños a una playa a cien kilómetros al sur de Lima. Almorzamos juntos. Me regaló un disco con fotos de cuando yo era niño. Le hice muchas preguntas. No se acordaba de nada o casi nada, pero parecía una mujer serena y feliz. “Tengo la familia más linda del mundo”, me dijo, de espaldas al mar.&lt;br /&gt;Esa noche, inquieto por la furia de las olas, me quedé pensando que la historia de mi madre, la mujer que esperaba y esperaba y no se cansaba de esperar, tal vez podría considerarse un pequeño milagro y que a veces las mejoras cosas que te pasan son precisamente aquellas que no planeas, como esos diez embarazos imprudentes, de los que muchos en su familia se alarmaban con razón, y que ahora, tantos años después, la llenan de amor, todo el amor que ella merece.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-5506680057676773458?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/5506680057676773458/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=5506680057676773458' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/5506680057676773458'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/5506680057676773458'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/02/la-mujer-que-espera.html' title='LA MUJER QUE ESPERA'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-4079458800689299988</id><published>2008-02-18T03:05:00.000-08:00</published><updated>2008-02-18T03:06:39.100-08:00</updated><title type='text'>MI CHICO MALO</title><content type='html'>Un sábado tranquilo en Miami escribo una columna recordando con cariño a Sofía, la madre de mis hijas, y diciendo que siempre la voy a querer y que cuando ella cumpla cuarenta años en abril la llevaré a París.&lt;br /&gt;No le mando la columna a Martín porque sé que no le va a gustar. Martín y Sofía no se conocen ni se quieren conocer. Martín me pide que le mande la columna. No se la mando. Me hago el tonto.&lt;br /&gt;Tampoco le mando la columna a Sofía. Prefiero que la lea el lunes en el periódico.&lt;br /&gt;Cuando despierto el lunes, encuentro dos correos electrónicos.&lt;br /&gt;El de Sofía dice: “Me has hecho llorar como una niña”.&lt;br /&gt;El de Martín dice: “¿Pensabas que si no me mandabas la columna iba a ser tan tonto de no leerla? Claro, si me consideras un revolcón y a Sofía, el amor de tu vida, seguramente no esperabas que tuviera un par de neuronas para entrar a internet y leer esa mierda que escribiste. Tan tonto no soy. La tonta es Sofía, que desperdició su vida con vos. Yo por suerte todavía no cumplí treinta. Dentro de unos años sólo serás un mal recuerdo. Adiós”.&lt;br /&gt;Regreso a la cama y sigo durmiendo. Desde que uso los inhaladores, duermo mejor.&lt;br /&gt;Al despertar, le escribo a Martín. Le digo que escribí esa columna sin ninguna mala intención hacia él. Le digo que lo hice por cariño a Sofía, no porque lo quiera menos a él. Le digo que él no es un revolcón para mí, que lo amo hace años y que nunca amé a nadie como lo amo a él. Le explico que escribí que el amor está en las pequeñas cosas y no en los revolcones como una manera de decir que a Sofía la sigo queriendo a pesar de que ya no nos acostamos. Le pido perdón por lastimarlo. Le digo que lo extraño y que venga pronto a Miami y que comprenda que siempre voy a querer a Sofía pero es otro tipo de amor, un tipo de amor que no lo amenaza.&lt;br /&gt;Martín me escribe: “Yo no te amo y no te extraño. Estoy harto de vos”.&lt;br /&gt;Al día siguiente le escribo preguntándole si puedo llamarlo. Me responde: “Es mejor que no me llames”.&lt;br /&gt;Llamo a Sofía y hablamos de las niñas pero no me dice nada de la columna.&lt;br /&gt;Le escribo a Martín diciéndole que escribiré una columna sobre él. Me responde: “No escribas nada. Ya es tarde. Siempre piensas primero en Sofía. Esta vez me ha dolido mucho y no lo voy a dejar pasar”.&lt;br /&gt;Cada día que pasa sin oír su voz es un día triste y vacío. Ya me acostumbré a llamarlo todos los días y preguntarle si durmió bien, si fue al gimnasio, dónde almorzó, qué comió, si vio a su mamá y a su sobrina, cómo está quedando el departamento de su mamá, qué pasó con el vecino que le dejó una nota a su mamá diciéndole “calla a ese perro de mierda o te voy a denunciar”, por qué su mamá le dejó una nota diciéndole “da la cara, gordo cagón”, por qué su mamá no regala la perra a alguien que tenga una casa.&lt;br /&gt;Los días pasan en silencio, sin saber de él. No debo llamarlo. Me lo ha dicho: “Estoy harto de vos. Ya no te amo”.&lt;br /&gt;Yo todavía lo amo, creo que siempre lo amaré. No me resigno a imaginar mi vida sin él.&lt;br /&gt;Alguna gente dice que el amor no se puede explicar. Yo puedo entender por qué amo a Martín. Creo que hay un buen número de razones para amarlo.&lt;br /&gt;Es el mejor amante que he tenido, el que más placer me ha dado.&lt;br /&gt;Es el cuerpo que más he deseado, el que mejor se ha enredado con el mío.&lt;br /&gt;Es un hombre de pocas palabras. Detesta a las personas que hablan mucho.&lt;br /&gt;En el acto del amor dice palabras sucias, brutales, que uno no sospecharía de él.&lt;br /&gt;Amo verlo bailar. Es un espectáculo que me provoca inmenso placer.&lt;br /&gt;Le gusta dormir solo. No puede dormir a mi lado.&lt;br /&gt;Le gusta ir al cine solo y en función de matiné.&lt;br /&gt;No le interesa la política. No habla de política.&lt;br /&gt;Odia viajar en avión. Prefiere quedarse en casa.&lt;br /&gt;Detesta a los niños ruidosos, incluyendo a los niños ruidosos de su familia.&lt;br /&gt;No tiene barriga. No tiene rollos. No tiene panza. No tiene grasa. Es flaco y duro.&lt;br /&gt;Mide diez centímetros más que yo. Es realmente alto.&lt;br /&gt;Es un gran jugador de fútbol. Juega mucho mejor que yo. Es rapidísimo. Tira la pelota hacia delante y no lo alcanza nadie. Corre como una gacela.&lt;br /&gt;Amo verlo jugar fútbol, casi tanto como verlo bailar.&lt;br /&gt;Sus mejores amigos son heterosexuales.&lt;br /&gt;Duerme con medias.&lt;br /&gt;Me encanta el olor de su ropa después de dormir.&lt;br /&gt;Le gusta Miami pero no tanto como Madrid y nunca tanto como Buenos Aires, su ciudad.&lt;br /&gt;Ama a su madre. No puede vivir lejos de ella. Vivían a sólo cuatro cuadras. Le compró un departamento para vivir a una cuadra. Se ven todos los días. Se adoran. Se cuidan. Se pelean. Se dicen todo. No hay secretos. Yo también amo a su madre. Creo que ella me quiere o que ya se resignó a mí.&lt;br /&gt;Se echa en el piso a escuchar música mirando el techo.&lt;br /&gt;Se echa en el piso a escuchar un programa de radio de una locutora vulgar y divertida.&lt;br /&gt;Se molesta cuando lo toco caminando por la calle.&lt;br /&gt;Puede ser muy bueno como puede ser muy malo y esos cambios son impredecibles. Puede ser muy atractivo cuando es muy malo.&lt;br /&gt;No es religioso pero tiene estampitas religiosas y a veces reza sin ninguna convicción.&lt;br /&gt;No le gusta mirar fútbol, sólo le gusta jugarlo. No ve fútbol en televisión. Cuando juega la selección de su país, quiere que pierda para que los adictos al fútbol sufran.&lt;br /&gt;Es la persona más obsesivamente limpia que he conocido.&lt;br /&gt;A pesar de que tiene cuerpo de modelo, le gusta leer, siempre está leyendo algo.&lt;br /&gt;Se ríe de mí. Dice que tengo mal gusto. Dice que soy “un aparato”. Casi todo el mundo le parece “un aparato”. Lo amo cuando me dice: “Sos un aparato”.&lt;br /&gt;Es intenso, paranoico, inseguro, autodestructivo. Sus hermanos le dicen que está loco. No está loco, pero a veces puede parecerlo. Y cuando lo parece, lo amo más.&lt;br /&gt;No le importa que yo tenga trece años más que él, nunca le importó. Cuando le preguntan si es mi hijo, dice que sí.&lt;br /&gt;Escribe con placa dental para no morderse la lengua. Si no se pone la placa dental, es capaz de morderse hasta hacerse daño.&lt;br /&gt;No tiene ningún interés en conocer a toda mi familia. No tiene ningún interés en volver a Lima.&lt;br /&gt;Adora a mis hijas, les compra regalos, las acompaña a comprar ropa de tienda en tienda, las espera pacientemente mientras ellas se prueban de todo, les carga las bolsas, nunca se cansa, nunca se queja, me deja sentado en un café con diarios y revistas y se va con ellas, ningún otro chico en el mundo haría eso por mí.&lt;br /&gt;Lo amo por todas esas razones y por una más: Porque siempre soñé con un chico malo como él y pensé que ya era demasiado viejo para encontrarlo y de pronto apareció y me permitió conocer esa forma de amor que mi educación y mi familia me prohibían pero que mi corazón me urgía a probar.&lt;br /&gt;Y lo amo por una razón más: Porque a veces me dice Jaimín.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-4079458800689299988?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/4079458800689299988/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=4079458800689299988' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4079458800689299988'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4079458800689299988'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/02/mi-chico-malo.html' title='MI CHICO MALO'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-7204197111236854177</id><published>2008-02-11T09:34:00.001-08:00</published><updated>2008-02-11T09:34:38.338-08:00</updated><title type='text'>LAS PEQUEÑAS COSAS</title><content type='html'>No sé qué me haría sin ella. Todo sería infinitamente más triste y difícil sin ella.&lt;br /&gt;Cuando estoy lejos, como ahora, me doy cuenta de cuánto la quiero y cuánto alegra mis días cuando me sonríe y me abraza y me lleva a pasear con sus vestidos de verano que se le andan volando y ella tiene que sujetar, pudorosa.&lt;br /&gt;En algún tiempo lejano dudé de mi amor por ella, le dije que no podíamos estar juntos, que yo había nacido para estar solo. Ella me dejó ir, me dejó vivir todas las aventuras que yo necesitaba vivir.&lt;br /&gt;No es que quiera volver a casarme con ella. No es que quiera dormir con ella. No es que quiera amarla con la pasión con que nos amamos cuando éramos jóvenes, una pasión que se extinguió con los años, como tenía que extinguirse. Es que la necesito para estar bien. Necesito ver su cara. Necesito verla sonreír. Necesito saber que está contenta, tranquila, ilusionada, segura de que mi amor por ella no se fue, no se irá, seguirá hasta el final. La quiero como si fuera mi hija o mi mejor amiga o mi hermana, la quiero como si fuera lo que en realidad es, la mujer que más he amado sin saber que la amaba.&lt;br /&gt;Ella sabe que no soy el hombre del que debió enamorarse. Ella sabe que se equivocó conmigo, que no debió dejar a su novio por mí. No es tonta y lo sabe. Pero como no es tonta tampoco piensa estas cosas y acepta que el azar entreveró nuestras vidas de un modo que ya es definitivo y por eso sabe que a estas alturas lo mejor es aceptarnos como somos y aprender a querernos a pesar de nuestras miserias, esas pequeñas miserias que uno sabe que no van a cambiar, que son parte de ti.&lt;br /&gt;La verdad es que me casé con ella muerto de miedo. Ella sonreía y trataba de calmarme. Después de tantos años, ahora pienso que fue una gran cosa casarnos y una gran tontería divorciarnos. Hubiera sido lindo seguir casados hasta el final, viviendo cada uno donde le dé la gana, como vivimos ahora, y viéndonos cuando realmente nos provoca, como nos vemos ahora, y durmiendo con quien cada uno tenga que dormir, porque sólo se vive una vez y la libertad no se negocia, pero aceptando que nuestro amor estaba escrito y debió quedar escrito y no ser borrado. Da igual, esos papeles y esas firmas no valen nada. Lo que cuenta es cómo ella me abraza, cómo me mira, cómo me habla por teléfono, como me dice todavía esas palabras suaves y dulces que me decía cuando empezamos a querernos.&lt;br /&gt;Hubiera sido tan fácil que ella eligiese odiarme. Mucha gente pensó que yo la había humillado, que la había sometido a unos escándalos bochornosos, que no debía hablarme más. Un periódico de Lima, el más tradicional e influyente de la ciudad, publicaba cartas de lectores indignados que, en nombre del honor y las buenas costumbres, le pedían que cambiase el apellido de nuestras hijas. Muchos en su familia le rogaban que me olvidase, que me borrase por completo de su vida, que se fuera a vivir lejos de mí. Ella no les hizo caso. Ella me entendía, sabía que yo tenía que hacer todas esas cosas y que nada de eso ponía en entredicho nuestro amor, ese pacto secreto de querernos libremente hasta el final, honrando a las hijas que ella me dio contra la opinión de medio mundo, esas personas que le decían que mejor abortase, que no le convenía quedar atada a mí, que yo iba a ser el peor padre del mundo, un padre malo, egoísta, degenerado, un padre ausente. Ella siguió creyendo en mí y comprendió y perdonó todo lo que tuvo que comprender y perdonar, que no fue poco, y creo que al hacerlo se hizo más fuerte y más sabia y en cierto modo también encontró unas formas más serenas de felicidad que quizá le hubieran sido negadas si hubiese elegido el camino de la dureza y el rencor, si hubiese decidido ser mi enemiga, como muchos le aconsejaban.&lt;br /&gt;Pero ella eligió ser mi amiga. Si no podíamos ser los esposos felices, la pareja convencional, quizá podíamos tratar de ser amigos, respetando que cada uno tuviese unos amantes de los que era mejor no hablar para no lastimarnos más de lo que ya era inevitable. Y fue así como, en lugar de alejarnos, nos fuimos conociendo y queriendo más. La libertad que nos dimos resignados, pensando que era una derrota, terminó siendo un estímulo formidable para el amor, una victoria compartida, un discreto triunfo moral que nos hermanó.&lt;br /&gt;El amor está en las pequeñas cosas, no en los revolcones que uno se da en la cama. Ella me demuestra su amor todos los días, en las pequeñas cosas.&lt;br /&gt;Si mis calzoncillos están viejos, ella me compra los que ya sabe que me gustan.&lt;br /&gt;Si necesito un terno nuevo, ella me consigue el más lindo.&lt;br /&gt;Si el chofer choca mi camioneta, ella no me dice nada para evitarme un disgusto y paga la reparación.&lt;br /&gt;Si me siento mal y no paro de toser, ella me consigue citas con los mejores médicos y me lleva y me espera y me aconseja y me compra los inhaladores para que pueda respirar mejor.&lt;br /&gt;Si estoy por llegar a la ciudad, ella ordena que compren las granadillas y las uvas y los plátanos y los jugos de mandarina que sabe que me hacen feliz.&lt;br /&gt;Si es domingo, me espera en su casa con la carne a la parrilla y unos postres exquisitos que ella misma ha preparado.&lt;br /&gt;Si alguien dice algo bueno de mí, me lo cuenta. Si alguien dice algo malo de mí, no me lo cuenta.&lt;br /&gt;Si mi madre se queja de que no voy a verla, ella le lleva flores y regalos y la engríe y si es necesario la acompaña incluso a la iglesia y rezan por mí, aunque ella sabe que esos rezos son inútiles y que no voy a cambiar como mi madre quisiera.&lt;br /&gt;Si le digo para viajar, siempre está lista. Si le digo que mejor no viajamos porque estoy harto de tantos aviones, no se molesta, entiende.&lt;br /&gt;Si es Navidad, compra regalos para todos, vuelve a ser una niña, goza de un modo que me da envidia.&lt;br /&gt;Si hay un cumpleaños, compra los sánguches y los dulces más ricos, se ocupa de que todo salga perfecto.&lt;br /&gt;Si necesito cambiar de hotel, me hace las reservas, me consigue las mejores tarifas.&lt;br /&gt;Si necesito un departamento, visita diez o quince y elige el mejor para mí, sabiendo que ella no dormirá allí conmigo.&lt;br /&gt;Si estoy por salir a la televisión y me doy cuenta de que mis zapatos están sucios y viejos, ella viene corriendo con unos zapatos nuevos que yo no sabía que tenía, ella siempre me da esas sorpresas magníficas.&lt;br /&gt;Si le pregunto qué quiere hacer en abril cuando cumpla cuarenta años, me dice que quiere ir a París con las niñas y conmigo. Y yo le digo que iremos a París y ella será mi traductora y caminaremos las mismas calles que caminamos hace tantos años, cuando fuimos de luna de miel, ella embarazada de nuestra hija mayor, y la besaré en la mejilla y le diré al oído, sin que las niñas se den cuenta, lo que entonces sentía borrosamente y ahora sé que es verdad y lo será siempre para mí:&lt;br /&gt;-Eres la chica más linda del mundo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-7204197111236854177?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/7204197111236854177/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=7204197111236854177' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/7204197111236854177'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/7204197111236854177'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/02/las-pequeas-cosas.html' title='LAS PEQUEÑAS COSAS'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-8356844659309072624</id><published>2008-02-04T01:49:00.001-08:00</published><updated>2008-02-04T01:49:56.372-08:00</updated><title type='text'>EL AMOR SIN NOMBRE</title><content type='html'>La periodista colombiana que me sedujo en un hotel del malecón de Santo Domingo y me aseguró que algún día yo sería presidente de mi país y ella, la primera dama.&lt;br /&gt;El botones peruano del hotel Plaza de Manhattan que apareció uniformado en mi habitación con las frutas de cortesía y, para mi sorpresa, me ofreció otras cortesías que no pude rechazar.&lt;br /&gt;El camarero francés de Lincoln Road al que pasé a buscar a las once de la noche apenas cerró su restaurante y llevé a un hotel decadente de la avenida Collins, en el que chilló extrañamente como una gata en celo.&lt;br /&gt;La loca alcohólica con aires de millonaria estropeada que vino a verme en un teatro en Bogotá y terminó conmigo y su mejor amiga en la suite con chimenea de Casa Medina.&lt;br /&gt;La insaciable estudiante pelirroja que estaba haciendo una tesis sobre alguno de mis libros y me usó como material de investigación en el hotel Intercontinental de Santiago, mientras yo trataba de investigar por qué ella gritaba tanto.&lt;br /&gt;El modelo español que vivía en el Decoplage de South Beach y sólo me buscaba para sacarme plata y comprar más drogas que luego me invitaba y yo rechazaba con orgullo.&lt;br /&gt;El modelo argentino que vivía en un piso muy alto de South Point, con vista a Fisher Island y a los cruceros que salían del puerto de Miami, y que había estudiado educación física y soñaba con ser un actor famoso y terminó siendo un actor famoso de telenovelas en México.&lt;br /&gt;El modelo uruguayo que había sido Mister Universo y secretamente deseaba ser Miss Universo y no salía a la calle sin maquillarse y echarse laca en el pelo.&lt;br /&gt;La estudiante de medicina de Portland, Oregon, que conocí en un vuelo entre Miami y Madrid y perdió el tren a Barcelona y vino a verme llorando a la suite del Wellington y a la que le dije “no te preocupes, sólo vamos a dormir”, sabiendo que mentía, que no íbamos a dormir nada.&lt;br /&gt;La estudiante de literatura de la universidad Católica de Santiago que me decía “Gabrielito” por el personaje de mi novela La noche es virgen y que curiosamente resultó siendo virgen y no me dejó ver la final del mundial de fútbol (Brasil-Alemania) porque quería perder la virginidad.&lt;br /&gt;El turista brasilero que se me acercó en la playa de Miami para decirme, sin disimular su magnífica erección, que quería bañarse en el mar conmigo.&lt;br /&gt;El argentino rubio y delgado que conocí en la tienda de ropa Antique Denim de Palermo, la tienda más gay de Buenos Aires, y que odiaba mi corte de pelo y mis entrevistas de televisión y la ropa vieja y agujereada que me ponía todos los días y que me decía que algún día sería un diseñador famoso.&lt;br /&gt;La chica distraída que decía que era mi hada protectora y me esperaba, pasada la medianoche, afuera del canal de televisión en Lima, y que vivía sin plata, ayudando a los niños con retraso mental y tratando de olvidar que su madre se quería suicidar cada cierto tiempo.&lt;br /&gt;El joven banquero francés, recientemente casado, impecablemente peinado, que se sentó a mi lado en el avión, me dio su tarjeta y me dijo en perfecto español que nunca había estado en la cama con un hombre pero que, después de leer mis novelas, sentía una curiosidad creciente por vivir esa aventura, a escondidas por supuesto de su esposa.&lt;br /&gt;La estudiante californiana que asistió a mis clases en Georgetown y siguió siendo mi amiga cuando ya no era mi alumna y se mudó a Nueva York para trabajar como fotógrafa y se enamoró de un banquero muy guapo del que me mandaba fotos en traje de baño.&lt;br /&gt;La chilena misteriosa de apellido aristocrático que se fue a vivir a Los Angeles.&lt;br /&gt;La preciosa actriz lesbiana que conocí en un café de la avenida Wisconsin, en Georgetown, en mi semestre de profesor.&lt;br /&gt;El taciturno residente de Virginia que manejaba un BMW negro y me alquiló el primer departamento que tuve en Georgetown, hace más de quince años.&lt;br /&gt;El profesor de gimnasia del hotel Plaza de Buenos Aires, tan solícito para mostrarme el sauna y alcanzarme las toallas al salir de la ducha.&lt;br /&gt;La periodista de un canal cultural de Buenos Aires que me llevó una tarde de invierno a un restaurante a orillas del río, en San Isidro, y, leyendo un papel que no había escrito, me preguntó cosas que no nos interesaban, porque lo que a mí me interesaba saber era por qué le había puesto el nombre de un futbolista famoso (Bochini) a su perro.&lt;br /&gt;La argentina que conocí en Amsterdam en un café de marihuana, que me dijo que era sobrina de uno de los hombres más ricos de su país y era una experta catadora de hierbas jamaiquinas y colombianas.&lt;br /&gt;El estudiante de la universidad de Georgetown que se vestía como Dylan y fumaba como Dylan y quería cantar como Dylan pero que en la cama no podía ser como Dylan, lo que lo hacía llorar.&lt;br /&gt;La joven madrileña que tenía un novio colombiano y había perdido a su madre recientemente y escribía cuentos muy tristes y que me pedía que nos sentásemos en la última fila de los cines vacíos de su barrio, en función de matiné.&lt;br /&gt;El bombero voluntario de Chicago, de paso por Washington, que conocía las montañas del Perú mejor que yo y que hablaba un español rudimentario y conmovedor cuando hacía el amor.&lt;br /&gt;La mujer muy tatuada y algo casada, muy joven, con aire lunático, que me pidió que le firmase un libro en la feria de Montreal y que más tarde me tocó la puerta de mi habitación y se quitó la ropa apenas le abrí, sin decirme nada, quizá porque tenía la calefacción encendida y hacía calor.&lt;br /&gt;El tejano con sombrero que se alojó en el hotel Park Plaza de Miraflores y era idéntico a mí, lo que había descubierto viéndome en la televisión, de paso por Lima, y me dejó en la recepción del hotel un sobre con su foto para demostrármelo, y al que, sin dudarlo, llamé a Houston y fui a ver, en un acto obsceno de narcisismo mutuo.&lt;br /&gt;El tripulante aéreo de nariz protuberante que me contaba los chistes más divertidos y quería ser un humorista famoso y se sabía los secretos de medio mundo y se sentaba a mi lado en los vuelos a Miami sin importarle que sus superiores le dijesen que eso estaba prohibido.&lt;br /&gt;La agente inmobiliaria de Key Biscayne que me enseñó una casa frente al mar, se echó en la cama de la habitación principal y me miró como no imaginé nunca que esa bella mujer casada me podía mirar.&lt;br /&gt;La agente inmobiliaria sueca de Key Biscayne, madre de tres hijos, recientemente divorciada, que me enseñó una vieja casa Mackle y me llevó luego al bar del Sonesta a tomar unas copas y rompió a llorar, recordando la traición de su ex marido, y me pidió que la abrazara.&lt;br /&gt;A todas esas personas les dije que las amaba, y ahora no recuerdo sus nombres.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-8356844659309072624?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/8356844659309072624/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=8356844659309072624' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/8356844659309072624'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/8356844659309072624'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/02/el-amor-sin-nombre.html' title='EL AMOR SIN NOMBRE'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-6374544212924338116</id><published>2008-01-28T05:45:00.000-08:00</published><updated>2008-01-28T05:46:26.689-08:00</updated><title type='text'>ESE RARO GORDO BONACHÓN</title><content type='html'>Eran los primeros días del 2002, invierno en Key Biscayne, si podemos llamar invierno a unos días espléndidos, a pleno sol.&lt;br /&gt;Yo vivía en una casa en la calle Caribbean, una casa amarilla, de un piso, una de las más antiguas de la isla. Estaba obsesionado con escribir una novela que titulé El huracán lleva tu nombre. Me pasaba la noche escribiendo, escuchando los maullidos de los gatos y los chispazos de las regaderas que se encendían automáticamente. Cuando me daba hambre, subía a la bicicleta y pedaleaba hasta el Seven Eleven.&lt;br /&gt;Una noche, bajando de la bicicleta en el Seven Eleven, un hombre alto y obeso me dijo:&lt;br /&gt;-¿Qué ha sido de tu vida, que ya no te veo en televisión?&lt;br /&gt;Le conté que me había retirado de la televisión de Miami, dado que mi último programa había sido cancelado, los ejecutivos de esa cadena acusándome de ser “demasiado intelectual y marica para los mexicanos de California”.&lt;br /&gt;El hombre apretó un botón que desactivó la alarma de su Mercedes del año, deportivo, color gris. Sentí que, al apretar ese botón, había experimentado una alegría rotunda, definitiva, una forma de alegría que siempre me sería esquiva.&lt;br /&gt;Para mi sorpresa, me preguntó dónde vivía.&lt;br /&gt;-En Caribbean road, cerca del Sonesta -le dije.&lt;br /&gt;-Yo tengo un hotel al lado del Sonesta -me dijo.&lt;br /&gt;-¿El Silver Sands? -pregunté.&lt;br /&gt;-Es mío -dijo.&lt;br /&gt;-Hombre, te felicito -dije.&lt;br /&gt;-Te invito mañana para que veas unas cabañas frente al mar que te pueden interesar -me dijo.&lt;br /&gt;Sacó su billetera y me dio su tarjeta.&lt;br /&gt;-Llámame -me dijo-. Tienes que ver las cabañas frente al mar. Son del carajo. Enrique Iglesias viene de vez en cuando con sus amigas.&lt;br /&gt;Luego subió a su auto. Miré la tarjeta. Decía: Guido Antonini Wilson.&lt;br /&gt;Al día siguiente, lo llamé. No tenía ganas de verlo, pero me intrigaba conocer las cabañas en las que Enrique Iglesias hacía travesuras. Lo traté de Guido, un nombre extraño en cualquier caso. Me dijo que pasaría a buscarme al final de la tarde.&lt;br /&gt;El señor Antonini vino a buscarme en un auto distinto del que había usado la noche anterior. Era un Mercedes grande, cuatro puertas, azul oscuro. Al subir, sentí ese olor a nuevo que conservan los autos recién salidos del concesionario.&lt;br /&gt;Llegando al hotel, me condujo a su oficina. Se sentó en un escritorio y me dijo que ese hotel era de su mujer, de la familia de su mujer, pero que él lo administraba como si fuera suyo y yo era bienvenido cuando quisiera. No me quedó claro (esas cosas nunca quedan claras) si me estaba diciendo que no me cobraría en caso de que me quedase en su hotel.&lt;br /&gt;Poco después caminamos hasta las cabañas con vista al mar. Quedé horrorizado con la decoración.&lt;br /&gt;-Son perfectas para escribir -mentí.&lt;br /&gt;Antes de irnos, le pregunté cuál era la cabaña en la que Enrique se escondía con sus amigas. Me llevó a la cabaña africana, atigrada, con pieles de animales y colmillos de elefantes, y dijo, señalando la cama:&lt;br /&gt;-Aquí ha culeado Enrique Iglesias.&lt;br /&gt;Luego añadió:&lt;br /&gt;-Cuando quieras, puedes venir.&lt;br /&gt;-Muchas gracias -dije.&lt;br /&gt;-Para mí será un honor recibirte -dijo.&lt;br /&gt;No quedó claro si el honor al que aludía me exoneraba de pagar por la cabaña.&lt;br /&gt;Al subir a su auto, pensé que me llevaría a casa. Me equivoqué. Guido me dijo que su mujer estaba ansiosa por conocerme. No me preguntó si yo sentía ansias recíprocas.&lt;br /&gt;Vivía en un departamento del Grand Bay, con todos los lujos previsibles. Recorrimos medio departamento sin que su mujer diese señales de vida. Al pasar por la cocina, una empleada dijo que la señora estaba en la lavandería. En efecto, allí mismo estaba. La señora Jacqueline era agradable y distinguida, aunque no necesariamente guapa. Me saludó con afecto distante, como quien saluda a alguien que inspira, a la vez, curiosidad y temor.&lt;br /&gt;-No me pierdo tus programas -me dijo.&lt;br /&gt;No sentí que estuviera ansiosa por conocerme. Sentí que estaba ansiosa por seguir ordenando la ropa con la maniática minuciosidad de una millonaria aburrida.&lt;br /&gt;Guido me llevó a su biblioteca. Digo que era una biblioteca porque así la llamó él, no porque hubiese libros. Se sentó en su escritorio, me ofreció un trago, le dije que no bebía alcohol, puso cara de espanto, me invitó agua mineral y se sirvió un whisky.&lt;br /&gt;Por fin hablamos de política.&lt;br /&gt;Me dijo que Chávez era una desgracia, que había instaurado un régimen autoritario y corrupto, que los amigotes de Chávez estaban haciéndose muy ricos, que no se podía hacer dinero a no ser que fueras socio del régimen. Me contó que era amigo de Carlos Andrés Pérez, que hablaban a menudo, que Carlos Andrés estaba en Santo Domingo, pero venía con frecuencia a Miami. Le dije que conocía a Carlos Andrés, que lo había entrevistado el año 97 o 98. Cogió el teléfono, llamó a Carlos Andrés y le dijo que estaba conmigo. Me dio sus saludos. Le dijo que cuando viniera a Miami, teníamos que juntarnos los tres “para hablar de política”. Hablaron de cosas que no entendí y cortó.&lt;br /&gt;Mi amigo Guido se sirvió otro trago y me dijo:&lt;br /&gt;-Chávez no va a durar. Va a caer pronto. Lo vamos a tumbar.&lt;br /&gt;Le dije que eso sería difícil, dado que los militares lo apoyaban y muchos de sus compañeros de promoción ocupaban puestos claves.&lt;br /&gt;-Acuérdate de mí -insistió-. A Chávez lo tumbamos. Va a terminar en la cárcel.&lt;br /&gt;Pensé que estaba fanfarroneando, que quería hacer alarde de su poder y sus conexiones.&lt;br /&gt;Poco después me llevó a la cochera del edificio y me mostró su colección de autos de lujo: Hummers, Ferraris, Lamborghinis, Mercedes.&lt;br /&gt;-Cuando quieras, te presto uno de estos para que lleves a tus hijas a Orlando -me sorprendió.&lt;br /&gt;Yo le había contado que en pocos días llegarían mis hijas y nos iríamos a Disney.&lt;br /&gt;-Muchas gracias, pero no me animo -le dije.&lt;br /&gt;-Anda en la Hummer -insistió.&lt;br /&gt;-¿Y si choco? -le dije.&lt;br /&gt;-No pasa nada -dijo-. Todos están asegurados.&lt;br /&gt;-Pero el seguro no te cubre si yo manejo -dije.&lt;br /&gt;-No vas a chocar -dijo-. Y si chocas, decimos que yo estaba manejando.&lt;br /&gt;Tras esa exhibición de su riqueza, el señor Antonini me llevó a mi vieja casa amarilla, construida en 1953.&lt;br /&gt;-Llámame cuando lleguen tus hijas -me dijo.&lt;br /&gt;Una semana después, mis hijas llegaron y les conté que había conocido a un extraño magnate venezolano que me había enseñado su colección de autos de lujo y me había ofrecido uno de ellos para irnos a Disney.&lt;br /&gt;-No voy a llamarlo -dije.&lt;br /&gt;-¡Estás loco! -me dijeron-. ¡Llámalo!&lt;br /&gt;-¿Y si es un millonario tramposo perseguido por la justicia?&lt;br /&gt;-¡No importa! ¡Llámalo!&lt;br /&gt;A pesar de mis temores, lo llamé. No contestó. Dejé un mensaje. No llamó de vuelta. Llamé dos o tres veces más. Dejé mensajes. No llamó.&lt;br /&gt;Unos meses después, en abril, leí que le habían dado un golpe a Chávez. Me acordé de mi amigo Guido, de sus enfáticas palabras:&lt;br /&gt;-Chávez no va a durar. Lo vamos a tumbar.&lt;br /&gt;Lo llamé para preguntarle qué estaba pasando en Caracas. No contestó.&lt;br /&gt;No volví a verlo más, hasta una mañana, cinco años después, en que abrí un periódico en Buenos Aires y vi la foto de ese raro gordo bonachón, acusado de ser “el hombre de la valija”, el misterioso pasajero que llegó en un vuelo privado desde Caracas y quiso introducir ilegalmente un maletín con ochocientos mil dólares en efectivo.&lt;br /&gt;Lo primero que pensé fue: Suerte que no me prestó su Hummer para ir a Disney.&lt;br /&gt;Lo siguiente que me dije fue: ¿Pero este gordo no estaba conspirando contra Chávez?&lt;br /&gt;Luego me imaginé a su esposa ordenando la ropa minuciosamente en la lavandería del apartamento de lujo, odiándolo en silencio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-6374544212924338116?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/6374544212924338116/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=6374544212924338116' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/6374544212924338116'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/6374544212924338116'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/01/ese-raro-gordo-bonachn.html' title='ESE RARO GORDO BONACHÓN'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-9004278717969996252</id><published>2008-01-22T03:29:00.001-08:00</published><updated>2008-01-22T03:29:48.661-08:00</updated><title type='text'>EL VERANO DE MIKA</title><content type='html'>Sentado en la butaca demasiado angosta de la cabina torpemente remozada del vuelo tres horas demorado de la aerolínea en la que suelo viajar casi todas las semanas, veo a mis hijas durmiendo y hago un recuento de los momentos felices e infelices de las vacaciones que hemos pasado juntos en Buenos Aires, en una vieja casona de San Isidro.&lt;br /&gt;Dado que, me parece, fueron más los momentos felices, comienzo escribiéndolos en un cuaderno:&lt;br /&gt;Nadar en la piscina, estilo perrito, con mis hijas y la perra Mili de mi amigo Martín, tratando de que Lola, la menor, nos gane, permitiéndole por eso partir con mínima ventaja.&lt;br /&gt;Echarles protector de sol grado sesenta a las niñas, antes de entrar a la piscina cada tarde, mis manos resbalando por su espalda, mientras ellas se quejan débilmente, resignadas.&lt;br /&gt;Ellas, Martín y yo hundiendo los nachos crocantes en el “spinach dip” de Kansas, una verdadera adicción, el almuerzo de todas las tardes a las cinco, cuando nadie más quería servirnos en el barrio.&lt;br /&gt;Camila leyendo a carcajadas ciertos fragmentos vulgares del libro “Puto el que lee”, que compró en Pilar.&lt;br /&gt;Lola preguntándome qué es el clítoris, yo tratando de responder.&lt;br /&gt;Lola preguntándole a la camarera de Kansas si las gallinas ponedoras ponen huevos después de estar con un gallo o sin necesidad de estar con un gallo, simplemente porque son ponedoras, y la cara subsiguiente de la camarera.&lt;br /&gt;Lola jugando billar conmigo y sonriendo orgullosa, después de derrotarme en buena lid.&lt;br /&gt;Tomar muchos cafés muy livianos, muy aguados, “como para bebé, por favor, señorita”, con mucha azúcar, para seguirles el ritmo a las niñas, y esperar la sorpresa que viene con el café: una oblea, una galletita, una bola de helado de “chocotorta”.&lt;br /&gt;Ver “Después del casamiento”, película danesa, en el cine Astro de Martínez, un sábado a la noche, las añejas butacas crujiendo, mis hijas y yo llorando al final.&lt;br /&gt;Tomar la sopa de melón con jamón crocante del restaurante Estela, cerca de la catedral.&lt;br /&gt;Ver a los comensales de la otra mesa en Estela marchándose ofuscados porque llegaron antes que nosotros y no les sirvieron nada y nos vieron comer entradas y platos de fondo, odiándonos, claro está.&lt;br /&gt;Ver una película diaria en el cine, sea buena o mala, ineludible ley familiar.&lt;br /&gt;Escuchar las canciones de Mika en el auto, mis hijas cantándolas a gritos: será recordado como “el verano de Mika”.&lt;br /&gt;Saludar al custodio gordo, uniformado, de la esquina de José C. Paz con Martín Coronado, mientras paso caminando morosamente cada tarde: “lindo día, ¿no?”.&lt;br /&gt;Encontrarme con el genial comediante Sebastián Wainrach, su madre y su hija Kiara, a la salida de una heladería en Pilar y preguntarle: “¿es cierto que estás estudiando odontología?”.&lt;br /&gt;Pasarme casi todos los semáforos en rojo, a pesar de las protestas de las niñas.&lt;br /&gt;Esperar los semáforos sincronizados de la ola verde de Libertador.&lt;br /&gt;Lola haciéndome señas desde su cama porque Camila duerme a su lado y no quiere despertarla, un amor.&lt;br /&gt;Camila caminando a mi lado, abrazados los dos, ella acomodando su paso al mío y pellizcando suavemente los rollos de mi cintura.&lt;br /&gt;Camila hablando como argentina y mejor aún como cubana.&lt;br /&gt;La camarera de Estela riéndose con nosotros porque los de la otra mesa se fueron molestos, uno de ellos diciéndome “a ver si lo decís en la televisión”.&lt;br /&gt;Cortar camino con cara de distraído por todas las filas interminables del aeropuerto de Ezeiza gracias a la audacia de la señorita de “special services”, un ángel.&lt;br /&gt;Camila diciéndome con una sonrisa descarada “te voy a meter chocolate por el orto para que cagues alfajores havana”, algo que leyó en su libro favorito.&lt;br /&gt;Manejar por la calle Eduardo Costa, al lado del tren, bajo la sombra de los árboles cruzados, entre Sáenz Peña y Perú.&lt;br /&gt;Ir a contramano en la calle Perú, en esa cuadra absurda después de la vía del tren.&lt;br /&gt;Dejar el teléfono descolgado.&lt;br /&gt;Volar en globo imaginariamente porque nos da miedo hacerlo de verdad.&lt;br /&gt;Sobarme la panza con orgullo.&lt;br /&gt;Comer el sánguche de lomo completo en John Bull y saludar a Aníbal, gran anfitrión.&lt;br /&gt;Escribir un breve correo renunciando a cierto programa de televisión.&lt;br /&gt;Prender velas por toda la casa porque se fue la luz por tres días con sus noches.&lt;br /&gt;Mirar a esa bella camarera, al parecer lesbiana, del café de la calle El Salvador.&lt;br /&gt;Ver a Camila durmiendo con mi camiseta gris.&lt;br /&gt;Abrazarme con un señor cariñoso en mameluco, Ricardo, alias MacGyver, que no se pierde mis entrevistas, en la puerta de una jabonería de la calle Gurruchaga.&lt;br /&gt;Sentarnos en el sillón de Las Oreiro.&lt;br /&gt;Mirar los árboles más altos, aquellos que rozan las nubes caprichosas.&lt;br /&gt;El saludo de una señora en el restaurante La Stampa del barrio de La Imprenta: “Si das un curso de cinismo, yo me inscribo”.&lt;br /&gt;Contar veinte días seguidos sin que me maquillen.&lt;br /&gt;Ver el concierto de Mika en dvd, mis hijas cantando sus canciones.&lt;br /&gt;Comprar perfumes para Martín.&lt;br /&gt;Explicarles a mis hijas, viendo Stand up comedy 3, qué es “dar el culo” o “hacerte la cola”.&lt;br /&gt;El grito del heladero, “ladooooo, ladooooo”, cada tarde en la calle Rubén Darío.&lt;br /&gt;Descubrir sorprendido que puedo reírme cuando Camila derrama sin querer leche chocolatada en el saco negro que Sofía me trajo de París.&lt;br /&gt;Pero también hubo, claro está, algunos pocos momentos infelices, que escribo en el cuaderno mientras el avión se acerca a Lima, marcando el final de las vacaciones familiares:&lt;br /&gt;Cortarme el pelo con un desconocido y soportar la humillación del “desmechado” y la secadora.&lt;br /&gt;Camila haciéndose un “baño de crema” en esa peluquería, Lola y yo esperándola a regañadientes.&lt;br /&gt;Camila en el dentista de la calle Alvear porque un fierro le hinca.&lt;br /&gt;La maldita película de Terabitia, peor aún doblada al español.&lt;br /&gt;Pisar caca en Vicente López, esquina Junín, caminando a los cines del Village.&lt;br /&gt;Tres noches sin luz, sin aire acondicionado ni ventiladores, muertas de calor las niñas, porque se rompió la “cámara eléctrica” de la esquina de Rubén Darío con Fernández Espiro.&lt;br /&gt;Comprarme un pantalón en Etiqueta Negra que sé que nunca voy a usar porque prefiero seguir usando todos los días el mismo pantalón azul de siempre, conocido como “el pantalón vaginal” porque tiene agujeros o casi en la entrepierna.&lt;br /&gt;Cualquier día, a cualquier hora, en cualquier piso de ese infierno inenarrable llamado Unicenter.&lt;br /&gt;Discutir con Camila porque no quiero que duerma en casas de amigas cuyas familias no conozco bien.&lt;br /&gt;Discutir con Lola porque las formas de entretenimiento que le propongo le resultan aburridas.&lt;br /&gt;Ir con Lola a una tienda de mascotas en la avenida Córdoba y terminar metidos en medio de las protestas de unos huelguistas enardecidos.&lt;br /&gt;Discutir con Sofía por teléfono por cosas de dinero.&lt;br /&gt;Discutir con Martín porque pasé la navidad en casa de Sofía y no con él.&lt;br /&gt;Sentarme en las tiendas de ropa a esperar a que mis hijas se prueben muchas prendas y luego irnos sin comprar nada.&lt;br /&gt;Recordar al intrigante que se come las uñas y le escribe correos venenosos a Martín sólo porque lo envidia.&lt;br /&gt;Discutir con Martín porque convenció a Camila de hacerse el “baño de crema”, algo que yo pensaba que se hacían sólo las señoras mayores.&lt;br /&gt;Al final, creo que fueron más los momentos felices. El vuelo desciende sobre las pálidas luces de Lima de madrugada. Mis hijas despiertan. Creo que después de todo no la pasaron tan mal conmigo. Se me hará largo esperar hasta julio para volver a viajar con ellas. Nunca pensé que ser padre sería tan divertido. Nunca pensé que tendría dos hijas tan lindas. Me dio tanta pena Martín cuando nos abrazó antes de subirnos al taxi y me dijo: Te envidio, qué daría por tener unas hijas como ellas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-9004278717969996252?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/9004278717969996252/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=9004278717969996252' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/9004278717969996252'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/9004278717969996252'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/01/el-verano-de-mika.html' title='EL VERANO DE MIKA'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-2692909035737845781</id><published>2008-01-14T05:26:00.000-08:00</published><updated>2008-01-14T05:28:08.827-08:00</updated><title type='text'>PADRES QUE PIERDEN EL CONTROL</title><content type='html'>Los Cóndores, Lima, 1974. Mi hermana y yo hemos corrido a escondidas hasta la bodega de la esquina. Nos han fiado chocolates, bebidas y helados por casi treinta soles. El señor de la bodega apunta en su cuaderno lo que nos ha fiado. Sabe que mi padre le pagará. Mi hermana y yo sabemos que lo que hemos hecho está mal, pero confiamos en que mi padre pagará la cuenta sin advertir que hemos sacado dulces furtivamente. Nos equivocamos. El señor de la bodega le informa a mi padre que nos ha fiado cosas ricas. Es un sábado a mediodía. Mi padre no está de buen humor. Lleva en la mano un aerosol para matar insectos. Pierde el control. Dispara el aerosol contra nosotros. Mi hermana y yo nos quedamos tosiendo, frotándonos los ojos. Después nos reímos. No estamos arrepentidos. Un chocolate fiado es más rico que uno pagado.&lt;br /&gt;Caraz, Perú, 1976. Sofía y sus dos hermanos han viajado diez horas por carreteras malas hasta llegar a la casucha que su padre ha construido frente al río. Cuando quieren verlo, tienen que llegar hasta allí. Su padre ha jurado que no volverá más a Lima. Antes de irse a la sierra, ha quemado todos sus documentos y le ha regalado su auto a su mejor amigo. Sofía tiene siete años, es la menor de los tres hermanos. Quiere a su padre, pero esa casucha llena de arañas, sin colchones, sin luz eléctrica, en la que cocinan a duras penas las cosas que recogen del huerto, le da miedo. Sofía y su hermana tienen que traer agua del río para cocinar y lavar. La llevan en bateas y baldes de plástico. Como pesa mucho, la llevan sobre sus cabezas. Pero un día el balde con agua se le resbala a Sofía y cae al piso. Su padre pierde el control. Le grita, la castiga, la obliga a sentarse en una piedra sobre el río. Sofía está aterrada. Piensa que si el río viene más cargado, se la llevará. Se queda sentada en una piedra sobre el río la hora entera que su padre la ha castigado.&lt;br /&gt;Los Cóndores, Lima, 1979. Una vez más, mi hermano ha conseguido burlar la seguridad de mi madre y abrir sus cajones secretos, allí donde guarda el dinero. Mi madre, harta de las fechorías de su hijo, pierde el control. Lo lleva a rastras a su baño, lo mete a la ducha con ropa y abre el agua fría. Mi hermano es pequeño, pero muy fuerte. Grita, se defiende a empellones. Mi madre me llama a gritos, me pide ayuda. Trato de sujetar a mi hermano, pero es inútil, se resiste, nos empuja, es más fuerte que nosotros, no podemos con él. Mi madre grita: ¡Una ducha helada es lo que necesitas para portarte bien! Terminamos empapados los tres. Mi hermano llora, humillado. Seguirá abriendo los cajones que no debe. Ninguna ducha será suficiente para calmarlo.&lt;br /&gt;Mar del Plata, 1985. Martín, sus padres y hermanos han alquilado una casa en Los Troncos y bajado a la playa del Ocean a pasar el día. Inés, su madre, reparte sánguches y bebidas entre los chicos. De pronto sopla un viento fuerte que levanta arena. Martín muerde el pan con jamón y queso y siente la arena en su boca, entre sus dientes. Escupe el pan arenoso. Es un asco, dice. Está lleno de arena. Su padre le grita: ¡Te vas a comer el sánguche! Martín protesta: ¡Pero está lleno de arena! Su padre pierde el control: ¡No me importa! ¡Te comés la arena también! Martín come llorando el pan arenoso.&lt;br /&gt;Buenos Aires, 1987. Martín no quiere ir a jugar rugby. Su padre es fanático del rugby y quiere que Martín lo sea también. Pero Martín odia golpearse con otros chicos persiguiendo una pelota, no le encuentra sentido. Su padre le dice que irá a jugar rugby y punto. Martín todavía está lastimado por el partido del domingo anterior. Su padre pierde el control. Lo lleva a empujones hasta el autobús del equipo de rugby y, con todos los amigos de Martín mirando desde sus asientos, sube a su hijo a empujones, a la fuerza. Martín llora, humillado. Ni siquiera la discreta contemplación de sus amigos desnudándose en el camarín compensará los dolores de la paliza que recibirá en la cancha por un juego que no entiende y le parece ridículo.&lt;br /&gt;Disneyworld, Orlando, 1998. Camila no quiere subir al carrusel. Está cansada, quiere volver al hotel. Sofía, su madre, tiene ilusión de subir con Camila al carrusel y se siente frustrada de no poder hacerlo por culpa de un capricho de su hija en ese primer viaje familiar a Disney. Sofía insiste en que deben subir al carrusel. Camila se niega. Sofía me pide que suba a Camila a la fuerza. Me niego, le digo que ya subiremos otro día, que la niña está cansada y quiere irse. Sofía pierde el control. Carga a Camila violentamente y la sienta en una caballito del carrusel, a pesar de que la niña llora y patea y trata de bajar. El carrusel comienza a moverse. Los niños parecen felices, saludan a sus padres. Pero Camila llora, furiosa, humillada, mientras su madre la sujeta, impidiéndole bajar.&lt;br /&gt;Buenos Aires, 2008. Augusto, el hermano de Martín, trata de armar un carrito a pilas para su hijo Samuel, un niño de cuatro años. Están en el club de rugby, es un sábado de mucho calor. Samuel se impacienta, le pide a su padre que se apure, que quiere jugar con el carrito. Augusto trata, hace su mejor esfuerzo, se desespera, no consigue hacer funcionar el carrito a pilas. Samuel llora, le exige el carrito. Su padre pierde el control. Arroja con todas sus fuerzas el maldito carrito contra el piso, haciéndolo trizas.&lt;br /&gt;Buenos Aires, 2008. Max y su pequeña hija Carlita salen de la piscina del club de rugby. Max ha dormido mal, está irritado, tiene mala cara. Nos vamos, dice. Pero Carlita quiere quedarse en el club con sus amigas. Nos vamos, dice Max. Carlita llora, le pide que no se vayan. Max pierde el control. ¡No quiero ver a nadie!, grita, y se lleva a su hija chillando, mientras la gente lo mira con aire reprobatorio.&lt;br /&gt;Buenos Aires, 2008. Mi hija Lola está aburrida. No quiere comprar ropa, dice que no hay ropa de su talla. No quiere ir más al cine, dice que se aburre. No quiere escuchar música en su i touch, no quiere chatear en internet, no quiere bañarse en la piscina, dice que el agua está muy fría. Cuando vamos a comer, tampoco quiere comer, dice que el lomo tiene “venas y telarañas”. Pierdo el control. Le digo que si se aburre de vacaciones conmigo, no volveremos a viajar juntos. Lola se va llorando a su cuarto.&lt;br /&gt;Buenos Aires, 2008. Mis hijas y yo caminamos por una calle de San Isidro bajo el sol ardiente de enero. Les digo que voy a alquilar una casa en playa del Sol. Se indignan. Me dicen que esa playa es fea, horrible, vulgar, que la gente es ruidosa, que en carnavales te tiran huevos y globos con caca. Les digo que entonces no alquilaré ninguna casa. Me dicen: Mucho mejor, contigo nos aburrimos. Pierdo el control. Les digo: Es la última vez que viajamos juntos, el próximo verano se quedarán en Lima. Me dicen: Mucho mejor, en Lima nos divertimos más. Llegando a la casa, llamo a la aerolínea y pido tres asientos a Lima esa noche, pero el vuelo está lleno, no podemos viajar. Pierdo el control. Me voy a dormir sin despedirme de mis hijas. Cuando despierto de madrugada, están durmiendo en mi cama. Las beso sin despertarlas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-2692909035737845781?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/2692909035737845781/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=2692909035737845781' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2692909035737845781'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2692909035737845781'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/01/padres-que-pierden-el-control.html' title='PADRES QUE PIERDEN EL CONTROL'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-6831360141005376106</id><published>2008-01-08T02:15:00.000-08:00</published><updated>2008-01-08T02:16:23.970-08:00</updated><title type='text'>LA FELIZ PEREZA DEL VERANO</title><content type='html'>Las niñas y yo escapamos de Lima para pasar dos semanas de vacaciones en Buenos Aires. No queremos ir a Miami en enero. Hace frío. No nos gusta el frío. Tampoco queremos ir a Punta del Este. Va demasiada gente. Va la gente linda y vanidosa. Va la moda. Tal vez la felicidad consiste en estar en los lugares que no están de moda. Allí te molestan menos y no tienes que vestirte bien.&lt;br /&gt;Buenos Aires en enero es un buen lugar para estar de vacaciones porque hay menos gente, menos tráfico y menos ruido. Además, los días más afortunados la temperatura bordea los cuarenta grados, que es, en lo que a mí respecta, el clima ideal para ser feliz. Mis hijas, por suerte, también disfrutan del calor, aunque extrañan a sus amigas, que están en las playas de Asia, al sur de Lima, y que las llaman frecuentemente desde sus nextel para contarles todas las diversiones que se están perdiendo.&lt;br /&gt;Pero en Buenos Aires conmigo hay otras diversiones, que si bien no rivalizan, lo sé, con las tentaciones adolescentes de la playa Asia, tampoco son del todo despreciables, o eso creo. Por ejemplo, salir a caminar treinta cuadras a las tres de la tarde, cuando despertamos, buscando las sombras espaciadas de la calle José C. Paz, en el apacible barrio de San Isidro. Por ejemplo, sensibilizados por la película Bee Movie, rescatar con coladores a los insectos que caen cada noche en la piscina, aturdidos por la luz de los reflectores en el agua celeste. Por ejemplo, invitar al custodio de la esquina y a su hijo Lucas de once años a bañarse en la piscina con nosotros, aunque no lleven traje de baño ni sepan nadar y se metan en calzoncillos. Por ejemplo, ir al cine en funciones de trasnoche porque Buenos Aires está tres horas por delante de Lima y a medianoche es muy temprano para que nos vayamos a la cama, porque recién son las nueve en nuestro reloj biológico peruano, que no estamos dispuestos a alterar, curioso patriotismo el que nos asalta, negándonos a adelantar nuestros relojes, especialmente el que me regaló el gran Joaquín Sabina, que no me saco ni para dormir. Por ejemplo, jugar billar en el tercer piso de la casa, aunque rara vez le demos a la pelota. Por ejemplo, recorrer las cuadras más anchas de la avenida Libertador, desde Dorrego hasta Pueyrredón, en el Honda automático, que corre delicioso, regulando la velocidad para que no nos toque ningún semáforo en rojo, montándonos felices en la “ola verde” de los semáforos sincronizados, una diversión tonta y memorable que mis hijas llaman “el juego verde” y que tarde en la noche, cuando salimos a las tres de la mañana de los cines del Village, es un poco más arriesgada y a veces te obliga a tomar una bifurcación, un camino que se mete en el bosque de los travestis, sólo para evitar un semáforo en rojo. Por ejemplo, caminar por las calles del Once, en el barrio conocido como “Little Lima”, donde casi todos los días alguien cae abatido en medio de un fuego cruzado, buscando un restaurante peruano para comer choclo con queso fresco, un antojo de verano, y firmando autógrafos para las chicas peruanas que se ganan la vida abnegadamente en esta ciudad, siempre con la misma broma que no falla: “para Rosita, cásate conmigo”; “para Elena, por qué me dejaste”; “para Rebeca, todavía te amo”, y luego escuchar las risas felices de las Rositas, Elenas y Rebecas de este mundo, mientras nos alejamos caminando en busca de los cines del Abasto, donde dan una película rumana muy triste sobre una joven que aborta, que queremos ver aunque nos haga sufrir.&lt;br /&gt;Ninguna diversión, sin embargo, es mejor que la que nos regala la perra Mili, que al comienzo era tímida con nosotros y nos tenía algo de miedo, pero ahora, nada más entrar a la casa con mi amigo Martín, hace una exhibición escandalosa de su felicidad, sabiendo, claro está, que la meteremos en la piscina y le daremos los pollos a la barbacoa que nos han sobrado del restaurante Kansas y que a ella, Milita la tímida, caniche blanca siempre bañada y perfumada, la hacen tan feliz, aunque después le provoquen unos estreñimientos de tres días, lloriqueando toda la noche en el cuarto de Inés, su dueña, la madre de Martín, hasta que por fin, tras mucho dolor, expulse una enorme bola fecal, hecha de muchos pedacitos de pollo a la barbacoa, que no hemos debido darle, pero que ella ha comido eufórica porque la comida balanceada le hace bien pero es horrible. La presencia de Mili en el jardín, en la piscina, en la cocina, al pie de la refrigeradora, olisqueando los volcanes que han quedado tirados en el jardín desde la noche de año nuevo, compensa por suerte la ausencia de nuestro perro Bombón, que ha quedado en Lima, enfermo de conjuntivitis, sometido a un severo régimen de gotas y antibióticos.&lt;br /&gt;Todo fluye lenta y felizmente estos días de verano hasta que por desdicha mis hijas y yo salimos a caminar y discutimos sobre los planes para febrero, mes en que todavía las niñas están libres del régimen de cautiverio y explotación al que las someten en el colegio, un secuestro del que, sin embargo, gozan, porque, a diferencia de mí, que odiaba ir al colegio, ellas esperan con ilusión el primer día de marzo, para volver a clases y someterse muy contentas a todas las sofisticadas formas de tortura con las cuales, en teoría, las educan, privándolas de las ocho horas de sueño a las que cualquier niña tiene derecho. No debí decirles que en febrero deberían venir a Miami en lugar de refugiarse en las playas de Asia, al sur de Lima, donde las esperan todas sus amigas con carnés vip del bar Juanito. No debí. Las niñas, que ya no son tan niñas, me dijeron a gritos, indignadas, que de ninguna manera se irán en febrero a Miami conmigo o con su madre, y que ya tienen cada fin de semana comprometido con sus diferentes amigas con casas de playa, uno en Playa Blanca, otro en La Isla, otro en Playa Bonita, otro en Ancón y así hasta que termine el verano. Yo me atreví a decir, cuando debí quedarme callado, que ya bastante tienen con pasar nueve meses al año en Lima, y que los tres meses de vacaciones, es decir enero, febrero y julio, deberíamos pasarlos viajando, para que conozcan el mundo y tengan un horizonte más ancho y elevado. Las niñas me hicieron saber que ya bastante se han sacrificado pasando el año nuevo conmigo en Buenos Aires, comiendo pan con queso y prendiendo fuegos de colores, mientras sus amigas bailaban hasta el amanecer en la fiesta del “white haras” en Asia, y que ni locas, ni locas, se irán en febrero a Miami. Con lo cual el paseo familiar de una hora terminó mal, casi a los gritos y a las lágrimas y conmigo diciendo algo que nunca imaginé que saldría de mis labios, “bueno, entonces compraré una casa en Asia”, y ellas respondiendo algo que no esperaba, “no, ni se te ocurra, nosotras queremos ir a dormir a las casas de nuestras amigas, es mucho más divertido que estar contigo”. Por suerte la pelea llegó a su fin cuando, exhaustos por el paseo de treinta cuadras bajo cuarenta grados de sensación térmica, nos metimos a la piscina.&lt;br /&gt;Que es donde ahora están las niñas, riéndose a carcajadas y llamándome a gritos. Que es donde ahora mismo voy corriendo a meterme en calzoncillos, como el custodio de la esquina y su hijo Lucas, que deben estar ansiosos por venir a bañarse con nosotros. Que es donde quiero pasar con ellas, aquí en Buenos Aires, en el arbolado barrio de San Isidro, todos los eneros que nos queden por vivir.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-6831360141005376106?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/6831360141005376106/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=6831360141005376106' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/6831360141005376106'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/6831360141005376106'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2008/01/l-feliz-pereza-del-verano.html' title='LA FELIZ PEREZA DEL VERANO'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-4482582913496215583</id><published>2007-12-31T05:48:00.000-08:00</published><updated>2007-12-31T05:49:09.217-08:00</updated><title type='text'>FIESTAS A LAS QUE NO ME INVITAN</title><content type='html'>Paso dos semanas de diciembre en Lima. No acaba de sentirse todavía el verano. Ciertas mañanas una niebla espesa esconde el campo de golf. He cambiado de hotel. No me quedo más en el hotel de siempre. Ya no me quieren. Han despedido a algunos empleados que me contaron secretos escandalosos. No debo dormir más allí. He vuelto a dormir en el hotel donde traté de suicidarme cuando tenía veinte años.&lt;br /&gt;No consigo dormir bien. Mi siquiatra argentino me ha recetado antidepresivos y ansiolíticos. Los tomo con reservas en el mismo hotel donde tantos años atrás tragué un frasco de somníferos. Duermo diez horas corridas. Al día siguiente soy otra persona, una persona aún peor. Me arrastro, me duermo a cada rato, me siento un pusilánime, un gordo viejo, un hombre sin futuro, acabado, derrotado. Duermo en las camas de mis hijas, con el perro Bombón hecho un ovillo a mis pies. Renuncio a las pastillas argentinas. Prefiero el insomnio.&lt;br /&gt;Lo que me salva es la pastilla que me recomendó la madre de Martín. La llevo siempre conmigo y me resigno a tomarla los días peores. Como estoy de vacaciones, me drogo suave y convenientemente, tal como me prescribió con amor la madre de Martín. Esa droga, aplicada en dosis pequeñas, me convierte por unas horas en un hombre feliz, paciente, tolerante, sin apuro, de espíritu risueño, con ganas de cantar las canciones de Sabina y Serrat. Llevo en la muñeca izquierda el reloj de esfera ancha que me regaló el gran poeta y pirata Joaquín Sabina. Ese reloj me ha cambiado la vida. Ese reloj y las drogas de Marta me devuelven un cierto optimismo que creía perdido para siempre. Desde que uso el reloj de Sabina, me siento más joven, con ganas de volver a pecar, de recuperar los placeres innombrables de las noches vírgenes de esta ciudad. Debo ir con cuidado, sin embargo. Ya no soy un muchacho. Pero este reloj me engaña, por fortuna.&lt;br /&gt;En otros tiempos me hubiera entristecido que mi tío, el gerente brillante al que admiro, no me invite a su almuerzo navideño y que mi prima favorita, a la que siempre encontré irresistiblemente encantadora, tampoco me invite a su fiesta de casamiento, en la que me cuentan que cantó con la simpatía desbordante, arrolladora, que me embrujó desde niño en su casa de playa, en la que nunca faltaban uvas verdes. Pero ahora no me da pena que prescindan de mí. Me parece una decisión irreprochable. Saben que soy indiscreto y lo cuento todo. Hacen bien en no invitarme. Yo tampoco me invitaría. Y una fiesta es mucho más divertida cuando te la cuentan, los chismes aderezados con esa refinada maldad tan nuestra. Y tengo el reloj de Sabina y las drogas de Marta para recordar que todavía hay unas pocas personas que me quieren, aun sabiendo que no sé guardar secretos y que mi manera torpe de querer es escribiéndolo todo, incluso lo que no debiera, especialmente lo que no debiera.&lt;br /&gt;Pronto cumpliré años y me tienta la idea de organizar una fiesta, pero no una fiesta lujosa, perfecta y ensimismada como la que di cuando cumplí treinta y cinco en un hotel de Miraflores, sino una caótica, peligrosa, popular, una fiesta a la que no podría invitar a mi prima ni a mi tío, pues no se sentirían a gusto y deplorarían mi mal gusto, pero a la que invitaría a ciertas personas a las que quiero rotundamente, por ejemplo a todas las empleadas que han servido y sirven a mis hijas, que son, en orden de veteranía, Meche, Gladys, Aydeé, Gisela, Rocío y Laurita, a las que me encantaría sentar a una mesa y atender como reinas esa noche, y al correcto y educado Paolo, chofer de mis hijas que escucha música clásica y recorre la avenida Javier Prado una y otra vez, sin desmayar, sin quejarse, siempre dispuesto a salir de nuevo a complacer algún capricho o extravagancia de mis hijas, alguna visita a la peluquería de ellas o de Bombón, y a un cantante popular al que quiero como si fuera de mi familia, el gran Tongo, que espero que me acompañe esa noche, si finalmente doy la fiesta, lo que parece improbable. Quiero que esa noche o cualquier noche Tongo, Mechita, mi madre y yo cantemos la pituca en inglés y que Tongo pronuncie un discurso conmovedor sobre su vida y la mía, sobre el encuentro improbable entre su destino y el mío, un discurso desmesurado, que nadie entienda y nos haga llorar. Y luego quiero que mis hijas y yo bailemos las canciones de Tongo sabiendo que no es Sabina pero que hay en ellas otras formas de poesía incomprendida que resultan igualmente admirables y me devuelven una cierta fe en la humanidad, en el sinsentido agobiante que es vivir estos días de diciembre en esta ciudad en la que ya nadie o casi nadie me quiere ver, a menos que sea en la televisión, que es la única forma de verme sin correr el peligro de ser delatado.&lt;br /&gt;La noche de Navidad, en casa de la madre de mis hijas, resulta inesperadamente feliz. Mis hijas y yo cantamos la pituca en inglés viendo los videos de Tongo. Sofía nos deleita con una cena espléndida. El perro Bombón come tanto pavo que ya no puede comer más y se tiende a mis pies, asustado por el fragor de la pirotecnia del barrio. El pavo ha sido horneado con finas hierbas durante siete horas y lo cargan en hombros como si fuera un cortejo fúnebre Aydeé y Meche. Sofía está guapísima. Me digo que tengo suerte de ser padre gracias a ella. No sé qué me haría sin mis hijas y Sofía y el reloj de Sabina y las drogas de Marta esta noche de Navidad en la que uno se siente más gordo, más solo y más pavo. Cuando muera, quiero que Aydeé y Meche carguen mi cuerpo henchido como cargaron al pavo siete horas horneado y que alguien cante la pituca en inglés, sólo porque esa canción es como la vida misma en su mejor expresión: no se entiende, no tiene sentido, pero te hace reír.&lt;br /&gt;Las niñas me regalan un sillón que hace masajes. Sentado en ese sillón de cuero, aprieto botones y recibo golpes, sacudones, vibraciones y frotamientos en la espalda y los pies. Es una sensación maravillosa, estimulante. Es un regalo estupendo. Con mi nuevo sillón de masajes desde el cual escribo estas líneas, ya no necesito que nadie me invite a su almuerzo navideño o a su fiesta de casamiento. Tengo a mis hijas, a la madre de mis hijas, que es como mi madre y mi hija también, y que me hace muchos regalos lindos y compra todos mis regalos de Navidad con una pasión que admiro pasmado, tengo a Martín, mi chico argentino que detesta la Navidad y no regala nada y se queda solo en su casa odiando al mundo y bailando solo como el divo espléndido que yo amo para siempre, tengo a mi madre que no conoce a Martín y que tal vez no lo conocerá nunca pero que me quiere más allá de la razón, que es como yo la quiero igual. Y tengo las pastillas de Marta y las canciones de Tongo y el reloj de mi amigo, el pirata y poeta Joaquín Sabina, con el que quiero pasar todos los días con sus noches que me queden de vida. Y tengo este sillón que me hace masajes mientras escribo. No necesito nada más, salvo que me cuenten las fiestas a las que no me invitan.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-4482582913496215583?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/4482582913496215583/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=4482582913496215583' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4482582913496215583'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/4482582913496215583'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2007/12/fiestas-las-que-no-me-invitan.html' title='FIESTAS A LAS QUE NO ME INVITAN'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-3202556024513967539</id><published>2007-12-26T04:30:00.000-08:00</published><updated>2007-12-26T04:31:16.229-08:00</updated><title type='text'>EL INTRIGANTE</title><content type='html'>Un tal Manuel Ceballos le escribe insultos y amenazas a Martín desde una cuenta de Yahoo México. No es la primera vez que lo hace.&lt;br /&gt;El tal Ceballos le dice a Martín que es un tonto, un mantenido, un parásito, un bueno para nada. También le dice que yo no lo quiero y que lo engaño con otros amantes.&lt;br /&gt;Ceballos no conoce a Martín ni me conoce a mí, pero, a juzgar por sus correos, nos odia y quiere que nos peleemos. Por eso le escribe a Martín diciéndole insidias y maldades.&lt;br /&gt;Martín, que está en Buenos Aires, me llama por teléfono a Lima y me dice en tono airado que el tal Ceballos no es un mexicano que nos odia sin conocernos sino un chileno que vive en Miami y nos conoce a los dos. Luego me pide que tome represalias contra ese chileno, que él cree que es el autor de esos correos venenosos.&lt;br /&gt;Le digo que no puedo tomar represalias contra el chileno porque no tengo ninguna prueba de que él sea el autor de esos correos.&lt;br /&gt;Martín se molesta y me dice que soy un tonto, que es evidente que el chileno lo odia y está obsesionado conmigo y se ha camuflado tras la identidad de Manuel Ceballos para sembrar cizaña entre nosotros. Luego me pide que, si de verdad lo quiero, llame a Miami y, usando del poder que me da la televisión, haga despedir al chileno.&lt;br /&gt;Le digo que no puedo hacer eso, que tengo que estar seguro de que el chileno es Manuel Ceballos antes de tomar represalias contra él.&lt;br /&gt;Martín me acusa de tener “amigos ridículos” que se obsesionan conmigo y lo odian. Cita a una amiga que se hizo un tatuaje con mi nombre. Me acusa de no tener amigos sino seguidores fanáticos a los que yo manipulo. Me asegura que el chileno es Manuel Ceballos y está enamorado de mí y por eso intriga contra nosotros.&lt;br /&gt;Le digo que voy a investigar quién diablos es Manuel Ceballos. Martín pierde la paciencia, levanta la voz, discute a gritos conmigo, cuelga bruscamente el teléfono.&lt;br /&gt;El tal Manuel Ceballos ha conseguido lo que quería: que Martín y yo nos peleemos a gritos.&lt;br /&gt;Contrato a dos expertos cibernéticos para que consigan meterse en la cuenta de Ceballos en Yahoo México y me den a leer sus correos. Sólo quiero saber si el tal Ceballos es el chileno o un perturbado que no me conoce. Mi intuición me dice que no es el chileno, pero no puedo probárselo a Martín, y él está seguro de que es el chileno quien lo ha insultado y me ha acusado de serle infiel “con un amante en cada puerto”.&lt;br /&gt;Los expertos cibernéticos no consiguen penetrar en la cuenta de Ceballos. Me dicen que pueden filtrarse en cuentas de Hotmail o de Gmail, pero no en una de Yahoo.&lt;br /&gt;Frustrado, le escribo a Ceballos diciéndole miserable y cobarde y exigiéndole que deje de escribirle a Martín. También le digo que amo a Martín como nunca nadie lo amará a él.&lt;br /&gt;Ceballos me contesta diciéndome gordo cantinflas, gordo de un amor en cada puerto, gordo mentiroso, gordo cobarde, gordo rastrero. También me dice que él ha sido mi amante y que la última vez que nos acostamos fue el 24 de noviembre “en nuestro hotel favorito”. Por supuesto, envía copia de ese correo a Martín.&lt;br /&gt;Lo que más me duele es que Ceballos me diga gordo tantas veces, porque es una acusación que, como es obvio, no puedo rebatir.&lt;br /&gt;Martín me cree: no conozco a Ceballos, el 24 de noviembre estuve en Buenos Aires, no me he acostado nunca con ese sujeto que intriga desde las sombras. No sé si me cree cuando le digo que no tengo amantes escondidos. Ciertamente no me cree cuando le digo que no soy un gordo mentiroso. Me dice que, aunque me duela, es verdad que estoy gordo y que soy un mentiroso. Luego me dice que eso prueba que Ceballos es el chileno: si bien miente sobre nuestro encuentro furtivo del 24 de noviembre, sabe que soy un gordo mentiroso, lo que, según él, revela que Ceballos me conoce, que es el chileno.&lt;br /&gt;Le escribo a Manuel Ceballos diciéndole que si vuelve a molestar a Martín, me vengaré de él y se arrepentirá.&lt;br /&gt;Contrato a una persona para que me diga quién es Ceballos y dónde vive. Si Martín tiene razón y es el chileno de Miami, pediré que lo despidan. Pero no creo que sea él. Sospecho que es un pobre diablo que no me conoce y que ha leído alguna de mis novelas o la novela de Martín y se ha obsesionado con nosotros.&lt;br /&gt;Me dicen que hay un Manuel Ceballos en Lima que ha escrito contra mí en foros cibernéticos. Ha dicho que soy un racista, que no soy santo de su devoción, que no ve mi programa, que me detesta.&lt;br /&gt;Hay un Víctor Manuel Ceballos en México que trabajó como coordinador de producción del programa Corazones al límite de Televisa y luego como asistente del programa Caiga quien caiga de Azteca. Le dicen La Zorra.&lt;br /&gt;Hay un Manuel Ceballos en México que es escritor de temas históricos y religiosos.&lt;br /&gt;Hay otro Manuel Ceballos en México que ha publicado crítica de arte en el diario El Universal y que puede ser el escritor de temas históricos y religiosos y también puede ser La Zorra, aunque esto último parece improbable.&lt;br /&gt;Hay un Manuel Ceballos que es un actor que vive en Phoenix, Arizona, y que ha actuado en una película independiente.&lt;br /&gt;Hay un Manuel Ceballos que es extremeño y árbitro de fútbol de la segunda división en España.&lt;br /&gt;Hay un Manuel Ceballos que es boxeador peso mediano en Argentina.&lt;br /&gt;Hay un Juan Manuel Ceballos que vive en el Perú y es ingeniero agrónomo y puede que sea el que ha escrito en foros cibernéticos insultándome.&lt;br /&gt;Mis sospechosos son dos: el Ceballos que vive en el Perú y cada tanto me ataca en foros y el mexicano de la televisión al que apodan La Zorra.&lt;br /&gt;Le cuento todo esto a Martín. Se molesta. Me dice que es obvio que Ceballos es el chileno y que estoy perdiendo el tiempo. Me molesto. Le digo que es un testarudo. Me gusta esa palabra. Es un insulto elegante. Martín me cuelga el teléfono.&lt;br /&gt;Consigo los teléfonos del Ceballos mexicano al que le dicen La Zorra y del peruano que me ha atacado en foros cibernéticos. Los llamo y les dejo mensajes amenazantes: “Soy el gordito cantinflas. Si vuelves a molestar a mi chico, te mandaré un par de matones para que te rompan las piernas”. Después de dejar esos mensajes, siento que ha sido inútil. Si yo escuchara un mensaje así, no me daría miedo.&lt;br /&gt;Llamo a Martín a las tres de la mañana y le digo que estoy seguro de que nuestro enemigo es La Zorra, el mexicano, aunque no descarto que sea el peruano. Martín me dice que está seguro de que Ceballos es mi ex amigo chileno, que Ceballos, o sea el chileno, ha sido y sigue siendo mi amante, que el 24 de noviembre me encontré con él en algún hotel o albergue transitorio de Buenos Aires. Luego me dice que está harto de mí y que deje de llamarlo.&lt;br /&gt;El intrigante ha conseguido lo que quería: Martín le cree a él más que a mí y no quiere hablar conmigo. Tendré que romperle las piernas. El problema es que no sé quién es ni dónde vive. Pronto lo sabré.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-3202556024513967539?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/3202556024513967539/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=3202556024513967539' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/3202556024513967539'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/3202556024513967539'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2007/12/el-intrigante.html' title='EL INTRIGANTE'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-1776865045329320651</id><published>2007-12-18T04:41:00.001-08:00</published><updated>2007-12-18T04:41:42.856-08:00</updated><title type='text'>RUIDOS ??</title><content type='html'>Me veo obligado a dejar el hotel frente al campo de golf porque los ruidos escandalosos que hacen los jugadores de la selección peruana de fútbol, alojados en los pisos de arriba, y los chillidos histéricos, inflamados de un patriotismo de corta vida, de sus admiradoras reunidas frente a la puerta del hotel, me impiden dormir.&lt;br /&gt;Escapo unos días a Buenos Aires. No sé de qué escapo, supongo que de la vida pública de Lima, de las obligaciones familiares. Me refugio en el departamento de San Isidro, donde usualmente consigo dormir bien. No tengo suerte en esta ocasión. Están haciendo obras en el departamento de arriba. No hace mucho murió su dueña, una señora mayor, y los hijos están refaccionándolo. El ruido es agobiante y comienza a las nueve de la mañana. Cuando suspenden los trabajos a las cinco de la tarde, tomo un ansiolítico y duermo unas horas para no enloquecer.&lt;br /&gt;Me refugio en un hotel en el campo, a la altura del kilómetro sesenta de la autopista a Pilar. Es una casona antigua, de dos pisos, con habitaciones grandes y bien dispuestas, una piscina de buen tamaño y un amplio jardín por el que a la noche, después de cenar, caminamos Martín y yo. El teléfono de Martín no para de timbrar. Es Inés, su madre, que está muy triste porque Enrique, su esposo de toda la vida, la ha dejado. Martín ama a su madre, le tiene paciencia, la escucha, le da consejos. Pero el teléfono suena y suena. Martín me dice que llevará a su madre a pasar la navidad en ese hotel en el campo para alejarse del bullicio insoportable de las fiestas y para que ella sienta menos la ausencia de Enrique.&lt;br /&gt;Un día de sol abrasador, vamos a almorzar a Morgana, un restaurante del centro comercial de Pilar. En la mesa vecina, un sujeto habla a gritos en inglés. Parece un turista de la India o Pakistán. Parece orgulloso de que sabe hablar inglés y tal vez por eso lo habla en ese tono ofensivo, vulgar. Quien lo escucha y asiente dócilmente (quizá porque es su empleado) es un tipo que parece argentino y chapurrea un inglés trabado. No soportamos los gritos y pedimos que nos cambien de mesa. La camarera, una rubia que seguramente piensa que algún día triunfará como actriz y nos mira con cierto desdén, dice que no podemos cambiarnos de mesa porque aquel sector al fondo, lejos del parlanchín odioso, “no está habilitado”. Le pregunto quién tiene que habilitarlo, si no ella misma, que, por lo visto, se resiste a caminar unos pasos más. No me responde. Nos vamos del restaurante odiando al gritón y alegrándonos de no haber ido nunca a la India ni Pakistán.&lt;br /&gt;Al día siguiente nos invitan a una fiesta en el Alvear. No podemos resistirnos a los encantos de ese hotel. Martín maneja a toda prisa, le pido que vaya más despacio. Escuchamos un disco de Mica. Martín canta eufórico. Ningún sonido que provenga de él podría molestarme. Es un momento feliz.&lt;br /&gt;En el salón del hotel hay tanta gente que no se puede caminar. Aparecen unos mariachis y un cantante argentino, suben al escenario, estalla la música. Entre las muchas conversaciones más o menos mentirosas que se funden en el ambiente y el estruendo alegre de los mariachis, a duras penas se puede hablar. Hablo con un diseñador que tiene caballos en Palm Beach. Hablo con el dueño de un restaurante famoso, que me invita a comer al día siguiente. Hablo con una amiga actriz y su novio, con el que se va a casar en el otoño. Hablo a gritos y todo o casi todo lo que digo es mentira, pero unas mentiras encantadoras, dichas con absoluta convicción. Al cabo de una hora, cansado tanto gritar, me voy con Martín a comer al restaurante del hotel. Está lleno, no tienen una mesa libre. Sin embargo, nos acomodan un ambiente privado. Martín está precioso, toma champagne. Es otro momento feliz.&lt;br /&gt;A mediodía del jueves tengo cita con la masajista. Es una señora gorda, mayor, de anteojos. Martín dice que le da asco imaginar que esa señora lo toca. La mujer me dice que me tienda boca abajo. Obedezco. Masajea mi espalda sin el rigor que yo quisiera. No quiero que me hable. Me habla. Me pregunta qué me pareció el discurso de Cristina. Le digo que no lo vi. Me dice que a ella le encantó. Dice: “Esa mujer tiene unos ovarios impresionantes”. Sólo escuchar la palabra “ovarios” en boca de la veterana masajista destruye por completo la posibilidad de que las fricciones de sus manos en mi piel resulten placenteras.&lt;br /&gt;A la tarde tengo cita con el siquiatra, el doctor Farini, que es también el siquiatra de Martín y su madre. Caminando por la avenida Las Heras, envuelto en una nube de humo gris que despiden los colectivos vetustos, me siento como en Lima. Me duele la cabeza o, como dice Martín, “se me parte la cabeza”. Martín dice esas expresiones curiosas, que me hacen reír. Cuando está caliente, me dice “te voy a partir al medio”. Tomo dos ibuprofenos en un bar de Las Heras y caminamos tapándonos los oídos porque el ruido de esa avenida es insoportable para dos chicos suaves como nosotros.&lt;br /&gt;El doctor Farini me pregunta cuál es mi conflicto. Le digo: “Hay demasiado ruido, doctor”. Me dice que estoy deprimido. Me receta un antidepresivo nocturno y otro diurno. Le pregunto si cuando duermo también estoy deprimido. Me dice que sí. Compro los antidepresivos. Leo las indicaciones. Uno de ellos, el nocturno, podría generar priapismo, es decir una erección tan prolongada que llega a ser dolorosa. Martín se ríe y me dice que debería tomarlo también de día.&lt;br /&gt;Camino al aeropuerto a las seis de la mañana, el remisero no para de hablar. Me tomo un alplax y dos ibuprofenos para soportar esa cháchara cruel sobre política. Le digo, medio dormido, que Chávez me parece un cretino. El taxista levanta la voz, se declara revolucionario y admirador del matón venezolano. Mientras habla a los gritos, baja la ventanilla y trata de espantar una mosca. Al hacerlo, pierde un segundo el control del auto y casi nos estrellamos. Le digo: “Por favor concéntrese en la ruta”. Pero el sujeto sigue discurseando.&lt;br /&gt;Llegando a Lima a mediodía, me refugio en un hotel antiguo y señorial, en el que quise suicidarme cuando era joven y pensaba que nunca encontraría a un hombre como Martín. Intento descansar. Poco después comienzan unos ruidos brutales. Están ampliando el hotel, construyendo más habitaciones porque pronto habrá no sé qué convención. Pido que me cambien de habitación. Escapo del hotel.&lt;br /&gt;En casa de mis hijas no puedo escribir porque los perros ladran y ladran. Le pido a la empleada que abra la puerta y los deje salir a la calle. Ella me dice que en el barrio quieren envenenarlos. Ojalá, le digo.&lt;br /&gt;A la noche regreso al hotel. Me han cambiado de habitación. A las dos de la mañana, duermo por fin en medio de un silencio largamente deseado. Poco dura la felicidad. A la siete y media del domingo estalla un fragor de música electrónica. Hay una maratón cuyo punto de partida es exactamente frente al hotel. De pie frente a la ventana, veo a centenares de hombres y mujeres, vestidos en indumentaria blanca, deportiva, saltando y bailando al ritmo de los pasos que marcan, desde el escenario, tres jovencitas sobreexcitadas, saltimbanquis, en mallas naranjas. Detesto a toda esa gente feliz, optimista, sudorosa, que no me deja dormir. El doctor Farini tiene razón, debo estar deprimido. Salgo del hotel, subo a la camioneta y termino en la avenida Javier Prado. No sé adónde ir. Tengo que irme a vivir al campo con Martín. ��&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-1776865045329320651?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/1776865045329320651/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=1776865045329320651' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/1776865045329320651'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/1776865045329320651'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2007/12/ruidos.html' title='RUIDOS ??'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-8978129653335918668</id><published>2007-12-17T05:41:00.001-08:00</published><updated>2007-12-17T05:41:33.547-08:00</updated><title type='text'>MIS CHICAS CUBANAS</title><content type='html'>Poco antes de las dos de la tarde de un viernes soleado de diciembre, llego a un restaurante de la isla y me siento a esperar a mis tres amigas cubanas, a las que he invitado a almorzar para despedir el año. Todavía me sorprende que mis chicas cubanas, que tanto me hacen reír y a las que veo casi todas las noches, sean tan mayores: dos son bisabuelas y una, abuela. No tarda en llegar la menor, Thais. Guapa, elegante, distinguida, vestida de blanco, con una collar de piedras rojas semipreciosas, carga un bolso en el que trae regalos para mí, para mi amigo Martín que está en Buenos Aires (con quien ella intercambia correos electrónicos a menudo), para Catita, la sobrina de Martín. A pesar de que no le gusta manejar, Thais ha venido manejando desde su casa en Coral Gables. Cumple setenta y un años hoy lunes, pero parece que tuviera sesenta o menos, tal vez porque todas las mañanas va al hotel Biltmore y hace aeróbicos acuáticos en la enorme piscina del hotel. Está casada con un médico que ama la ópera, tiene tres hijos, se divierte haciendo collares y dice que estaba deprimida hasta que me conoció. Me vio una noche en televisión, vino a verme al estudio, me trajo regalos, me contó que había perdido a un hijo cuando él tenía apenas veinticinco años, me enseñó fotos de su hijo, me dijo que yo le recordaba a su hijo y desde aquella noche nos hicimos amigos. Todos los lunes, Thais me lleva al estudio una bolsa llena de exquisiteces para que no me falte comida toda la semana y no tenga que ir al supermercado. Desde que la conozco, creo que he engordado. Tiene una debilidad por los mejores chocolates y yo tampoco sé resistir esa tentación viciosa que ella estimula en mí. Poco después llegan al restaurante mis otras amigas, Esther y Delia. Son inseparables, van a verme al estudio casi todas las noches. Esther es alegre, de risa fácil, siempre de buen humor; Delia es más tímida y callada. La que maneja el pequeño auto coreano (“mi máquina”, lo llama ella) es Esther. Delia camina con cierta dificultad, apoyada en un bastón. Esther tiene ochenta años, pero, como se ríe todo el tiempo, parece de setenta, una niña que ha envejecido sin dejar de ser niña. Delia ya cumplió ochenta y tres. Yo le digo a Delia que nunca conocí a una mujer de esa edad tan despierta, tan curiosa, tan atenta a todo, tan joven. Las admiro a ambas, siempre llenas de energía y vitalidad, siempre diciéndome cosas amables y riéndose de cualquier cosa. Mis chicas cubanas y yo pedimos la comida. Thais elige la milanesa de pollo; Esther y Delia, el bacalao. Me cuentan cómo llegaron a Miami, jovencitas las tres, Thais enamorada, dispuesta a casarse con el hombre que todavía hoy es su esposo, Esther ya casada, con hijos, huyendo de la dictadura, Delia también casada, con hijos, sin hablar inglés, sin saber cómo se ganarían la vida. Tuvieron que pasar por toda clase de privaciones y sacrificios, eran pobres, trabajaban como enfermeras, como vendedoras de almacenes, limpiando baños, multiplicándose para cuidar a sus hijos, acompañar a sus esposos y ganar dinero. Dejaron atrás un país, un buen pasar, unos recuerdos, una vida llena de promesas. Nada de eso las hizo duras o amargadas ni las envenenó de rencor. Han tenido vidas tremendas, sorteado adversidades brutales, peleado sin descanso para sacar adelante a sus familias y no por eso han dejado de ser buenas, cálidas, traviesas, coquetas, juguetonas. Yo les digo que son mis chicas cubanas y ellas se ríen y Esther me dice “¡cállate!” y yo me río con ellas y las quiero porque inexplicablemente me siento feliz con ellas, olvido mis problemas, comprendo que son nada comparados con los que esas mujeres alegres y aguerridas han tenido que enfrentar y de los que han sabido salir airosas. Las tres perdieron hijos y me lo cuentan con tristeza pero al mismo tiempo con serenidad, resignadas a las maldades incomprensibles con las que nos golpea el destino. El hijo de Thais se llamaba Héctor y murió de sida a los veinticinco años. Me enseña fotos en blanco y negro de Héctor. Era guapísimo, parecía un actor de cine, vivía como un príncipe en Manhattan en los tiempos de Studio 54. Adoraba a su madre y ella moría de amor por él, aun hoy muere de amor por él, lo recuerda cada día, lo cuida en sus pensamientos y oraciones, cree ver cosas de Héctor en mí. Soy en cierto modo ese hijo que ella perdió y ella es en cierto modo mi madre cubana, una de mis madres cubanas, y así se lo digo siempre que puedo. Esther tenía un hijo muy lindo que se llamaba Jorge. Era un adolescente, tenía apenas catorce años, la edad que tiene ahora mi hija mayor. Me enseña una foto de Jorge, un chico bellísimo, la mirada inocente de un ángel. Un día Jorge y sus amigos fueron a la playa. Jorge se arrojó al mar desde cierta altura, se golpeó la cabeza y murió allí mismo. Esther me lo cuenta sin quebrarse, sin llorar, sin sentir compasión por ella misma, con una fortaleza asombrosa, como si me estuviera contando la vida de otra persona. Estuvo casada casi cincuenta años con Bebo, un cubano del campo, un hombre bueno. Me enseña la foto de Bebo, ya me la había enseñado antes. Bebo murió a poco de que cumplieran las bodas de oro. Vivían en un apartamento cerca de la línea del tren, a Bebo le gustaba el silbido del tren, sentía que estaba en el campo. Esther está orgullosa de sus hijos. Me habla de su hijo Luis. Sus palabras están cargadas de amor. Me cuenta que Luis tiene un compañero, Juan, el español. “A Juan lo quiero como a un hijo”, dice. Cuando dice eso, yo siento que la quiero como si fuera un poco su hijo también y admiro la sabiduría de esa mujer que cree en Dios pero también en la alegría y en el amor, en todas las formas del amor. Delia es más tímida y callada y sólo interviene cuando le hago preguntas. Eso me gusta de ella, que sabe escuchar. Es inteligente, aguda, refinada en sus bromas y observaciones. Como Thais y Esther, perdió a un hijo y me lo cuenta con admirable dignidad. Se llamaba Mario, tenía cuarenta años o poco más cuando murió de sida. Delia lo cuidó y acompañó hasta el final, como la madre ejemplar que es. Me enseña una foto de Mario, un hombre guapo, de traje y corbata, sonriente. Me enseña su tarjeta, con una dirección en Coconut Grove. Me habla de su Mario con una ternura y una devoción que me conmueven. Todo en Delia es suave y delicado, y el modo en que evoca a su hijo lo es también. Mis tres chicas cubanas comen panqueques con dulce de leche y me piden que llame a Martín, mi chico argentino. Saben que está en Buenos Aires y que yo lo quiero mucho. Cuando voy a verlo todos los meses, le mandan cartas y regalos. Saben que Martín perdió a su hermana Candy hace un par de meses y por eso lo quieren más y se preocupan por él. Llamo a Martín. Le digo que estoy con mis chicas cubanas. Martín se ríe, me dice que estoy loco. Le digo que ellas lo quieren saludar. Mientras veo a Thais, a Esther y a Delia hablando con Martín, diciéndole cosas lindas y animándolo a que venga pronto a Miami, pienso que soy más feliz desde que conozco a esas tres mujeres bellas y adorables y pienso también que es así como me gustaría que mi madre me quisiera.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-8978129653335918668?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/8978129653335918668/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=8978129653335918668' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/8978129653335918668'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/8978129653335918668'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2007/12/mis-chicas-cubanas.html' title='MIS CHICAS CUBANAS'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5859724385273315390.post-2686934813836945591</id><published>2007-12-14T01:51:00.001-08:00</published><updated>2007-12-14T01:51:50.499-08:00</updated><title type='text'>LOS SUEÑOS INCUMPLIDOS</title><content type='html'>Enrique, el padre de Martín, con quien Martín se lleva mal, siempre se llevó mal, interna a su tía Otilia, una anciana, en una clínica geriátrica en las afueras de Buenos Aires, obtiene de ella un poder para disponer de su patrimonio, vende el departamento de Otilia en Palermo, mete el dinero en efectivo en una mochila y le promete a la anciana que le pagará el geriátrico hasta que se muera. No le dice lo que está pensando: que le conviene que Otilia se muera pronto. Inés, la mujer de Enrique, encuentra la mochila llena de dinero en el cuarto de huéspedes de su departamento de San Isidro, saca unos billetes furtivamente y se compra un mueble moderno. Va a mudarse pronto a un departamento que Martín, su hijo, ha comprado generosamente para ella, a tres cuadras del que ahora ocupa, en el que Inés ha vivido los últimos veinte años. Enrique descubre que faltan unos billetes en la mochila y se lo dice a Inés en tono airado. Ella reconoce que los sacó sin decirle nada y le pide disculpas. Enrique se enfurece, dice que ese dinero no es suyo, es de su tía y está reservado para pagarle el geriátrico hasta que se muera. Inés se ríe y le dice que no es para tanto, que sólo fue una travesura. Inés y Enrique discuten. Inés se queja de que él no la quiere, no la lleva nunca al cine o a pasear. Le pide que se vaya de la casa. Enrique no lo piensa dos veces: se va con la mochila, dando un portazo. Inés piensa que Enrique volverá al día siguiente, que se trata de una pelea más, una de las muchas que han tenido en los treinta y cinco años que llevan casados. Enrique no vuelve. Inés lo llama, le pide que tomen un café, le dice que la casa sin él se siente rara. Se reúnen a media tarde en un café de la calle Chacabuco que se llama Cosquillas. Inés le pide perdón, se emociona, llora discretamente, tratando de que no la vean. Enrique le dice que está harto de ella, que no va a volver, que quiere vivir solo y cumplir sus sueños. Inés queda sorprendida, no esperaba eso de su esposo de toda la vida, siente que ese hombre no es el que ella creía conocer. No entiende a qué se refiere cuando él habla de cumplir sus sueños. Enrique alquila un departamento no muy lejos de su barrio de siempre. Pasa los días en el club de rugby con sus amigos. Se siente libre. Algunos lo miran mal por haber dejado a su mujer en ese momento tan delicado, después de la tragedia que se abatió sobre la familia, pero a él no le importa. Inés lo extraña, se arrepiente de haberlo echado de la casa, se da cuenta de que con él no estaba bien, pero sin él está peor. Se consuela con el afecto de su perra Lulú, que duerme en su cama y le lame los dedos de la mano. Martín lleva a Inés a un siquiatra en Recoleta, el doctor Farinelli, que le receta antidepresivos más potentes. Inés los toma, pero igual está triste y llora. Martín está furioso con su padre, le parece que no debió dejar a su madre de esa manera, tan bruscamente, sólo dos meses después de la tragedia que golpeó a la familia. Quiere que su madre se enamore de un hombre muy rico que le consienta todos sus caprichos. Fumando en el balcón de su departamento, Enrique piensa: Me conviene cambiar a mi tía Otilia a un geriátrico más barato. Me conviene que la vieja se muera cuanto antes. Acariciando a su perra Lulú, Inés piensa: ¿Vendrá Enrique a la comida de Navidad? Si no viene, me voy a morir de la pena. Trotando en la faja estática del gimnasio, Martín piensa: El tarado de mi padre se va a gastar toda la plata de la mochila y va a regresar con el caballo cansado, pero cuando eso ocurra lo voy a echar, porque mamá va a vivir en el departamento que he comprado para ella y ni en pedo dejo que el boludo de papá vuelva a joderle la vida. Echado en un asiento del avión sin poder dormir, Joaquín piensa: Voy a comprar la peluquería de Wally. Joaquín estaba cortándose el pelo un lunes por la tarde en el barrio de San Isidro cuando Wally le contó que estaban vendiendo la peluquería y que él no la podía comprar y por eso tendría que irse pronto a buscar otro local, lo que sería muy malo para su negocio, pues corría el riesgo de perder parte de su clientela. Joaquín se interesó en el negocio, preguntó el precio de la peluquería, consiguió que el vendedor hiciera una rebaja sustancial y entregó un dinero –una “seña”, en lenguaje argentino– para reservar la primera opción de compra. Wally le prometió que le pagaría una renta superior a la que pagaba. Joaquín pensó que sería divertido ser dueño de una peluquería por varias razones: parecía un buen negocio, ayudaría a Wally –a quien consideraba un excelente peluquero- y podría decir que se había retirado de la televisión para dedicarse, junto con Martín, a un asunto más provechoso, el de la peluquería en la calle Martín y Omar (una calle cuyo nombre le encantaba). Joaquín recibe un correo electrónico que dice urgente en mayúsculas y con varios signos de exclamación. Lo ha escrito Eva, una señora que trabaja como empleada doméstica en casa de la abuela de las hijas de Joaquín. Eva le pide un préstamo para comprarse una casa. Es una cantidad considerable, que sorprende a Joaquín: más de lo que cuesta la peluquería de Wally. Eva le dice que no aguanta más a la patrona Diana, que necesita irse de esa casa en la que ha vivido los últimos veinte años casi como esclava de Diana, trabajando duramente a cambio de un salario modestísimo, y que quiere comprarse una casa de tres pisos y ocho habitaciones en el barrio de Salamanca, no muy lejos de la casa de su patrona Diana, de la que quiere irse para no volver más. Eva le promete que le pagará en diez años, alquilando algunas de las habitaciones de la casa. Joaquín no le contesta. Le tiene cariño a esa mujer noble y hacendosa, de firmes convicciones religiosas, pero le parece imprudente prestarle tanto dinero y esperar diez años a que ella, con suerte, si alquila todas las habitaciones de la casa, le pague. De paso por Lima, se ve obligado a decirle a Eva que no le prestará el dinero porque le parece que ella no podrá pagarlo. Eva se siente humillada. Todos los bancos le han dicho que no le prestarán ni un centavo y ahora el joven Joaquín le niega el dinero de su casa de Salamanca con ocho cuartos de los que ella pensaba alquilar seis. Abrazada a su osito negro de peluche, Eva piensa: El joven Joaquín es bien malo, qué le costaba ayudarme, yo en diez años todito le hubiera pagado y tendría mi casa propia y podría traer a mi mamá de Huancayo. Manejando despacio una camioneta a la que ya le suena todo, Joaquín piensa: Tengo miedo de que me secuestren. Contando los días para que Joaquín compre la peluquería, Wally piensa: Cuando venga Joaquín, ¿le cobraré doce pesos por corte o no debería cobrarle nada porque ahora es el dueño? Maquillándose levemente antes de ir a un concierto de su amiga Sol, Martín piensa: Si Joaquín me quiere, pasará la Navidad conmigo en Punta del Este, como me prometió. Comiendo empanadas frente al televisor, Inés piensa: Enrique no me quiso nunca, si me quisiera no me hubiera dejado llorando en el café Cosquillas. Fumando en el bar del club, Enrique piensa: Pude haber sido un buen jugador de rugby, el matrimonio me jodió la vida. En el baño del avión, Joaquín piensa: Quiero pasar la Navidad con mi chico en Punta del Este.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5859724385273315390-2686934813836945591?l=baylyjaime.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://baylyjaime.blogspot.com/feeds/2686934813836945591/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5859724385273315390&amp;postID=2686934813836945591' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2686934813836945591'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5859724385273315390/posts/default/2686934813836945591'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://baylyjaime.blogspot.com/2007/12/los-sueos-incumplidos.html' title='LOS SUEÑOS INCUMPLIDOS'/><author><name>Jaime Bayly</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06214381489711597131</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry
